« En el Alba de su vida / el deseo »
Carmen Conde · Adolescencia
Biografía y amplia selección de poemas de Carmen Conde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carmen Conde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
En el Alba de su vida el deseo le surgió en su boca la sonrisa por hallarse ante el amor. Era niña que vivía hasta en sueños su ardor, y la sangre palpitaba al hallarse con su amor. Sin el Alba ni en la Tarde ella un día preguntó: Si posible era guardar aquel su primer amor.
Es igual que reír dentro de una campana: sin el aire, ni oírte, ni saber a qué hueles. Con gesto vas gastando la noche de tu cuerpo y yo te transparento: soy tú para la vida. No se acaban tus ojos; son los otros los ciegos. No te juntan a mí, nadie sabe que es tuya esta mortal ausencia que se duerme en mi boca, cuando clama la voz en desiertos de llanto. Brotan tiernos laureles en las frentes ajenas, y el amor se consuela prodigando su alma. Todo es luz y desmayo donde nacen los hijos, y la tierra es de flor y en la flor hay un cielo. Solamente tú y yo (una mujer al fondo de ese cristal sin brillo que es campana caliente), vamos considerando que la vida..., la vida puede ser el amor, cuando el amor embriaga; es sin duda sufrir, cuando se está dichosa; es, segura, la luz, porque tenemos ojos. Pero ¿reír, cantar, estremecernos libres de desear y ser mucho más que la vida...? No. Ya lo sé. Todo es algo que supe y por ello, por ti, permanezco en el Mundo.
Ofrecimiento. Acércate. Junto a la noche te espero. Nádame. Fuentes profundas y frías avivan mi corriente. Mira qué puras son mis charcas. ¡Qué gozo el de mi yelo!
Porque siendo tú el mismo, eres distinto y distante de todos los que miran esa rosa de luz que viertes siempre de tu cielo a tu mar, campo que amo. Campo mío, de amor nunca confeso; de un amor recatado y pudoroso, como virgen antigua que perdura en mi cuerpo contiguo al tuyo eterno. He venido a quererte, a que me digas tus palabras de mar y de palmeras; tus molinos de lienzo que salobres me refrescan la sed de tanto tiempo. Me abandono en tu mar, me dejo tuya como darse hay que hacerlo para serte. Si cerrara los ojos quedaría hecha un ser y una voz: ahogada viva. ¿He venido, y me fui; me iré mañana y vendré como hoy...? ¿qué otra criatura volverá para ti, para quedarse o escaparse en tu luz hacia lo nunca?
Aunque te diga No, empéñate en Sí, y si te empujo, procura tú vencerme. Así que te rechace de mi vida azotará mi espíritu el perderte. ¡Intuyo que una hoguera tan perfecta nunca nadie podría ya encenderme...! Y es duro y es cruel que yo batalle quitándote de mí. Resueltamente cortándome de ti, para librarme de este sordo luchar en que me vences. Sólo pienso en ti. Repito tu presencia en un continuado nacer de tus palabras. Imágenes que son imágenes ya fijas de tanto recordarlas me turban y enloquecen. Te veo como un día que fuiste una brevísima criatura sorprendida por labios repentinos. Te veo en alta noche, temiendo que tus ojos mintieran por amor que era yo la que buscabas. Oh, cómo te contemplo, oh, cómo te persigo; das vueltas en el aire en rueda que no para! Yo sólo pienso en ti. Te odio. Te deseo. Libértame de verte en todo lo que miro; auséntame de ti, martirizante imagen, ¡que te ven en mis ojos anhelantes, los ciegos! Tus ojos son las fuentes donde beben los tigres, que cuando tienen sed no respetan las selvas; y arrancan, mientras rugen, esas flores sencillas que entre el romero mueven su poderoso olor. A tus ojos se vuelcan las entrañas del monte, y por nacer en ellas, oh, líquido delgado, consienten que las lenguas vellosas de las fieras, lamiéndolos con furia, sequen ríos de ojos. Tanto como el romero florido, cuyo aceite persistirá en la piel de los fieros sedientos, huelen cortas raíces y esbeltos anticipos de las flores oscuras del secreto deseo... La luna se deshoja como un ave en tu agua. A los tigres con celo esa luz los persigue como loco fantasma de una caza suprema que en el río, tus ojos, es posible alcanzar. Tengo frío ante ti. Porque fuentes tan frías no se encienden sin ángel que su calor otorgue. Y ese ángel que a ti, a tus charcas bajara, no lo oigo cantar ni lo siento fluir. ¡Ah, tus tigres con sed! Déjalos que nos beban, y cuando ya mi boca reseca se deshaga, suéltalos sobre mí, no detengas su ataque: ¡para tus fieras tengo una cierva en mi cuerpo! Dejarte perder me duele, porque duele en la tierra que una raíz se seque sin romperse en el tallo y alumbrar en la flor, para que el aire sepa lo que la tierra sabe, porque tuvo raíces. Resignarme a que fluyas por otros cauces, me duele; porque yo soy un cauce del grueso de tu fuente. Y para correr en otros tendrás que derramarlos o que volcarte hondo, rompiéndolos por dentro. Es que soy tu medida, es que ninguna tierra será capaz de darte lo que yo te daría, si en lugar de negarme a que germines, corras, yo te hiciera mi agua, calentara tu grano. ¡Qué delirio de fuerza que se opone a tu empuje; qué frenética para que no quiere cedérsete!
He vuelto por el camino sin hierba. Voy al río en busca de mi sombra. Qué soledad sellada de luna fría. Qué soledad de agua sin sirenas rojas. Qué soledad de pinos ácidos errantes... Voy a recoger mis ojos abandonados en la orilla.
Cuando eres, como ahora, hermoso y fuerte, yo te amo. Cuando el viento se doblega para ti, cuando a la tierra tú la rindes, yo te amo. Yo te amo por osado, y te amo por heroico, por audaz y porque ofreces tu hermosura y tu valor. Por derramado. Firme tú sobre las nubes, navegando los espacios. Duro tú sobre las aguas, descollante tu estatura en lo azul del océano... Hombre joven que lo afrontas cual un elemento más, siendo tú el lazo de elementos de creación. Yo así te amo. Desde lejos y despacio, torpemente en el comienzo, tu andadura cada siglo acelerando... así has llegado. Y ya domas a los mares y a los cielos; los cabalgas como potros tan salvajes como fuiste. A los astros los asedias sin temor. Igual que un astro, que otro astro participas del secreto compartido, constelando como ellos mi cenit. Hombre, te amo. Yo te amo y te contemplo, yo te admiro y yo te exalto. E ignorando cómo cantan los arcángeles, te canto. Mientras seas como eres, una luz entre las sombras, una luz sobre los bosques, un clamor desde los labios; mientras cantes y sonrías, esperanza de otro tú ya menos agrio, hombre joven, hombre fuerte, hombre hermoso, yo te amo. Aunque guardas en tus ojos viejas piedras del basalto que formaba las murallas de Proverbios y del Cántico, ya despierta tu mirada a la ternura enajenados resplandores fugitivos de piedad por lo creado. Como un hacha cortas tú, y eres tan blando que te rayan las plegarias y el amor. Eres compacto y flexible, quebradizo, vulnerable... ¿De qué rayo fulminose lo divino contra ti? No te ha abrasado ni la cólera de Dios, ni su contacto. Sobrepasas a tu propia lava impura, en sobresalto de promesas y derrotas... Ajeno y amplio como tierra y como el mar, como el espacio. Pero, hermoso; pero, audaz. Loco de siembras que, no estrellas sino mundos, vas hincando. Empujaste las cavernas, destrozaste las pirámides, desecaste los diluvios, apagaste los volcanes, arrancan dando del planeta a los bienaventurados. ¡No volvías la cabeza de oro puro a lo pasado! Por cruel y por ardiente, yo te amo. ¿Quién no aleja para ti lo que has huido; quién no llora por tu amor lo que has matado? Nunca yo que te contemplo; nunca yo que me he entregado a la sangre y al gemir de tantos duelos como pueblan tu yacer y tus contactos. Ahora, no. Que te liberas y me llevas por el aire, confiando en tu propia inteligencia, en tu arrebato. ¡Ah, los vuelos que gobiernas con sonrisa y dócil mundo de instrumentos que tú mismo has inventado! Y te sirven, como sirven los esclavos. No desciendas, no me abatas. Hombre amado, te sostengo y me sostiene un interminable rapto. No eres rojo ni eres negro. Eres blanco, el fúlgido centellear de intactos arcos. ¡Atrévete con el Bien, sujétalo con tus brazos! Hermoso varón que tanto presentía y que he soñado. Porque eres mi mejor yo, he ahí por qué te amo. No te quiero cuando débil, sometido, acobardado. Aunque torvo si acometes, más te busco despiadado que humillando la cerviz como un toro sin sus mandos. Que eres viejo, bien lo sé. Sé que debajo de esta túnica de piel que te envuelve, estás cansado de los siglos de rodar para ver de Dios el brazo que fulmina y que fulmina... Y, ¿no es cansancio contemplar cómo te hundes en mi vientre, deslizando tu niñez y tu vigor entre mis flancos para luego desgajármelos despacio...? ¡Ah, si halláramos la brisa, si encontráramos el látigo que flagela y que consuma a los más enamorados! ¡Por todo lo que venciste van tus piernas de cobre forjando ajorcas para sujetar tu paso, criatura que apretaría eternamente entre mis brazos! Más allá de la vida y de la muerte, Hombre, te amo.
Ahora empezarás, mi vida, a no dejarme vivir. A que los días y sus noches sólo sean el ahogo feroz de tu encuentro. De tu incorporación a mí, de tu revestimiento de mí. A que mi sangre no sepa detenerse sola, y se arroje a la tuya, a ti, con la furiosa alegría de amarte, del éxtasis de saberse tuya; y de la angustia, del tremendo milagro oscuro ¡que es pertenecerte! Ahora sí; ahora. Cuando no me busca nadie, ni yo busco. Porque tu voz llena de altos ecos la tierra, y tu olor los jardines más sombríos, y de tu pecho caen las campanas de mis deseos de ti, de mí que por ti me recobro y aprendo, vida mía, alma mía, amor, que es verdad que soy de carne, que es verdad que duelo, y gozo, y sufro, y grito porque soy tuya. ¡Momento agotado del mundo, éste en que te sé lejos de mí! Apúralo todo, regresa a nuestro abismo y déjame en ti sumida, fuerza que se te dio sin lágrimas de rebeldía; aunque con llanto de violencia por verse tuya, yo que no era de nadie, ¡ni siquiera mía nunca!, esclava tuya, entregada tuya, amante.
¡Cuán delicada luz es la del joven y qué perfumada sombra la suya junto a la mía, opaca, envolviendo el ascua del indomable anhelo! ¡Cuánta fragilidad en su paso, en su atención a lo inaudible que le atrae desde mi distancia...! Joven y lejano, remoto y esperanzado muchacho que inauguras vacilante tu diálogo conmigo. No quiero respirar por no mustiarlas, por no despojarte de hojas; porque me gusta el verdor que trepa ávido alcanzándote los ojos. Limpios ojos tuyos, sin cenizas de hogueras; sin racimos de imágenes temblorosas. Ojos tuyos intactos, sobre tu boca que no prometió ni mintió seguridades. Y tu pecho nuevo y fresco, la yerba olorosa de tu cabeza, la firme inseguridad de tu paso...! No duelo nostalgia de juventud; si fuera joven no te amaría. Es porque llevo tiempo en el corazón y en las sienes, por lo que tú, inesperado joven, apareces adorablemente imposible. Un chopo junto a la orilla de mi agua cargada de paisajes oscura de cielo oscuro de amanecer. O un delicioso caballo moreno piafando en los tréboles húmedos. La copa del árbol que verdea alegre arriba del oro otoñal que se deshoja enfriando los jardines. Eso eres tú. Te oigo afirmar que eres futuro mientras no hay un presente que te ignore ni te iguale, del cielo a la tierra! Bendito sea el arranque de tu vida deslumbrada y cálida, ansiosa de apartar lo que conoces. Corre, huye, no detengas tu paso junto a ninguna fuente. No mires los estanques -mis ojos-, ni siquiera los ríos -mis brazos-, muchísimo menos la mar: mi boca fría y melancólica. Espérate a ti mismo en las locas encrucijadas del futuro. ¡Vete ya contigo! ¡Cuán dulce es el saber que eres ligero, y sin memoria y sin piedad; que eres un ciervo atravesando los montes! Ágil muchacho esquivo, impreciso y cierto, vulnerable y duro como una palabra que no me atrevo a decirte... Como una pena inesperada que me acumula el corazón.
Sájara Sí. Yo tuve un mar sobre mi arena. Un mar grande sin límites, compacto. La tierra de oro que abrasa soledades estuvo henchida augusta del mar que ya no soy. Picaban gaviotas mi cuerpo remeciente, movíanse las naves arriba de mis olas. Pues yo era el mar que hervía sobre la arena rubia, la arena saturada que hoy clama por su agua. ¡Oh el mar aquí fantasma, el mar que finge el viento, desmelenando dunas, al aventar mi arena! ¡Ay mar del agua espesa, la que corpórea y dura ansían caminantes de mi desierto blando! ¿Qué arcángeles de fuego evaporar pudieron tanto mar que hube, llevándolo a un abismo? Es mi arena abrasada la más sedienta boca que clama por un agua que le bebieron dioses. Los hombres me caminan, soñándome poblado de aquel mar que fue mío, el mar sobre el desierto. Yo les mullo mi carne, les recibe mi arena y se quejan de sed junto a mi sede sin huelgo. ¡Ay mar de mi génesis, el mar que me escurrieron a una zanja de llamas: cuánto pesa la arena!
Necesito tener el alma mansa como una triste fiera dominada, complacerle con púas la tersura de su piel deslumbrada en mansedumbre. Es preciso domarla, que su fiebre no me tiemble en la sangre ni un minuto. Que la aneguen los fuegos del aceite más espeso de horror, y que resista. ¡Oh, mi alma suave y sometida, dulce fiera encerrándose en mi cuerpo! Rayos, gritos, helor, y hasta personas acuciándola a salir. Y ella, oscura. Yo te pido, amor, que me permitas acabar con mi tigre encarcelado. Para darte (y librarme de esta furia), una quieta fragancia inmarchitable.
Nos miran; nos ven, nos están viendo, nos miran múltiples ojos invisibles que conocemos de antiguo, desde todos los rincones del mundo. Los sentimos fijos, movedizos, esclavos y esclavizantes. Y, a veces, nos asfixian. Querríamos gritar, gritamos cuando los clavos de las interminables vigías acosan y extenúan. Cumplen su misión de mirarnos y de vemos; pero quisiéramos meter los dedos entre sus párpados. Para que vieran, para que viéramos frente a frente, pestañas contra pestañas, soslayando el aliento denso de inquietudes, de temores y de ansias, la absoluta visión que todos perseguimos. ¡Ah, si los sorprendiéramos, concretos, coincidiendo en la fluida superficie del espejo! Nos mirarán eternamente, lo sabemos. Y andaremos reunidos, sin hallarnos como mortales en tomo a la misma criatura intacta que rechaza a los ojos que ha creado. ¿Para qué, si no vamos a verla, aunque nos ciegue, hizo aquellos y estos innumerables ojos? Enajenado mirar (1962-1964)
la tierra de nadie En la tierra de nadie, sobre el polvo que pisan los que van y los que vienen, he plantado mi tienda sin amparo y contemplo si van como si vuelven. Unos dicen que soy de los que van, aunque estoy descansando del camino. Otros "saben" que vuelvo, aunque me calle; y mi ruta más cierta yo no digo. Intenté demostrar que a donde voy es a mí, sólo a mí, para tenerme. Y sonríen al oír, porque ellos todos son la gente que va, pero que vuelve. Escuchadme una vez: ya no me importan los caminos de aquí, que tanto valen. Porque anduve una vez, ya me he parado para ahincarme en la tierra que es de nadie.
¡Gloria de tu hallazgo! Bautismo inicial de la primavera en oleaje de pájaros. Se movieron las selvas inefables. Se deshizo el otoño de sus plumas cubriendo inviernos cándidos. Venías tú, gentil criatura, desnudando los ríos a tu paso.
Guardaré mi voz en un pozo de lumbre y será crepúsculo toda la vida. Ya girarán más leves los cuchillos porque no encontrarán dónde herirme. Erguida de rocíos negros, para ti cantaré. ¡Que no me busquen los sin vista, que no me llamen los ahogados, que no me sientan los que huyo! A mi soledad de reflejos, amor, sólo tú.
Las más jóvenes, deseándoos, avanzan por estas avenidas de árboles fragantes. Evaden primavera que a las flores oxida con un ardor oliendo a frutas, a corceles. .. ¡Qué salvaje presencia la de las hembras púberes entre glicinias cálidas, entre celindas vívidas! Exigen que las amen, que las sigan corriendo para volcarles júbilos sobre la orilla ebria. ¡Muchachas, corred más: corred hasta la aurora! Estos grandes varones de los pechos revueltos ansían desgranaros, ¡oh mazorcas crujientes!, con su hambre de bocas y su hambre de frutos. Hasta el río, que es tajo delimitando sueños, huele a amor ya festines... Han temblado los álamos al estallar unánimes los oscuros latidos de dobles ruiseñores. Los regazos del musgo, el frior de los juncos, contemplando el encuentro aceleran su verde. Es un cántico trémulo, en gargantas sorbido por el amor abierto en mitad de la selva. ¡Corred siempre, muchachas, que el seguiros excita el ardor de cogeros, suyas todas, a hombres que de fieros esgrimen el ademán tan sólo! Y envolveos en ropas de blanco lino puro para mojar con ellas esos cuerpos calientes, y amanecer ceñidas, ante el amor que vibra, por el celo del agua posesor de las vírgenes.
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