Poesía Universal

Carmen Conde

Biografía y amplia selección de poemas de Carmen Conde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carmen Conde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carmen Conde

16 poemas seleccionados
1.

Adolescencia

En el Alba de su vida 
		el deseo 
		
le surgió en su boca la sonrisa 
por hallarse ante el amor. 
		


		Era niña que vivía 
		hasta en sueños 
		
su ardor, y la sangre palpitaba 
al hallarse con su amor. 
		


		Sin el Alba ni en la 
		Tarde 
		
ella un día preguntó: 
Si posible era guardar 
aquel su primer 
		amor.
2.

Amante

Es igual que reír dentro de una campana:
sin el aire, ni oírte, ni 
	saber a qué hueles.
Con gesto vas gastando la noche de tu cuerpo
y yo 
	te transparento: soy tú para la vida. 
	


	No se acaban tus ojos; son 
	los otros los ciegos.
No te juntan a mí, nadie sabe que es tuya
esta 
	mortal ausencia que se duerme en mi boca,
cuando clama la voz en 
	desiertos de llanto. 
	


	Brotan tiernos laureles en 
	las frentes ajenas,
y el amor se consuela prodigando su alma.
Todo es 
	luz y desmayo donde nacen los hijos,
y la tierra es de flor y en la flor 
	hay un cielo. 
	


	Solamente tú y yo (una 
	mujer al fondo
de ese cristal sin brillo que es campana caliente),

	vamos considerando que la vida..., la vida
puede ser el amor, cuando el 
	amor embriaga;
es sin duda sufrir, cuando se está dichosa;
es, segura, 
	la luz, porque tenemos ojos. 
	


	Pero ¿reír, cantar, 
	estremecernos libres
de desear y ser mucho más que la vida...?
No. Ya 
	lo sé. Todo es algo que supe
y por ello, por ti, permanezco en el Mundo.
3.

Amor

Ofrecimiento.

		
Acércate.
Junto a la noche te espero.
Nádame.


		Fuentes profundas y 
		frías
avivan mi corriente.

		
Mira qué puras son mis charcas.
¡Qué gozo el de mi yelo!
4.

Ante ti

Porque siendo tú el mismo, 
	eres distinto
y distante de todos los que miran
esa rosa de luz que 
	viertes siempre
de tu cielo a tu mar, campo que amo.

	
Campo mío, de amor nunca confeso;
de un amor recatado y pudoroso,

	como virgen antigua que perdura
en mi cuerpo contiguo al tuyo eterno.

	
He venido a quererte, a que me digas
tus palabras de mar y de 
	palmeras;
tus molinos de lienzo que salobres
me refrescan la sed de 
	tanto tiempo.

	
Me abandono en tu mar, me dejo tuya
como darse hay que hacerlo para 
	serte.
Si cerrara los ojos quedaría
hecha un ser y una voz: ahogada 
	viva.

	
¿He venido, y me fui; me iré mañana
y vendré como hoy...? ¿qué otra 
	criatura
volverá para ti, para quedarse
o escaparse en tu luz hacia lo 
	nunca?
5.

Aunque te diga No, empéñate en Sí...

Aunque te diga No, empéñate en Sí,
y si te empujo, procura tú 
		vencerme.
Así que te rechace de mi vida
azotará mi espíritu el 
		perderte.
¡Intuyo que una hoguera tan perfecta
nunca nadie podría 
		ya encenderme...!
Y es duro y es cruel que yo batalle
quitándote 
		de mí. Resueltamente
cortándome de ti, para librarme
de este sordo 
		luchar en que me vences.

		
Sólo pienso en ti. Repito tu presencia
en un continuado nacer de 
		tus palabras.
Imágenes que son imágenes ya fijas
de tanto 
		recordarlas me turban y enloquecen.
Te veo como un día que fuiste una 
		brevísima
criatura sorprendida por labios repentinos.
Te veo en 
		alta noche, temiendo que tus ojos
mintieran por amor que era yo la 
		que buscabas.

		
Oh, cómo te contemplo, oh, cómo te persigo;
das vueltas en el 
		aire en rueda que no para!
Yo sólo pienso en ti. Te odio. Te deseo.

		Libértame de verte en todo lo que miro;
auséntame de ti, martirizante 
		imagen,
¡que te ven en mis ojos anhelantes, los ciegos!


		Tus ojos son las 
		fuentes donde beben los tigres,
que cuando tienen sed no respetan las 
		selvas;
y arrancan, mientras rugen, esas flores sencillas
que 
		entre el romero mueven su poderoso olor.

		
A tus ojos se vuelcan las entrañas del monte,
y por nacer en 
		ellas, oh, líquido delgado,
consienten que las lenguas vellosas de 
		las fieras,
lamiéndolos con furia, sequen ríos de ojos.

		
Tanto como el romero florido, cuyo aceite
persistirá en la piel 
		de los fieros sedientos,
huelen cortas raíces y esbeltos anticipos

		de las flores oscuras del secreto deseo...

		
La luna se deshoja como un ave en tu agua.
A los tigres con celo 
		esa luz los persigue
como loco fantasma de una caza suprema
que en 
		el río, tus ojos, es posible alcanzar.

		
Tengo frío ante ti. Porque fuentes tan frías
no se encienden sin 
		ángel que su calor otorgue.
Y ese ángel que a ti, a tus charcas 
		bajara,
no lo oigo cantar ni lo siento fluir.

		
¡Ah, tus tigres con sed! Déjalos que nos beban,
y cuando ya mi 
		boca reseca se deshaga,
suéltalos sobre mí, no detengas su ataque:

		¡para tus fieras tengo una cierva en mi cuerpo!

		
Dejarte perder me duele, porque duele en la tierra
que una raíz 
		se seque sin romperse en el tallo
y alumbrar en la flor, para que el 
		aire sepa
lo que la tierra sabe, porque tuvo raíces.

		
Resignarme a que fluyas por otros cauces, me duele;
porque yo soy 
		un cauce del grueso de tu fuente.
Y para correr en otros tendrás que 
		derramarlos
o que volcarte hondo, rompiéndolos por dentro.

		
Es que soy tu medida, es que ninguna tierra
será capaz de darte 
		lo que yo te daría,
si en lugar de negarme a que germines, corras,

		yo te hiciera mi agua, calentara tu grano.

		
¡Qué delirio de fuerza que se opone a tu empuje;
qué frenética 
		para que no quiere cedérsete!
6.

Ausencia del amante

He vuelto por el camino sin 
	hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna 
	fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos 
	ácidos errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
7.

Canto al hombre

Cuando eres, 
	como ahora, hermoso y fuerte,
yo te amo.
Cuando el viento se doblega 
	para ti,
cuando a la tierra tú la rindes, yo te amo.
Yo te amo por 
	osado,
y te amo por heroico, por audaz y porque ofreces
tu hermosura y 
	tu valor. Por derramado.
Firme tú sobre las nubes, navegando los 
	espacios.
Duro tú sobre las aguas, descollante tu estatura
en lo azul 
	del océano... Hombre joven que lo afrontas
cual un elemento más, siendo 
	tú el lazo
de elementos de creación. Yo así te amo.


	Desde lejos y 
	despacio, torpemente en el comienzo,
tu andadura cada siglo acelerando...

	así has llegado.
Y ya domas a los mares y a los cielos; los cabalgas

	como potros tan salvajes como fuiste. A los astros
los asedias sin temor. 
	Igual que un astro, que otro astro
participas del secreto compartido, 
	constelando
como ellos mi cenit. Hombre, te amo.


	Yo te amo y te 
	contemplo, yo te admiro y yo te exalto.
E ignorando cómo cantan los 
	arcángeles, te canto.
Mientras seas como eres, una luz entre las sombras,

	una luz sobre los bosques, un clamor desde los labios;
mientras cantes y 
	sonrías, esperanza de otro tú
ya menos agrio,
hombre joven, hombre 
	fuerte, hombre hermoso,
yo te amo.


	Aunque guardas 
	en tus ojos viejas piedras del basalto
que formaba las murallas de 
	Proverbios y del Cántico,
ya despierta tu mirada a la ternura 
	
enajenados resplandores fugitivos de piedad por lo creado.
Como un 
	hacha cortas tú, y eres tan blando
que te rayan las plegarias y el amor.

	Eres compacto
y flexible, quebradizo, vulnerable... 
	
¿De qué rayo fulminose lo divino contra ti? 
No te ha abrasado ni la 
	cólera de Dios, ni su contacto.
Sobrepasas a tu propia lava impura, en 
	sobresalto
de promesas y derrotas... Ajeno y amplio
como tierra y como 
	el mar, como el espacio.


	Pero, hermoso; 
	pero, audaz. Loco de siembras
que, no estrellas sino mundos, vas 
	hincando.
Empujaste las cavernas, destrozaste las pirámides,
desecaste 
	los diluvios, apagaste los volcanes,
arrancan dando del planeta a los 
	bienaventurados.
¡No volvías la cabeza de oro puro a lo pasado!
Por 
	cruel y por ardiente, yo te amo.


	¿Quién no 
	aleja para ti lo que has huido;
quién no llora por tu amor lo que has 
	matado?
Nunca yo que te contemplo; nunca yo 
	
que me he entregado
a la sangre y al gemir de tantos duelos
como 
	pueblan tu yacer y tus contactos.


	Ahora, no. Que 
	te liberas y me llevas por el aire,
confiando
en tu propia 
	inteligencia, en tu arrebato.
¡Ah, los vuelos que gobiernas con sonrisa 
	
y dócil mundo
de instrumentos que tú mismo has inventado!
Y te 
	sirven, como sirven los esclavos.


	No desciendas, 
	no me abatas. Hombre amado,
te sostengo y me sostiene un interminable 
	rapto.
No eres rojo ni eres negro. Eres blanco,
el fúlgido centellear 
	de intactos arcos.
¡Atrévete con el Bien, sujétalo con tus brazos!


	Hermoso varón 
	que tanto presentía 
y que he soñado. 
Porque eres mi mejor yo, he ahí 
	por qué te amo.


	No te quiero 
	cuando débil, sometido, acobardado.
Aunque torvo si acometes, más te 
	busco despiadado
que humillando la cerviz como un toro sin sus mandos.


	Que eres 
	viejo, bien lo sé. Sé que debajo
de esta túnica de piel que te envuelve, 

	estás cansado de los siglos de rodar 
	
para ver de Dios el brazo
que fulmina y que fulmina... Y, ¿no es 
	cansancio
contemplar cómo te hundes en mi vientre, 
	
deslizando tu niñez y tu vigor entre mis flancos
para luego 
	desgajármelos despacio...?


	¡Ah, si 
	halláramos la brisa, si encontráramos el látigo
que flagela y que consuma 
	a los más enamorados!
¡Por todo lo que venciste van tus piernas
de 
	cobre forjando ajorcas para sujetar tu paso,
criatura que apretaría 
	eternamente entre mis brazos!
Más allá de la vida y de la muerte, 
	
Hombre, te amo.
8.

Confusión

Ahora empezarás, mi vida,
a no dejarme vivir.
A que los días y sus 
		noches sólo sean
el ahogo feroz de tu encuentro.
De tu 
		incorporación a mí,
de tu revestimiento de mí.
A que mi sangre no 
		sepa detenerse sola,
y se arroje a la tuya, a ti,
con la furiosa 
		alegría de amarte,
del éxtasis de saberse tuya;
y de la angustia,

		del tremendo milagro oscuro
¡que es pertenecerte!

		
Ahora sí; ahora.
Cuando no me busca nadie, ni yo busco.
Porque 
		tu voz llena de altos ecos la tierra,
y tu olor los jardines más 
		sombríos,
y de tu pecho caen las campanas de mis deseos
de ti, de 
		mí que por ti me recobro
y aprendo, vida mía, alma mía, amor,
que 
		es verdad que soy de carne,
que es verdad que duelo,
y gozo, y 
		sufro, y grito
porque soy tuya.

		
¡Momento agotado del mundo,
éste en que te sé lejos de mí!

		
Apúralo todo, regresa a nuestro abismo
y déjame en ti sumida,

		fuerza que se te dio sin lágrimas
de rebeldía; aunque con llanto de 
		violencia
por verse tuya,
yo que no era de nadie,
¡ni siquiera 
		mía nunca!,
esclava tuya, entregada tuya, amante.
9.

Cuán delicada luz es la del joven...

¡Cuán delicada luz es la 
	del joven
y qué perfumada sombra la suya
junto a la mía, opaca, 
	envolviendo el ascua
del indomable anhelo!
¡Cuánta fragilidad en su 
	paso,
en su atención a lo inaudible
que le atrae desde mi 
	distancia...!


	Joven y lejano, remoto y 
	esperanzado
muchacho que inauguras vacilante
tu diálogo conmigo.
No 
	quiero respirar por no mustiarlas,
por no despojarte de hojas;
porque 
	me gusta el verdor que trepa ávido
alcanzándote los ojos.


	Limpios ojos tuyos, sin 
	cenizas
de hogueras; sin racimos
de imágenes temblorosas.
Ojos 
	tuyos intactos,
sobre tu boca que no prometió
ni mintió seguridades.


	Y tu pecho nuevo y fresco,

	la yerba olorosa de tu cabeza,
la firme inseguridad de tu paso...!


	No duelo nostalgia de 
	juventud;
si fuera joven no te amaría.
Es porque llevo tiempo en el 
	corazón
y en las sienes,
por lo que tú, inesperado joven,
apareces 
	adorablemente imposible.
Un chopo junto a la orilla
de mi agua cargada 
	de paisajes
oscura de cielo oscuro de amanecer.


	O un delicioso caballo 
	moreno
piafando en los tréboles húmedos.
La copa del árbol que verdea 
	alegre
arriba del oro otoñal que se deshoja
enfriando los jardines.


	Eso eres tú. Te oigo 
	afirmar que eres futuro
mientras no hay un presente que te ignore
ni 
	te iguale, del cielo a la tierra!


	Bendito sea el arranque

	de tu vida deslumbrada y cálida,
ansiosa de apartar lo que conoces.

	Corre, huye, no detengas tu paso
junto a ninguna fuente.
No mires los 
	estanques -mis ojos-,
ni siquiera los ríos -mis brazos-,
muchísimo 
	menos la mar:
mi boca fría y melancólica.


	Espérate a ti mismo
en 
	las locas encrucijadas del futuro.
¡Vete ya contigo!


	¡Cuán dulce es el saber que 
	eres ligero,
y sin memoria y sin piedad; 
que eres un ciervo 
	atravesando los montes!
Ágil muchacho esquivo,
impreciso y cierto, 
	vulnerable y duro
como una palabra 
	
que no me atrevo a decirte...
Como una pena inesperada
que me 
	acumula el corazón.
10.

Desierto

Sájara


		Sí. Yo tuve un mar 
		sobre mi arena.
Un mar grande sin límites, compacto.
La tierra de 
		oro que abrasa soledades
estuvo henchida augusta del mar que ya no 
		soy.

		
Picaban gaviotas mi cuerpo remeciente,
movíanse las naves arriba 
		de mis olas.
Pues yo era el mar que hervía sobre la arena rubia,

		la arena saturada que hoy clama por su agua.

		
¡Oh el mar aquí fantasma, el mar que finge el viento,

		desmelenando dunas, al aventar mi arena!
¡Ay mar del agua espesa, la 
		que corpórea y dura
ansían caminantes de mi desierto blando!

		
¿Qué arcángeles de fuego evaporar pudieron
tanto mar que hube, 
		llevándolo a un abismo?
Es mi arena abrasada la más sedienta boca

		que clama por un agua que le bebieron dioses.


		Los hombres me caminan, 
		soñándome poblado
de aquel mar que fue mío, el mar sobre el desierto.

		Yo les mullo mi carne, les recibe mi arena
y se quejan de sed junto a 
		mi sede sin huelgo.


		¡Ay mar de mi génesis, 
		el mar que me escurrieron
a una zanja de llamas: cuánto pesa la 
		arena!
11.

Dominio

Necesito tener el alma mansa
como una triste fiera dominada,

		complacerle con púas la tersura
de su piel deslumbrada en 
		mansedumbre.

		
Es preciso domarla, que su fiebre
no me tiemble en la sangre ni 
		un minuto.
Que la aneguen los fuegos del aceite
más espeso de 
		horror, y que resista.

		
¡Oh, mi alma suave y sometida,
dulce fiera encerrándose en mi 
		cuerpo!
Rayos, gritos, helor, y hasta personas
acuciándola a 
		salir. Y ella, oscura.

		
Yo te pido, amor, que me permitas
acabar con mi tigre 
		encarcelado.
Para darte (y librarme de esta furia),
una quieta 
		fragancia inmarchitable.
12.

El universo tiene ojos

Nos miran;
nos ven, nos están viendo, nos miran
múltiples ojos 
		invisibles que conocemos de antiguo,
desde todos los rincones del 
		mundo. Los sentimos
fijos, movedizos, esclavos y esclavizantes.
Y, 
		a veces, nos asfixian.

		
Querríamos gritar, gritamos cuando los clavos
de las 
		interminables vigías acosan y extenúan.
Cumplen su misión de mirarnos 
		y de vemos;
pero quisiéramos meter los dedos entre sus párpados.

		
Para que vieran,
para que viéramos frente a frente,
pestañas 
		contra pestañas, soslayando el aliento
denso de inquietudes, de 
		temores y de ansias,
la absoluta visión que todos perseguimos.

		
¡Ah, si los sorprendiéramos, concretos,
coincidiendo en la fluida 
		superficie del espejo!

		
Nos mirarán eternamente,
lo sabemos.
Y andaremos reunidos, sin 
		hallarnos como mortales
en tomo a la misma criatura intacta
que 
		rechaza a los ojos que ha creado.
¿Para qué, si no vamos a verla, 
		aunque nos ciegue,
hizo aquellos y estos innumerables ojos?

		
Enajenado mirar (1962-1964)
13.

En

la tierra de nadie

	

	En la tierra de nadie, sobre el polvo

	que pisan los que van y los que vienen,

	he plantado mi tienda sin amparo

	y contemplo si van como si vuelven.

	Unos dicen que soy de los que van,

	aunque estoy descansando del camino.

	Otros "saben" que vuelvo, aunque me calle;

	y mi ruta más cierta yo no digo.

	Intenté demostrar que a donde voy

	es a mí, sólo a mí, para tenerme.

	Y sonríen al oír, porque ellos todos

	son la gente que va, pero que vuelve.

	Escuchadme una vez: ya no me importan

	los caminos de aquí, que tanto valen.

	Porque anduve una vez, ya me he parado

	para ahincarme en la tierra que es de nadie.
14.

Encuentro

¡Gloria de tu hallazgo!
Bautismo inicial de la primavera
en oleaje de 
	pájaros.

		
Se movieron las selvas inefables.
Se deshizo el otoño de sus 
	plumas
cubriendo inviernos cándidos.

		
Venías tú, gentil criatura,
desnudando los ríos a tu paso.
15.

Entrega

Guardaré 
		mi voz en un pozo de lumbre 
y será crepúsculo toda la vida.


		Ya girarán 
		más leves los cuchillos
porque no encontrarán dónde herirme.

		Erguida de rocíos negros,
para ti cantaré.


		¡Que no me 
		busquen los sin vista,
que no me llamen los ahogados,
que no me 
		sientan los que huyo!


		A mi 
		soledad de reflejos,
amor,
sólo tú.
16.

Fuga en los jardines

Las más jóvenes, deseándoos, avanzan
por estas avenidas de árboles 
		fragantes.
Evaden primavera que a las flores oxida
con un ardor 
		oliendo a frutas, a corceles. ..
¡Qué salvaje presencia la de las 
		hembras púberes
entre glicinias cálidas, entre celindas vívidas!

		Exigen que las amen, que las sigan corriendo
para volcarles júbilos 
		sobre la orilla ebria.

		
¡Muchachas, corred más: corred hasta la aurora!
Estos grandes 
		varones de los pechos revueltos
ansían desgranaros, ¡oh mazorcas 
		crujientes!,
con su hambre de bocas y su hambre de frutos.
Hasta 
		el río, que es tajo delimitando sueños,
huele a amor ya festines...

		
Han temblado los álamos al estallar unánimes
los oscuros latidos 
		de dobles ruiseñores.
Los regazos del musgo, el frior de los juncos,

		contemplando el encuentro aceleran su verde.
Es un cántico trémulo, 
		en gargantas sorbido
por el amor abierto en mitad de la selva.

		
¡Corred siempre, muchachas, que el seguiros excita
el ardor de 
		cogeros, suyas todas, a hombres
que de fieros esgrimen el ademán tan 
		sólo!
Y envolveos en ropas de blanco lino puro
para mojar con 
		ellas esos cuerpos calientes,
y amanecer ceñidas, ante el amor que 
		vibra,
por el celo del agua posesor de las vírgenes.

Versos y pensamientos de Carmen Conde

4 citas
« En el Alba de su vida / el deseo »
Carmen Conde · Adolescencia
« Es igual que reír dentro de una campana: / sin el aire, ni oírte, ni »
Carmen Conde · Amante
« Acércate. / Junto a la noche te espero. »
Carmen Conde · Amor
« Porque siendo tú el mismo, / eres distinto »
Carmen Conde · Ante ti
Biblioteca poética

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