Poesía Universal

Carl Sandburg

Carl Sandburg es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras co...

Biografía lírica

Vida

Carl Sandburg es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Carl Sandburg

26 poemas seleccionados
1.

Acumulaciones

Han azotado las tormentas la tierra en este punto
y aquí se han ido a 
		pique los barcos
                 
		y los transeúntes lo recuerdan
                 
		charlando en el puente de noche
                 
		cuando allí se aproximan.

Han golpeado los puños la cara de ese 
		viejo boxeador
     profesional
                 
		y han aparecido sus combates en las páginas
                 
		de deportes y por la calle lo señalan con el
                 
		índice extendido por ser uno que una vez tuvo
                 
		el cinturón de campeón.

Se han publicado cientos de historias y 
		se han rumoreado
     mil
a propósito del 
		porqué ese hombre alto y tenebroso se ha
                 
		divorciado de dos jóvenes hermosas
para casar con una tercera que se 
		parece a las otras dos
                 
		y sacuden la cabeza y comentan «ahí va»
                 
		cuando pasa de largo, con buen tiempo o con
                 
		lluvia, por las calles de la ciudad.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
2.

Bajo el ala de un sombrero

Mientras el murmullo y las prisas
de los pasos que de largo pasan

		resuena en mi oído como las olas inquietas
de un mar que azota el 
		viento,
vino a mí un alma
asomada a la mirada de un rostro.

		
Ojos como un lago
donde ruge un viento de tormenta
me 
		sorprendieron bajo
el ala de un sombrero.
            
		Pensé en un naufragio en alta mar,
            
		los dedos magullados y aferrados
            
		a la puerta desvencijada del comedor.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
3.

Baño

Un hombre vio el mundo entero como una calavera
riente y un par de 
		huesos cruzados. La carne rosada de la
vida se encogió hasta 
		desaparecer de todos los rostros.
Nada cuenta, nada. Todo es 
		falsedad. Polvo al polvo, ceniza
a las cenizas, y una antigua 
		tiniebla y un silencio inútil.
Lo había visto todo. Fue entonces a un 
		concierto de Mischa
Elman. En dos horas, las olas de sonido le 
		golpetearon los
tímpanos. La música se llevó por delante algo, no sé 
		qué,
de su interior. La música derribó y reconstruyó algo en su

		cabeza, no sé bien qué, o en su corazón. Aplaudió durante
los cinco 
		bises que dio el joven judío ruso con el violín. Al
salir, dio con 
		las suelas en la acera de una manera nueva.
Era el mismo hombre, en 
		el mismo mundo de antes. Sólo
que existía un fuego que canta y un 
		ascenso de rosas
perennes sobre el mundo entero que contemplaba.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
4.

Chicago

Salchichería del mundo,

		Fábrica de Útiles. Almacén de Trigo.

		Juego de Vías Férreas. Tirada de Mercaderías de la Nación;

		ciudad tempestad, enronquecida, vocinglera,

		ciudad de anchas espaldas.

		

		Me dicen que eres perversa y lo creo, porque he visto a

		tus mujeres acicaladas bajo los reverberos esperando a

		los mozos del campo.

		Y me han dicho que eres canalla y yo respondo: Sí, es

		cierto, yo he visto al hombre con revólver matar y

		quedar libre para volver a matar.

		Y me han dicho que eres brutal y yo respondo: Sobre el

		rostro de tus mujeres y de tus niños he visto las señales

		del hambre desenfrenado.

		Y habiendo contestado así me vuelvo aún una vez hacia

		aquellos que desprecian esta ciudad, mi ciudad y les

		devuelvo su desprecio y les digo:

		mostradme otra ciudad que cante con la cabeza alta,

		tan orgullosa de ser viva, robusta, fuerte y astuta.

		Con sus juramentos magnéticos lanzados,

		contristándose de hacinar obra sobre obra, he aquí una

		gran alegre dadora de puñetazos que corta sobre las

		pequeñas aldeas reblandecidas.

		Feroz como una perra con la lengua alargada por la

		acción, astuta como un salvaje, con el desierto como

		adversario.

		Cabeza desnuda

		moviendo la pala,

		rompiendo,

		proyectando,

		construyendo, demoliendo, reedificando.

		Bajo el humo la boca manchada de polvo, riendo con blancos dientes.

		Bajo el peso terrible del destino, riendo como ríe una mujer joven,

		riendo como ríe un luchador ignorante que no ha perdido jamás en un 
		combate,

		fanfarroneando, riendo de que bajo su muñeca está el

		pulso y bajo sus costillas el corazón del pueblo

		¡Riendo!

		Riendo con la risa de la tempestad de la juventud,

		enronquecidas, vocinglera, medio desnuda, sudando

		orgullosa de hacer Salchichas, de Fabricar Útiles, de

		almacenar el Trigo, de Jugar con las Vías Férreas y de

		repartir las Mercaderías de la Nación.


		Versión 
		de Ángel Cruchaga Santamaría


		* * *
5.

Dos

vecinos


		Rostros de dos eternidades me miran sin cesar.
Uno es de Omar Jayam y 
		la roja materia
             
		en que los hombres olvidan el ayer y el mañana
             
		y recuerdan sólo las voces y las canciones,
             
		los relatos, los periódicos y las peleas de hoy.
Otro es de Louis 
		Cornaro y el flaco favor
             
		de las lentas, breves comidas a través de los lentos,
                   
		breves años,
             
		para dejar que la Muerte abra la puerta lentamente,
                   
		una breve rendija.
Tengo un vecino que jura por Omar.
Tengo un 
		vecino que jura por Cornaro.
                                                           
		Los dos son felices.
Rostros de dos eternidades me miran sin cesar.
                                                           
		Que miren.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
6.

Dunas

Qué 
		vemos aquí, en las dunas arenosas de la luna blanca,
             
		a solas con nuestros pensamientos, Bill,
a solas con nuestros sueños, 
		Bill, suaves como las mujeres
             
		que se atan una pañoleta a la cabeza al bailar,
a solas con una 
		imagen y una imagen tras otra, imágenes
             
		de todos los muertos,
más muertos que todos esos granos de arena 
		apilados
             
		uno a uno aquí, en la luna,
apilados contra la línea del cielo que 
		adquiere formas tal
             
		como quiera la mano del viento,
qué vemos aquí, Bill, fuera de 
		aquello en que se rompen
             
		la cabeza los más sabios,
fuera de lo que claman los poetas, fuera de 
		lo que buscan
             
		con denuedo los soldados, hasta dejarse por ello
             
		el cráneo al sol... ¿,Qué será, Bill?


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
7.

En un suspiro

(A los hermanos Williamson)

Mediodía. La blancura del sol 
		destella en el asfalto de la
           
		Avenida Michigan. El tambor de los cascos, el
           
		zumbar de los motores. Las mujeres de acá para
           
		allá con sus vestidos endebles; en sus pieles y en
           
		sus ojos juega el fuego del sol.

En el teatro, películas 
		submarinas. Del calor de las aceras
           
		y el polvo de las cunetas, los transeúntes entran en
           
		un suspiro para atestiguar la existencia de grandes,
           
		frescas esponjas, de grandes, frescos peces, de
           
		grandes, frescos valles y cordilleras de coral
           
		tendidas en silencio, bajo el agua, en el lecho del
           
		océano, miles de años.

		
Se zambulle un buceador desnudo. En su mano derecha,
           
		un cuchillo lanza un tajo al vientre de un tiburón.
           
		El tiburón larga un coletazo. Un simple coletazo
           
		acabaría con el buceador... Pronto, el cuchillo se
           
		hunde hasta las cachas en el gañote del pez que
           
		vira... Las fauces llenas de dientes, cada diente una
           
		daga, hilera tras hilera, brillan cuando el cadáver
           
		estremecido es izado en un bostezo por los
           
		hermanos del buceador.

		
Fuera, en la calle, el murmurar y el canturrear de la vida
           
		al sol... caballos, coches, mujeres de acá para allá
           
		con sus vestidos endebles; en su sangre juega el
           
		fuego del sol.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
8.

Estatuas de bronce

I
La estatua de bronce del General Grant montado en su
         
		caballo de bronce, en Lincoln Park,
se apergamina al sol cuando pasan 
		los automóviles
         
		ronroneando en largas procesiones, camino de
         
		alguna parte, para llegar a la cita prevista para la
         
		cena, o al cine, o a comprar y vender
aunque con el atardecer y de 
		noche, cuando saltan las
         
		altas olas
en las lajas del paseo, a la orilla del lago, ahí cerca,

		he visto al general retar a los basureros a que se acerquen
y pongan 
		a galopar a su caballo de bronce, espoleado por
          
		los cascos y las armas de la tormenta.

II
Atravieso Lincoln 
		Park en una noche de invierno
           
		mientras nieva.
En su estatua de bronce, Lincoln descuella entre la
           
		blancura de la nieve, su frente de bronce altiva
           
		ante los ecos de los vendedores de periódicos, que
           
		vocean que cuarenta mil hombres han muerto en
           
		el Yser, sus oídos de bronce atentos al amortiguado
           
		rugir de la noche que llega a sus pies de bronce.
Un indio ágil en un 
		caballo pequeño, de bronce,
           
		Shakespeare sentado en bronce con sus largas
           
		piernas, Garibaldi con su capote de bronce,
           
		montan guardia en la fría y solitaria nieve que esta
           
		noche cubre sus pedestales, y así aguantarán hasta
           
		pasada la medianoche, hasta que raye el alba.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
9.

Estilo

Estilo, sí: adelante, hablad del estilo.
Es fácil saber de dónde saca 
		un hombre su estilo,
            
		como fácil es saber de dónde saca la Pavlova sus
                  
		piernas
            
		o Ty Cobb el ojo con que mira al batear.

            
		Que sigan hablando.
Eso sí: a mí, que no me quiten mi estilo.
                           
		Es mi rostro.
                           
		Tal vez no sirva de nada,
                                         
		pero es de todas todas mi rostro.
Hablo con él, canto con él, gusto y 
		siento con él.
             
		Sé por qué quiero conservarlo. 

Matad mi estilo
                           
		y le partiréis las piernas a la Pavlova,
                           
		y cegaréis el ojo con que mira Ty Cobb al
                                    
		batear.

Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
10.

Listo para matar

Diez minutos llevo mirándolo.
Por aquí he pasado antes muchas veces y 
		me ha extrañado.
He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un 
		famoso
            
		general
a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.

		Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco,
            
		reducirlo a un montón de escombros, que se lo
            
		lleven a la chatarrería.
Te lo diré con toda claridad:
luego de 
		que el granjero, el minero, el tendero, el obrero,
            
		el bombero y el camionero
hayan sido recordados en sus monumentos de 
		bronce,
dándoles la forma del trabajo de conseguirnos a todos,

		algo que comer, algo que vestir,
cuando apilen unas cuantas siluetas
                     
		recortadas contra el cielo
                     
		aquí en el parque,
y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el 
		trabajo
              
		del mundo, que dan de comer a la gente en vez de
              
		aniquilarla,
entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí
a 
		contemplar con tranquilidad a este general del ejército
              
		que enarbola su bandera al viento
y cabalga como un demonio en su 
		montura,
listo para matar a todo el que se le ponga por delante,

		listo para que corra la sangre roja por la hierba nueva y
              
		tierna de la pradera, y que la empapen las entrañas
              
		de los hombres.

Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
11.

Mag

Juro por 
		Dios, Mag, que ojalá nunca te hubiera visto.
Ojalá nunca dejaras tu 
		trabajo para venirte conmigo.
Ojalá jamás hubiéramos pagado el 
		permiso, ni comprado
          
		un vestido blanco,
para que te casaras el mismo día en que fuimos 
		corriendo
          a 
		ver al cura
y le dijimos que nos amaríamos y cuidaríamos uno al otro

		por siempre jamás, siempre que el sol y la lluvia perdurasen
          
		en algún rincón.
Sí, ahora es mi deseo que vivieras en otra parte, 
		bien lejos
          de 
		aquí,
y que yo fuera un vagamundo montado en un mercancías,
          
		a dos mil kilómetros, totalmente en la ruina.
          
		Y ojalá nunca hubiéramos tenido niños
          
		ni el alquiler, el carbón, la ropa por pagar,
          
		ni el recadero de la tienda que viene a cobrar lo suyo,
          
		a cobrar en metálico por alubias y ciruelas.
          
		Ojalá nunca te hubiera visto, Mag
          
		Ojalá nunca hubiéramos tenido niños.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
12.

Negro

Soy el negro.
El que canta canciones,
el que baila...
con más 
		suavidad que el algodón...
con más dureza que la tierra oscura,

		los caminos apisonados por el sol,
por los pies descalzos de los 
		esclavos...
espumarajos entre los dientes... estridentes 
		carcajadas...
amor rojo por la sangre de la mujer,
amor blanco por 
		los negritos que trastabillan...
amor perezoso por el tañer del 
		banjo...
sudoroso, obligado al jornal de la siega,
altas risotadas 
		con las manos como dos jamones,
endurecidos los puños con el mango,

		la sonrisa de los sueños, la duermevela en las junglas de
     
		antaño,
loco como el sol y el rocío y el goteo, como la poderosa
     
		vida en la jungla,
meditabundo, triste, farfullando los recuerdos de 
		los
     grilletes:
                    
		soy el negro.
                    
		Mírame.
                    
		Soy el negro.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
13.

Personalidad

(Cavilaciones de un policía adscrito al Despacho
de Identificación)

		
Has amado a cuarenta mujeres, pero sólo tienes un
     
		pulgar.
Has llevado cien vidas secretas, pero sólo dejas una huella
     
		dactilar.
Vas por el mundo y combates en un millar de guerras y
     
		obtienes todos los honores del mundo, pero
     
		cuando regresas a tu hogar la huella de uno de los
     
		pulgares que te dio tu madre es la misma huella
     
		del pulgar que tenías en el asilo, donde tu madre
     
		te besó para despedirse.
Del útero revuelto del tiempo provienen 
		millones de
     hombres, cuyos pies atestan la 
		tierra, y se rajan el
     cuello unos a otros 
		por un lugar donde seguir en
     pie, y entre 
		todos ellos no hay dos huellas de
     pulgar que 
		sean iguales.
En alguna parte debe haber un Gran Dios de los 
		Pulgares,
     capaz de contar por dentro la 
		historia de todo esto.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage
14.

Elige

Un solo puño cerrado está en lo alto, listo,
si no, la mano abierta, 
		tendida, a la espera, con su pregunta.
                                  
		Elige:
nos hemos de encontrar en uno o en otra.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
15.

Felicidad

Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida

    que me dijeran qué es la felicidad.

    Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el

    trabajo de miles de hombres.

    Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo

    tratase de engatusarlos.

    Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del

    río Desplaines.

    Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus

    mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un

    acordeón.


    Versión de 
	Miguel Martínez-Lage
		* * *
16.

* * *

Hombros albos


		Tus 
		hombros albos
            
		los recuerdo
y te encogías de risa.


		            
		Risa rara
            
		que te arrasaba sola
desde tus hombros albos.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
17.

Lealtades

Polvo 
		amarillo
            
		en el ala de un abejorro,
luces grises en los ojos
            
		de una mujer que pregunta,
rojas ruinas a la luz cambiante
            
		de los rescoldos del crepúsculo:
os tomo y amontono
             
		los recuerdos.
La muerte ha de romperse las garras
             
		en algunos a los que guardo.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
18.

Niebla

Llega la 
		niebla
con sus mullidas almohadillas de gata.


		Se sienta 
		a mirar
la ciudad y el puerto
sobre sus ancas calladas
y luego 
		sigue su camino.   
		


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
19.

Pérdidas

Tuve un 
		amor
y un hijo,


		un banjo,

		las sombras.
(Pérdidas de Dios,
todas acabarán
y un buen día

		nos quedaremos
sólo con las sombras.)


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage
20.

Asesinos

A vosotros canto
con voz queda, como la del hombre que habla con su 
		hijo
            
		muerto;
con la dureza de un hombre esposado,
sujeto allí donde no 
		puede moverse.

		
     Bajo el sol
hay dieciséis millones de 
		hombres
elegidos por sus dientes brillantes,
su buena vista, sus 
		piernas duras
y porque corre en sus muñecas la sangre caliente y 
		joven.

		
     Y un jugo rojo corre por la verde hierba;

		y un jugo rojo empapa la oscura tierra.
y los dieciséis millones 
		asesinan...y asesinan y asesinan.

		
     Nunca los olvido, ni de noche ni de día:

		me golpean la cabeza para que los recuerde,
me baten el corazón y yo 
		les devuelvo el grito
y grito a sus hogares y mujeres, a sus sueños y 
		juegos.

		
     Despierto en plena noche y me llega el olor 
		de las trincheras
y escucho la leve agitación de los que duermen en 
		hilera...
Dieciséis millones de durmientes y piquetes a oscuras:

		algunos ya durmientes para siempre,

		
algunos a punto de dormir mañana, dando tumbos, para siempre,

		clavados tras la estela de la pena negra del mundo,
comiendo y 
		bebiendo, empeñados en la faena... en un
            
		largo trabajo de asesinos.
Dieciséis millones de hombres.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
21.

Entre rojas escopetas

(Tras despertar al alba una mañana, cuando el viento cantaba con

		voz baja entre las ramas secas de un olmo)

		
Entre rojas escopetas,
en los corazones de los soldados .

		corre la sangre libre 
		
en la larga, larguísima campaña:
     siguen 
		los sueños.

		
Entre las monturas de cuero,
en las cabezas de los soldados,

		recios en la tortura y la matanza
de toda lucha cuerpo a cuerpo:
     
		siguen los sueños.

		
Entre los cañones que abrasan,
en las manos de los soldados,

		traídos de los pliegues de carne de las mujeres...
blandos en medio 
		de la sangre y el llano...
en todas vuestras cabezas, todos vuestros 
		corazones,
entre las escopetas, las monturas, los cañones:

		
     Los sueños,
siguen los sueños
entre 
		los muertos boca arriba,
destrozados, inútiles ya del todo:
los 
		sueños del camino y la meta siguen intactos.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
22.

Estadística

Inquieto, Napoleón
cambió de postura en el viejo sarcófago
y 
		murmuró al vigía:
«¿Quién va?»
«Veintiún millones de hombres,

		soldados, ejércitos, armas,
veintiún millones
a pie, a caballo, 
		por aire,
bajo el mar.»
Y Napoleón volvió a conciliar el sueño.

		«No es mi mundo el que responde:
será un soñador que no sabe
nada 
		del mundo en el que avancé
desde Calais hasta Moscú.»
Y siguió 
		durmiendo
en el viejo sarcófago
mientras el zumbido
del motor 
		de los biplanos
se desgranaba entre el mausoleo de Napoleón
y las 
		estrellas frescas de la noche.

		
Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
23.

Fauces

Siete naciones se plantaron con las manos en las fauecs
            
		de la muerte.
Era la primera semana de agosto, mil novecientos 
		catorce.
Yo escuchaba, escuchabas tú, el mundo entero a la escucha,

		y todos nosotros oímos una Voz que murmuraba:
                            
		«Yo soy el camino y la luz.
                            
		el que cree en mí,
                            
		no perecerá,
                            
		sino que salvará su vida eterna».
Siete naciones aguzaron el oído y 
		oyeron a la Voz y
            
		respondieron:
                             
		«¡Al demonio!»
Las fauces de la muerte comenzaron a entrechocar y
            
		siguen entrechocando:
                             
		«¡Al demonio!»

Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
24.

Guerras

En las guerras de antaño, el tamborileo de los cascos y el
            
		rumor de pies calzados.
En las guerras nuevas, el runrún de los 
		motores y el siseo
            
		de neumáticos.
En las guerras por venir, ruedas calladas y zumbido de
            
		cañas que aún no se han soñado en las cabezas de
            
		los hombres.
En las guerras de antaño, empuñar de espadas cortas y
            
		embates de las lanzas en los rostros.
En las guerras nuevas, armas de 
		largo alcance y muros
            
		destrozados, armas que escupen metal y hombres
            
		que caen a decenas, a centenas.
En las guerras por venir, nuevas 
		muertes calladas, nuevos
            
		lanzadores callados que aún no se han soñado en
            
		las cabezas de los hombres.
En las guerras de antaño, reyes que 
		disputan y miles de
            
		seguidores.
En las guerras nuevas, reyes que disputan y millones de
            
		seguidores.
En las guerras por venir, reyes pisoteados en el polvo y
            
		millones de seguidores de las grandes causas, que
            
		aún no se han soñado en las cabezas de los
            
		hombres.

		
Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
25.

Hierro

Armas,
largas armas de acero
que apuntan desde los buques de 
		guerra
en nombre del dios de la guerra.
Armas rectas, brillantes, 
		bruñidas,
a las que se encaraman los reclutas de camisa blanca,
la 
		gloria de los rostros tostados, el cabello revuelto, los
                
		dientes blancos,
la risa de los ágiles reclutas de camisa blanca,

		sentados a horcajadas en las armas con sus cantos de
                
		guerra, con sus bélicas salomas.

Palas,
anchas palas de hierro

		que recogen carbón de las bodegas ahusadas,
remueven la turba, 
		nivelan la tierra.

		
                
		Os pido
                
		que seáis testigos
                
		de que la pala es hermana del arma.


		
		Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *
26.

Murmullos en un hospital de campaña

(Lo recogieron en el prado, donde llevaba dos días tendido bajo 
		la
lluvia, con una esquirla de metralla en los pulmones)

		
Ven a mí ahora sólo con juguetes...
Una foto de una mujer que 
		cante y tenga los ojos azules
de pie ante un seto de hortensias, 
		amapolas, girasoles...
o un anciano al que recuerdo contar cuentos a 
		los niños,
cuentos de días que nunca sucedieron, en ningún rincón
             
		del mundo...

		
Se acabó el hierro frío y duro de manejar,
torneado para 
		emprender la carga.
Tráeme sólo cosas bellas, inútiles.
Sólo cosas 
		del hogar, tocadas por la luz del atardecer, en
              
		la quietud...
y en la ventana, un día de verano,
el amarillo en el 
		nuevo cuenco de la mantequilla
frente al rojo de las rosas que 
		trepan...
y que el mundo sólo fueran juguetes.

		
Versión de Miguel Martínez-Lage


		* * *

Versos y pensamientos de Carl Sandburg

4 citas
« Han azotado las tormentas la tierra en este punto / y aquí se han ido a »
Carl Sandburg · Acumulaciones
« Mientras el murmullo y las prisas / de los pasos que de largo pasan »
Carl Sandburg · Bajo el ala de un sombrero
« Un hombre vio el mundo entero como una calavera / riente y un par de »
Carl Sandburg · Baño
« Salchichería del mundo, / Fábrica de Útiles. Almacén de Trigo. »
Carl Sandburg · Chicago
Biblioteca poética

Libros de Carl Sandburg recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: