Poesía Universal

Carlos Sahagún

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Sahagún. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Sahagún. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carlos Sahagún

13 poemas seleccionados
1.

A estas horas

En las bocas del metro 
		nadie espera 
		
a nadie. Solamente se ven manos, 
extremidades mutiladas. Bajo 
		
la tierra se oyen trenes y zozobras, 
se oyen detonaciones donde 
		brilla 
		
un momento tu ausencia y mi infortunio. 
Nada, por lo demás, ha 
		variado. 
		
El tiempo sigue siendo un puente oscuro, 
metálico, insalvable, o 
		cierta música 
		
que a mis espaldas dura destejiéndose. 
Y tú, la anunciadora del 
		otoño, 
		
ya no podrás perderte en esta niebla.


		Desde la torre un 
		centinela aguarda, 
		
traza señales bien visibles, siente 
el perezoso ritmo de tus 
		pasos 
		
por la senda de las indecisiones.


		¿A qué otro techo para 
		refugiarte?
Yo mismo, oh muerte, soy tu propia casa.
2.

A imagen de la vida

Qué niño irá a caballo 
		pensativo
hacia el mar insondable
para contarnos una dura historia

		de despojos guerreros y de hambre 
		
como aquel mediodía que revive
aún hoy
bajo los cascos 
		sollozantes.
Tal vez la vida sea para otros
asunto menos grave

		música que escuchamos desplegada
dulcemente en el aire
larga 
		espera en la seguridad
de que el tren llegará temprano o tarde.

		Mas para mí no puede ser sino dolor
hecho a su imagen.
Mi porvenir 
		y mi principio
son una misma escena inolvidable
el mar que emerge 
		eternamente
al fondo de una calle
y un niño y un caballo 
		derribados
tragados por el oleaje.
3.

Aquí empieza la historia

Aquí empieza la 
		historia. Fue una tarde
en que se habían puesto las palomas
más 
		blancas, más tranquilas. como siempre
salí al jardín. Alrededor no 
		había
nadie: la misma flor de ayer, la misma
paz, las mismas 
		ventanas, el sol mismo.
Alrededor no había nadie: un árbol,
un 
		estanque, ceniza en aquel monte
lejano. Alrededor no había nadie.


		Pero, ¿qué es este 
		viento, quién me coge
el corazón y lo levanta e vilo,
y lo hunde y 
		lo levanta en vilo? Una
muchacha azul en la orfandad del aire

		ordenaba los pájaros. sus manos
acariciaban con piedad el árbol,
y 
		el estanque, y aquel lejano monte
ceniciento. El jardín ardía al sol.


		La miré. Nada. La miré 
		de nuevo,
y nada, y nada. Alrededor, la tarde.
4.

Árbol en Galdar

Inútil experiencia
de libertad, el drago 
		
irrumpe sometido 
al cemento. Raíces 
fascinantes o tercas, 
		
pura ansiedad vencida, 
quien buscó la palabra 
que acompaña, 
		quien hizo 
		
de su pasado inmóvil 
un ademán de entrega, 
hoy no pide otra 
		cosa
sino silencio, y palpa 
		
la piedra ya, los muros 
impenetrables, hoscos, 
y hacia los 
		cielos libres 
		
renace extraño, insomne, 
proponiendo la vida 
desde sus 
		propias ruinas.
5.

Canción de infancia

Para que sepas lo que fui de niño
voy a decirte toda la verdad.

		Para que sepas cómo fui, aún guardo
mi retrato de entonces junto al 
		mar.

		
Playa de arena, corazón de arena
hubiera yo querido en tu ciudad.

		Que te faltase como me faltaba
-le llamaron post-guerra al hambre- el 
		pan.

		
Tú con tu casa de muñecas vivas
llenando los rincones de piedad.

		Yo, capitán con mi espada de palo,
matando de mentira a los demás.

		
Si hubieras sido niña rodeada
por todas partes, ay, de soledad,

		yo te habría buscado hasta encontrarnos,
hasta ponernos los dos a 
		llorar.

		
Juntos los dos. Que tu madre nos diga
aquel cuento que no tiene 
		final.
Despertar de la infancia no quisimos
y no sé quién nos hizo 
		despertar.

		
Pero hoy, que hemos crecido tanto, vamos,
dame la mano y todo 
		volverá.
Somos dos niños que a la vida echaron.
Muchacha -niña-, 
		empieza a caminar.
6.

Claridad del día

Te digo que ésta ha sido la primera
vez que amé. Si la tierra que 
		ahora pisas
se hundiera con nosotros, si aquel río
que nos vigila 
		detuviera el paso,
sabrías que es verdad, que te he buscado
desde 
		niño en las piedras, en el agua
de aquella fuente de mi plaza. Tú,

		tan flor, tan luz de primavera, dime,
dime que no es mentira este 
		milagro,
la multiplicación de mi alegría,
los panes y los peces de 
		tu pecho.
Contéstame. No quiero hablar yo solo,
estar -yo solo- 
		alegre. Te amo. ¡Fuego,
la mañana hace fuego y nos golpea
los 
		corazones! Levantémoslos
arriba, siempre arriba. Alguien nos lleva,

		alguna mano pura nos empuja.
Aire en el aire, iremos a aquel monte.

		Cristal en el cristal más limpio, un día
nos miraremos hasta 
		emocionarnos.
Y ya lo estamos como nunca. Dame
la mano. Si me 
		dices que eche al río
mis versos, yo los echaré, si quieres
que 
		arranque aquella flor y te la traiga,
te la traeré. Pero anda, ven 
		conmigo.
¿Ves un pinar allá a lo lejos? Vamos.
Ya todo es nuestro: 
		el buen camino, el árbol,
la generosa claridad del día.
7.

Cosas

inolvidables 


		Pero ante 
		todo piensa en esta patria,
en estos hijos que serán un día

		nuestros: el niño labrador, el niño
estudiante, los niños ciegos. 
		Dime
qué será de ellos cuando crezcan, cuando
sean altos como yo y 
		desamparados.
Por mí, por nuestro amor de cada día,
nunca olvides, 
		te pido que no olvides.
Los dos nacimos con la guerra. Piensa
lo 
		mal que estuvo aquella guerra para
los pobres. Nuestro amor pudo 
		haber sido
bombardeado, pero no lo fue.
Nuestros padres pudieron 
		haber muerto
y no murieron. ¡Alegría! Todo
se olvida. Es el amor. 
		Pero no. Existen
cosas inolvidables: esos ojos
tuyos, aquella 
		guerra triste, el tiempo
en que vendrán los pájaros, los niños.

		Sucederá en España, en esta mala
tierra que tanto amé, que tanto 
		quiero
que ames tú hasta llegar a odiarla. Te amo,
quisiera no 
		acordarme de la patria,
dejar a un lado todo aquello. Pero
no 
		podemos insolidariamente
vivir sin más, amarnos, donde un día

		murieron tantos justos, tantos pobres.
Aun a pesar de nuestro amor, 
		recuerda.
8.

Cuerpo desnudo

"...muchas veces me pregunto
             
		qué hacíamos tú y yo antes de querernos..."


		Y vienes y te quedas

		blanca, casi de mármol,
como un escalón puro para subir a Dios.


		No sé qué hacer, dónde 
		buscar
mis palabras más verdaderas, cómo decirte
que llevo en la 
		mirada reflejado tu pecho,
y los brazos me caen, como en derribo,

		al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
Voy hacia ti como 
		hacia el mar, despliego
las velas, ay, las alas de mi infancia,

		veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro

		toda de agua navegable, toda
pequeña,
como una estrella húmeda y 
		parada.


		Rodeado de naranjos, 
		asombrándome
de ver los pájaros de oro,
era yo niño, comí
pan 
		duro entre las manos vivas de mi madre,
y los zapatos rotos me hacían 
		sentir la tierra,
mientras la tierra iba levantándome a hombre sin
                                                               
		remedio.
Quisiera haberte visto entonces, cuando
las calles 
		bombardeadas. Ven,
dame la mano, sube
conmigo al monte negro de la 
		pena.
Dame la mano, dime
si he de morir, si voy a ser eterno,

		déjame repartirte como un pan por mis brazos.
Pero qué importa, ya 
		que importa,
ya para qué acordarme, si hoy te quedas
desnuda, 
		inmóvil,
si hoy has crecido tanto
que olvido y rompo aquella 
		infancia de humo
y voy a ti en silencio como un rayo de luz.
9.

Desembarco

Perdida la ocasión en las batallas,
años después, hombres y niños 
		esperábamos
un desembarco salvador.

		
Se poblaban las playas de miradas,
los sueños, de navíos.


		Pero nadie venía a destruir
la tiranía del silencio.

		
Nada en el horizonte de color Normandía.

Sólo espuma en la 
		orilla y tierra inhóspita
bajo los pies descalzos, anhelantes
y 
		acobardados.
10.

Deseo de madrugada

Ahora la madrugada trae un ramo
de rosas blancas. Pero no las quiero.

		Yo no he venido aquí para estas rosas
sino para el aroma de tu 
		cuerpo.

		
Despierto estoy. Tu cuerpo inolvidable
se precipitará hacia mi 
		recuerdo.
Tú misma estás junto a la aurora triste
y te levantas 
		firme sobre el tiempo.

		
Vienes a mí con 1a orfandad del día
abrazadoramente hasta mi 
		lecho,
igual que el despertar de un largo olvido
o como la llegada 
		del invierno.

		
Y yo, ciego y mortal, hacia tu carne,
hacia las soledades de tu 
		pecho
pongo mi corazón y escucho. Tierra
tierra de nadie el 
		corazón se ha vuelto.

		
Lo que fue una noticia de relámpagos,
una mano entregada desde un 
		sueño.
Ahora no estás y un alba de jardines
abre sus flores para 
		mi deseo.

		
Te amé tal vez por las doradas hojas
que iba en tu corazón 
		reconociendo.
Pero hoy ya no. Que toquen los clarines.
Es la 
		resurrección de nuestros cuerpos.

		
Nos alzaremos con la madrugada.
Desnuda estás y blanca. Es el 
		momento,
el tiempo del abrazo. Y te vas. Queda
la noche gris sobre 
		mi pensamiento.

		
No encontraré otro cuerpo de más vida
ni, dentro de lo vivo, más 
		sereno.
Es la serenidad del alba. Vamos.
Al monte más distante 
		subiremos.

		
Pero nos llaman a olvidar, hoy hace
sombra en todas las calles y 
		en mi pecho.
Como una torre de cristal vacía
se me derrumbarán 
		todos los sueños.
11.

En el principio, el agua...

En el principio, el 
		agua
abrió todas las puertas, echó las campanas al vuelo, 
		
subió a las torres de la paz -eran tiempos de paz-, 
bajó a los 
		hombros de mi profesor 
		
-aquellos hombros suyos tan metafísicos, 
tan doctrinales, tan

		florecidos de libros de Aristóteles-, 
		
bajó a sus hombros, no os engaño, 
y saltó por su pecho como un 
		pájaro vivo.


		Ah, no te olvido,
a 
		ojos cerrados te recuerdo tapiando las ventanas,
sobre el papel en 
		blanco de la vida
dejando caer tinteros y palabras de piedra.
Y 
		era lo mismo: yo seguía puro;
los últimos de clase, los expulsados 
		por llevar ternura 
		
                                                           
		en los bolsillos,
seguíamos puros como el viento.
Antes de Thales 
		de Mileto,
mucho antes aún de que los filósofos fueran 
		
                                                               
		canonizados, 
cuando el diluvio universal, 
el llanto universal, 

		y un cielo todavía universal, 
		
el agua contraía matrimonio con el agua, 
y los hijos del agua 
		eran pájaros, flores, peces, árboles, 
		
eran caminos, piedras, montañas, humo, estrellas. 
Los hombres se 
		abrazaban, uno a uno, 
		
como corderos, las mujeres 
dormían sin temor, los niños todos 
		
se proclamaban hijos de la alegría, hermanos 
de la yerba verde,
		
los animales se dejaban
llevar, no estaban solos -nadie estaba 
		solo-, 
		
y era feliz el aire aun sin ponerse en movimiento, 
y en el 
		espejo de unas manos llenas de agua
iba a mirarse la esperanza, y 
		estaba limpia, y sonreía.


		(Aquí quisiera hablar, 
		abrir un libro -aquí, 
en este instante sólo- 
de aquel poeta puro 
		que sin cesar cantaba: 
		
"El mundo está bien hecho, el mundo está 
bien hecho, el mundo

		está bien hecho ..."  -aquí, en este instante sólo-.)
¡Y cómo no 
		iba a estar bien hecho, 
		
si en aquel tiempo las palomas altas 
se derretían como copos, 
		
si era inocente amarse desesperadamente, 
si las mañanas claras, 
		recién lavadas, daban 
		
su generoso corazón al hombre!


		Aquello era la vida,

		era la vida y empujaba,
                                  
		pero,
cuando entraron los lobos, después, 
                                            
		despacio, devorando, 
el agua se hizo amiga de la sangre, 
y en 
		cascadas de sangre cayó, como una herida, 
		
cayó sobre los hombres
desde el pecho de Dios, azul, eterno.
12.

Epitafio sin amor

Mientras vivió, 
		permaneció en lo alto. 
		
Hoy quedan retratos pisoteados, 
libros y panegíricos, 
y algo 
		como un horror en la conciencia 
		
colectiva. Su nombre, por fortuna, 
ha pasado a la historia para 
		ser 
		
ira, desprecio, escándalo 
de las generaciones, 
y aún dura en 
		las cloacas de aquel tiempo sombrío. 
		
Pero la maquinaria que creó 
no dura. Pieza a pieza, el engranaje 
		
fue destruido sin piedad.


		Un viento popular 
		barrió las vigas 
		
carcomidas, el moho, las distancias, 
y en el silencio que 
		quedara en pie 
		
fue posible por fin la primavera.
13.

Insomnio

Insaciable,
entré en 
		tu edad madura, en la maleza, 
		
busqué el tenso bambú, la carne cimbreante, 
con el designio de 
		un tardío acoso, 
		
y como el sueño no era sino un viaje 
cuyo mayor dolor es el 
		regreso, 
		
hacia la tapia fulgurante y ciega 
acompañé tu imagen, sufrí su 
		maleficio, 
		
oh misteriosa y húmeda concavidad vacía, 
cuerpo más que la 
		aurora vacilante, 
		
desolación para los que esperábamos, 
tras noches de ansiedad, 
		siglos de entrega.

Versos y pensamientos de Carlos Sahagún

4 citas
« En las bocas del metro / nadie espera »
Carlos Sahagún · A estas horas
« Qué niño irá a caballo / pensativo »
Carlos Sahagún · A imagen de la vida
« Aquí empieza la / historia. Fue una tarde »
Carlos Sahagún · Aquí empieza la historia
« Inútil experiencia / de libertad, el drago »
Carlos Sahagún · Árbol en Galdar
Biblioteca poética

Libros de Carlos Sahagún recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: