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Carlos Pellicer · Al dejar un alma
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Pellicer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Pellicer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Agua crepuscular, agua sedienta, se te van como sílabas los pájaros tardíos. Meciéndose en los álamos el viento te descuentan la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos. Alié mi pensamiento a tus goces sombríos y gusté la dulzura de tus palabras lentas. Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas: yo devoré en el pan tus trágicos estíos. Mis manos quedarán húmedas de tu seno. De mis obstinaciones te quedará el veneno, flotante flor de angustia que bautizó el destino. De nuestros dos silencios ha de brotar un día el agua luminosa que dé un azul divino al fondo de cipreses de tu alma y de la mía.
Amor sin nombre, ámbito destino de ser y de no estar. Tu pronto asedio sostiene mi dolor y anula el tedio de copa exhausta o apretado vino. En un alto silencio, un aquilino palmo azul de silencio, vivo. En medio de la infausta paciencia de tu asedio abro las jaulas y desbordo el trino. Por ti cuelgo coronas en los muros; por ti soy más fugaz y en los maduros soñares aligero tus canciones. Y te llevo en mi ser y has recogido la actitud que en Florencias o Bizancios consagra sus palomas al olvido.
¿En qué rayo de luz, amor ausente tu ausencia se posó? Toda en mis ojos brilla la desnudez de tu presencia. Dúos de soledad dicen mis manos llenas de ácidos fríos y desgarrados horizontes. Veo el otoño lleno de esperanza como una atardecida primavera en que una sola estrella vive el cielo ambulante de la tarde. Te amo, amor, y nada estoy diciendo para llamarte. Siento que me duelen los ojos de no llorar. Y veo que tu ausencia me encuentra como el cielo encendido y una alegría triste de no usarla como esos días en que nada ocurre y está toda la casa inútilmente iluminada. En la destruida alcoba de tu ausencia pisoteados crepúsculos reviven sus harapos, morados de recuerdos. En el alojamiento de tu ausencia todo lo ocupo yo, clavando clavos en las cuatro paredes de la ausencia. Y este mundo cerrado que se abre al interior de un bosque antiguo, ve marchitarse el tiempo, despolvorearse la luz, y mira a todos lados sin encontrar el punto de partida. Aunque vengas mañana en tu ausencia de hoy perdí algún reino. Tu cuerpo es el país de las caricias, en donde yo, viajero desolado -todo el itinerario de mis besos- paso el otoño para no morirme, sin conocer el valor de tu ausencia como un diamante oculto en lo más triste.
A Joaquín Romero Entre todas las flores, señoras y señores, es el lirio morado la que mas me alucina. Andando una mañana solo por Palestina, algo de mi conciencia con morados colores tomó forma de flor y careció de espinas. El aire con un pétalo tocaba las colinas que inaugura la piedra de los alrededores. Ser flor es ser un poco de colores con brisa. Sueño de cada flor la mañana revisa con los dedos mojados y los pómulos duros de ponerse en la cara la humedad de tos muros, El reino vegetal es un país lejano aun cuando nosotros creámoslo a la mano. Difícil es llegar a esbeltas latitudes; mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes. Las palabras con ritmo —camino del poema— se adhieren a la intacta sospecha de una yema. Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila. Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano siento la conexión y lo que se destila en el alma cuando alguien está junto a un hermano. Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó las más altas banderas que en su memoria vasta el viento de los siglos inútilmente ajó. Estar árbol a veces, es quedarse mirando (sin dejar de crecer) el agua humanidad y llenarse de pájaros para poder, cantando, reflejar en las ondas quietud y soledad. Ser flor es ser un poco de colores con brisa; la vida de una flor cabe en una sonrisa. Las orquídeas penumbras mueren de una mirada mal puesta de los hombres que no saben ver nada. En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo y al otro día nace color de color nuevo. La orquídea es una flor de origen submarino. Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán, los hallé recordando la historia y el destino de esas flores que anidan tan distantes del mar. Cuando el nopal florece hay un ligero aumento de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica su imagen. Y entre espinas con que se da tormento, momento colibrí a la flor califica. El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros "habláramos castilla" hubo un día del mes consagrado a la muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre los altares chorreaban buena suerte. También el calendario registra un día flor. Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores frescas a cada hora. En su máscara brilla la sonrisa profunda de todos los amores. (Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces a esas jóvenes indias en que Diego Rivera halló a través de siglos los eternos enlaces de un pueblo en pie que siembra la misma primavera). A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido. Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido. (Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda en mi lecho de piedra de agua clara y redonda). Si está herido de rosas un jardín, los gorriones le romperán con vidrio sonoros corazones de gorriones de vidrio, y el rosal más herido deshojará una rosa allá por los rincones, donde los nomeolvides en silencio han sufrido. Nada nos hiere tanto como hallar una flor sepultada en las páginas de un libro. La lectura calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor humedece la flor de una antigua ternura. (Como ustedes han visto, señoras y señores, hay tristeza también en esto de las flores). Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo todo se ve de frente y nada de soslayo. Es uno tan jardín entonces que la tierra mueve gozosamente la negrura que encierra, y el alma vegetal que hay en la vida humana crea el cielo y las nubes que inventan la mañana. Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre. Todo el Valle de México de colores se cubre y hay en su poesía de otoñal primavera un largo sentimiento de esperanza que espera. Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre salgo al campo). La lluvia y el hombre como siempre hacen temblar el campo. Ese último jardín, en el valle de octubre, tiene un profundo fin. Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea; esa frase sería una frase lapídea; mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano saldrían las palabras perfectas de mi mano. Que la última flor de esta prosa con flores séala un pensamiento. (De pensar lo que siento al sentir lo que piensan las flores, los colores de la cara poética los desvanece el viento que oculta en jacarandas las palabras mejores). Quiero que nadie sepa que estoy enamorado. De esto entienden y escuchan solamente las flores. A decir me acompañe cualquier lirio morado: señoras y señores, aquí hemos terminado.
En el silencio de la casa, tú, y en mi voz la presencia de tu nombre besado entre la nube de la ausencia manzana aérea de las soledades. Todo a puertas cerradas, la quietud de esperarte es vanguardia de heroísmo, vigilando el ejército de abrazos y el gran plan de la dicha. Yo no sé caminar sino hacia ti, por el camino suave de mirarte poner mis labios junto a mis preguntas -sencilla, eterna flor de preguntarte- y escucharte así en mí ¡y a sangre y fuego rechazar, luminoso, las penumbras...! Manzana aérea de las soledades, bocado silencioso de la ausencia, palabra en viaje, ropa del invierno que hará la desnudez de las praderas. Tú en el silencio de la casa. Yo en tus labios de ausencia, aquí tan cerca que entre los dos la ronda de palabras se funde en la mejor que da el poema.
En una de esas tardes sin más pintura que la de mis ojos, te desnudé y el viaje de mis manos y mis labios llenó todo tu cuerpo de rocío. Aquel mundo amanecido por la tarde, con tantos episodios sin historias, fue silenciosamente abanderado y seguido por pueblos de ansiedades. Entre tu ombligo y sus alrededores sonreían los ojos de mis labios y tu cadera, esfera en dos mitades, alegró los momentos de agonía en que mi vida huyó para tu vida. Estamos tan presentes, que el pasado no cuenta sin ser visto. No somos lo escondido; en el torrente de la vida estamos. Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí toda el agua que va rumbo a tus cántaros. Tu nombre, tu alegría… Nadie lo sabe; ni tú misma a solas.
Esta barca sin remos es la mía. Al viento, al viento, al viento solamente le ha entregado su rumbo, su indolente desolación de estéril lejanía. Todo ha perdido ya su jerarquía. Estoy lleno de nada y bajo el puente tan sólo el lodazal, la malviviente ruina del agua y de su platería. Todos se van o vienen. Yo me quedo a lo que dé el perder valor y miedo. ¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera! Un mar sin honra y sin piratería, excelsitudes de un azul cualquiera y esta barca sin remos que es la mía.
A la Sra. Lupe Medina de Ortega 1 Los grupos de palomas, notas, claves, silencios, alteraciones, modifican el ritmo de la loma. La que se sabe tornasol afina las ruedas luminosas de su cuello con mirar hacia atrás a su vecina. Le da al sol la mirada y escurre en una sola pincelada plan de vuelos a nubes campesinas. 2 La gris es una joven extranjera cuyas ropas de viaje dan aire de sorpresas al paisaje sin compradoras y sin primaveras. 3 Hay una casi negra que bebe astillas de agua en una piedra. Después se pule el pico, mira sus uñas, ve las de las otras, abre un ala y la cierra, tira un brinco y se para debajo de las rosas. El fotógrafo dice: para el jueves, señora. Un palomo amontona sus erres cabeceadas, y ella busca alfileres en el suelo que brilla por nada. Los grupos de palomas -notas, claves, silencios, alteraciones- modifican lugares de la loma. 4 La inevitablemente blanca sabe su perfección. Bebe en la fuente y se bebe a sí misma y se adelgaza cual un poco de brisa en una lente que recoge el paisaje. Es una simpleza cerca del agua. Inclina la cabeza con tal dulzura, que la escritura desfallece en una serie de sílabas maduras. 5 Corre un automóvil y las palomas vuelan. En la aritmética del vuelo, los «ochos» árabes desdóblanse y la suma es impar. Se mueve el cielo y la casa se vuelve redonda. Un viraje profundo. Regresan las palomas. notas. claves. Silencios. Alteraciones. El lápiz se descubre; se inclinan las lomas y por 20 centavos se cantan las canciones.
de junio Vuelvo a ti, soledad, agua vacía, agua de mis imágenes, tan muerta, nube de mis palabras, tan desierta, noche de la indecible poesía. Por ti la misma sangre -tuya y mía- corre el alma de nadie siempre abierta. Por ti la angustia es sombra de la puerta que no se abre de noche ni de día. Sigo la infancia en tu prisión, y el juego que alterna muertes y resurrecciones de una imagen a otra vive ciego. Claman el viento, el sol y el mar del viaje. Yo devoro mis propios corazones y juego con los ojos del paisaje. Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento. Junio se lleva ahora como el viento y el alma inútilmente fue gozosa. Al año de morir todos los días los frutos de mi voz dijeron tanto y tan calladamente, que unos días vivieron a la sombra de aquel canto. (Aquí la voz se quiebra y el espanto de tanta soledad llena los días.) Hoy hace un año, Junio, que nos viste, desconocidos, juntos, un instante. Llévame a ese momento de diamante que tú en un año has vuelto perla triste. Álzame hasta la nube que ya existe, líbrame de las nubes, adelante. Haz que la nube sea el buen instante que hoy cumple un año, Junio, que me diste. Yo pasaré la noche junto al cielo para escoger la nube, la primera nube que salga del sueño, del cielo, del mar, del pensamiento, de la hora, de la única hora que me espera ¡Nube de mis palabras, protectora!
Hoy que has vuelto, los dos hemos callado, y sólo nuestros viejos pensamientos alumbraron la dulce oscuridad de estar juntos y no decirse nada. Sólo las manos se estrecharon tanto como rompiendo el hierro de la ausencia. ¡Si una nube eclipsara nuestras vidas! Deja en mi corazón las voces nuevas, el asalto clarísimo, presente, de tu persona sobre los paisajes que hay en mí para el aire de tu vida.
La primera tristeza ha llegado. Tus ojos fueron indiferentes a los míos. Tus manos no estrecharon mis manos. Yo te besé y tu rostro era la piedra seca de las alturas vírgenes. Tus labios encerraron en su prisión inútil mi primera amargura. En vano tu cabeza puse en mi hombro y en vano besé tus ojos. Eras el oasis cruel que envenenó sus aguas y enloqueció a la sed. Y se fue levantando del horizonte una nube. Su tez morena voló a color. De nuevo fue oscureciendo el tono de los días de antes. yo abandoné tu rostro y mis manos ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio. Era el silencio horrible de los frutos podridos. Oí que en mi garganta tropezó la derrota con las piedras fatales. Yo me cubrí los ojos para no ver las lágrimas que huían hacia mí. Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía llorar mis propias lágrimas en el primer silencio de la primera tristeza. El alma de ese día llegó de lejos -tu alma- y se quedó en mi pecho.
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