« Amistad es lo / mismo que una mano »
Carlos Castro Saavedra · Amistad
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Castro Saavedra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Castro Saavedra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Amistad es lo mismo que una mano que en otra mano apoya su fatiga y siente que el cansancio se mitiga y el camino se vuelve más humano. El amigo sincero es el hermano claro y elemental como la espiga, como el pan, como el sol, como la hormiga que confunde la miel con el verano. Grande riqueza, dulce compañía es la del ser que llega con el día y aclara nuestras noches interiores. Fuente de convivencia, de ternura, es la amistad que crece y se madura en medio de alegrías y dolores.
Un deseo constante de alegría; una urgencia perenne de lamento y el corazón, campana sobre el viento estrenando badajas de elegía. Morir mil veces en un solo día y otras tantas quemar el pensamiento en la resurrección, que es el tormento de pensar en la próxima agonía. Ver en pupilas de mujer un llanto y sorprenderlo convertido en canto al soñar en un niño que lo vierte. Esto es amor, candela estremecida empujando la noche de la vida hacia la madrugada de la muerte.
Yo me lleno de angustia mirándote la frente porque estás más lejana cuando estás más presente. Para que yo no pueda llegar hasta tu alma tú me miras a veces con esa misma calma con que miran los lagos una noche estrellada: la miran hasta el alba y no le dicen nada. Espadas de silencio guardan tu pensamiento y yo me estoy muriendo de sentir lo que siento: angustia de no verte los labios apretados cuando nombro la historia de los besos robados, angustia de mirarte las pestañas caídas indiferentemente, como flores vencidas, cuando me entrego y hablo de la virtud del trigo y te pido amoroso que te vengas conmigo. Nada te transparenta, hasta tu misma risa relieva tus perfiles de mujer imprecisa. Todos tus actos tienen profundidad de arcano, hasta el acto sencillo de levantar la mano. Me nombras y te salen despacio los sonidos, como si no quisieran llegar a mis oídos. En ti misma te escondes, yo te busco y el llanto muchas veces me inunda y es de buscarte tanto. Te fugas hacia adentro de ti misma obstinada y yo sufro mirándote con la boca cerrada. Tus dos labios sin música de palabras ardidas se me antojan dos flautas por ti misma vencidas. Vives en mi tan honda, desde hace tantos meses, que si ahora muriera moriría dos veces. Angustia de mis manos buscando en el vacío tu corazón que ignora la soledad del mío. Angustia de tus trenzas, que recortaste un día y que tenían la forma de la tristeza mía.
Canción del amor herido Tengo las manos muy tristes y no sé qué hacer con ellas, porque anoche me corté los dedos en las estrellas. Estaba pensando en ti, en tus ojos estrellados, y me pasé por la frente los dedos enamorados. Fue allí donde me corté, en mi frente, con tus ojos, y se me pusieron grandes los pensamientos y rojos. Hoy no he podido sembrar mi tierra, mi agricultura, y la comida me sabe a tierra de sepultura. Tengo las manos deshechas por tus pupilas, mi amor, por pensar en tus pupilas y tocar su resplandor.
hombre canta a su hijo presentido Para la vida de mis hijos bella medida es tu cintura, y bello el ritmo de tu pulso para la sangre de mis hijos. En tu nostalgia atardecida cabe el sollozo de mi niño, y cabe el llanto de sus ojos entre la red de tus pestañas. Red que se llena de luceros cuando la tiras en el agua. Guarda el reposo de tus párpados que allí está el sueño de mi infante, y no te canses de mirarme que mi pequeño está mirando con esa luz de tu mirada. Enhebra el hilo de tu canto para sentir que está cantando la voz del hijo entre tu voz, como burbuja de los peces entre los círculos del agua. Cuando caminas me parece que el hijo avanza con tus pasos, y si te quedas detenida, entonces pienso que es el hijo el que se para con tus plantas. Si vas en busca de los soles del mediodía delirante, pienso que el hijo de mi alma se está acercando lentamente a la candela de una lámpara. Tú eres la rama que sostiene el alto fruto de mi carne, y eres la vena que da música al corazón de mi pequeño que está perdido en la distancia. Las golondrinas que tú sueñas rayan el cielo de mi infante, y vas cantando por la tierra mientras el hijo va cantando por los caminos de tu sangre.
Por mi culpa , mujer, por mis inviernos, muchas veces tu cara se humedece de lágrimas. Pero también por culpa de Dios, frecuentemente, el rostro de la tarde se humedece de lluvia.
Era un buque en el mar, era el amor en medio de las olas inmensas, y era mi soledad de navegante y los peces oscuros de tus trenzas. Pensaba en ti, soñaba que iba contigo a perfumar los puertos, y a sembrar anclas y constelaciones en las frentes dormidas de los muertos. Pero soñaba apenas, amor mío, y las aguas furiosas me sacaban del sueño, y a ti te separaban de mi costa como una barca triste o como un leño. El buque, el buque entero, sin ti era un ataúd sobre las olas, un herido flotando tristemente sobre una muchedumbre de amapolas. Me tambaleaba en medio de gaviotas, me inclinaba hacia ti salobremente, y las islas brillaban como lunas sobre toda la noche de mi frente. (Mar adentro no hay más que los recuerdos y sal sobre mi piel, sobre la vida, y el amor que pregunta por la sangre y le responde el labio de una herida.). A veces era lunes, decían que era lunes mis hermanos, y te veía venir sobre las olas con toda la semana entre las manos. El tiempo era tu ausencia, el mar era la sombra de la tristeza mía, y el buque era un naufragio que se inclinaba y no se decidía. Por la noche volaban las estrellas, como peces dorados, por el cielo, y yo pensaba que en la tierra firme tú también contemplabas este vuelo. El buque del amor, de los enamorados, todavía navega por mis venas, y levanta la espuma de mi sangre y la pescadería de mis penas. Un rumor de marea que no cesa a pesar de los días y los pasos, acomete la costa de mis besos y los acantilados de mis brazos. Escucha el buque, esposa, acerca tus oídos a mi piel como flores, y escucha el buque, el buque, navegar por mis mares interiores.
Siento correr los ríos por mis venas y crecer las estrellas en mi frente. Siento que soy el mundo y que la gente, habita mis pulmones y colmenas. De flores tengo las entrañas llenas y de peces la sangre, la corriente que caudalosa y permanentemente inunda mis canciones y mis penas. Llevo por dentro el fuego que por fuera dora los panes, seca la madera y produce el incendio del verano. Las aves hacen nidos en mi pelo, crece hierba en mi piel, como en el suelo, y galopan caballos en mi mano.
Te pienso desde Europa, esposa mía, te pienso a grandes pasos, como loco, y persigo por todas las patrias y los mapas tu pecho montañoso, tus rebaños de leche, y la desesperada tierra de tus volcanes y la cicatrizada corteza de tu vientre. Entre nosotros dos está el mar con sus barcos y los campos están con sus caballos, pero no alcanza el agua a separarnos, no alcanza el agua ni la tierra alcanza, porque yo soy el hijo que tienes en los brazos y tú eres el incendio que yo tengo en el alma. Con besos y con labios desentierro tu frente de puros resplandores vegetales, hambrientamente muerdo hoteles y países, muerdo casas, aldeas, cementerios, y los pueblos me saben a tu cara y las calles me saben a tu cuerpo. Tu olor de tierra joven me golpea, tu perfume salvaje me penetra y me perfuma tanto y tan adentro, que mi piel huele a tu vestido verde y huelen mis poemas a tu vida y mis desgracias huelen a tu muerte. Con barro de mi barro, con arcilla de América, con fuego de tus manos y tu aliento estás haciendo un hijo americano. yo escucho tu trabajo desde Europa, escucho el crecimiento de tu vientre y escucho el crecimiento de tu ropa. Me desvelo en Berlín, en Praga me desvelo, siento correr tu sangre por mis puentes, siento que tus cosechas se propagan por las paredes duras, por mi lecho, y que todas las hojas de América y los ríos y las revoluciones estallan en tu pecho. Sigue creciendo, esposa, mientras vuelvo, esposa mía, esposa de los montes, madre de los arados y los vientos. Inés, tu corazón es como un surco y yo soy un labriego turbulento que te siembro, te siembro por el mundo y por el mundo te amo y te recuerdo.
En el espejo de tu cuerpo, esposa, recogiste mi rostro, tan fielmente, que la línea más honda de mi frente quedó presa en tu sangre temblorosa. Me copiaste, mujer, mujer hermosa, en tu río de amor, en tu corriente, y devolviste generosamente mi cara de montaña silenciosa. El hijo es tierra de mi propia tierra, resplandor de mis ojos y mi guerra, poderosa presencia de mí mismo. Gracias a ti, fecunda compañera, fui como una semilla en tu pradera y retorné más joven de tu abismo.
Guárdame de los vientos No me dejes partir, no me abandones, átame a tu cintura con tus brazos, y aléjame los buques de la cara con tus suspiros y tus aletazos. Rodéame de ti, de tu ternura, de tus palomas y de tus espinos, para que no me llamen los países, para que no me escriban los caminos. Tengo toda la noche de tu pelo para embarcarme en ella, tristemente, y alejarme un momento, con las manos, de las orillas de tu continente. Puedo andar por mi frente, por la tuya, con gestos numerosos y mundiales, y me siento más hondo en tus entrañas que en los naufragios y en los funerales. Quiero quedarme en ti, quiero que me ames y que me arrojes besos como escalas, siempre que me desprenda de tus labios y me crezcan los viajes y las alas.
de tierra y tierra No te digo paloma, ni princesa , ni reina, sino mujer de tierra, hembra de tierra y tierra, compañera de besos, compañera de mi revolución y de mi guerra. Te llamo barro de mi alfarería, surco de mis labranzas coloradas, pradera en que galopan mis caballos con las crines heridas y quemadas. Mujer tendida en medio de la tierra te llamo y te rodeo con mis brazos, como si fueras trigo de mis eras y raíz de mis besos y mis pasos. No doy contigo pensativamente sino luchando con tu cabellera, y golpeando mi vida leñadora contra tu corazón y tu madera.
Inés digo y mi boca se convierte en azúcar de manzana partida por la luz del verano. Decir esta palabra es como adivinar que está cantando un pájaro en un árbol lejano. Inés digo y mi labio se convierte en abierta flor de pétalos dulces contra la madrugada. Decir esta palabra es soñar que está muerta la tarde en el abismo de la noche estrellada. Inés digo y parece que mi voz se quedara temblando entre las redes impalpables de un beso. Decir esta palabra es como si lograra detener en el aire la música de un rezo. Cuando yo digo Inés olvido los agravios y de claros panales y canciones me acuerdo. Decir esta palabra es apretar los labios para intentar el acto de besar un recuerdo. Alzar las manos puras para decir Inés es caer en la sombra de un árbol florecido. Decir Inés, siquiera por una sola vez, es sentir en la rama del corazón un nido.
« Amistad es lo / mismo que una mano »
« Un deseo constante de alegría; / una urgencia perenne de lamento »
« Yo me lleno de angustia mirándote la frente / porque estás más lejana »
« Canción del amor herido / Tengo las »
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