« mi blanca sábana. / Toco sus manos niñas, »
Carlos Murciano · Donde el poeta comparte su lecho por vez primera
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Murciano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Murciano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Guardo la primavera bajo mi blanca sábana. Toco sus manos niñas, su cintura perfecta, sus senos como claras palomas asustándose, rozo sus hombros tersos, redondos como frutos y pronuncio en su boca mi beso más liviano. Guardo la primavera: tengo el amor crecido, tengo el amor creciendo como luna en mi cuarto. Decid, los amadores, si cuando abril se cuelga de las acacias vírgenes hubiera algo más bello que poseer sus brazos. Pues yo los tengo ahora conmigo, floreciéndose, poblándose de pájaros pequeños y piantes. Decid, los amadores... Mas no digáis, callad. Callad, que hoy tengo el sueño ligero y compartido y no me atrevo ni a despertar, no vaya a ser que sólo sea un sueño tanta dicha. Afuera queda el mundo, las estrellas rodando, y el viento azul y leve con que Dios se corona. Pero la primavera la tengo aquí, conmigo. Callad. No levantéis rumor. que yo, por vez primera, en esta noche con una rosa duermo.
el poeta compone, de otras muchas, una oración por la amada y el hijo que esperan Dios te salve, ternura, que ahora me llevas a la derecha de mi vida; adonde ella me crece, ala mía derecha, ala de lo que tuve o bien pude tener de ángel celeste o niño. Dios te salve, muchacha que ya tengo por mía, que en esto que me suena del lado izquierdo -¿ala segunda, roja, fuerte, poderosa?- me anidas. Dios te salve, Dios mismo, y Dios me salve el verso, la oración que de escombros de oraciones levanto: Padre nuestro que estás en los suelos del hombre. hoy te pido por ella, porque es niña y no puede; dulce Santa María, madre de Dios y nuestra, hoy te pido por ella, porque es niña y no sabe; vírgenes que por vírgenes alcanzasteis lo eterno. bendecid este fruto primero de su vientre; mártires cuya carne el amor desgarrara, conservadme la suya de gacela temblando; ángeles, serafines, levísimos arcángeles; prestadle vuestro peso para que no se venga. En el nombre del hijo que alberga, preservadla; el nombre del hijo derramad la alegría. Y si algo pudo haceros que merezca castigo -y perdonad si dudo que tan niña pudiera-, en el nombre del padre descargad vuestra furia, en el nombre del padre -ya sabéis cuál es: Carlos descargad vuestro justo latigazo de ira.
Llegaron juntas a la pena mía como desde tu vientre hasta la cuna. Te quise mucho en el dolor. Alguna vez te podré decir lo que sentía. Llegaron juntas hasta mi alegría cuando crecía en soledad la luna y otoño vareaba la aceituna en los olivos de mi Andalucía. Hubo una vez en ti tres corazones. Mas como me los distes, no dispones más que del mío en sombra y no te vale. O sí te vale. Mírale la llama. Bendita sea, Dios, la doble rama que al tronco del amor más puro sale.
Aquí palomas pares y gemelas una mañana se posaron. Mira cómo mi mano torpe se retira cuando con tu desdén las arcangelas. Dije palomas. Pero no: gacelas debí decir. ¡Qué bosque de mentira crece ante mi mirada que delira viendo que de mi mano ni recelas! ¿Gacelas? Pues acaso no acertara. Mejor claras colinas donde asomas la total granazón de tus veranos. Quemaran y en su fuego me quemara. Mátame amor, mas vengan tus palomas, gacelas o colinas a mis manos.
La soledad, mi mala consejera, vuelve otra vez a hablarme en el oído: Para habitar la bruma o el olvido basta morirse de cualquier manera. Lo mismo da morirse en primavera de una corazonada, que mordido por los perros del hambre, que aterido en un invierno pálido y cualquiera. La verdad es que igual me da sentirme de silencio la voz, el pie de roca, yerto para escaparme o evadirme. Máteme a mí la muerte que me toca. A mí tanto me da de qué morirme. Pero es mejor morirme de tu boca.
Esto de no ser más que tiempo espanta. La solución bajo el costado izquierdo: un fiel reloj al que jamás me acuerdo de darle cuerda y, sin embargo, canta. Canta con un martillo en la garganta, mas sé que estoy perdido si lo pierdo. A martillazos vive su recuerdo. Sin embargo, ni atrasa ni adelanta. A veces se le olvida hacer ruido. A veces hace por salir del nido y si no lo consigue, humano, llora. A veces suena a Dios. De todos modos es un reloj y un día, como todos, se quedará parado en cualquier hora.
Iba abriendo las últimas estancias. Nada turbaba el polvo gris del suelo. Triste la luz, sobre los altos muros, acuchillaba el tiempo. Nadie pisaba. Nadie turbia. (¿Nadie pisaba las orillas del silencio?) En el cristal, sangrando, rebotaba un pájaro de hielo. Iba desempolvando los rincones. «Ahora es verdad. Ahora. Esto fue un beso dulce, aquello una palabra... ¡Oh, Dios!, ¿y esto? » Se tocaba las manos. No sabía. Acariciaba, roto, un pedazo de sueño. ¿Qué es...? ¿Qué es...? Temblaba. Torpe, había olvidado el recuerdo. «Aquí hubo alguien. Yo lo sé. Aquí vivía alguien. ¿Quién, ¡oh Dios! , quién...?» Luego lloró sobre las losas. ..Se buscaba él mismo sin saberlo.
Era con sol. Corríamos. Temblaba el mundo con nosotros. Era con sol. Hablaban ruiseñores, hablaban claros álamos; desnudaba alegría la mañana. Yo te decía: amor, amiga, escucha: tú tienes unas manos que vuelan a palomas, tú tienes en los ojos dos canciones sonándote, tú tienes de campana la voz, la vida toda. Yo sólo tengo un mundo que sabe a corazón, que sabe a fruta verde todavía, un camino a tristeza, otoñalmente largo, y una fuente muy dentro que mana gris el alma. Y tocaba tus dedos y te decía: amor, amiga, escucha: Esta frente que estás acariciándome ahora, esta piel, este verso, son algo menos tuyos, son de nunca, son de silencio o nada, son de parque con niebla o arroyo con guijarros. Y estábamos despacio bajo el día. era con sol. El esquilón del buey tañía a hierba verde con rocío y una brizna de brisa los trigos oleaba. Yo seguía diciendo mientras, cerca, iba fluyendo tu garganta en nieve: Yo tengo, amor... Tú tienes -me decías-, tú me tienes a mí, tú tienes estos labios que ahora... sólo... besan...
«...tú eres quien me acabas,
que las olas no.»
Pedro de Quirós
EL mar es como un niño consentido:
sobre la
arena arroja a las gaviotas
y echa a rodar entre las olas rotas
los
últimos recuerdos del olvido.
Arrastra ya el verano, malherido,
la desesperación de las derrotas.
Flota la luna en el poniente. Flotas
sobre mi corazón atardecido.
En el rincón más fiel de la bahía
arde tu cuerpo entre mis manos,
mientras
arroja el mar sus besos y sus babas.
Baten las grandes olas mi agonía
y, a su compás, me buscas y me
encuentras.
Y eres tú, no las olas, quien me acabas.
« mi blanca sábana. / Toco sus manos niñas, »
« el poeta compone, de otras muchas, una oración por la amada / y el hijo que esperan »
« Llegaron juntas a la pena mía / como desde tu vientre hasta la cuna. »
« Aquí palomas pares y gemelas / una mañana se posaron. Mira »
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