Carlos Barral

Biografía y amplia selección de poemas de Carlos Barral. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (12 poemas seleccionados)

A veces

A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la
ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto
y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a
la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades
juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos
los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca
se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres

de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi
alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía
a la certeza de la espera.

Carlos Barral

Al tamaño del cisne

Dormir nonchalamment al'ombre de ses seins

Comme un hameau paisible au pied d'une montagne.

Todo está preparado:
la sábana tan blanca y el silencio
ahora
inviolable.

(Yo me hago
a un lado para no estorbarte.)
Ven,
arráncate a los
ojos
que ya te desdibujan,
rompe tu invierno gris, oh sonriente

dulce estrella habitada.

Como cuando
sacudes la nieve de tu capucha de pieles
y a las
puertas
de tu victoria final sonríes sobre nosotros.

Ellos ignoran que vendrás. Descalza
tu pierna,
el enguantado
paso con que llegas
de tu blanco relato. (Sobre el frío
rastro de
un cigarrillo clandestino.)

Escucharé.
Me haré insignificante, todavía
más niño a tus
orillas,
como el guardián de tu reposo enorme,
y oiré tu vena
femoral.

Tan sólo
por consuelo, para que
no me atormente el plazo, ni se
pierdan
los episodios húmedos del sueño.
Ven. Descabalga aquí,
descansa
de tu hermoso paseo por el parque.
Allá en lo alto, lejos

estará tu cabeza como ausente,
como un bosque vedado que ilumina

lo primero la luz de la mañana
distante aún. Quizás al cabo
de
todos estos años, del invierno
de ser pobre y sumiso,

hasta que llegue
mi día,

hasta que vista
mi brillante uniforme, mi dinero
discreto, que
permite
cruzar casi dormido los salones...
...Pórticos, suelos

de mármoles, arañas
de cristal cambiándose
reflejos con los
sables...

(Tal vez con menos suerte la etiqueta

jovial de los cruceros, ese vaso

partido entre dos islas por la noche.)

...Contigo, a tu tamaño. Si algún día

tu intimidad se hiciese a la medida,
si estuviéramos viéndonos,
pensando
en esto sin decirlo, pero en esto,
al borde de una noche
sin orden ni concierto,
sin mañana

de lunes...

Carlos Barral

Baño de doméstica

Entonces arrojaba
piedrecillas al agua jabonosa,
veía disolverse

la violada rúbrica de espuma,
bogar las islas y juntarse, envueltas

en un olor cordial o como un tibio
recuerdo de su risa.

¿Cuántas veces pudo ocurrir
lo que parece ahora tan extraño?

Debió de ser en tardes señaladas,
a la hora del sol,
cuando sestea
la disciplina.

En seguida volvía
crujiendo en su uniforme almidonado
y miraba
muy seria al habitante
que aún le sonreía
del otro lado de la tela
metálica.

Vaciaba el barreño
sobre la grava del jardín.

Burbujas
en la velluda piel de los geranios...

Su espléndido desnudo,

al que las ramas rendían homenaje,
admitiré que sea
nada más que
un recuerdo esteticista.
Pero me gustaría ser más joven
para poder
imaginar
(pensando en la inminencia de otra cosa)
que era el vigor
del pueblo soberano.

Carlos Barral

Baño en cueros

Haberlo vivamente deseado y verlas
pisar el agua que la luna enturbia

y estarlas a mirar; los cuerpos blancos
romper la sombra del metal
luciente
-desnudo universal, desnudo hasta la muerte-
y quedarse
indeciso, en pie, en lo oscuro,
como un viejo marino sospechando un
tiempo
súbitamente aventuroso, y, luego,
olvidando los restos de
la cena triste
con guitarra y golletes salivosos,
entrar a carga
de animal entero
llamado por el agua o por los cuerpos.

Corre hasta el filo castrador del frío,
agua como de espadas.

Las estatuas
se ablandan entre risas, en la espuma.

Carlos Barral

Exterior del gato

Ser el gato,

hacer un esfuerzo y ser el gato

transitorio del alba y en la cumbre

del mundo transitado, y presumible.

Ser por fuera del gato todo el gato posible

después del atigrado resplandor de la noche

última y la pasmada contracción felina.

Comenzar en el zinc al borde de las uñas,

en el cielo que escurre el canalón vacío

y en la flor espectral que crece entre las rejas.

El gato que despierta paso a paso las viejas

miserables espaldas de fábrica baldada

y el aire algodonoso de las ramas al suelo

y la tierra afeitada del muro hasta el camino

y hasta el bidón sonoro que su peso estremece.

Ser gato por fuera y tan cabal. Parece

que el mundo quepa dentro de esta pausa ondulada

precisa como un astro, que te llama

y a quien no negarás el pararte desnuda

donde nadie hubiera imaginado

aurora sobre el muro desconchado,

alba rosada sobre el gris de un gato,

con las puntas nocturnas de los pechos

apuntando a esos hombres cavilosos

que llegan tan despacio, pisando en las afueras.

Carlos Barral

Fósiles

Sumérjase el alma un instante
en el árido mar del deseo
y
surja falaz de su espuma
tu efigie de bronce

*

Agite la brisa
a su soplo
tus negros y sueltos cabellos
y envuelta en su halago

la bruma de tu cuerpo.

*

Al blanco
cuenco de tus blandas manos,
febril apoyo de mi ardiente frente,

al brillo rojo de tus labios finos
dulce caricia de mi boca torpe,

siempre soñada.

Tú que derramas sobre
tu frente un bucle,
al inclinarse triste la cabeza,
tú, que
amedrentas en tus ojos negros
la melancólica luz y el dulce brillo

la que en el cuello dilatas un sollozo,
y en los labios humedeces un
suspiro.

*

Sincronía de
suspiros blandos,
sabrosa de salobre, teñida de resol,
moldeada en
la morena carne
de la virgen del arpegio dulce
y pastoral.

(1942)

Carlos Barral

Gato ecuestre

¿Cuál de los dos, mi tigre, a quién celebran

las aristas de polvo, las lanzas habitadas
que destellan
ventanas insurgentes

en la noche solemne de la proclamación?

¿A quién miran los
ojos en la hierba peinada?

¿Para quién la sonrisa aduladora
en las sombras secretas del
square

o la memoria hambrienta de los niños?

¿Cuál de los dos
exhibe, cuál somete?

¿O acaso lo admirable es ser el bicho
extraordinario que muestra
a quien lo doma

y esclaviza la zarpa civil que lo sujeta?

Pues por si acaso
fuera en tu homenaje
baila.

Yérguete sobre los cuartos poderosos
la dorada testera
propón a las estrellas,
enarca la ancha mano

y queda inmóvil.

Carlos Barral

Hombre en el mar

(fragmento)

II
Y tú, amor mío,
¿agradeces conmigo
las generosas ocasiones que la mar
nos deparaba
de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,
casi en el tacto, como yo,
de la
caricia intranquila entre dos maniobras,
del temblor de tus pechos

en la camisa abierta cara al viento?

Y de las tardes sosegadas,
cuando la vela débil como un moribundo

nos devolvía a casa muy despacio...
Éramos como huéspedes de la
libertad,
tal vez demasiado hermosa.

El azul de la tarde,
los húmedos violetas que oscurecían el aire

se abrían
y volvían a cerrarse tras nosotros
como la puerta de una
habitación
por la que no nos hubiéramos
atrevido a preguntar.

Y casi
nos bastaba un ligero contacto,
un distraído cogerte por
los hombros
y sentir tu cabeza abandonada,
mientras alrededor se
hacía triste
y allá en tierra, en la penumbra
parpadeaban las
primeras luces.

Carlos Barral

Kvinorgarden* (Predio de las mujeres)

Bien, llévame si quieres al jardín de la Reina;
veré el verde
maltrecho por las nieves tardías
y el furuoso brotar de las flores
salvajes
y los tallos turgentes que quieren ser mordidos
y a
Pomona en la cumbre carmín de una avenida,
con cuervos en los
hombros, y una excedra sin nadie.

Mas dime si habrá gente, si habrá por los caminos
altos viejos
sin sombra y niños relucientes,
si músicos ociosos con grandes
volantines
y amantes de domingo, y si muchachas
tendidas en la
yerba, discretamente a solas
con este sol extraño de dedos tan
ligeros.

Porque ante todo vine para ver si los cuerpos
eran como los
cuentan.
Si los pezones puros como puntas de pica
y los muslos
morosos como fiesta
campestre desde el alba,
y la espalda de
concha iridiscente
y altas las nalgas como en los sueños,
ríos

de piel resuelta, mansa vía
de gentes que no penan por sus formas

de animales enhiestos y lampiños,
y comparan su vello anaranjado
y
aprecian lo distinto y que se ríen
del paisaje menudo de los pliegues

inguinales,

tan blando y tan exacto,
y se ungen la piel unos a otros
y se
acarician con los abedules.

Dime si es cierto y di si podré verlo
y si podré ocultar mis
gestos sin despacio
y no sospecharán que les espío
ni habrán de
sentir miedo de mis ojos abiertos
llenos de blancas sombras y
rincones obscuros

Y si me sonriesen, di, ¿qué haría?
con las manos tenaces,
envaradas,
sin ni siquiera un libro en que enterrar los dedos.

Di si debo aceptar el trébol que me ofrezcan
vulgar y de tres
hojas, como en los campos míos.

* Un imaginario parque
estocolmés.

Carlos Barral

La cour carrée

Oh rápida, te amo.
Oh zorra apresurada al borde del vestido
y
límite afilado de la bota injuriante,
rodilla de Artemisa fugaz entre
la piedra,
os amo,
sombra huidiza en la escalera noble,
espalda
entre trompetas por el puente.
Oh vagas, os envidio,
imágenes
parejas en los grises
vahos de las cristaleras entornadas,

impacientes
-que llegan a las citas con retraso-
nervios de los
que habitan (el descuido
seguro y arrogante de la puerta entreabierta

y el gesto ordenador de las cosas que miran).
Lo quiero casi todo:

la puerta del palacio con armas y figuras,
el nombre de los reyes y
el latón de República.
Quiero tus ojos de extranjera ingenua
y la
facilidad sin alma del copista.
Quiero esta luz de ahora. Es mi deseo

estar abierto, atento, hasta que parta.
Y quisiera que alguien me
dijera
adiós,
contenida, riendo entre lágrimas.

Extranjero en las
puertas, no estás solo,
mi apurada tristeza te acompaña.

Carlos Barral

La dame à la licorne

Estudio de ademanes

A una
muchacha desnuda de medio cuerpo,

que, creyéndose sola, se quita los blue-jeans

junto a una bicicleta.

Oriente ensortijado,
rojo vellón
flamante, con qué pausa
de sol en hebras nace entre dos ramas
aún
nocturnas de azules indecisos

y crespa luz guardada
-venus naciendo nueva de la sarga-
a las
puntas saladas y a los labios
incrustados de arena cristalina

promete otra figura
sobre la piel erguida y sobre el mismo
tostado
de las dunas
-las sedas suntuosas de la piedra molida-
y el lienzo
inquieto de la mar,

espejo
que te revela como tú te admiras.

El duro lomo y las
costillas finas
del animal mecánico se aquietan,
se pliegan a la
tierra que te empuña,
un instante increíble, cuando avanzas
los
hombros
y doblas la rodilla levemente
y el cabello te ciega como
una luz espesa
y vagan las dos manos
abriéndose...

... Desnudas
espléndida la gloria de este sitio,
los sueños
solitarios -cada hombre,
repetido por siglos, que arribaba
a este
arenal desierto- las miradas
turbias de sol, con sed, desde los
párpados
de cada olivo centenario...

Oh pura, instantánea,

tanto
y tan llena de ti
que el silencio te observa y aún no suenan

por qué milagro alrededor los golpes
a intervalos detrás del
tamarindo
ni el gemido del tren y nada sabes
de la mano crispada o
del hierro invisible
ni escuchas el reseco zumbido de los cables

ni el rumor trepan ante de la excavadora.
El ruido de un motor

inútilmente acelerado
golpea como un látigo tu espalda,
oh sorda
como el árbol, y ahora crece
como una zarza junto a ti y te acusa

y se encoge en tu cuerpo la hermosura
y un gran manto de ojos

transparente te cubre mientras dudas.

(Pero yo creo en ti, oh cuerpo

joven, fortaleza del alma,

y negaré en tu nombre, quiero

verte prevalecer.)

Oh rompe
con gesto descuidado las redes que te tienden
sacude el
aire impuro,
oh rosa en lo secreto y ahora obscena
que los ojos
golpean o las pausas del ruido,
oh poder, camina indiferente,

amante desarmada, porque es tu desafío
a las sucias aceras de tu
ciudad horrible,
y a lo largo del aire sorprendido,
de espacio
violado, te reflejas
en las anchas vitrinas de instrumentos
calmantes.

(Desnuda frente a un muro
de ataúdes eléctrico

recoges una concha seguramente rota.)

O renuncia y corrómpenos. Recoge
precipitada el pantalón
crujiente
y póntelo y la blusa de colores
y toma por los cuernos
al animal sumiso
y pisa el polvo de tu gloria.

Entonces
oscuros y dañinos, detrás de cada duna,
saldremos a
mirarte
y el pico que no viste se detendrá un instante
y esa
máquina negra que de nuevo
ronca.

Y alguno desde lejos,
indeciso,
te saldrá al paso, amenazándote
como si nunca hubieras
sido

nadie.

Carlos Barral

Las aguas reiteradas

Récifs délicieux, Île toute prochaine.

I
En las aguas profundas,
en las ondas del sueño amurallado,

a menudo apareces, y en el curso
verde y olvidadizo de los ríos.

Conozco tu presencia
en las cortezas húmedas del aire
y sé que en
un lugar,
excavada en la lluvia
tu iluminada soledad persiste.

II
Aires tan dulcemente amanecidos,
apenas rotos, aires
y
ya un párpado triste os oscurece...
Arrecifes al alba,
manantial
en suspenso,
ojos en que se espuman tus cristales,
bañas de pronto
y amamantas, lavas.
Los marítimos vientos
y fluviales contornos
verificas
¡oh escogida mañana
semejante a la lágrima de un niño!

III
Mira el pequeño cauce incorporado
donde nace el arroyo,

las almas vegetales anhelantes,
y un aliento de orillas
siente que
hacia tu carne se evapora.

Como suben las savias y rezuman
esparces tú la boca por tu
tronco.
Lengua con sed, sedientas las raíces,
tendéis las hojas
ávidas, iguales,
y os entregáis al mismo cumplimiento.

(En los cielos más altos se diluyen
las playas arrancadas
con
sus calmas antiguas y rompientes
y convoca sus cántaros el río.)

IV
Oh pájaro en dulcísima pendiente
y corazón en tránsito de
brisa,
la libertad te tiembla.

El amoroso músculo del nardo
hacia el paso flexible,
la saeta
risueña de tus pechos
se tiende humedecida,
y una cintura limpia
se doblega.

En la piedra untuosa
la huella engarza un aran del de frío
y
flota tu camino en la tormenta
-blanco delfín entre sus densas
redes-.

V
Tu corazón de lluvia largamente
aprendido del aire y de la
rama
¿hacia qué espacios va,

sobre qué viento?

El cuerpo lleva uncido por el pulso,
hacia
el rayo lo invita, lo apresura.

La libertad del cuerpo
y los ríos de piel se desoprimen,
sus
sensitivos lechos abandonan
los muslos limitados de caricia
y el
brazo y la garganta.

Todo el amor por estas fuentes libra
un dios delicuescente.

Y en el nombre del pájaro,
de la inflamada espuma del almendro,

en el sabor del fruto propagado,
alguna paz de la fatiga abierta

con los latidos mansos configura
un ciervo entre los pechos de
alegría.

VI
Llueves,

en ti se cumplen
como aquellas del mar de que proceden,
las aguas
reiteradas de tu sueño,
tu número de nubes y de peces.

Por tu blanda corriente
levantada la luz hacia las cumbres

sube.
Desde
allí viene el hijo
como un dulce rebaño
que desciende las húmedas
laderas
y aproxima la fuente
de tu entraña sombría, desgranada

como una profunda
cascada de cerezas.

VII
Sobre el campo embriagado, tu camino
ligero hacia los
pórticos recoge
el alma y el auspicio de la nube,
peristilo
esbeltísimo que apura
en abril instantáneo, entre avellanos,
el
culto repetido de tu gracia.

Así, llena de lágrimas, alegre,
húmedo el cereal de tu cabello,

florecida en la tarde me pareces
un laurel en la lluvia iluminada.

VIII
A veces sorprendía
flotando tu cabeza por mi cuerpo.

Era en agua cercada,
obscura en que dejaba de seguirte,
pero a
toda la orilla,
desde el profundo centro estremecido
se impartía
una onda
de corazón despierto, sin sosiego.
Estabas sobre el pecho

nocturno de inundadas soledades,
aquí comparecida, sin deseo,
sólo
furtivamente abandonada,
como si una tormenta que olvidamos

hubiese desistido y no quedase
de ti más que esa dulce
provocación
de párpados y labios.
Luego eras luz y transparencia tenue
y
volvían las sombras a tenderse
sobre este mar de piel acantilada.

Carlos Barral

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