« En las bocas del metro / nadie espera »
Carlos Sahagún · A estas horas
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Sahagún. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Sahagún. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
En las bocas del metro nadie espera a nadie. Solamente se ven manos, extremidades mutiladas. Bajo la tierra se oyen trenes y zozobras, se oyen detonaciones donde brilla un momento tu ausencia y mi infortunio. Nada, por lo demás, ha variado. El tiempo sigue siendo un puente oscuro, metálico, insalvable, o cierta música que a mis espaldas dura destejiéndose. Y tú, la anunciadora del otoño, ya no podrás perderte en esta niebla. Desde la torre un centinela aguarda, traza señales bien visibles, siente el perezoso ritmo de tus pasos por la senda de las indecisiones. ¿A qué otro techo para refugiarte? Yo mismo, oh muerte, soy tu propia casa.
Qué niño irá a caballo pensativo hacia el mar insondable para contarnos una dura historia de despojos guerreros y de hambre como aquel mediodía que revive aún hoy bajo los cascos sollozantes. Tal vez la vida sea para otros asunto menos grave música que escuchamos desplegada dulcemente en el aire larga espera en la seguridad de que el tren llegará temprano o tarde. Mas para mí no puede ser sino dolor hecho a su imagen. Mi porvenir y mi principio son una misma escena inolvidable el mar que emerge eternamente al fondo de una calle y un niño y un caballo derribados tragados por el oleaje.
Aquí empieza la historia. Fue una tarde en que se habían puesto las palomas más blancas, más tranquilas. como siempre salí al jardín. Alrededor no había nadie: la misma flor de ayer, la misma paz, las mismas ventanas, el sol mismo. Alrededor no había nadie: un árbol, un estanque, ceniza en aquel monte lejano. Alrededor no había nadie. Pero, ¿qué es este viento, quién me coge el corazón y lo levanta e vilo, y lo hunde y lo levanta en vilo? Una muchacha azul en la orfandad del aire ordenaba los pájaros. sus manos acariciaban con piedad el árbol, y el estanque, y aquel lejano monte ceniciento. El jardín ardía al sol. La miré. Nada. La miré de nuevo, y nada, y nada. Alrededor, la tarde.
Inútil experiencia de libertad, el drago irrumpe sometido al cemento. Raíces fascinantes o tercas, pura ansiedad vencida, quien buscó la palabra que acompaña, quien hizo de su pasado inmóvil un ademán de entrega, hoy no pide otra cosa sino silencio, y palpa la piedra ya, los muros impenetrables, hoscos, y hacia los cielos libres renace extraño, insomne, proponiendo la vida desde sus propias ruinas.
Para que sepas lo que fui de niño voy a decirte toda la verdad. Para que sepas cómo fui, aún guardo mi retrato de entonces junto al mar. Playa de arena, corazón de arena hubiera yo querido en tu ciudad. Que te faltase como me faltaba -le llamaron post-guerra al hambre- el pan. Tú con tu casa de muñecas vivas llenando los rincones de piedad. Yo, capitán con mi espada de palo, matando de mentira a los demás. Si hubieras sido niña rodeada por todas partes, ay, de soledad, yo te habría buscado hasta encontrarnos, hasta ponernos los dos a llorar. Juntos los dos. Que tu madre nos diga aquel cuento que no tiene final. Despertar de la infancia no quisimos y no sé quién nos hizo despertar. Pero hoy, que hemos crecido tanto, vamos, dame la mano y todo volverá. Somos dos niños que a la vida echaron. Muchacha -niña-, empieza a caminar.
Te digo que ésta ha sido la primera vez que amé. Si la tierra que ahora pisas se hundiera con nosotros, si aquel río que nos vigila detuviera el paso, sabrías que es verdad, que te he buscado desde niño en las piedras, en el agua de aquella fuente de mi plaza. Tú, tan flor, tan luz de primavera, dime, dime que no es mentira este milagro, la multiplicación de mi alegría, los panes y los peces de tu pecho. Contéstame. No quiero hablar yo solo, estar -yo solo- alegre. Te amo. ¡Fuego, la mañana hace fuego y nos golpea los corazones! Levantémoslos arriba, siempre arriba. Alguien nos lleva, alguna mano pura nos empuja. Aire en el aire, iremos a aquel monte. Cristal en el cristal más limpio, un día nos miraremos hasta emocionarnos. Y ya lo estamos como nunca. Dame la mano. Si me dices que eche al río mis versos, yo los echaré, si quieres que arranque aquella flor y te la traiga, te la traeré. Pero anda, ven conmigo. ¿Ves un pinar allá a lo lejos? Vamos. Ya todo es nuestro: el buen camino, el árbol, la generosa claridad del día.
inolvidables Pero ante todo piensa en esta patria, en estos hijos que serán un día nuestros: el niño labrador, el niño estudiante, los niños ciegos. Dime qué será de ellos cuando crezcan, cuando sean altos como yo y desamparados. Por mí, por nuestro amor de cada día, nunca olvides, te pido que no olvides. Los dos nacimos con la guerra. Piensa lo mal que estuvo aquella guerra para los pobres. Nuestro amor pudo haber sido bombardeado, pero no lo fue. Nuestros padres pudieron haber muerto y no murieron. ¡Alegría! Todo se olvida. Es el amor. Pero no. Existen cosas inolvidables: esos ojos tuyos, aquella guerra triste, el tiempo en que vendrán los pájaros, los niños. Sucederá en España, en esta mala tierra que tanto amé, que tanto quiero que ames tú hasta llegar a odiarla. Te amo, quisiera no acordarme de la patria, dejar a un lado todo aquello. Pero no podemos insolidariamente vivir sin más, amarnos, donde un día murieron tantos justos, tantos pobres. Aun a pesar de nuestro amor, recuerda.
"...muchas veces me pregunto
qué hacíamos tú y yo antes de querernos..."
Y vienes y te quedas
blanca, casi de mármol,
como un escalón puro para subir a Dios.
No sé qué hacer, dónde
buscar
mis palabras más verdaderas, cómo decirte
que llevo en la
mirada reflejado tu pecho,
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
Voy hacia ti como
hacia el mar, despliego
las velas, ay, las alas de mi infancia,
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como una estrella húmeda y
parada.
Rodeado de naranjos,
asombrándome
de ver los pájaros de oro,
era yo niño, comí
pan
duro entre las manos vivas de mi madre,
y los zapatos rotos me hacían
sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin
remedio.
Quisiera haberte visto entonces, cuando
las calles
bombardeadas. Ven,
dame la mano, sube
conmigo al monte negro de la
pena.
Dame la mano, dime
si he de morir, si voy a ser eterno,
déjame repartirte como un pan por mis brazos.
Pero qué importa, ya
que importa,
ya para qué acordarme, si hoy te quedas
desnuda,
inmóvil,
si hoy has crecido tanto
que olvido y rompo aquella
infancia de humo
y voy a ti en silencio como un rayo de luz.
Perdida la ocasión en las batallas, años después, hombres y niños esperábamos un desembarco salvador. Se poblaban las playas de miradas, los sueños, de navíos. Pero nadie venía a destruir la tiranía del silencio. Nada en el horizonte de color Normandía. Sólo espuma en la orilla y tierra inhóspita bajo los pies descalzos, anhelantes y acobardados.
Ahora la madrugada trae un ramo de rosas blancas. Pero no las quiero. Yo no he venido aquí para estas rosas sino para el aroma de tu cuerpo. Despierto estoy. Tu cuerpo inolvidable se precipitará hacia mi recuerdo. Tú misma estás junto a la aurora triste y te levantas firme sobre el tiempo. Vienes a mí con 1a orfandad del día abrazadoramente hasta mi lecho, igual que el despertar de un largo olvido o como la llegada del invierno. Y yo, ciego y mortal, hacia tu carne, hacia las soledades de tu pecho pongo mi corazón y escucho. Tierra tierra de nadie el corazón se ha vuelto. Lo que fue una noticia de relámpagos, una mano entregada desde un sueño. Ahora no estás y un alba de jardines abre sus flores para mi deseo. Te amé tal vez por las doradas hojas que iba en tu corazón reconociendo. Pero hoy ya no. Que toquen los clarines. Es la resurrección de nuestros cuerpos. Nos alzaremos con la madrugada. Desnuda estás y blanca. Es el momento, el tiempo del abrazo. Y te vas. Queda la noche gris sobre mi pensamiento. No encontraré otro cuerpo de más vida ni, dentro de lo vivo, más sereno. Es la serenidad del alba. Vamos. Al monte más distante subiremos. Pero nos llaman a olvidar, hoy hace sombra en todas las calles y en mi pecho. Como una torre de cristal vacía se me derrumbarán todos los sueños.
En el principio, el
agua
abrió todas las puertas, echó las campanas al vuelo,
subió a las torres de la paz -eran tiempos de paz-,
bajó a los
hombros de mi profesor
-aquellos hombros suyos tan metafísicos,
tan doctrinales, tan
florecidos de libros de Aristóteles-,
bajó a sus hombros, no os engaño,
y saltó por su pecho como un
pájaro vivo.
Ah, no te olvido,
a
ojos cerrados te recuerdo tapiando las ventanas,
sobre el papel en
blanco de la vida
dejando caer tinteros y palabras de piedra.
Y
era lo mismo: yo seguía puro;
los últimos de clase, los expulsados
por llevar ternura
en los bolsillos,
seguíamos puros como el viento.
Antes de Thales
de Mileto,
mucho antes aún de que los filósofos fueran
canonizados,
cuando el diluvio universal,
el llanto universal,
y un cielo todavía universal,
el agua contraía matrimonio con el agua,
y los hijos del agua
eran pájaros, flores, peces, árboles,
eran caminos, piedras, montañas, humo, estrellas.
Los hombres se
abrazaban, uno a uno,
como corderos, las mujeres
dormían sin temor, los niños todos
se proclamaban hijos de la alegría, hermanos
de la yerba verde,
los animales se dejaban
llevar, no estaban solos -nadie estaba
solo-,
y era feliz el aire aun sin ponerse en movimiento,
y en el
espejo de unas manos llenas de agua
iba a mirarse la esperanza, y
estaba limpia, y sonreía.
(Aquí quisiera hablar,
abrir un libro -aquí,
en este instante sólo-
de aquel poeta puro
que sin cesar cantaba:
"El mundo está bien hecho, el mundo está
bien hecho, el mundo
está bien hecho ..." -aquí, en este instante sólo-.)
¡Y cómo no
iba a estar bien hecho,
si en aquel tiempo las palomas altas
se derretían como copos,
si era inocente amarse desesperadamente,
si las mañanas claras,
recién lavadas, daban
su generoso corazón al hombre!
Aquello era la vida,
era la vida y empujaba,
pero,
cuando entraron los lobos, después,
despacio, devorando,
el agua se hizo amiga de la sangre,
y en
cascadas de sangre cayó, como una herida,
cayó sobre los hombres
desde el pecho de Dios, azul, eterno.
Mientras vivió, permaneció en lo alto. Hoy quedan retratos pisoteados, libros y panegíricos, y algo como un horror en la conciencia colectiva. Su nombre, por fortuna, ha pasado a la historia para ser ira, desprecio, escándalo de las generaciones, y aún dura en las cloacas de aquel tiempo sombrío. Pero la maquinaria que creó no dura. Pieza a pieza, el engranaje fue destruido sin piedad. Un viento popular barrió las vigas carcomidas, el moho, las distancias, y en el silencio que quedara en pie fue posible por fin la primavera.
Insaciable, entré en tu edad madura, en la maleza, busqué el tenso bambú, la carne cimbreante, con el designio de un tardío acoso, y como el sueño no era sino un viaje cuyo mayor dolor es el regreso, hacia la tapia fulgurante y ciega acompañé tu imagen, sufrí su maleficio, oh misteriosa y húmeda concavidad vacía, cuerpo más que la aurora vacilante, desolación para los que esperábamos, tras noches de ansiedad, siglos de entrega.
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