Poesía Universal

Carlos Illescas

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Illescas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Illescas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carlos Illescas

18 poemas seleccionados
1.

* * * * *

Desordenado espejo

		

		Sobre el cristal anuda la manzana

		el ímpetu apagado de su goce;

		acrece su medida si dilata

		el color jubiloso mientras pone

		su fina redondez en la balanza.

		Debajo de su forma reconoce

		la piel de la serpiente y el olvido,

		donde enraiza la noche su gemido.

		

		Reduce su mejilla al puro beso;

		dentro la soledad se le desnuda

		como un sorbo de carne amada al tiempo

		de ser vuelo y memoria en la futura

		sensación de una llama junto al fuego;

		desordenado espejo a que se junta.

		Y el fiel de la balanza desorbita

		la celebrada forma de su vida.


		

		* * * * *
2.

Disidente

flor

		

		Junta labio con labio. Disidente

		flor que alcanzando el aire desparrama

		el firme corazón que la somete

		al ondulante junco de las aguas:

		es la intacta promesa de la nieve.

		Defiende tu minuto que me abrasa,

		la ribera y los huertos destinados

		a ser refugio abierto de mi paso.

		

		Desposa la esmeralda de tu cielo

		si luto impones a mi roja senda,

		huidiza soledad que sabe a tiempo

		y en nubes solitarias se envenena;

		confinando las raíces de su abeto

		las ramas altas en tu torno vuelan.

		Ordena el desposorio de la poma

		y une después tu labio con mi boca.


		

		

		* * * * *
3.

El

espejo

		

		En la heredad del fruto la dulzura

		es nombre con que ríe su corteza

		y en luz callada el fuego se improvisa.

		

		Una voz se levanta del regazo del mundo

		hasta la tácita quietud,

		como si habiendo muerto caminara

		de pronto bajo el árbol de la sangre.

		Visible caracol baja la espuma.

		

		Abre la herida la doncella

		del desvarío, ausente el rostro bello;

		su seno triunfa

		pero la sombra de la luz que miente,

		calla. Vuelve su soledad la dura

		infinitud de sombra y ramas

		que un nítido asfodelo es la axila gloriosa.

		

		Vano equilibrio el de sus hombros.

		Descubro en ella el fruto

		gozoso, su palabra y el impuro

		deseo de morir bajo otro cielo;
4.

Ella

es la yerba

		

		Amiga, ya no tienes quince años. Puerta sellada.

		Ahí tus labios penetran esta raíz a flor de tierra.

		Como una copa muerta a la mitad del día, sollozando,

		yo te miro despertar en todos mis sueños:

		apenas fantasma o manchada arpa de litigante suspiro.

		Ruede tu espejo y si a pedazos se reduce sobre el lecho,

		reconstrúyeme sobre la redondez de un mundo mágico,

		pero nunca digas aquellas palabras de otros días,

		ni repitas las caricias que tanto gozaron nuestras manos.

		Libres vuelan los árboles sobre la memoria de la noche,

		cónicos labradores en nuestros jardines amorosos.

		Escondiste en mi corazón un tigre de piedra rutilante,

		las monedas que tu estricta doncellez robara a la avaricia

		y al celo y al júbilo de una inocente pornografía.

		Dulce látigo embelesado en tus ingles como un dios

		de aquietados potros o memoria rota por los pétalos,

		pero nunca sumisión del nombre dado a las cosas y al amor.

		Aquietada juventud del agua apenas fuente para el cisne.

		Daga en tus manos a tanta herida resuelta en pura humanidad.

		Entonces deparaba el sitio a tus cabellos como diciendo:

		"Hoy la veré. Sus senos son redondos. Ella es la yerba".

		Aprendíamos a nacer, entonces. Labrábamos la copa y el agua,

		el restallar de la llama a la mitad de la tarde y la risa.

		Hojas caídas de un zodíaco genital sin sucios temores,

		como dos rodillas juntas, amiga con amigo. Belleza

		que penetra el momento hasta la palabra: "Yo te amo".

		Pobre dádiva a tanta muerte escrita en el espejo redondo,

		en la sombra del fonógrafo puesto a girar hasta la vida.

		Rota la cinta del corpiño elegías el mérito del suspiro,

		así llameando toda el alma junto al árbol menos secreto:

		tantos bosques y tantas manos, carrera impuesta al delirio.

		Entonces eran los días del dulce morir para la vida,

		de la lluvia sedante, casi cuerda locura y amor sediento.

		Lucidez del leopardo y su piel llena de flores en movimiento.

		Hojas aquietadas que entran en el cuarto y nos buscan

		con todos los besos de sus filos hasta hacernos árboles.

		Ya no tienes quince años. Puerta sellada. Mano cruel.


		

		

		* * * * *
5.

Fábula

Flor que sumerge en acuosos daños

		visiones funerarias como espejos

		-límite del cuerpo entre las sogas

		arrebatadas al piélago de almendras

		y si memoria del cáliz es la fluente

		admiración de pájaros honderos

		-dádiva serás del junco bajo un labio.

		Trazo de la nube de inflamado estío

		como la rueda sola en la mejilla

		por la opaca lucidez se desvivía.

		Tacto de la arena, sujeción al paso,

		ardientes muérdagos y copa de veneno.

		Sordo es el mirlo mas el trébol tañe

		su rojo polen como un puño

		y la llama torna forma lo que fuera noche.

		Días del agua, manzanas atrevidas

		por la sola voluntad de los corderos,

		abiertas manos del limón y el lino;

		rompen las sienes su silencio ansiado

		pero enfadan su laúd y sus rodillas

		mientras expiran los mármoles sonoros

		y tus ojos me miran amorosos.


		

		

		* * * * *
6.

Serenidad

Los ríos hermanan una palabra humilde

		si esperar en su ribera es imagen para el alma.

		Dardo de dulzura finita a despejada frente de su linfa

		como un pequeño caracol abierto en trébol.

		Preguntan por nosotros y su voz menos húmeda

		para en el aspa de la hierba que nos besa.

		Su ventana tañe las sirenas del tiempo:

		mínima espesura su caudal de cuerdas amables

		si duda el remanso bajo el puente del día

		o la fuente afables álamos desata.

		Desplomados ruiseñores labran su sueño

		en pequeñas planchas de oro sonámbulo.

		Ahí la pátina del otoño levanta su estandarte

		y al final siempre besa a la doncella de la grava

		hasta la quieta alcoba del fondo alcanza

		el undoso brazo, apretado por el frío,

		la favorable flor que trae hasta su pie desnudo.
7.

A

plena luz...

		

		A plena luz. A hurto y sombra

		ensayo a escribir tu nombre.

		No acierto con las letras.

		Vacilo en el aroma. Me iluminas,

		su rosa trascendiendo.

		¿Cuántas auroras morirán

		antes, amor, de que termine,

		ya ciego y loco, de escribir tu amante

		amor o amor, acaso, amor,

		a cambio de tu nombre, amor,

		que olvido sin saber si lo recuerdo?


		

		

		* * * * *
8.

Amorosa

trepaste hasta 
		mi pecho...

		

		Amorosa trepaste hasta mi pecho

		después de confesarme cómo un niño

		tejía ya la vida en tus entrañas.

		Allí indolente como en blanda cuna,

		con ronca voz de sueño me pedías

		el vetusto relato de la viuda.

		Sin omitir detalle dije

		al nardo de tus oídos,

		dispuesto a las delicias de la fábula,

		cómo engulle a grácil, la divina,

		uno a uno sus ágiles hijuelos,

		después de que los tontos

		pretenden escapar en vano

		de los blancos, redondos huevecillos,

		recién cascados con ternura

		por su pilosa madrecita.


		

		

		* * * * *
9.

Intentaré

Intentaré trazar las 
		letras...

		

                 
		Intentaré trazar las letras

		que leídas al revés

		recojan por lo menos

		el testamento de quien muere

		porque sí muere.

		

                 
		Lego la saliva

		por mi lanzada a hurto en menoscabo

		del topo azul del cielo,

		al mudo corazón donde eternizo

		la caníbal disputa wagneriana

		del viejo ruiseñor de Teócrito,

		con los novísimos cuplés

		ideados por tus muslos 

		sin cese ni reposo.

		

                  
		Para siempre.


		

		* * * * *
10.

Pasó

Pasó vistiendo la 
		hermosura sola...

		

		Pasó vistiendo la hermosura sola.

		Su clara desnudez del día era.

		Al grito intemperante

		de los eunucos fariseos,

		por toda piedra le arrojé

		el ojo sano de mi cara.

		¡Por el amor de Dios, paseantes,

		no queréis describírmela de nuevo?

		

		Mi amor

		Mi amor es pústula

		por el unto del odio

		apenas encubierta.


		

		

		* * * * *
11.

Permíteme

Permíteme mugir tu nombre...

		

		Permíteme mugir tu nombre.

		No te merece al esplendor

		de un sol euclidiano, Marsias.

		Mas déjame morir si el alba pone

		por fin desvencijado,

		el huevo de avestruz

		en cuyo centro amor han dicho

		que el dado de tu nombre

		axial su furia agita

		en las herbosas sienes de Pitágoras,

		bajo un terrible mil y un cero.

		

		¿Lo ves, amor? -los números rodantes

		en manos del fullero Apolo

		igual a ti, trabajan en mi contra.
12.

De

"Manual de 
		simios y otros poemas" 1977
13.

Arder

sin cese

		

		La soledad lleva tu nombre.

		Tu sexo. La hierba. Mi persona.

		Rumorea luces perdidas. Delira

		y al soñar camina en llamas.

		Alto destino arder sin cese.

		Pero la soledad, tu soledad,

		la mía, la de siempre. Toda.

		Pero la soledad describe limbos

		y memorias. Aturde ecos. Ondula.

		Repite voces dilatadas

		arpegiándote, modelando mano

		de instantánea aparición y parte.

		Eco ondulatorio como agua ciega;

		esperanza de llegar a tierra,

		mi soledad. La tuya, Mar dormido.

		Su sensitivo diástole amoroso.

		Más allá, en tierra. Soledad

		sitiada por el cielo bajo, en sueños.

		Se violentan ondas terrenales,

		peticiones a la carne, el ruego,

		como si ardieran, como si barca

		o barro de ecos despertaran.

		Palabra dormida, al fin; soledad

		la miniatura pendiente, muros

		en diástole a mitad del fuego

		con saturados corazones polvorientos.

		Como hierba, tu nombre. Olvido

		volviendo el rostro hacia la sombra.

		Tú y yo sobre el mundo. Dándonos,

		huyendo hacia el claror arbóreo.

		Su destreza signando ramas navegantes.

		Y tú, nuevamente, como el mundo y yo.

		Devotos ambos de fetiches azules,

		mitad peces, mitad perros de hastío,

		doblemente tristes al amarnos

		y poblarnos con transparencias:

		llagada soledad cautiva al aire

		donde trazas soles y altas nubes.

		Tu nombre va conmigo y me ensueñas,

		pienso, asimilándome a surco llameante.

		Detienes el reflejo entre dos pieles,

		destilas mi frente sobre vasos

		que fueron un día laborioso júbilo.

		Me abandonas en tus costureros

		mientras disecas cosas tristes

		como soledad fugaz de la estación.

		Me reiteras, dícesme nombres

		aún países puntuales, tantas luces,

		calles anegadas de pasos,

		aquellos parques sensitivos. Laicos,

		como nuestros corazones devorados

		por ángeles oprimidos bajo una rosa.

		Inquirido fantasma la flor celeste,

		radiante hacia tu sien. Crepusculares

		presencias sólo entrevistas en soledad.

		a la hora del gemido nocturnal.

		La soledad lleva tu nombre.

		Y tú has olvidado el mío.


		

		

		* * * * *
14.

Cubierto

de rocío

		

                               
		A los artistas Luis y Pilar Rius

		

		Con fuertes puños llama la sombra.

		Hay en mi puerta un cartel que dice:

		"No pasarás". Me tienta con mil nombres.

		Un dulce acento trata, aspira en vano

		a persuadirme. Añade con rumoreo inteligible,

		suspiros, palabras de otros sueños.

		Se repliega derrotada, como diluida tinta

		en la tremenda noche; pero al sonar

		de nuevo el día, vuelve,

		cavilosa torna hasta mi puerta.

		Llama. Nuevamente: "Ábreme", pide,

		mientras los nudillos redoblan su reclamo.

		Atreve pequeño pie de alhaja mendicante

		por cualquier rendija, toda labios y súplica,

		fluyendo como río pesaroso en su ternura.

		Enciende los cabellos, frotándolos.

		Resbala a prisa la palma de sus manos.

		"Abre". Es río de gemidos a mi puerta.

		Tinta, he pensado, para emborronar adioses.

		Golpea. Sangre en los puños. Reclama.

		Lágrima se juega antecedida por la noche.

		Sé que ha aprendido de la flor ausencias

		al volcar perfume de tiniebla.

		Quizás me espía, su pie en racimo

		escurre sordo a través del ventanuco,

		ordenándome en su ejército de invierno

		o aprehendiéndome ,mediante anhelos

		que huyen por su harapiento guante. La sombra

		llama. Razones de dulzura dilapida.

		Quizá debería abrirle, pero es tarde.

		En la mañana. A mediodía. Se hace tarde.

		Siempre es tarde. Siempre es tarde.

		Niña expósita, abandonada junto al quicio

		es la luz que la habitaba, de pie,

		cual desesperado centinela bajo un sol

		de tristes climas, más allá, buscándome.

		Los golpes reitera. Tañe los tablones,

		alarga gemidos de borrega destetada.

		Allí, junto a la puerta, se desprincipia

		temerosa de la noche; pero lleva su luz

		en forma de paloma sobre muerta nieve.

		Huye a través de ramazones de árboles abúlicos

		a piedras de soledad. De sí misma huye

		fuego que aprieta su interior.

		Pero torna. Su cabellera es viento,

		flota junto a espesos paños.

		Ya sus ojos no son ojos. Agujeros

		de locura en sorpresa y ausencia.

		Su llamado suena ay a choquezuela,

		a color amarillo, a flor sin funeral.

		"Abre", reitera con torpe voz de tierra.

		"Abre".


		

		

		* * * * *
15.

Dorada

de toda desnudez

		

                                                               
		A Elena Jordana

		

		Podemos advertir sin yerro

		dónde empieza y termina el círculo goloso,

		pero nunca dónde acaba el mal de su dulzura.

		Quien libre esté de Gracia que me siga.

		Erige la manzana la imaginación al día,

		porque la luz sin ella, amigos,

		sería dilatada palidez y nunca

		radiosa perfección al goce plena.

		Podemos predecir las estaciones

		que gestan colores a su piel, pero nunca,

		lujuriosos impacientes, vaticinar su amorosa carga.

		Miradla en lo alto de su torre arbórea,

		transparencias del aire enamorado usufructúa.

		Besos acendra. En providentes paraísos,

		tentadora en la crujiente rama, sueñan

		continuas hemorragias sus vehementes soles.

		Su dulzura, apetecido mal en competente amor.

		Su tránsito, tras infinitas somnolencias,

		la pasión. Radiante desazón con alma, jubilosa,

		la más amada de todas las mujeres,

		entre néctares caníbales emerge,

		dorada de toda desnudez, triunfante,

		elaborando el himno de morderla sin medida,

		celebrada por espumas,

		una vez siquiera.


		

		

		* * * * *
16.

Llamó

Llamó a la 
		puerta un día, el mar. Sedujo...


		Llamó a la puerta un 
		día, el mar. Sedujo,

		entre las olas solo, la agonía.

		Llamó a mi puerta solo el mar un día;

		pero entendí la noche que produjo.

		

		Entre las altas ondas me condujo,

		llama de sombra, su melancolía;

		y aquella blanca nave sólo mía,

		a ser ajena noche se redujo.

		

		Hoy que lo entiendes, dime amor cuál río,

		camino en movimiento, es quien me nombra

		en olas tristes que tu arena apura.

		

		Responde con pasión al labio mío

		antes que al río el mar un día, sombra

		conceda. Y a tus ondas sepultura.


		

		

		* * * * *
17.

Lo

importante es llegar. Vivir (ahí) el instante...


		                                           
		A María Antonieta Domínguez

                                                                      
		Bella. Inolvidable

		

		Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante.

		Seguir justo hacia el muro. Llamar con nudillo recio.

		Interrogar. ¿Llega la respuesta? Mirar el aire

		y tomar medidas. Luego en la pared hendir el clavo;

		con bronco gesto deshuesar pollo y colmena

		tramontada la mejilla –embriagados en la triquiñuela

		del paraguas pero volver al estado edénico. Inquirir:

		"¿Perdone, vive aquí Angélica?", esperar que torne

		la fámula cuya sonrisa es arcoiris y he aquí

		que vuelve descubriendo que nunca tuvo lengua;

		por ello sus palabras son imaginación y eclipse,

		repetición de estero en plena calle, canicular es

		con su aquí, su allí, sus pájaros con papelitos. Ahí.

		Justamente en el quicio, Angélica escucha a pregunta:

		"¿Perdone, vive aquí Angélica?" Revierte misterio

		yéndose hacia el fondo. Volverá sin habla

		porque tú, reventador de globos metafísicos

		(ojo con Break-up), te empeñas en revivir mitos,

		haciéndole a loquito sin importarte los árboles

		arrancados de raíz por un Orlando ferruginoso.

		Te gustaría serlo. Puedes, deberías serlo: Medoro;

		él deberá templar nuestros laúdes corazones

		y dar en pago porciones de angélicas, la venda

		de su falda, o l eones que recorren invisibles el borde de

		sus labios al momento de besar

		y ser besada. Pero el imbécil (tanto puede así el rencor)

		ni siquiera escucha los puñados de envidia

		contra su ventana. Entretenido con la bella en darle

		cucharadas de pornografía por si ella no supiera hacerlo.

		Y todos aquí como pazguatos viendo las perradas de Nixon,

		Templando los carrillones del fútbol malón y pútrido,

		llenándonos de cebada caminados de cerveza, aspirando

		perfumes cercanos con gasolina al hombro. Mientras

		Medoro, escuchadlo rehileteros del resentimiento,

		se arma de piel, de satinados senos, aljófares,

		humores entre perlas distilados. Y no hay caso. El

		reumatismo. La tos renuente frente al televisor.

		Alguien llega y dice: "No eres hombre de tu tiempo

		como Dante fue del suyo. Perogrullo de la eternidad."

		Te metes en los surcos del disco: malestrom

		llamado Richter y todo se chinga porque,

		sin remedio, te evades de tu siglo; no digamos

		de mi/tu minuto. Empiezas a malografiar cielos

		confundidos con legañas.

		

		Angélica, nube y perfume, allá,

		lejanamente, después del acto con ya sabes quien te envía,

		desde el fondo del disco su dulce, cálida, interminablemente

		tierna meadita, arpegiada con algalias, escondida entre

		rosas laboriosas a la sombra del oro.


		

		

		* * * * *
18.

Polvo

enamorado

		

                                              
		A Roberto y Cuca

                                    
		A la sombra de Brahms

		

                                                
		Lo arroyos puros

             se 
		adormecen al son del llanto mío,

     y, a su modo, también se duerme el río.

                                              
		Al sueño, Quevedo

		

		Llamó a la puerta un día, el mar. Sedujo,

		entre las olas solo, la agonía.

		Llamó a mi puerta solo el mar un día;

		pero entendí la noche que produjo.

		

		Entre las altas ondas me condujo,

		llama de sombra, su melancolía;

		y aquella blanca nave sólo mía,

		a ser ajena noche se redujo.

		

		Hoy que lo entiendes, dime amor cuál río,

		camino en movimiento, es quien me nombra

		en olas tristes que tu arena apura.

		

		Responde con pasión al labio mío

		antes que al río el mar un día, sombra

		conceda. Y a tus ondas sepultura.


		

		

		* * * * *

Versos y pensamientos de Carlos Illescas

4 citas
« Desordenado espejo / Sobre el cristal anuda la manzana »
Carlos Illescas · * * * * *
« flor / Junta labio con labio. Disidente »
Carlos Illescas · Disidente
« espejo / En la heredad del fruto la dulzura »
Carlos Illescas · El
« es la yerba / Amiga, ya no tienes quince años. Puerta sellada. »
Carlos Illescas · Ella
Biblioteca poética

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