« Asilados en una infancia obscena, / en el exilio de su misma sombra, »
Carlos Marzal · Decrepitud
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Marzal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Marzal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Asilados en una infancia obscena, en el exilio de su misma sombra, desde un limbo de hielo, derritiéndose, los viejos testimonian, sin enigma, sobre el enigma viejo de estar vivo. Gota a gota en presente, son futuro, evanescencia al fin fuera de tiempo, que en la fronda del tiempo anda perdida. Espectros de la carne en su derrota, se acogen al sagrado de la carne, que en deserción de sí no los ampara. pabilos sin fulgor de inteligencia, arden a fuego extinto en su hendidura, ascuas de quienes fueron, balbucientes. Isla del fin del mundo, conmovidos, vemos flotar en pasmo la vejez, a la lunar deriva del asombro. Nos resulta del todo inconcebible nuestra decrepitud, nuestra mudanza hasta desconocernos en nosotros y en nosotros errar entre lo ajeno. Cómo subsiste ciega la energía en su impúdico afán de propagarse. Madre senilidad, nunca te amamos. Madre senilidad, no te amaremos. Qué frágil, en su ser, la fortaleza. Qué sólido el vivir, de sumo frágil. De "Metales Pesados" 2001
A Luis García Montero Has llegado en la noche, como otras tantas noches, hasta la casa apuntalada en sombras. La puerta ha clausurado el alba amenazante, y, tú mismo una sombra, te desvistes por el pasillo a tientas, con las voces aún y el sabor de esa noche hurgando en la memoria. La habitación todavía es más ciega, y la invade, corpórea, la familiar tibieza de una niebla invisible. Has tumbado tu noche, tu cansancio y tu cuerpo, junto al cansado cuerpo de su noche. Quién sabe qué fantasmas la estarán visitando, con quién departirá en la hora puntual de los demonios, por qué tierras salvajes de los sueños andará extraviada y sin echarte en falta. Toda la suma de casualidades, de planes no cumplidos, de rutas postergadas, de incertezas, y que llevan por fin hasta esta noche, resulta un laberinto incomprensible. Mientras rumias un violento deseo, ella duerme a tu lado, flota sobre las aguas del lago de la noche, ajena a tus preguntas sin respuesta, y su respiración, en esas aguas, es el fiel testimonio de que hay vida, de que aún no te has ahogado. Qué está ella haciendo aquí, qué estoy haciendo. El lago no responde desde sus aguas frías. No creo que mañana obtenga la respuesta. Mientras tanto, ya me he acercado al animal dormido, su orilla me ha abrazado, y sin más tiempo para pedir ayuda nos hemos ido al fondo de la noche. De "Los países nocturnos" 1996
De tanto ver la luz hemos perdido la recta proporción de ese milagro, que otorga a la materia su volumen, contorno fiel al mundo que queremos y límite a los puntos cardinales. A fuerza de costumbre, hemos dado en creer que es un merecimiento, cada día, que el día se levante en claridad y que se ofrezca límpido a los ojos, para que la mirada le entregue un orden propio, distinto a los demás, y lo convierta en nuestra inadvertida obra de arte. Hay una ingratitud consustancial al hecho de estar vivos, un intrínseco poder de desmemoria, y nos impiden brindar a cada instante el homenaje que cada instante de verdad merece, por su absoluta magia de estar siendo, en vez de no haber sido en absoluto. Con cada amanecer dubitativo, con cada tumultuoso amanecer, la luz arrasa el reino de la noche y emprende su combate. En el confuso magma de oscuridad, con cada aurora triunfa la exactitud de cuanto existe sobre la vocación de incertidumbre que tienta con su nada a lo real. En toda madrugada se renueva un conjuro de origen, esa fórmula que impuso el movimiento al primer día. Somos testigos, en el alba pura, del trono en que la luz alza su reino y lo concede intacto a cualquier súbdito. Conviene contemplar la luz con más paciencia, brindarle una atención encandilada, el sumiso homenaje con que un bárbaro descubre reverente en su aventura la tierra que jamás ha visto nadie. De "Metales Pesados" 2001
Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón,
no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca
más por lo que has visto.
Calamitoso corazón,
alienta.
Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo
eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están
cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos
si calculas.
Ciégate en esperanza,
errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está
esperando.
Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas
muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu
incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor
oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo
en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu
mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.
Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido
fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el
enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.
Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón,
en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de
cantar,
enajenados.
De "Metales Pesados" 2001
Hay una rosa escrita en esta página, y vive aquí, carnal pero intangible. Es la rosa más pura, de la que otros han dicho que es todas las rosas. Tiene un cuerpo de amor, mortal y rosa, y su perfume arde en la sinrazón de esta alta noche. Es la cúbica rosa de los sueños, la rosa de los sueños, la rosa del otoño de las rosas. Y esa rosa perdura en la palabra rosa, cien vidas más allá de cuanto dura el imposible juego de la vida. Hay una rosa escrita en esta página, y vive aquí, carnal e inmarcesible.
Habitaba un infierno íntimo y clausurado, sin por ello dar muestras de enojo o contrición. En el club le envidiaban el temple de sus nervios y el supuesto calor de una hermosa muchacha cariñosa en exceso para ser su sobrina. Nunca le vi aplaudir carambolas ajenas ni prestar atención al halago del público. No se le conocía un oficio habitual, y a veces lo supuse viviendo en los billares, como una pieza más imprescindible al juego. Le oí decir hastiado un día a la muchacha: Sufría en ocasiones, cuando el juego importaba. Ahora no importa el juego. Tampoco el sufrimiento. Pero siento nostalgia de mi antigua desdicha. Al verlo recortado contra la oscuridad, en mangas de camisa, sosteniendo su taco, lo creí en ocasiones cifra de cualquier vida. Hoy rechazo, por falsa, la clara asociación: no siempre la existencia es noble como el juego, y hay siempre jugadores más nobles que la vida. De "El último de la fiesta"
origen del mundo
A Felipe Benítez Reyes
No se
trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a
aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban,
consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el
hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.
No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre
los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es
tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.
El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el
tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de
la especie.
Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando
lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de
brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra
vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de
carne abierta.
La pretérita flor.
Húmeda flor atávica.
El origen del
mundo.
De "Metales Pesados" 2001
Debería nombrar (debería intentarlo) el afán hasta hoy por ti dilapidado en perseguir amor, que quizá fuera tanto como el afán de huir, fatigado hasta el asco, de todas las trastiendas, repletas de fracasos, que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos. Debería acoger, dar lugar a unos labios que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo -por momentos, sinceros; por momentos, falsarios- diálogos de alcoba que pareciesen tangos (eso acaban por ser, o algo más triste acaso, siempre que en la distancia solemos evocarlos): De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos, me consuela, mi amor, el fingir, fabulando, otra eterna contigo, cogidos de la mano. Y habría de alojar dictámenes sagrados, con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos: De entre todas las perras que en la noche he tratado, la más perra eres tú. Debería, malsano, contener esas citas de los domingos vastos, insulsas y festivas, amasadas de hartazgo, en que la vida toda se obstina en maltratarnos, con su aire de ramera experta en el contagio del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio. No podrían faltar los cuerpos del verano, cuando la adolescencia ardía por el tacto, en especial aquél de todo lo vedado. Ni habría de omitir el vicio solitario, por el amor perdido en inventar los rasgos del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado. Y en él habitarían con todo su sarcasmo -al fin y al cabo son tristes muertos de antaño, fragmentos de tu vida que salvas del naufragio- las cartas sin respuesta; yesos aniversarios, tiernamente ridículos después de celebrados, que dejan en el alma aroma a mal teatro. Y los reproches mutuos, merecidos y agrios, dirigidos al centro del dolor, como un dardo con toda la miseria que acarrean los años. El placer del acoso, cuando el amor intacto, y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano, no señalaba límites al indudable ocaso. El maldito poema tanto tiempo aplazado, y que no escribirás, porque el tema es ingrato, querría redimirte de todos tus letargos. Una voz que te daña diría murmurando: Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo, para que tus palabras no tengan que inventarlo. Quien a ese poema de amor dilapidado incauto se atreviera, sin calcular el daño, amaría el amor, probablemente tanto como el afán de huir, fatigado hasta el asco, de todas las trastiendas, repletas de fracasos, que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos. De "El último de la fiesta"
Por más que aburras esa melodía monótona y brumosa de la vida diaria, y que te amansa; por más lobo sin dientes que te creas; por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu; por más orden con que hayas decorado las paredes, por más edad que la edad te haya dado, por muchas otras vidas que los libros te alcancen, y añade lo que quieras a esta lista, hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo, un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte. Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas. En sus aguas dudosas reposa desde siempre lo que no está dormido, un remoto lugar donde se fraguan las abominaciones y los sueños, la traición y los crímenes. Es el pozo de lo que eres capaz y en él duermen reptiles, y un fulgor y una profunda espera. En tu rostro también, y tú eres ese pozo. Ya sé que lo sabías. Por lo tanto, Acepta, brinda y bebe. De "Los países nocturnos" 1996
1 Deberías marcharte. La fiesta ha terminado. Helada y sucia ya se anuncia el alba con su oscuro cortejo de presagios. Tendrías que acostarte, huir de este lugar antes de que la luz te restituya esa imagen de ti que ya conoces, indefensa a tus ojos, lastimosa. Has tocado por hoy el fondo de tu noche: las ropas no guardan la corrección de unas horas atrás y tu lengua está torpe, has empezado a hurgar en la memoria y ya no hay quien te fíe. lo más sensato ahora sería retirarse. 2 Aquí, con convicción, ya nada te retiene. Suena de nuevo idéntica la música y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del local. Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía con quien querer fingir la noche inacabable, y te será mejor no recurrir a invitados finales, errante cada cual en su constelación, rezumando bebida como paredes húmedas, dispuestos a cualquier confidencia extemporánea. Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre; pero hasta hace poco era el teatro idóneo para tus intenciones. Se trataba de malgastar el tiempo, uno más entre la turbadora clientela, regresando al sabor bronco de noches apuradas, de ti mismo perdido y encontrado. El azar nos otorga reductos alejados de la severidad, momentáneos reinos en donde nadie trata el enojoso tema de la vida, no importa si a conciencia o ignorantes de que la vida huye al ser nombrada. El azar nos obsequia y el azar nos despoja. Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado, y con la fiesta terminó el hechizo. 3 Has apurado el plazo que la noche te había concedido, y a quien la luz ha de traer ya lo conoces. Si vuelves hacia casa, con tus pasos volverán sus pasos. Y a tu fatiga su fatiga habrá de acompañar. La fiesta ha terminado y queda su enseñanza: como una vieja deuda contraída, nada hay más imposible que escapar de nosotros. Ya se aproxima el alba, y nadie ignora que todo plazo acaba por cumplirse, que toda deuda acaba por pagarse. 4 Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas, y lo que aquí te espera no es mejor. Conoces de antemano cuál será tu conducta: sopesarás los dos ofrecimientos que posees -la despoblada soledad de una fiesta ya extinta, la habitual afrenta de estar solo contigo- y antes de encaminarte hacia la casa apurarás la noche un poco más. (Un poco más, a estas torpes alturas de tu vida, no puede ser muy malo.) La fiesta ha terminado. Y aquí viene la luz, la vieja hiena. Has apurado el plazo que la noche te había concedido, y a quien la luz ha de traer ya lo conoces. Si vuelves hacia casa, con tus pasos volverán sus pasos. Y a tu fatiga su fatiga habrá de acompañar. La fiesta ha terminado y queda su enseñanza: como una vieja deuda contraída, nada hay más imposible que escapar de nosotros. Ya se aproxima el alba, y nadie ignora que todo plazo acaba por cumplirse, que toda deuda acaba por pagarse. De "El último de la fiesta" 1986
A César Simón
Supongamos que exista -argumentaste-
ese lugar que el hombre ha
ambicionado,
desde que al primer hombre le ofendió
la luz, que se
perdía; el tiempo, que no vuelve;
la belleza, que exalta, pero que no
apacigua;
o la felicidad, que, aunque la merezcamos,
parece
inmerecida; ese lugar que es suma
de todas nuestras cuentas
pendientes con la vida,
ese lugar en donde
los días no nos dejan
su rencorosa huella,
y todo allí es ameno, y se escucha la música,
y no hay cuerpos enfermos, ni hay tentación
ni hay fieras.
Supongamos.
Vayamos más allá. Imaginemos
-y es mucho imaginar-
que se te concediera la ocasión
de acceder a ese llámalo Cielo,
o
Arcadia, o Nolugar,
o Tapiado Jardín, o Paraíso,
y que fueses
capaz de permitirte
-y que te permitieran-
escoger tú la edad con
que vivir,
o, más exactamente, perdurar,
en esa paz ajena al rapto
de esta vida.
Supónlo.
Imagínatelo,
y dime ¿con cuál de las edades
de toda nuestra edad
desearías
habitar para siempre el Paraíso?
¿Querrías regresar a la
inocencia
tenaz y sostenida de la infancia,
en donde fuimos dioses
y demonios
al tiempo y sin saberlo?
¿O volver a arriesgar en la
estación violenta
llamada juventud, que nos abrasa
sólo con
pronunciarla? ¿No te hechiza,
acaso, el equilibrio de la mediana
edad,
cuando lo que ya sabes,
cuando lo que te queda por conocer
aún,
ni te arrebata el sueño ni te aflige?
¿O por qué no escoger
la carta venerable
de una vejez ya de vuelta de todo:
la madurez
ingrata,
la juventud candente, la infancia sin memoria?
Me dejó sin aliento la pregunta,
y no por lo intrincado de su
formulación,
tampoco por su tema, aventurado, abstruso,
sino por
el momento en que la realizaron:
estábamos bebiendo, y la noche
fluía,
por entre la terraza de aquel bar,
igual que un río en paz
con su conciencia.
(La buena educación no nos pemlite
colocar a la gente en aprietos
nocturnos,
sugerirle que ordene la vida, el universo,
en una
improvisada charla de café.)
Salí del paso con un par de bromas
y
el fluir de la noche prosiguió hacia su nada.
Sin embargo, hoy
regreso
hasta aquella reunión y sus preguntas,
no sé si por un
caprichoso azar de la memoria,
o si porque contraje esta pequeña
deuda,
para conmigo mismo.
Supongamos.
¿Qué es ese Nolugar,
ese Jardín, qué es ese
Paraíso?
Parece en los relatos
un limbo insoportable de fantasmas,
un lugar en el cual no existe la inquietud,
porque no existe nada de
lo cual inquietarse.
Y, dime, en ese caso,
¿a qué viene desear
otra infancia,
una sabia vejez? La juventud candente,
dime, ¿a
quién le importa?
Ahora bien, si ese Cielo,
fuese un trasunto
nuevo de esta vida,
una nueva ocasión donde enmendar
nuestro
propio fracaso, en el fracaso
total de la existencia; otro momento,
para poder decir lo nunca dicho,
otra noche en su cama hasta
matarnos,
otro viaje, otro trago y otro precio,
ya veis, a fin de
cuentas, otra vida
sin fin y sin castigos; en ese caso, pues,
poco
me importa volver para ser niño
otras mil veces más, o regresar
como cualquier anciano, como un joven sin tregua,
porque regresaría
incluso como un perro
tirado en la basura.
Pero de lo contrario no contéis conmigo,
pasad la página, apagad
la luz,
conceded mi rincón a quien quiera ocuparlo,
y a mí
perdedme luego,
en ese otro lugar en donde nada existe
y que es
más viejo aún que el Paraíso.
De "Los países nocturnos" 1996
A Vicente Gallego
Durante un meditado desayuno,
en una portentosa mañana de verano
-lo gloria de un verano escolar y salvaje-,
pelé la fruta lento,
fervoroso.
Sabía ya que el verano y la fruta
son tesoros a flote
de un paraíso hundido.
Y cuando satisfecho la mordí,
apareció su
hueso descompuesto,
su carne corrompida y su gusano.
Para la mayor parte de este mundo,
una anécdota así no es más que
un accidente
del mundo natural, y para otros
una amarga metáfora
en donde se resume la existencia.
Quién sabe...
Ahora recuerdo
aquella noche en que me desperté
confundido de un
sueño en donde había agua,
y encaminé mi sed a la cocina.
Como un
resucitado di la luz,
aproximé mis labios hasta el agua
y, justo
en el instante en el que fui a beber,
alcé la vista y vi a la
cucaracha sobre el grifo,
observándome, ciega, entre los ojos.
Quién sabe, otro accidente...
Aquella cucaracha
todavía me observa, complacida,
detrás de la
mirada de algún tipo,
desde detrás de los absurdos límites
de la
podrida carne de los días.
De "Los países nocturnos" 1996
Debe de estar lloviendo en Regent's Park. Y una suave neblina hará que se extravíe la hierba en el perfil del horizonte, los robles a lo lejos, las flores, los arriates. Pausada, compasiva, descenderá la lluvia hoy sobre el corazón de la ciudad, su angustia, su estruendo, sobre el mínimo infierno inabarcable de cada pobre diablo. Igual que aquella tarde en la que fui feliz, igual que aquella lluvia que me purificó, caritativa. En las horas peores, cuando el desierto avanza, y no hay robles, ni hay hierba, cuando pienso que no saldré jamás del laberinto, y siento el alma sucia, y el cuerpo, que se arrastra, cobarde, entre la biografía, la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me acaricia, me vuelve a hacer aún digno, aún merecedor de algún día de gloria de la vida. La amable, la misericordiosa, la dulce lluvia inglesa. De "Los países nocturnos" 1996
No es que el mundo esté bien: es que no existe. No hay nada alrededor: sólo tu sueño. Nada tiene más ley que tu abandono, tu suave abjuración , la dulce apostasía que te ausenta. No hemos fundado el mundo: nunca cambia. Pero este cuadro es nuevo -padre e hija-, porque sólo el amor es diferente, sin por ello dejar de ser lo mismo. El anchuroso mundo, que no importa, gravita en torno a ti: lo has imantado, y vive irreprochable hacia tu brújula. Lo innúmero se rinde a tu unidad sencilla. Durmiente flor desnuda en mis palabras, adormidera de los desencantos, prístina amapola pálida. De "Metales Pesados" 2001
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