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Carilda Oliver Labra · A la esperanza vuelvo, a la madera...
Biografía y amplia selección de poemas de Carilda Oliver Labra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Carilda Oliver Labra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A la esperanza vuelvo, a la madera que construyó mis días importantes, a la extraviada primavera de antes. A la justicia de mirarlo todo como si me perteneciera, que en fin de cuentas no hay un modo de abandonar el hambre de la fiera.
Adiós, locura de mis treinta años, besado en julio bajo la luna llena al tiempo de la herida y la azucena. Adiós, mi venda de taparme daños. Adiós, mi excusa, mi desorden bello, mi alarma tierna, mi ignorante fruta: estrella transitoria que se enluta, esperanza de todo por mi cuello. Adiós, muchacho de la cita corta; adiós, pequeña ayuda de mi aorta, tristísimo juguete violentado. Adiós, verde placer, falso delito; adiós, sin una queja, sin un grito. Adiós, mi sueño nunca abandonado.
Amor, ¿cómo es que vienes a darle al pensamiento tu estocada si estoy entre las sienes -débil mujer a golpes decorada- y apenas tengo trato con la aurora por no mirar la luz que eres ahora'? Amor, ¿cómo es que usas el mismo corazón en que naufrago y arrimas tus confusas palabras al silencio este tan vago y en brote que es de gloria me enajenas mientras ardiendo estoy entre las penas'? Amor, ¿cómo es que tocas eI mundo donde salgo desmentida, y vuelves y provocas de nuevo los dolores de tu huída si a tiempo de morirme tanto y tanto te yergues sin cadáver en mi canto?
Anoche me acosté con un hombre y su sombra. Las constelaciones nada saben del caso. Sus besos eran balas que yo enseñé a volar. Hubo un paro cardíaco. El joven nadaba como las olas. Era tétrico, suave, me dio con un martillito en las articulaciones. Vivimos ese rato de selva, esa salud colérica con que nos mata el hambre de otro cuerpo. Anoche tuve un náufrago en la cama. Me profanó el maldito. Envuelto en dios y en sábana nunca pidió permiso. Todavía su rayo lasser me traspasa. Hablábamos del cosmos y de iconografía, pero todo vino abajo cuando me dio el santo y seña. Hoy encontré esa mancha en el lecho, tan honda que me puse a pensar gravemente: la vida cabe en una gota.
Busco una enfermedad que no me acabe sino el dolor constante de la vida: algo para fingir que estoy dormida detrás de este temblor de escarcha grave. Busco un agua cósmica que lave la lágrima terrible que me oxida; busco el morir distinto, y voy herida por la pena vulgar que nadie sabe. Y así me marcho, sonriendo a todos, luminosa de gracia y desventura, con el secreto horror hasta los codos; callándome en el verso y en la prosa, para que escriban en mi tierra dura: esta mujer ha muerto de dichosa.
, por la tarde, gravemente... Callados, por la tarde, gravemente, sin elegir el sitio de la tierra, tú y yo nos besaremos como en guerra hasta quedarnos fríos frente a frente. Yo, cada vez más tumba que se ahonda, tú, cada vez más carne renovada, acaso llames y jamás responda cuando te vuelvas en mi cuerpo nada. He de tragar entonces, con locura, en tu vaso de tórrida hermosura la sangre poderosa que se queja; y daré media vuelta hacia lo inerte, perdida en esa luz que te refleja, tan hambrienta de ti como la muerte. Ãltima Elegía Yo podría decir que estoy de primavera bajo un aire oloroso a luz definitiva, y podría tapar la mirada bisiesta que se me está cayendo afuera de la vida, y ser de flor, de lluvia de mariposa buena, semejante a este cielo cuidado por la brisa, a la ignorancia simple con que quiere una abuela o a la salud del alba, que es casi campesina. Pero me estoy llorando el corazón que llevo frente al hombre que tiene un poco de mi frío. Ya no puedo dormir con párpados violentos: él me espera despierto en la calle del vino. Quizás debo acordarme de este color que tengo y debo ser mas que un rincón de olvido. Le diré blandamente con mi voz de febrero: Enséñame una llama que se apague distinto. Y estaremos las noches que le falten al tiempo en el lugar humilde donde se acaba un trino; él, con la frente inútil que le puso el invierno, y yo, como un adiós sujeto en el vacío.
Traigo el cabello rubio; de noche se me riza. Beso la sed del agua, pinto el temblor del loto. Guardo una cinta inútil y un abanico roto. Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza. Cualquier música sube de pronto a mi garganta. Soy casi una burguesa con un poco de suerte: mirando para arriba el sol se me convierte en una luz redonda y celestial que canta... Uso la frente recta, color de leche pura, y una esperanza grande, y un lápiz que me dura; y tengo un novio triste, lejano como el mar. En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos, y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos; y sin embargo, a veces... ¡qué ganas de llorar!
II Llueve contra la tarde y tu retrato. La mariposa enferma su alegría. Sobre el tintero se quedó vacía la pluma con que escribo. Duerme el gato. Miro para la sal, para el zapato, para la tarde que se pone fría. Nada me pertenece. Se diría que el cielo se ha mudado por un rato. Como la brisa reza y el mar arde, las muchachas que están bajo la tarde se sonreirán en todos los espejos. Como es domingo, como nadie llora, yo echaré mis claveles en la hora sin acordarme de que tú eres. lejos.
Voy a verle en cualquier sitio, él pedirá un ron para mezclarlo con mis pupilas; yo, el crepúsculo. y me traerán una lágrima. Voy a verle: a las seis de la tarde, cuando los combatientes repasan sus fusiles y los adúlteros se acuestan con mariposas; a las seis de la tarde, sin luna, cuando por los cines naufragan las divorciadas y los obreros comienzan a bañarse. A las seis, con temblor y relente, con bochorno, ciega como leche y sed, voy a verle. Azogue en su mano, una extraña, qué poco de suerte, subterráneo para reírme a carcajadas. Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza voy a verle. Tendré cuidado no sea, que, al abrirme, estalle el sollozo Y comprenda que delinco. Seré cauta, debo mentir: «adiós, alguien espera». y al levantarme con desdén y oro crecerán los pulmones donde le respiro y para que no muera del todo lo atraparé en mi verso. Voy a verle -he dicho en la hermosura- mientras recupero el ala que no sirve y llueven los nísperos, divagan las márgenes rumorosas: voy a verle y nos desbaratábamos a besos y el libro se quedaba a medias y luego quién creía en los relojes si aquí se olvidó su boca del binomio de Newton.
Yo era débil, rubia, poetisa, bien casada. Tenía deudas y una salud de panetela blanca. Hicimos una casa pobremente, muchas ventanas: para enseñar nuestros besos a las nubes, para que el sol entrara. La casa era tan bella que tú nunca dormías. Ya no eras abogado ni poliomielítico ni nada. Nunca dije: ¿cuándo vas a poner esa demanda? porque yo tampoco cocinaba. Fueron días como no quedan otros en las ramas. Yo me empeñaba en sembrar algo en el patio: tus gatos lo orinaban, pero era tan feliz que no podía decir malas palabras. Ay, una tarde... ( Septiembre tomó parte en la desgracia ), Ay, una tarde ( Dios estaría sacando crucigramas ); ay, una tarde pusiste tantas piedras en mi saya que desde entonces ando inventándome la cara. El cuchillo tenía la forma de tu alma; yo quería ser otra, hablar de las estrellas... ( sobraron noche y cama ). Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho: tus gatos lo orinaban, y era tan infeliz que no podía decir buenas palabras. Tarde en otoño. Miré las sábanas amargas, el jarro de la leche, las cortinas, y el crepúsculo me convirtió en su mancha. ( Yo era un clavel podrido de repente, un canario botado ). Con empujones que lo gris me daba, entre temblores, volví a la falda de mi madre. Pasaron tantas cosas mientras yo me bebía la soledad a cucharadas... Un viernes -un viernes en que tu olvido me enterraba- llegué a la esquina deja casa. Estaba allí como una tumba diferente, se veía otra luz por las ventanas. Tuve miedo de odiar... (Ya era hasta mala). Pasaron tantas cosas; el tiempo fue cosiendo mi mirada. Ahora no pueden asustarme con los truenos porque la luz me alza. Ahora no pueden confundirme con un libro. Soy la palabra recobrada. ¡Ríanse, agujas que en mi carne se desmandan; ríanse, arañas que me tejen la mortaja; ríanse, que a mí, también, carajo, me da gracia!
Te levanto la noche de la vida. Deshilvano una luz para tus sienes. Te visito en el agua y no me tienes. Cuando llego ya soy la despedida. Se desangra tu voz como una herida por el largo secreto donde vienes. Te pareces al viento, y no detienes este rostro de nube estremecida. Pero soy lo que sabes: una pobre que te pide algún pájaro que sobre, o el oficio de luna candorosa. No me quieras llevar a tu desvelo, porque casi no miro para el cielo me aburro del canto y de la prosa. II Me lo aprendí una noche de azul lento, bajo la luna abierta encaramada como niña de luz, en la portada sonámbula oficial del firmamento. Me lo aprendí esa noche. De su acento salía una caricia inusitada; y en la esquina tenaz de su mirada me tropecé desnuda con el viento. Desde entonces anuncia cada cosa que ha tirado a mis pies, como una rosa, el corazón absurdo en que vivía. Y no sé si por eso me persiste este alegre dolor de ser tan triste con que sigo durando todavía. III Mi corazón de vértigo y remanso, mi corazón difícil como un nudo se me zafó una tarde en que no pudo cuidarse este latido que te alcanzo. Porque llegaste al aire en que me canso, amaneciendo mi dolor desnudo, te quiero así: con amarillo mudo, inútilmente, y hasta e! tiempo manso. Me trajeron tan lacia y parecida a una estatua de carne arrepentida, que apoyada a la izquierda de tu nombre, desde mi soledad, casi sonora, cada noche que estudia para aurora te espero como a Dios... y vienes hombre.
Haz el amor, no la guerra... Pregunto si llevo corazón cuando despierto el peligro entre sus muslos, si me equivoca cuando preparo la única trinchera en su garganta. Yo sé que la guerra es probable; sobre todo hoy porque ha nacido un geranio. Por favor, no apuntéis al cielo con vuestras armas: se asustan los gorriones, es primavera, llueve, y está el campo pensativo. Por favor, derretiréis la luna que da sobre los pobres. No tengo miedo, no soy cobarde, haría todo por mi patria; pero no habléis tanto de cohetes atómicos, que sucede una cosa terrible: lo he besado poco.
Ya tuve esta neblina que pesa como un monte, ya tuve este delirio, ya tuve este fantasma y lo creí persona, ya tuve casi el sueño, y agonicé de pronto sin cerrar la ventana y me quedé dormida con los ojos abiertos. Bien sabéis que respiro apenas por milagro, que estoy de adiós radiante, de hasta pronto y no vuelvo. Dejadme pues alzar este rato de música, este paisaje breve donde hago maromas, esta ilusión que tiene un misterio imponente. Dejadme dar la vuelta de la flor contra el viento o ser sencillamente una mujer cualquiera a quien salvó el demonio.
de Eva Hoy te saludo brutalmente: con un golpe de tos o una patada. ¿Dónde te metes, a dónde huyes con tu caja loca de corazones, con el reguero de pólvora que tienes? ¿Dónde vives: en la fosa en que caen todos los sueños o en esa telaraña donde cuelgan los huérfanos de padre? Te extraño, ¿sabes? como a mí misma o a los milagros que no pasan. Te extraño, ¿sabes? Quisiera persuadirte no sé de qué alegría, de qué cosa imprudente. ¿Cuándo vas a venir? Tengo una prisa por jugar a nada, por decirte: «mi vida» y que los truenos nos humillen y las naranjas palidezcan en tu mano. Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo y hallar velos y humo, que, al fin, parece en llama. De verdad que te quiero, pero inocentemente, como la bruja clara donde pienso. De verdad que no te quiero, pero inocentemente, como el ángel embaucado que soy. Te quiero, no te quiero. Sortearemos estas palabras y una que triunfe será la mentirosa. Amor... ( ¿Qué digo? estoy equivocada, aquí quise decir que ya te odio. ) ¿Por qué no vienes? ¿Cómo es posible que me dejes pasar sin compromiso con el fuego? ¿Cómo es posible que seas austral y paranoico y renuncies a mí? Estarás leyendo los periódicos o cruzando por la muerte y la vida. Estarás con tus problemas de acústica y de ingle, inerte, desgraciado, entreteniéndote en una aspiración del luto. Y yo que te deshielo, que te insulto, que te traigo un jacinto desplomado; yo que te apruebo la melancolía; yo que te convoco a las sales del cielo, yo que te zurzo: ¿qué? ¿Cuándo vas a matarme a salivazos, héroe? ¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia? ¿Cuándo? ¿Cuándo vas a llamarme pajarito y puta? ¿Cuándo vas a maldecirme? ¿Cuándo? Mira que pasa el tiempo, el tiempo, el tiempo, y ya no se me aparecen ni los duendes, y ya no entiendo los paraguas, y cada vez soy más sincera, augusta... Si te demoras, si se te hace un nudo y no me encuentras, vas a quedarte ciego; si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota, voy a llamarme nunca. Ayer soñé que mientras nos besábamos había sonado un tiro y que ninguno de los dos soltamos la esperanza. Este es un amor de nadie; lo encontramos perdido, náufrago, en la calle. Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo. Por eso, cuando nos mordemos, de noche, tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola. Pero no importa, bésame, otra vez y otra vez para encontrarme. Ajústate a mi cintura, vuelve; sé mi animal, muéveme. Destilaré la vida que me sobra, los niños condenados. Dormiremos como homicidas que se salvan atados por una flor incomparable. Ya la mañana siguiente cuando cante el gallo seremos la naturaleza y me pareceré a tus hijos en la cama. Vuelve, vuelve. Atraviésame a rayos. Hazme otra vez una llave turca. Pondremos el tocadiscos para sIempre. Ven con tu nuca de infiel, con tu pedrada. Júrame que no estoy muerta. Te prometo, amor mío, la manzana.
A Raúl Rivero Llevo un lirio fantástico, tremendo; bello por fuera y por dentro malo. Me espanta con su sed. Lo doy, lo vendo, a cualquiera que pase lo regalo. Que se vaya a crecer; alto, derecho, a la tierra más dura de otro hombro. A mí me da dolor suelto en el pecho, solitario y de pie como un escombro. Me estorba su reflejo empobrecido, su no querer llegar a ser olvido, su seda intolerable y cenicienta. ¡Quitádmelo de aquí! Pronto... lo pido. Haced un corazón ciego, abolido, de este lirio que al fin se me aposenta!
Como en un lecho me tendí en el mar. Hechizada por musgos y por linos tuve acoso de brazos peregrinos que me echaban las ondas al pasar. Contra mi carne se batió el azar. El agua -furia, vértigos y vinos- se entretenía con los bordes finos de mis caderas, blancas de esperar. Entonces: grave, pálido, insereno, llegaste como llega siempre el mar y tu mirada me rompió este seno. Ni Dios mismo nos pudo separar: cuando una ola te volvía ajeno entrabas en mis piernas con el mar.
A Raúl Luis No lo puedo decir. La voz precisa quedó bajo el silencio sepultada; cuando retoza el crimen ya no es nada el diente que pelea en la sonrisa. No lo puedo decir. Y acaso es largo el camino que el daño me asegura. No lo puedo decir, y sin embargo sé que está cerca la total negrura. No lo puedo decir ...Todas las penas se van volviendo ya como serenas soledades que aquí no tienen signo. Aunque la muerte simplemente abra, aunque al fin me arrebaten la palabra no me voy a callar ni me resigno.
Los besos se me han vuelto telarañas, la casa se ha venido abajo, se derrumba; ya está rota aunque tiembla entre gajos y vitrales. Abierta como madre la aluden los crepúsculos; es un desierto borrado por mis pies que no siguen a nadie. He claveteado estas persianas para que no examinen la agonía, el polvo es mi señor. Sepultada por gatos y papeles jamás sospecharán que vivo.
En una carta donde digo: amado, y después otras cosas en que exploto. Es una carta simple, con un loto y la letra del ángel dominado. Una carta donde digo: usado por este corazón que juega, roto. Es una carta azul donde te boto y más tarde te encuentro enamorado. Es una carta, sí, con que te entrego esta ilusión -palabra mentecata-. Es una carta donde digo: luego; pero entonces adjuro en la postdata, y firmo de inmediato con el fuego porque es mucha la vida que me mata.
I Hugo Ania Mercier: yo te quería. A tu cuerpo de hombre agonizante que irradiaba dolor como un diamante, a tu paso que insiste todavía, a tu lengua -clavel de la ironía- que aún esconde callada sed punzante; a tu mano, nerviosa, azul, de amante cuya noche del tiempo siempre es mía; a tu verso que llora aunque me cante, a tu pila de huesos, insultante, a tu alma cayéndose de fría que compuso la muerte en un instante: ¿qué les puedo decir, cicatrizante de esa augusta verdad que te envolvía? II Entre libros te guardo casi seco, mi animal luminoso, mi demente, y tu voz que está viva sigue ausente, mi juguete sin cuerda, mi tareco. En la paz misteriosa de unos nichos sin querer ya zafarme de tu frente, alelada de amor pero impotente, te he dejado otra vez entre los bichos. Ah, mi niño de trapo, lis siniestro, no te puedo rezar ni el padrenuestro. Ah, ternura que el diablo siempre arranca, si tenías la luz que maravilla: ¿por qué huiste de nuevo a la semilla, por qué mataste esa paloma blanca? III Nos veremos -dijiste- y tu recado de poeta infeliz, tonto profundo, me condena a buscar en otro mundo ese sueño de ayer que no ha pasado. ¿Fue una cita final o fue un aroma que me sigue cuidando las entrañas? ¿Fue este poco de fe con que me bañas; fue, mi hermano de todo, alguna broma? Ya no tienes la fístula terrible, ya no tienes soriasis ni enfisema ni neurosis ni polio ni agonía. Ya eres lejos, memoria, no, imposible. estás sano en la gloria del poema. Hugo Ania Mercier: yo te quería.
de magia ¿Sería aquel beso ya clavándose sin que supieras darle cuerda para que saliese a bailar con el domingo? ¿Sería aquel beso que no quiso mirar el mediodía y tú, alarmado, le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas: una corriente de merluzas, el humo del tabaco, la saliva? Un beso, nada más que un beso, sólo un beso, el simple juego de los labios, que huyó una noche como perdido de otra alma y sin saberlo fue tu penitencia. Todo por un malabarismo sin fortuna, por un error de magia, por un ángel hirviendo en la redoma que al fin se volvió malo y te tapó la boca. ¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre, ahogado por un beso que nunca supo que tenía alas?
No digo: amo, no develo mi historia esta mañana, respeto a los felices, voy al bufete, hago la cama, me sostengo, robo una estrella aliada de tus dientes. Lo disimulo, vivo entre ómnibus locales, compro periódicos y sedas. Llegó visita. (Pintaré mis labios con la sangre del lunes.) Me quedan cortos: la locura, el clamoreo verde del ovario, la herida que me mandas. Está bien. Hoy no puedo derrotarte: hoy colecciono ácidos y manchas, hoy esta pena me azoró por dentro. Mañana trataré de ser como cualquiera, mañana iré a la exposición de flores con un vestido nuevo y me pondré la sombra de oro. (Tú dirías: ha parpadeado en el champán.) Mañana bajaré de tanta nube, miserable, carnal. No importa que los sueños se despierten ni que quizás olvide esta página absurda que ya es del siglo veinte.
Esta memoria que se cierne como los gorriones en la rama más alta de mí misma, este escuchar la noche cuando hace sombra y el perfume persiste en su influencia, esas costumbres tuyas en la casa, húmeda del ensueño y la porfía. La casa donde amabas tu inocencia sigue guardando esos primores de ceniza, sigue con tu respiración flotando. A cuestas trae los fantasmas pensativos: está mi padre rodando entre las cosas ( quería decirme: ¡hija, al fin nos conocimos!... ) Y han vuelto algunos pétalos que de un botón remoto habían caído. Ha vuelto todo el tiempo que borramos, en este instante en que repito tu nombre y sin embargo no es latido. Telarañas me enseñan donde tengo olvidada la nuca. Está sin sábanas el lecho, en un sillón florece el frío. ¿Cuál es el mago que te trae ahora y te pone a bruñirme las ojeras, cuál es el rico que me da tu cuerpo? Ya no es posible hallarte en remolinos, la sorpresa sería comerte con los ojos. La casa, la casa enorme con soledades y heliotropos, lúgubre, vacía, la casa centenaria sigue goteando sobre mis heridas. Arrancaré el azogue de todos sus espejos buscándote. Arrancaré las cenefas, los umbrales, buscándote. Arrancaré los muebles, los mosaicos, el sol, la selva que en el patio ha dado un solo paso, mi insomnio de leona enternecida; arrancaré el recuerdo buscándote, y he de encajar de nuevo en tus costillas. Arrancaré los rincones de la casa, la casa, sí la casa donde nos podrimos. Ha de quedar algún pedazo tuyo entre raíces, alguna vibración de tus entrañas, algún cabello que cayó de pronto y luego fue un hilo de agonía, el dejo de tu voz entre las horas: ha de quedar el giro de tu mano, al fin, llamando: algo espantoso y bello. Y yo sabré quien eres, yo te reconoceré de rodillas ante el grifo del agua, yo te reconoceré aunque sea por el gusto del fango; y te daré por muerto entonces, devastado este reino; pero tranquila, en orden, porque tendré el consuelo de imaginarte a salvo de los hombres.
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