« Algo en mi sangre espera todavía. / Algo en mi sangre en que tu voz aún »
Carlos Bousoño · Algo en mi sangre espera todavía...
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Bousoño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Bousoño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Algo en mi sangre espera todavía. Algo en mi sangre en que tu voz aún suena. Pero no. Inútilmente yo te llamo. Aquella voz que te llamaba es ésta. Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen donde los tuyos la mañana aquella. Ven hacia mí. La tierra toda oscila, se mueve, cruje. Vístete. Despierta. Oh, qué encendida el alma en su secreto puro, si vinieras. Sin esperanza, entre la luz del día, mi voz te llama. El eco. La respuesta. De "Primavera de la muerte" 1946
Mira los aires, alma solitaria, alma triste que sola vas gimiendo. Asciende, sube. Amor te espera. La cima es alta. Escaso, el aparejo. Aleteante, temblorosa y blanca, te veo subir con retenido esfuerzo. Hoy llega el sol donde hasta ayer la luna. Llega la luna donde ayer el cierzo. Al fin la vida con la luz se aclara. Al fin la muerte con la luz ya se muerto. ¡Cantan las cumbres y los valles! ¡Cantan los siempre vivos a los nunca muertos! Cara con cara junto a Dios, escuchas vibrar los aires y vivir los sueños. Vida con vida, luz con luz amada, y cielo, humano, en el amor, con Cielo. Bajar la luz de amor, la luz de vida lenta en los aires minuciosos siento. Fundida luz de Dios con luz del alma. Qué claridad de pronto. Qué silencio.
Íbamos de camino, mi cariño en sus brisas te oreaba. Tu cabello llevado entre los céfiros era también como brisa del alma. Eras también como brisa en la brisa. ¡Qué claridad rumorosa mis ansias! ¡Oh transparencia vital que encendía toda mi vida, cual fuego en luz blanca! De mi alma entonces salía silvestre el aire fresco de la madrugada. Allá dentro, por dentro, ¡qué pura la caricia amorosa del alba! ¡Qué delicadas nubes se encendían y qué irisadas aguas! El mundo era el sonido y en mi interior sonaba.
Aquí estás, camino de siempre, hacia adelante, rota la aspiración rosada, luna que empalidece toda cosa. Aquí estás y debes andar, caminar como el agua absorta por el torcido cauce, altos los muros rojos, y a deshora. Como el agua inmóvil transcurres hacia un lejos, playa remota, ya confusas historia y pena, lejana la pena, la historia...
A Vicente Aleixandre Muy cerca de la vida. Así tu hablar. Llegaste a viejo cual se llega al mar. Azotado del viento y de los años fuiste la vida, no sus desengaños. Tu voz sonaba a viento y caracolas, viejo de luz, hermano de las olas, Conocimiento fue tu reposar. Llegaste a viejo cual se llega al mar. Llegaste a viejo cual se llega a ser la luz delgada del amanecer. La luz delgada del saber callar, del saber conocer y callar. Del saber esperar, callar, seguir hasta las olas del saber vivir. Hasta las olas del saber amar profundamente y como es quieto el mar. Y como es quieto el mar se pone en pie la insurrección del nunca moriré. Y así tu ser, escrito en agua y sal y en viento fue, y en todo lo inmortal.
Mi corazón, lo sabes, no está con el que triunfa o que lo espera, con el juramento mercader que acecha el buen provecho, se agazapa, salta sobre la utilidad, que es su querida, busca ganancia en el abrazo, obtiene renta de las mariposas y pone rédito a la luz, cobra recibo por los amaneceres milagrosos, por cambiante gracia del color de una invisible rosa apresurada, dulce y apresurada como si fuese un hombre o una llama o una felicidad humana: sí. Mi corazón no está con el hombre que sabe de la verdad todo lo necesario para olvidar el resto de ella, satisfecho del viento, poderoso del humo, canciller de la niebla, rey acaso, pero nunca de sí.
la soledad Desde aquí, solitario, sin ti, te escribo ahora. Estoy sin ti y tu vida de mi vivir se adueña. Yo quisiera decirte que en mi pupila mora tu figurita tan leve como la luz pequeña. Nunca supe decirte cómo tu amor es mío, cómo yo no he mirado la realidad por verte, y cómo al contemplarte yo me sentí vacío, y cuánto yo he querido ser para merecerte. Y cuánto yo he querido ser alcanzar, porque fuese tu mirada orgullosa de haberme amado un día; de haberse detenido sobre mí, sobre ese corazón tan menudo que nadie lo veía. Corazón tan menudo que tanto has conocido en su mínimo acento que tu presencia nombra, y que es dentro del pecho como un leve quejido, como una mano leve que arañase una sombra.
Pasa la juventud, pasa la vida, pasa el amor, la muerte también pasa, el viento, la amargura que traspasa la patria densa, inmóvil y dormida. Dormida, en sueño para siempre, olvida. Muertos y vivos en la misma masa duermen común destino y dicha escasa. Patria, profundidad, piedra perdida. Piedra perdida, hundida, vivos, muertos. España entera duerme ya su historia. Los campos tristes y los cielos yertos. Sobre el papel escrita está su gloria: querer edificar en los desiertos; aspirar a la luz más ilusoria.
que era verdad aquel sendero... Dime que era verdad aquel sendero que se perdía entre la paz de un prado; aquel otero puro que he mirado yo tantas veces con candor primero. Dime que era verdad aquel lucero que se incendia casi a nuestro lado. Di que es verdad que vale un mundo amado y un cuerpo roto en un vivir sincero. Di que es verdad que vale haber sufrido y haber estado entre la mar sombría; que vale haber luchado, haber perdido. Haber vencido a la melancolía, haber estado en el dolor, dormido, sin despertar, cuando llegaba el día.
¡Amabas tanto...! Acaso con amargura, acaso con tristeza lo dijiste. ¡Amabas tanto! En el espejo viste tu faz que se iba haciendo vieja, y tomaste a decir: «...amor...» Soñabas, y en la alta noche silenciosa y queda, lejos se oía lento el rumor manso de un agua que pasaba mansa y lenta.
Tú que me miras, mírame hasta el fondo. Tú que me sabes, sábeme. Porque falta muy poco, porque el tiempo arrecia vendavales que se llevan ventanas y gemidos, besos, ruidos de calles, este silbido agudo que ahora escuchas en el vecino parque, las nubes delicadas que se juntan en los azules gráciles y el corazón con que me miras hondo queriendo acariciarme. Nada puedes hacer. Nada podrías hacer. Déjate suave. Es más fácil así. Vayamos juntos, llevados por el aire, si envejeciendo en el ciclón horrible, unidos, esenciales, mirándonos al fondo de la vida y viendo allí la imagen de nuestros cuerpos paseando dulces por huertos virginales.... Eras tan clara. Junto al aire tanto te amé.... En la tristeza grave tú me arrancabas la melancolía como una espina aguda de la carne; me acompañabas en las horas puras; me rozabas tan suave con tus dedos sutiles, con tu dulce modo de acompañarme.... (...)Fuiste como una niebla, como un vaho de amor, como un vapor imponderable que me envolviese en cálidas vislumbres las duras realidades, y que después, pasadas las aristas crudas, me rodease y me dijese: -Existes en el mundo. Ven ya hacia el mundo. Ámame.(...)
Yo sé que de tu pecho los latidos están contados. Corazón, haz lento tu misericordioso movimiento y leves tus quejidos doloridos por ese cuerpo, donde mis sentidos ponen todo su amor, donde me siento morir a cada golpe ceniciento de tus redobles graves y oprimidos. Y tú, ventana de mi amor, aldea mía de paz, caricia que sestea, umbral del mundo, amor de cada día. Dame tu fe, tu claridad, mi estrella, dime que existe lo que yo sabía cuando era niño en la ciudad aquella...
Te he dicho que los hombres no contemplan el puro río que pasa, la dulce luz que invade las riberas cuando fluye hacia el mar el agua casta. Te he dicho ayer...Y yo veo ahora fluyendo dulce hacia la mar lejana, mientras los hombres ciegos, ciegamente se embisten con furor de piedra helada. Con desolada luz vas olvidado, pero yo te contemplo, agua irisada, silente amigo, y veo mi figura triste, mirándose en tus aguas. Amigo solitario: esto te digo mientras pasas. Repite luego mi voz triste allá en las rocas desoladas. Porque has de ver tierras estériles y muertos sin remedio ni esperanza.
Pozo de realidad, nauseabunda afirmación, nocturno cerco de sombras. Todo hasta la muerte. Somos aciago resplandor insumiso, noche florecida. Oh miseria inmortal. Tú, mi alondra súbita, mi pequeño colibrí delicado, flor mecida en la brisa, tú, dichosa, tú, visitada por la luz, lavada en su jardín que desciende despacio, pequeñez tan querida. Aquí estás resistiendo, viva, lúcida, sostenida en el sacro relámpago, alumbrada y dichosa en el trueno. tú, mi pequeña rosa encendida siempre, pétalo delicado, húmeda nota, tú, resistiendo aquí. Tú, resistiendo, como si fueses basa columna, catedral, como si fueses arco, romana gradería, circo, templo, como si fueses número, incorruptible idea, tú mi pequeña Yutca, mi pasajera soledad, mi fugaz entusiasmo, tú, brevedad, caricia. Tú, con brazos débiles como flores, con cintura, con quebradizo cuerpo, con delgadez, con ojos, con espanto, con risa, con noche a tu mirada, tú, mi pequeña Yutca, tú, resistiendo aquí.
Eres feliz. Saber no quieras lo que brilla en los ojos humanos. Sonríe tú como mañana fresca, como tarde colmada en su ocaso. Porque eres eso, sí: la tarde pura en que a veces yo mojo mis manos, en que a veces yo hundo mi rostro. ¡La tarde pura en su placer dorado! La savia dulce de la primavera, toda la luz de la tarde en un cántico, sube entonces feliz y presurosa desde tu corazón hasta mis labios.
Introducción a la noche 1 Con la honda mirada un día contemplaste tu honda pasión de ser en vida perdurable. Hoy contemplas acaso con mirada más grave el parpadeo puro de la noche sin márgenes; el sollozo inoíble de un arroyo alejándose en la sombra; la mole de la noche indudable. 2 Y sin embargo, eres. Y sin embargo naces como las hierbas verdes y los nudosos árboles. Compruebas con delicia que existen matorrales, y tus manos apresan piedras de aristas grandes. Saltas sobre los ríos, subes desde los valles, cantas desde las cumbres, vives, existes, ardes. Contemplas la llanura crepuscular; renaces como los campos vivos que en la aurora son arces, cañadas y caminos, prados, riberas, cauces de amor, donde quisieras vivirte y olvidarte. 3 Y aquí estás. Aquí pones tus dos manos tenaces. Te agarras a las cosas: maderas, piedras, carnes, Te aferras a la vida como el río a su cauce, cual la raíz de un hondo vegetal insaciable.
I Y aquí estás verdadero, Oh déjame tocarte. Tu piel en donde pones un límite a los aires. Tu don de serte vivo, tu realidad, me baste. Dejadme que compruebe su ser. ¡Oh, sí, dejadme! II Dejadme. Yo no quiero las nieblas pertinaces. Tras el humo dibuja su vago ser un valle. Allá tras la cortina incierta, hay verdes sauces, un prado con sus flores diminutas y suaves. En la noche terrible yo soñaba una imagen. Hela aquí. Son colores: blancos, verdes, granates. III Dejadme con las cosas también. Son realidades súbitas que se crean duras a cada instante. Emergen con firmeza cruel. Se satisface con su presencia misma dicen: «¡Toma, regálate!» IV Regálate. Contempla la piedra, el cielo, el aire. Respira entre las luces. Desciende hasta los cauces. Toca la piedra. Mira. Huele la rosa. Sáciate. Gusta, mira, comprueba, duele, solloza: sabe. Ensánchate en el alba. Al mediodía, ensánchate. Sube a la tarde y mira todo en ella ensanchándose.
Irás acaso por aquel camino en
el chirriante atardecer...
Irás acaso por aquel
camino en el chirriante atardecer
de cigarras, cuando el calor
inmóvil te impide, como un bloque, respirar.
E irás con la fatiga y
el recuerdo de ti, un día y otro día,
subiendo a la montaña por el mismo sendero,
gastando los pesados
zapatos contra las piedras del camino,
un día y otro día gastando
contra las piedras la esperanza, el dolor,
gastando la desolación,
día a día,
la infidelidad de la persona que te supo, sin embargo,
querer
(gastándola contra las piedras del camino), que te supo
adorar,
gastando su recuerdo y el recuerdo de su encendido amor,
gastándolo
hasta que no quede nada,
hasta que ya no quede nada
de aquel delgado susurro, de aquel silbido,
de aquel insinuado
lamento;
gastándolo hasta que se apague el murmullo del agua en el
sueño,
el agitarse suave de unas rosas, el erguirse de un tallo
más allá de la vida,
hasta que ya no quede nada y se borre la pisada
en la arena,
se borre lentamente la pisada que se aleja para siempre
en la arena,
el sonido del viento, el gemido incesante del amor, el
jadeo del amor,
el aullido en la noche
de su encendido amor y el tuyo
(en la
noche cerrada
de su abrasado amor),
de su amor abrasado que
incendiaba las sábanas, la alcoba, la bodega,
entre las llamas ibas
abrasándote todo hacia el quemado atardecer,
flotabas entre llamas
sin saberlo hacia el ocaso mismo de tu quemada vida.
Y ahora gastas
los pies contra las piedras del camino
despacio, como si no te
importara demasiado el sendero,
demasiado el arbusto, la encina, el
jaramago,
la llanura infinita, la inmovilidad de la tarde
infinita, allá abajo, en el valle de piedra
que se extiende despacio,
esperando despacio
que se gasten tus pies, día a día,
contra las
piedras del camino.
mañana Errante por la luz, en primavera recóndita y azul y de oro y grana, mi corazón recoge esta mañana todo el amor que llueve en lisonjera tempestad de frescor. La noche afuera. Afuera el cierzo y la ansiedad lejana. Se pone en pie la claridad temprana, alza sus brazos, yergue su bandera, grita su luz, avanza arrolladora por la pradera vencedora y mueve el árbol todo del espacio ahora. Todo en el aire, luminoso, llueve, gira, delira entre la luz sonora, y allí suspira entre el follaje leve.
Tal vez el mundo sea bello, cuando el sol claro lo ilumina, pero yo sé que hay hombres tristes como la lluvia gris y fría. Yo sé que hay hombres sobre cuyas almas pasó de Dios quizá la sombra un día. Pasó, y hoy queda sólo ausencia en donde la tristeza brilla. Hombres tristes en todos los caminos con la tristeza pensativa. Tal vez la aurora sea pura, el aire delicado, claro el día. Mas muchos hombres hay como la lluvia oscura e infinita. Escúchame, Señor. Mi voz hoy sólo tiene palabras de melancolía. Sobre la tarde inmensa cae la lluvia monótona, fría.
Soy como un ciego...
Rubén Darío
Y tú que tanto amas, tanto ríes,
tanto
adivinas y conoces tanto,
¿dónde el escudo para que te fíes,
dónde
el pañuelo de enjugar tu llanto?
¿Dónde el camino que no veo ahora?
Dímelo o llora y el mirar
suprime.
¿Es ya la noche que no tiene aurora?
Dímelo, dime.
Y sin embargo tu vivir empaña
mi vivir con un vaho que es
ternura,
que es caliente rumor que me acompaña
la noche oscura.
Y sin embargo con tu mano guías
y a tientas toco lo que
apenas veo
y digo acaso para que sonrías
lo que no creo.
Y toco apenas y tu bulto aprendo
y torpe sigo lo que tú me
indicas.
Lo que no miro, lo que no comprendo,
tú multiplicas.
Tú multiplicas, o quizás es tu invento
porque lo vea aunque
quizá no exista.
Entre la noche de mi pensamiento
dulce es tu
vista.
Dulce es tu vista, tu mirar risueño
que mira un llano donde
estaba un monte
y que a mi alma de temblor pequeño
llamó
horizonte.
Dulce es tu vista que miró aquel lago
y lo llamaba alegre mar
bravío.
Tu generoso corazón es mago.
¡Lo fuese el mío!
De "Noche del sentido" 1957
Letanía para decir cómo me
amas
Me amas como una boca, como un pie, como un río.
Como un ojo muy
grande, en medio de una frente solitaria.
Me amas como el olfato, los
sollozos,
las desazones, los inconvenientes,
con los gemidos del
amanecer, en la alcoba los dos, al despertar;
con las manos atadas a
la espalda
de los condenados frente al muro; con todo lo que ves,
el llano que se pierde en el confín, la loma dulce y el estar cansado,
echado sobre el campo, en el estío cálido,
la sutil lagartija entre
las piedras rápidas;
con todo lo que aspiras,
el perfume del
huerto y el aire y el hedor
que sale de un apútrida escalera;
con
el dolor que ayer sufriste y el que mañana has de sufrir;
con aquella
mañana, con el atardecer
inmensamente quieto y retenido con las dos
manos para que
no se vaya a
despertar;
con el silencio hondo que aquel día, interrumpiendo el
paso de
la luz,
tan repentinamente vino entre los dos, o el que invade
la atmósfera
justo un momento
antes de la tormenta;
con la tormenta, el
aguacero, el relámpago,
la mojadura bajo los árboles, el ventarrón de
otoño,
las hojas y las horas y los días,
rápidos como pieles de
conejo,
como pieles y pieles de conejo, que con afán corriesen
incansables,
con prisa
hacia un sitio olvidado, un sitio inexistente, un día que no existe,
un día enorme que no existe nunca, vaciado y atroz
(vaciado y atroz
como cuenca de ojo, saltado y estallado por una
mano vil);
con todo y tu belleza y tu desánimo a veces cuando
miras el techo
de la alcoba
sin ver, sin comprender,
sin mirar, sin reír;
con la inquietud de
la traición también, el miedo del amor y el
regocijo del
estar aquí,
y la tranquilidad de respirar y ser.
Así me quieres, y te miro querer como se mira un largo río
que transparente y hondo pasa,
un río inmóvil,
un río bueno,
noble, dulce,
un río que supiese acariciar.
Más allá de esta rosa
(Meditación de postrimerías)
1
Una rosa se yergue.
Tú
meditas. Se hincha
la realidad, y se abre, se recoge, se cierra.
Cuando miras, entierras. Oh pompa
fúnebre. Azucena: Relincho
espantoso, queja oscura, milagro. Tú que la melodía
de una rosa
escuchaste, sangrienta
en el amanecer cual llamada
de una realidad
diminuta,
miras tras ella el hondo
trajinar de otra vida, la
esbelta
rapidez con que algo se mueve en la noche
con prisa, como
si quisiera llegar a una meta
insaciable. Hay detrás de esta rosa,
que yergue
suavemente su tallo, una pululación hecha náusea,
un
horrible jadeo,
una ansiedad frenética, un hediondo existir que se
anuncia.
Una trompeta dispara
su luz, su entusiasmo sonoro
en
el estiércol. ¿Qué dices,
qué susurras, qué silbas
entre la
oscuridad, más allá de esta rosa,
realidad que te escondes? ¿Qué
melodía
articulas y entiendes y desdices y ahogas,
qué rumor de
unos pasos
deshaces, qué sonido
contradices y niegas? La cadencia
está dicha,
realizado el suspiro.
El rumor es silencio,
la
esperanza, la ruina. Todo silba y espera,
silencioso, engreído,
más allá de esta rosa.
2
Más allá de esta rosa, más allá de esta mano
que escribe y
de esta frente
que medita, hay un mundo.
Hay un mundo espantoso,
luminoso y contrario
a la luz, a la vida.
Más allá de esta rosa e
impulsando su sueño,
paralelo, invertido
hay un mundo, y un hombre
que medita, como yo, a la ventana.
Y cual yo en esta noche, con
estrellas al fondo,
mientras muevo mi mano,
alguien mueve su mano,
con estrellas al fondo.
y escribe mis palabras
al revés, y las
borra.
"Oda a
la ceniza" 1967
Muchacha dulce: no me amas. Tú no conoces mi figura, mi triste rostro que lejano vela tu faz borrosa entre la lluvia. Muchacha dulce: aquí en mis ojos brilla un otoño que rezuma oro de amor, de amor por ti que tienes entre tus manos una aurora púrpura. Soy como tú. Soy como tú. ¿Me oyes? ¡Soy como tú! ¡Oh, no me escuchas! Mira, mira mi amor... ¡Cómo me brota del corazón este alba rubia! Tómala para ti. Yo no la quiero. Es para ti. Tómala. Nunca. Hacia el azul sube amorosa y allí, tristísima, se alumbra.
« Algo en mi sangre espera todavía. / Algo en mi sangre en que tu voz aún »
« Mira los aires, alma / solitaria, »
« mi / cariño en sus brisas te oreaba. »
« Aquí / estás, camino de siempre, »
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