Poesía Universal

Carlos Murciano

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Murciano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Murciano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carlos Murciano

9 poemas seleccionados
1.

Donde el poeta comparte su lecho por vez primera

Guardo la primavera
bajo 
	mi blanca sábana.
Toco sus manos niñas,
su cintura perfecta,
sus 
	senos como claras
palomas asustándose,
rozo sus hombros tersos,

	redondos como frutos
y pronuncio en su boca
mi beso más liviano.


	Guardo la primavera:

	tengo el amor crecido,
tengo el amor creciendo
como luna en mi cuarto.


	Decid, los amadores,
si 
	cuando abril se cuelga
de las acacias vírgenes
hubiera algo más bello

	que poseer sus brazos.
Pues yo los tengo ahora
conmigo, floreciéndose,

	poblándose de pájaros
pequeños y piantes.
Decid, los amadores...

	Mas no digáis, callad.
Callad, que hoy tengo el sueño
ligero y 
	compartido
y no me atrevo ni
a despertar, no vaya
a ser que sólo 
	sea
un sueño tanta dicha.


	Afuera queda el mundo,

	las estrellas rodando,
y el viento azul y leve
con que Dios se corona.

	Pero la primavera
la tengo aquí, conmigo.
Callad. No levantéis

	rumor. que yo, por vez
primera, en esta noche
con una rosa duermo.
2.

Donde

el poeta compone, de otras muchas, una oración por la amada 

	y el hijo que esperan


	Dios te salve, ternura, que ahora me llevas a la
derecha de mi vida; 
	adonde ella me crece,
ala mía derecha, ala de lo que tuve
o bien pude 
	tener de ángel celeste o niño.
Dios te salve, muchacha que ya tengo por 
	mía,
que en esto que me suena del lado izquierdo -¿ala
segunda, roja, 
	fuerte, poderosa?- me anidas.
Dios te salve, Dios mismo, y Dios me salve 
	el verso,
la oración que de escombros de oraciones levanto:
Padre 
	nuestro que estás en los suelos del hombre.
hoy te pido por ella, porque 
	es niña y no puede;
dulce Santa María, madre de Dios y nuestra,
hoy te 
	pido por ella, porque es niña y no sabe;
vírgenes que por vírgenes 
	alcanzasteis lo eterno.
bendecid este fruto primero de su vientre;

	mártires cuya carne el amor desgarrara,
conservadme la suya de gacela 
	temblando;
ángeles, serafines, levísimos arcángeles;
prestadle vuestro 
	peso para que no se venga.
En el nombre del hijo que alberga, 
	preservadla;
el nombre del hijo derramad la alegría.
Y si algo pudo 
	haceros que merezca castigo
-y perdonad si dudo que tan niña pudiera-,

	en el nombre del padre descargad vuestra furia,
en el nombre del padre 
	-ya sabéis cuál es: Carlos
descargad vuestro justo latigazo de ira.
3.

Donde el poeta habla a la amada por vez primera de sus dos hijas

Llegaron juntas a la pena mía
como desde tu vientre hasta la cuna.

	Te quise mucho en el dolor. Alguna
vez te podré decir lo que sentía.

	
Llegaron juntas hasta mi alegría
cuando crecía en soledad la luna

	y otoño vareaba la aceituna
en los olivos de mi Andalucía.

	
Hubo una vez en ti tres corazones.
Mas como me los distes, no 
	dispones
más que del mío en sombra y no te vale.

	
O sí te vale. Mírale la llama.
Bendita sea, Dios, la doble rama

	que al tronco del amor más puro sale.
4.

Donde el poeta pide a la amada que no se ruborice por el motivo de su soneto

Aquí palomas pares y gemelas
una mañana se posaron. Mira
cómo 
	mi mano torpe se retira
cuando con tu desdén las arcangelas.

	
Dije palomas. Pero no: gacelas
debí decir. ¡Qué bosque de mentira

	crece ante mi mirada que delira
viendo que de mi mano ni recelas!

	
¿Gacelas? Pues acaso no acertara.
Mejor claras colinas donde asomas

	la total granazón de tus veranos.

	
Quemaran y en su fuego me quemara.
Mátame amor, mas vengan tus 
	palomas,
gacelas o colinas a mis manos.
5.

Donde el poeta termina venciéndose a su amada

La soledad, mi mala 
	consejera,
vuelve otra vez a hablarme en el oído:
Para habitar la 
	bruma o el olvido
basta morirse de cualquier manera.


	Lo mismo da morirse en 
	primavera
de una corazonada, que mordido
por los perros del hambre, 
	que aterido
en un invierno pálido y cualquiera.


	La verdad es que igual me 
	da sentirme
de silencio la voz, el pie de roca,
yerto para escaparme o 
	evadirme.


	Máteme a mí la muerte que 
	me toca.
A mí tanto me da de qué morirme.
Pero es mejor morirme de tu 
	boca.
6.

El reloj

Esto de no ser más que tiempo espanta.
La solución bajo el costado 
	izquierdo:
un fiel reloj al que jamás me acuerdo
de darle cuerda y, 
	sin embargo, canta.

	
Canta con un martillo en la garganta,
mas sé que estoy perdido si lo 
	pierdo.
A martillazos vive su recuerdo.
Sin embargo, ni atrasa ni 
	adelanta.

	
A veces se le olvida hacer ruido.
A veces hace por salir del nido

	y si no lo consigue, humano, llora.

	
A veces suena a Dios. De todos modos
es un reloj y un día, como 
	todos,
se quedará parado en cualquier hora.
7.

En la casa

Iba abriendo las últimas estancias.
Nada turbaba el polvo gris del suelo.

	Triste la luz, sobre los altos muros,
acuchillaba el tiempo.

	
Nadie pisaba. Nadie turbia. (¿Nadie
pisaba las orillas del silencio?)

	En el cristal, sangrando, rebotaba
un pájaro de hielo.

	
Iba desempolvando los rincones.
«Ahora es verdad. Ahora. Esto fue un 
	beso
dulce, aquello una palabra... ¡Oh, Dios!,
¿y esto? »

	
Se tocaba las manos. No sabía.
Acariciaba, roto, un pedazo de sueño.

	¿Qué es...? ¿Qué es...? Temblaba. Torpe, había
olvidado el recuerdo.

	
«Aquí hubo alguien. Yo lo sé. Aquí
vivía alguien. ¿Quién, ¡oh Dios! , 
	quién...?» Luego
lloró sobre las losas. ..Se buscaba
él mismo sin 
	saberlo.
8.

Era con sol

Era con sol. Corríamos.

	Temblaba el mundo con nosotros. 
	
Era con sol. Hablaban ruiseñores,
hablaban claros álamos;

	desnudaba alegría la mañana.


	Yo te decía: amor, amiga, 
	escucha:
tú tienes unas manos que vuelan a palomas,
tú tienes en los 
	ojos dos canciones sonándote,
tú tienes de campana la voz, la vida toda.

	Yo sólo tengo un mundo que sabe a corazón,
que sabe a fruta verde 
	todavía,
un camino a tristeza, otoñalmente largo,
y una fuente muy 
	dentro que mana gris el alma.


	Y tocaba tus dedos y te 
	decía: amor,
amiga, escucha:
Esta frente que estás acariciándome 
	ahora,
esta piel, este verso,
son algo menos tuyos, son de nunca,

	son de silencio o nada,
son de parque con niebla o arroyo con guijarros.


	Y estábamos despacio bajo 
	el día.
era con sol. El esquilón del buey
tañía a hierba verde con 
	rocío
y una brizna de brisa los trigos oleaba.
Yo seguía diciendo 
	mientras, cerca,
iba fluyendo tu garganta en nieve:
Yo tengo, amor... 
	Tú tienes -me decías-,
tú me tienes a mí, tú tienes estos labios
que 
	ahora... sólo... besan...
9.

Eres tú, no las olas

«...tú eres quien me acabas,
                                                                
	que las olas no.»
                                                                 
	Pedro de Quirós

EL mar es como un niño consentido:
sobre la 
	arena arroja a las gaviotas
y echa a rodar entre las olas rotas
los 
	últimos recuerdos del olvido.

	
Arrastra ya el verano, malherido,
la desesperación de las derrotas.

	Flota la luna en el poniente. Flotas
sobre mi corazón atardecido.

	
En el rincón más fiel de la bahía
arde tu cuerpo entre mis manos, 
	mientras
arroja el mar sus besos y sus babas.

	
Baten las grandes olas mi agonía
y, a su compás, me buscas y me 
	encuentras.
Y eres tú, no las olas, quien me acabas.

Versos y pensamientos de Carlos Murciano

4 citas
« mi blanca sábana. / Toco sus manos niñas, »
Carlos Murciano · Donde el poeta comparte su lecho por vez primera
« el poeta compone, de otras muchas, una oración por la amada / y el hijo que esperan »
Carlos Murciano · Donde
« Llegaron juntas a la pena mía / como desde tu vientre hasta la cuna. »
Carlos Murciano · Donde el poeta habla a la amada por vez primera de sus dos hijas
« Aquí palomas pares y gemelas / una mañana se posaron. Mira »
Carlos Murciano · Donde el poeta pide a la amada que no se ruborice por el motivo de su soneto
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