Poesía Universal

Carlos Marzal

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Marzal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Marzal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carlos Marzal

14 poemas seleccionados
1.

Decrepitud

Asilados en una infancia obscena,
en el exilio de su misma sombra,

		desde un limbo de hielo, 
		
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el 
		enigma viejo de estar vivo.

		
Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de 
		tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la 
		carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en 
		deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,

		arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, 
		balbucientes.

		
Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la 
		vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo 
		inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta 
		desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.

		
Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.

		
Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te 
		amaremos.

		
Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo 
		frágil.

		
De "Metales Pesados" 2001
2.

El animal dormido

A Luis García Montero

		
Has llegado en la noche,
como otras tantas noches,
hasta la 
		casa apuntalada en sombras.
La puerta ha clausurado el alba 
		amenazante,
y, tú mismo una sombra, te desvistes
por el pasillo a 
		tientas,
con las voces aún y el sabor de esa noche
hurgando en la 
		memoria.

		
La habitación todavía es más ciega,
y la invade, corpórea,
la 
		familiar tibieza de una niebla invisible.
Has tumbado tu noche, tu 
		cansancio y tu cuerpo,
junto al cansado cuerpo de su noche.
Quién 
		sabe qué fantasmas la estarán visitando,
con quién departirá
en la 
		hora puntual de los demonios,
por qué tierras salvajes de los sueños

		andará extraviada y sin echarte en falta.
Toda la suma de 
		casualidades,
de planes no cumplidos,
de rutas postergadas, de 
		incertezas,
y que llevan por fin hasta esta noche,
resulta un 
		laberinto incomprensible.

		
Mientras rumias un violento deseo,
ella duerme a tu lado,

		flota sobre las aguas del lago de la noche,
ajena a tus preguntas sin 
		respuesta,
y su respiración, en esas aguas,
es el fiel testimonio 
		de que hay vida,
de que aún no te has ahogado.

		
Qué está ella haciendo aquí,
qué estoy haciendo.
El lago no 
		responde desde sus aguas frías.
No creo que mañana obtenga la 
		respuesta.
Mientras tanto,
ya me he acercado al animal dormido,

		su orilla me ha abrazado,
y sin más tiempo para pedir ayuda
nos 
		hemos ido al fondo de la noche.

		
De "Los países nocturnos" 1996
3.

El combate por la luz

De tanto ver la luz hemos perdido
la recta proporción de ese 
		milagro, 
		
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que 
		queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, 
		hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día 
		se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para 
		que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo 
		convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud 
		consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de 
		desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que 
		cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar 
		siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer 
		dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino 
		de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de 
		oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe

		sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.

		En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que 
		impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,

		del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a 
		cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,

		brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un 
		bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha 
		visto nadie.

		
De "Metales Pesados" 2001
4.

El corazón perplejo

Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón, 
		
                                                 
		no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca 
		más por lo que has visto.
Calamitoso corazón, 
		
                                          
		alienta. 

Aprende en este ahora 
el pálpito que vuelve con lo 
		eterno, 
		
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están 
		cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos 
		si calculas. 
		
Ciégate en esperanza, 
                                            
		errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está 
		esperando.

		
Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas 
		muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu 
		incertidumbre.
No permitas 
		
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor 
		oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo 
		en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu 
		mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez. 
		

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido 
		fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el 
		enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.

		
Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón, 
                                
		en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de 
		cantar, 
		
                                          
		enajenados.

De "Metales Pesados" 2001
5.

El juego de la rosa

Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal pero 
		intangible.

		
Es la rosa más pura, de la que otros han dicho
que es todas las 
		rosas. Tiene un cuerpo
de amor, mortal y rosa, y su perfume
arde 
		en la sinrazón de esta alta noche.

		
Es la cúbica rosa de los sueños,
la rosa de los sueños, 
la 
		rosa del otoño de las rosas.
Y esa rosa perdura en la palabra

		rosa, cien vidas más allá de cuanto dura
el imposible juego de la 
		vida.

		
Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal e 
		inmarcesible.
6.

El jugador

Habitaba un infierno íntimo y clausurado,
sin por ello dar muestras 
		de enojo o contrición.
En el club le envidiaban el temple de sus 
		nervios
y el supuesto calor de una hermosa muchacha
cariñosa en 
		exceso para ser su sobrina.
Nunca le vi aplaudir carambolas ajenas

		ni prestar atención al halago del público.
No se le conocía un oficio 
		habitual,
y a veces lo supuse viviendo en los billares,
como una 
		pieza más imprescindible al juego.
Le oí decir hastiado un día a la 
		muchacha:

		Sufría en ocasiones, cuando el juego importaba.
Ahora no importa 
		el juego. Tampoco el sufrimiento.
Pero siento nostalgia de mi antigua 
		desdicha.
Al verlo recortado contra la oscuridad,
en mangas 
		de camisa, sosteniendo su taco,
lo creí en ocasiones cifra de 
		cualquier vida.
Hoy rechazo, por falsa, la clara asociación:
no 
		siempre la existencia es noble como el juego,
y hay siempre jugadores 
		más nobles que la vida.

		
De "El último de la fiesta"
7.

El

origen del mundo

                                                                  
		A Felipe Benítez Reyes


		No se 
		trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a 
		aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan

		sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,

		como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban, 
		consumidos, 
		
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el 
		hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

		
No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre 
		los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es 
		tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde

		detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

		
El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;

		también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el 
		tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de 
		la especie.

		
Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando 
		lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de 
		brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,

		vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
                                             
		Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra 
		vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de 
		carne abierta.

		
La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.
El origen del 
		mundo.

		
De "Metales Pesados" 2001
8.

El poema de amor que nunca escribirás

Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti 
		dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán 
		de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas 
		de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

		
Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, 
		sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, 
		falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban 
		por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos 
		evocarlos):

		
De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, 
		mi amor, el fingir,  fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de 
		la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, 
		ya bebidos, tanto nos excitamos:

		De entre todas las perras que en la noche he tratado,


		la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas 
		de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,

		en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera 
		experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del 
		cansancio.

		
No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia 
		ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría 
		de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los 
		rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.

		

		Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes 
		muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-

		las cartas sin respuesta; yesos aniversarios,
tiernamente ridículos 
		después de celebrados,
que dejan en el alma aroma a mal teatro.

		
Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro 
		del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.

		El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, 
		ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.

		
El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, 
		porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.

		Una voz que te daña diría murmurando:

		Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que 
		tus palabras no tengan que inventarlo.

		
Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin 
		calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán 
		de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas 
		de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

		
De "El último de la fiesta"
9.

El pozo salvaje

Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,

		y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más 
		sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que 
		hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,

		por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que 
		quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un 
		lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, 
		y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde 
		siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan

		las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el 
		pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y 
		una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

		
Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
Acepta, brinda y bebe.


		De "Los países nocturnos" 1996
10.

El último de la fiesta

1 
Deberías marcharte. La fiesta ha terminado.
Helada y sucia ya 
		se anuncia el alba
con su oscuro cortejo de presagios.
Tendrías 
		que acostarte, huir de este lugar
antes de que la luz te restituya

		esa imagen de ti que ya conoces,
indefensa a tus ojos, lastimosa.

		
Has tocado por hoy el fondo de tu noche:
las ropas no guardan la 
		corrección de unas horas atrás
y tu lengua está torpe,
has 
		empezado a hurgar en la memoria
y ya no hay quien te fíe.
lo más 
		sensato ahora sería retirarse.

		
2 
Aquí, con convicción, ya nada te retiene.
Suena de nuevo 
		idéntica la música
y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del 
		local.
Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía
con quien 
		querer fingir la noche inacabable,
y te será mejor no recurrir
a 
		invitados finales,
errante cada cual en su constelación,
rezumando 
		bebida como paredes húmedas,
dispuestos a cualquier confidencia 
		extemporánea.

		
Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre;
pero hasta hace 
		poco era el teatro
idóneo para tus intenciones.
Se trataba de 
		malgastar el tiempo,
uno más entre la turbadora clientela,

		regresando al sabor bronco de noches apuradas,
de ti mismo perdido y 
		encontrado.
El azar nos otorga reductos alejados de la severidad,

		momentáneos reinos en donde nadie trata
el enojoso tema de la vida,

		no importa si a conciencia o ignorantes
de que la vida huye al ser 
		nombrada.
El azar nos obsequia y el azar nos despoja.

		
Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado,
y con la fiesta 
		terminó el hechizo.

		
3
Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a 
		quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con 
		tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de 
		acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una 
		vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de 
		nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo 
		acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.

		
4 
Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas,
y lo que 
		aquí te espera no es mejor.
Conoces de antemano cuál será tu 
		conducta:
sopesarás los dos ofrecimientos que posees
-la 
		despoblada soledad de una fiesta ya extinta,
la habitual afrenta de 
		estar solo contigo-
y antes de encaminarte hacia la casa
apurarás 
		la noche un poco más.
(Un poco más, a estas torpes alturas de tu 
		vida,
no puede ser muy malo.)
La fiesta ha terminado. Y aquí viene 
		la luz, 
		
la vieja hiena.

Has apurado el plazo
que la noche te había 
		concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si 
		vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga

		su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su 
		enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible 
		que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora

		que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.


		De "El 
		último de la fiesta" 1986
11.

La edad del paraíso

A César Simón

		
Supongamos que exista -argumentaste-
ese lugar que el hombre ha 
		ambicionado,
desde que al primer hombre le ofendió
la luz, que se 
		perdía; el tiempo, que no vuelve;
la belleza, que exalta, pero que no 
		apacigua;
o la felicidad, que, aunque la merezcamos,
parece 
		inmerecida; ese lugar que es suma
de todas nuestras cuentas 
		pendientes con la vida,
ese lugar en donde
los días no nos dejan 
		su rencorosa huella,
y todo allí es ameno, y se escucha la música,

		y no hay cuerpos enfermos, ni hay tentación
ni hay fieras.
                                
		Supongamos.

Vayamos más allá. Imaginemos
-y es mucho imaginar-

		que se te concediera la ocasión
de acceder a ese llámalo Cielo,
o 
		Arcadia, o Nolugar,
o Tapiado Jardín, o Paraíso,
y que fueses 
		capaz de permitirte
-y que te permitieran-
escoger tú la edad con 
		que vivir,
o, más exactamente, perdurar,
en esa paz ajena al rapto 
		de esta vida.
Supónlo.
                      
		Imagínatelo,
y dime ¿con cuál de las edades
de toda nuestra edad 
		desearías
habitar para siempre el Paraíso?
¿Querrías regresar a la 
		inocencia
tenaz y sostenida de la infancia,
en donde fuimos dioses 
		y demonios
al tiempo y sin saberlo?
¿O volver a arriesgar en la 
		estación violenta
llamada juventud, que nos abrasa
sólo con 
		pronunciarla? ¿No te hechiza,
acaso, el equilibrio de la mediana 
		edad,
cuando lo que ya sabes,
cuando lo que te queda por conocer 
		aún,
ni te arrebata el sueño ni te aflige?
¿O por qué no escoger 
		la carta venerable
de una vejez ya de vuelta de todo:
la madurez 
		ingrata,
la juventud candente, la infancia sin memoria?

		
Me dejó sin aliento la pregunta,
y no por lo intrincado de su 
		formulación,
tampoco por su tema, aventurado, abstruso,
sino por 
		el momento en que la realizaron:
estábamos bebiendo, y la noche 
		fluía,
por entre la terraza de aquel bar,
igual que un río en paz 
		con su conciencia.

		
(La buena educación no nos pemlite
colocar a la gente en aprietos 
		nocturnos,
sugerirle que ordene la vida, el universo,
en una 
		improvisada charla de café.)
Salí del paso con un par de bromas
y 
		el fluir de la noche prosiguió hacia su nada.
Sin embargo, hoy 
		regreso
hasta aquella reunión y sus preguntas,
no sé si por un 
		caprichoso azar de la memoria,
o si porque contraje esta pequeña 
		deuda,
para conmigo mismo.
                                        
		Supongamos.

¿Qué es ese Nolugar,
ese Jardín, qué es ese 
		Paraíso?
Parece en los relatos
un limbo insoportable de fantasmas,

		un lugar en el cual no existe la inquietud,
porque no existe nada de 
		lo cual inquietarse.
Y, dime, en ese caso,
¿a qué viene desear 
		otra infancia,
una sabia vejez? La juventud candente,
dime, ¿a 
		quién le importa?
Ahora bien, si ese Cielo,
fuese un trasunto 
		nuevo de esta vida,
una nueva ocasión donde enmendar
nuestro 
		propio fracaso, en el fracaso
total de la existencia; otro momento,

		para poder decir lo nunca dicho,
otra noche en su cama hasta 
		matarnos,
otro viaje, otro trago y otro precio,
ya veis, a fin de 
		cuentas, otra vida
sin fin y sin castigos; en ese caso, pues,
poco 
		me importa volver para ser niño
otras mil veces más, o regresar

		como cualquier anciano, como un joven sin tregua,
porque regresaría 
		incluso como un perro
tirado en la basura.

		
Pero de lo contrario no contéis conmigo,
pasad la página, apagad 
		la luz,
conceded mi rincón a quien quiera ocuparlo,
y a mí 
		perdedme luego,
en ese otro lugar en donde nada existe
y que es 
		más viejo aún que el Paraíso.

		
De "Los países nocturnos" 1996
12.

La fruta corrompida

A Vicente Gallego

		
Durante un meditado desayuno,
en una portentosa mañana de verano

		-lo gloria de un verano escolar y salvaje-,
pelé la fruta lento, 
		fervoroso.
Sabía ya que el verano y la fruta
son tesoros a flote 
		de un paraíso hundido.
Y cuando satisfecho la mordí,
apareció su 
		hueso descompuesto,
su carne corrompida y su gusano.

		
Para la mayor parte de este mundo,
una anécdota así no es más que 
		un accidente
del mundo natural, y para otros
una amarga metáfora

		en donde se resume la existencia.
Quién sabe...
                         
		Ahora recuerdo
aquella noche en que me desperté
confundido de un 
		sueño en donde había agua,
y encaminé mi sed a la cocina.
Como un 
		resucitado di la luz,
aproximé mis labios hasta el agua
y, justo 
		en el instante en el que fui a beber,
alcé la vista y vi a la 
		cucaracha sobre el grifo,
observándome, ciega, entre los ojos.

		
Quién sabe, otro accidente...
                         
      	
                                                  
		Aquella cucaracha
todavía me observa, complacida,
detrás de la 
		mirada de algún tipo,
desde detrás de los absurdos límites
de la 
		podrida carne de los días.

		
De "Los países nocturnos" 1996
13.

La lluvia en Regents Park

Debe de estar lloviendo en Regent's Park.
Y una suave neblina hará 
		que se extravíe
la hierba en el perfil del horizonte,
los robles a 
		lo lejos, las flores, los arriates.
Pausada, compasiva, descenderá la 
		lluvia
hoy sobre el corazón de la ciudad,
su angustia, su 
		estruendo,
sobre el mínimo infierno inabarcable
de cada pobre 
		diablo.
Igual que aquella tarde en la que fui feliz,
igual que 
		aquella lluvia
que me purificó, caritativa.

		
En las horas peores, 
cuando el desierto avanza, 
y no hay 
		robles, ni hay hierba, cuando pienso
que no saldré jamás del 
		laberinto,
y siento el alma sucia,
y el cuerpo, que se arrastra,

		cobarde, entre la biografía,
la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me 
		acaricia,
me vuelve a hacer aún digno,
aún merecedor
de algún 
		día de gloria de la vida.
La amable, la misericordiosa,
la dulce 
		lluvia inglesa.

		
De "Los países nocturnos" 1996
14.

La pequeña durmiente

No es que el mundo esté bien: es que no existe.
No hay nada 
		alrededor:
sólo tu sueño.
Nada tiene más ley que tu abandono,

		tu suave abjuración ,
la dulce apostasía que te ausenta.
No hemos 
		fundado el mundo: nunca cambia.
Pero este cuadro es nuevo
-padre e 
		hija-,
porque sólo el amor es diferente,
sin por ello dejar de ser 
		lo mismo.
El anchuroso mundo, que no importa,
gravita en torno a 
		ti: lo has imantado,
y vive irreprochable hacia tu brújula.
Lo 
		innúmero se rinde a tu unidad sencilla.
Durmiente flor desnuda en mis 
		palabras,
adormidera de los desencantos,
prístina amapola pálida.


		De 
		"Metales Pesados" 2001

Versos y pensamientos de Carlos Marzal

4 citas
« Asilados en una infancia obscena, / en el exilio de su misma sombra, »
Carlos Marzal · Decrepitud
« A Luis García Montero / Has llegado en la noche, »
Carlos Marzal · El animal dormido
« De tanto ver la luz hemos perdido / la recta proporción de ese »
Carlos Marzal · El combate por la luz
« Desventurado corazón perplejo, / inconsecuente corazón, »
Carlos Marzal · El corazón perplejo
Biblioteca poética

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