Poesía Universal

Carilda Oliver Labra

Biografía y amplia selección de poemas de Carilda Oliver Labra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Carilda Oliver Labra. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Carilda Oliver Labra

23 poemas seleccionados
1.

A la esperanza vuelvo, a la madera...

A la esperanza vuelvo, a la madera
que construyó mis días 
	importantes,
a la extraviada primavera
de antes.

	
A la justicia de mirarlo todo
como si me perteneciera,
que en fin 
	de cuentas no hay un modo
de abandonar el hambre de la fiera.
2.

Adiós

Adiós, locura de mis treinta años, 
besado en julio bajo la luna llena 
	
al tiempo de la herida y la azucena. 
Adiós, mi venda de taparme 
	daños. 
	

Adiós, mi excusa, mi desorden bello, 
mi alarma tierna, mi 
	ignorante fruta: 
	
estrella transitoria que se enluta, 
esperanza de todo por mi cuello. 
	

Adiós, muchacho de la cita corta; 
adiós, pequeña ayuda de mi 
	aorta, 
	
tristísimo juguete violentado.

Adiós, verde placer, falso delito; 
	
adiós, sin una queja, sin un grito. 
Adiós, mi sueño nunca 
	abandonado.
3.

Amor, ¿cómo es que vienes...

Amor, ¿cómo es que vienes
a darle al pensamiento tu estocada
si estoy 
	entre las sienes
-débil mujer a golpes decorada-
y apenas tengo trato 
	con la aurora
por no mirar la luz que eres ahora'?

	
Amor, ¿cómo es que usas
el mismo corazón en que naufrago
y arrimas 
	tus confusas
palabras al silencio este tan vago
y en brote que es de 
	gloria me enajenas
mientras ardiendo estoy entre las penas'?

	
Amor, ¿cómo es que tocas
eI mundo donde salgo desmentida,
y 
	vuelves y provocas
de nuevo los dolores de tu huída
si a tiempo de 
	morirme tanto y tanto
te yergues sin cadáver en mi canto?
4.

Anoche

Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Las constelaciones nada 
	saben del caso.
Sus besos eran balas que yo enseñé a volar.
Hubo un 
	paro cardíaco.

	
El joven
nadaba como las olas.
Era tétrico,
suave,
me dio 
	con un martillito en las articulaciones.
Vivimos ese rato de selva,

	esa salud colérica
con que nos mata el hambre de otro cuerpo.

	
Anoche tuve un náufrago en la cama.
Me profanó el maldito.

	Envuelto en dios y en sábana
nunca pidió permiso.
Todavía su rayo 
	lasser me traspasa.

	
Hablábamos del cosmos y de iconografía,
pero todo vino abajo

	cuando me dio el santo y seña.

	
Hoy encontré esa mancha en el lecho,
tan honda
que me puse a 
	pensar gravemente:
la vida cabe en una gota.
5.

Busco una enfermedad que no me acabe...

Busco una enfermedad que no me acabe
sino el dolor constante de la 
	vida:
algo para fingir que estoy dormida
detrás de este temblor de 
	escarcha grave.

	
Busco un agua cósmica que lave
la lágrima terrible que me oxida;

	busco el morir distinto, y voy herida
por la pena vulgar que nadie sabe.

	
Y así me marcho, sonriendo a todos,
luminosa de gracia y desventura,

	con el secreto horror hasta los codos;

	
callándome en el verso y en la prosa,
para que escriban en mi tierra 
	dura:
esta mujer ha muerto de dichosa.
6.

Callados

, por la tarde, 
	gravemente...

	
Callados, por la tarde, gravemente, 
sin elegir el sitio de la 
	tierra, 
	
tú y yo nos besaremos como en guerra 
hasta quedarnos fríos frente a 
	frente. 
	

Yo, cada vez más tumba que se ahonda, 
tú, cada vez más carne 
	renovada,
acaso llames y jamás responda
cuando te vuelvas en mi cuerpo 
	nada.

	
He de tragar entonces, con locura, 
en tu vaso de tórrida hermosura 
	
la sangre poderosa que se queja; 

y daré media vuelta hacia lo 
	inerte,
perdida en esa luz que te refleja,
tan hambrienta de ti como 
	la muerte.
Última Elegía
Yo podría decir que estoy de primavera

	bajo un aire oloroso a luz definitiva,
y podría tapar la mirada bisiesta

	que se me está cayendo afuera de la vida,
y ser de flor, de lluvia de 
	mariposa buena,
semejante a este cielo cuidado por la brisa,
a la 
	ignorancia simple con que quiere una abuela
o a la salud del alba, que es 
	casi campesina.

	
Pero me estoy llorando el corazón que llevo
frente al hombre que 
	tiene un poco de mi frío.
Ya no puedo dormir con párpados violentos:

	él me espera despierto en la calle del vino.

	
Quizás debo acordarme de este color que tengo
y debo ser mas que un 
	rincón de olvido.
Le diré blandamente con mi voz de febrero:
Enséñame 
	una llama que se apague distinto.

	
Y estaremos las noches que le falten al tiempo
en el lugar humilde 
	donde se acaba un trino;
él, con la frente inútil que le puso el 
	invierno,
y yo, como un adiós sujeto en el vacío.
7.

Carilda

Traigo el cabello rubio; de noche se me riza.
Beso la sed del agua, 
	pinto el temblor del loto.
Guardo una cinta inútil y un abanico roto.

	Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza.

	
Cualquier música sube de pronto a mi garganta.
Soy casi una burguesa 
	con un poco de suerte:
mirando para arriba el sol se me convierte
en 
	una luz redonda y celestial que canta...

	
Uso la frente recta, color de leche pura,
y una esperanza grande, y 
	un lápiz que me dura;
y tengo un novio triste, lejano como el mar.

	
En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos,
y hasta una 
	enciclopedia y dos vestidos nuevos;
y sin embargo, a veces... ¡qué ganas 
	de llorar!
8.

Carta

II

	
Llueve contra la tarde y tu retrato.
La mariposa enferma su alegría.

	Sobre el tintero se quedó vacía
la pluma con que escribo. Duerme el gato.

	
Miro para la sal, para el zapato,
para la tarde que se pone fría.

	Nada me pertenece. Se diría
que el cielo se ha mudado por un rato.

	
Como la brisa reza y el mar arde,
las muchachas que están bajo la 
	tarde
se sonreirán en todos los espejos.

	
Como es domingo, como nadie llora,
yo echaré mis claveles en la hora

	sin acordarme de que tú eres. lejos.
9.

Con desdén y oro

Voy a verle
en cualquier sitio,
él pedirá un ron para mezclarlo con 
	mis pupilas;
yo, el crepúsculo.
y me traerán una lágrima.

	
Voy a verle:
a las seis de la tarde,
cuando los combatientes 
	repasan sus fusiles
y los adúlteros se acuestan con mariposas;
a las 
	seis de la tarde,
sin luna,
cuando por los cines naufragan las 
	divorciadas
y los obreros comienzan a bañarse.
A las seis,
con 
	temblor y relente,
con bochorno,
ciega como leche y sed,
voy a 
	verle.
Azogue en su mano,
una extraña,
qué poco de suerte,

	subterráneo para reírme a carcajadas.
Con un traje amarillo como si 
	renunciara a la tristeza
voy a verle.

	
Tendré cuidado
no sea, que, al abrirme, estalle el sollozo
Y 
	comprenda que delinco.

	
Seré cauta,
debo mentir: «adiós, alguien espera».
y al levantarme 
	con desdén y oro
crecerán los pulmones donde le respiro
y para que no 
	muera del todo
lo atraparé en mi verso.

	
Voy a verle
-he dicho en la hermosura-
mientras recupero el ala 
	que no sirve
y llueven los nísperos,
divagan las márgenes rumorosas:

	voy a verle
y nos desbaratábamos a besos
y el libro se quedaba a 
	medias
y luego quién creía en los relojes
si aquí se olvidó su boca 
	del binomio de Newton.
10.

Cuento

Yo era débil,
rubia, poetisa, bien casada.
Tenía deudas 
y una 
	salud de panetela blanca. 
	
Hicimos una casa pobremente, 
muchas ventanas:
para enseñar 
	nuestros besos a las nubes,
para que el sol entrara. 
	

La casa era tan bella 
que tú nunca dormías. 
Ya no eras 
	abogado ni poliomielítico
ni nada.
Nunca dije:
¿cuándo vas a poner 
	esa demanda?
porque yo tampoco
cocinaba.

	
Fueron días
como no quedan otros en las ramas.
Yo me empeñaba en 
	sembrar algo en el patio:
tus gatos lo orinaban,
pero era tan feliz 
	que no podía
decir malas palabras.
Ay, una tarde...
( Septiembre 
	tomó parte en la desgracia ),
Ay, una tarde
( Dios estaría sacando 
	crucigramas );
ay, una tarde
pusiste tantas piedras en mi saya
que 
	desde entonces
ando inventándome la cara.
El cuchillo
tenía la 
	forma de tu alma;
yo quería ser otra, hablar de las estrellas...
( 
	sobraron noche y cama ).
Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho: 
	
tus gatos lo orinaban,
y era tan infeliz que no podía 
decir 
	buenas palabras. 
	

Tarde en otoño. 
Miré las sábanas amargas, 
el jarro de la 
	leche, 
	
las cortinas, 
y el crepúsculo me convirtió en su mancha. 
( Yo 
	era un clavel podrido de repente, 
	
un canario botado ). 
Con empujones que lo gris me daba, 
entre 
	temblores, 
	
volví a la falda 
de mi madre. 

Pasaron tantas cosas 

	mientras yo me bebía la soledad a cucharadas... 
	

Un viernes 
-un viernes en que tu olvido me enterraba- 
llegué 
	a la esquina 
	
deja casa. 
Estaba allí como una tumba diferente, 
se veía otra 
	luz por las ventanas. 
	
Tuve miedo de odiar... 
(Ya era hasta mala). 

Pasaron tantas 
	cosas; 
	
el tiempo fue cosiendo mi mirada. 

Ahora no pueden asustarme con 
	los truenos 
	
porque la luz me alza.
Ahora no pueden confundirme con un libro.

	Soy la palabra recobrada.
¡Ríanse,
agujas que en mi carne se 
	desmandan;
ríanse,
arañas que me tejen la mortaja;
ríanse,
que a 
	mí, también, carajo, me da gracia!
11.

De paso por el sueño

Te levanto la noche de la 
	vida.
Deshilvano una luz para tus sienes.
Te visito en el agua y no me 
	tienes.
Cuando llego ya soy la despedida.

	
Se desangra tu voz como una herida
por el largo secreto donde vienes.

	Te pareces al viento, y no detienes
este rostro de nube estremecida.

	
Pero soy lo que sabes: una pobre
que te pide algún pájaro que sobre,

	o el oficio de luna candorosa.

	
No me quieras llevar a tu desvelo,
porque casi no miro para el cielo

	me aburro del canto y de la prosa.

	
II
Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta 
	encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del 
	firmamento.

	
Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;

	y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.

	
Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una 
	rosa,
el corazón absurdo en que vivía.

	
Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste

	con que sigo durando todavía.

	
III
Mi corazón de vértigo y remanso,
mi corazón difícil como un 
	nudo
se me zafó una tarde en que no pudo
cuidarse este latido que te 
	alcanzo.

	
Porque llegaste al aire en que me canso,
amaneciendo mi dolor 
	desnudo,
te quiero así: con amarillo mudo,
inútilmente, y hasta e! 
	tiempo manso.

	
Me trajeron tan lacia y parecida
a una estatua de carne arrepentida,

	que apoyada a la izquierda de tu nombre,

	
desde mi soledad, casi sonora,
cada noche que estudia para aurora

	te espero como a Dios... y vienes hombre.
12.

Declaración de amor

Haz el amor, no la guerra...

Pregunto si llevo corazón 
	
cuando despierto el peligro entre sus muslos, 
si me equivoca 

	cuando preparo la única trinchera 
	
en su garganta. 

Yo sé que la guerra es probable;
sobre todo 
	hoy 
	
porque ha nacido un geranio. 

Por favor, no apuntéis al cielo 

	con vuestras armas: 
	
se asustan los gorriones, 
es primavera, 
llueve, 
y está el 
	campo pensativo. 
	
Por favor, 
derretiréis la luna que da sobre los pobres. 

No 
	tengo miedo, 
	
no soy cobarde, 
haría todo por mi patria; 
pero no habléis tanto 
	de cohetes atómicos, 
	
que sucede una cosa terrible: 
lo he besado poco.
13.

Dejadme dar la vuelta

Ya tuve esta neblina que pesa como un monte,
ya tuve este delirio,
ya 
	tuve este fantasma y lo creí persona,
ya tuve casi el sueño,
y agonicé 
	de pronto sin cerrar la ventana
y me quedé dormida con los ojos abiertos.

	
Bien sabéis que respiro apenas por milagro,
que estoy de adiós 
	radiante,
de hasta pronto
y no vuelvo.
Dejadme pues alzar este rato 
	de música,
este paisaje breve donde hago maromas,
esta ilusión que 
	tiene un misterio imponente.

	
Dejadme dar la vuelta de la flor contra el viento
o ser sencillamente 
	una mujer cualquiera
a quien salvó el demonio.
14.

Discurso

de Eva


	Hoy te saludo brutalmente:
con un golpe de tos
o una patada.
¿Dónde 
	te metes,
a dónde huyes con tu caja loca
de corazones,
con el 
	reguero de pólvora que tienes?
¿Dónde vives:
en la fosa en que caen 
	todos los sueños
o en esa telaraña donde cuelgan
los huérfanos de 
	padre?

	
Te extraño,
¿sabes?
como a mí misma
o a los milagros que no 
	pasan.
Te extraño,
¿sabes?
Quisiera persuadirte no sé de qué 
	alegría,
de qué cosa imprudente.

	
¿Cuándo vas a venir?
Tengo una prisa por jugar a nada,
por 
	decirte: «mi vida»
y que los truenos nos humillen
y las naranjas 
	palidezcan en tu mano.
Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo
y 
	hallar velos
y humo,
que, al fin, parece en llama.

	
De verdad que te quiero,
pero inocentemente,
como la bruja clara 
	donde pienso.
De verdad que no te quiero,
pero inocentemente,
como 
	el ángel embaucado que soy.
Te quiero, 
	
no te quiero.
Sortearemos estas palabras 
y una que triunfe será 
	la mentirosa. 
	
Amor... 
( ¿Qué digo? estoy equivocada,
aquí quise decir que ya te 
	odio. )
¿Por qué no vienes?
¿Cómo es posible
que me dejes pasar sin 
	compromiso con el fuego?
¿Cómo es posible que seas austral
y paranoico

	y renuncies a mí?

	
Estarás leyendo los periódicos
o cruzando
por la muerte
y la 
	vida.
Estarás con tus problemas de acústica y de ingle,
inerte,

	desgraciado,
entreteniéndote en una aspiración del luto.
Y yo que te 
	deshielo,
que te insulto,
que te traigo un jacinto desplomado;
yo 
	que te apruebo la melancolía;
yo que te convoco
a las sales del cielo,

	yo que te zurzo:
¿qué?
¿Cuándo vas a matarme a salivazos,
héroe?

	¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia?
¿Cuándo?
¿Cuándo vas a 
	llamarme pajarito
y puta?
¿Cuándo vas a maldecirme?
¿Cuándo?

	Mira que pasa el tiempo,
el tiempo, 
	
el tiempo, 
y ya no se me aparecen ni los duendes,
y ya no 
	entiendo los paraguas,
y cada vez soy más sincera,
augusta...

	
Si te demoras,
si se te hace un nudo y no me encuentras,
vas a 
	quedarte ciego;
si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota,

	voy a llamarme nunca.

	
Ayer soñé que mientras nos besábamos
había sonado un tiro
y que 
	ninguno de los dos soltamos la esperanza.
Este es un amor
de nadie;

	lo encontramos perdido,
náufrago,
en la calle.
Entre tú y yo lo 
	recogimos para ampararlo.
Por eso, cuando nos mordemos,
de noche,

	tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.
Pero no importa,

	bésame,
otra vez y otra vez
para encontrarme.
Ajústate a mi 
	cintura,
vuelve;
sé mi animal,
muéveme.
Destilaré la vida que me 
	sobra,
los niños condenados.
Dormiremos como homicidas que se salvan

	atados por una flor incomparable.
Ya la mañana siguiente cuando cante el 
	gallo
seremos la naturaleza
y me pareceré a tus hijos en la cama.

	
Vuelve, vuelve.
Atraviésame a rayos.
Hazme otra vez una llave 
	turca.
Pondremos el tocadiscos para sIempre.
Ven con tu nuca de 
	infiel,
con tu pedrada.
Júrame que no estoy muerta.
Te prometo, 
	amor mío, la manzana.
15.

El lirio

A Raúl Rivero

Llevo un lirio fantástico, tremendo; 
	
bello por fuera y por dentro malo.
Me espanta con su sed. Lo doy, lo 
	vendo,
a cualquiera que pase lo regalo.

	
Que se vaya a crecer; alto, derecho,
a la tierra más dura de otro 
	hombro.
A mí me da dolor suelto en el pecho,
solitario y de pie como 
	un escombro.

	
Me estorba su reflejo empobrecido,
su no querer llegar a ser olvido,

	su seda intolerable y cenicienta.

	
¡Quitádmelo de aquí! Pronto... lo pido.
Haced un corazón ciego, 
	abolido,
de este lirio que al fin se me aposenta!
16.

El mar

Como en 
	un lecho me tendí en el mar. 
Hechizada por musgos y por linos 
	
tuve acoso de brazos peregrinos 
que me echaban las ondas al pasar.

	
Contra mi carne se batió el azar. 
El agua -furia, vértigos y vinos- 
	
se entretenía con los bordes finos 
de mis caderas, blancas de 
	esperar.

	
Entonces: grave, pálido, insereno, 
llegaste como llega siempre el 
	mar 
	
y tu mirada me rompió este seno.

Ni Dios mismo nos pudo separar: 
	
cuando una ola te volvía ajeno 
entrabas en mis piernas con el mar.
17.

El silencio

A Raúl Luis

No lo puedo decir. La voz precisa
quedó bajo el 
	silencio sepultada;
cuando retoza el crimen ya no es nada
el diente 
	que pelea en la sonrisa.

	
No lo puedo decir. Y acaso es largo
el camino que el daño me asegura.

	No lo puedo decir, y sin embargo
sé que está cerca la total negrura.

	
No lo puedo decir ...Todas las penas
se van volviendo ya como serenas

	soledades que aquí no tienen signo.

	
Aunque la muerte simplemente abra,
aunque al fin me arrebaten la 
	palabra
no me voy a callar ni me resigno.
18.

Elegía

Los besos se me han vuelto telarañas,
la casa se ha venido abajo,

	se derrumba;
ya está rota
aunque tiembla entre gajos y vitrales.

	
Abierta como madre
la aluden los crepúsculos;
es un desierto 
	borrado por mis pies
que no siguen a nadie.
He claveteado estas 
	persianas
para que no examinen la agonía, 
	
el polvo es mi señor. 

Sepultada
por gatos y papeles 
jamás 
	sospecharán que vivo.
19.

En una carta donde digo: amado...

En una carta donde digo: amado, 
y después otras cosas en que 
	exploto. 
	
Es una carta simple, con un loto 
y la letra del ángel dominado. 

	
Una carta donde digo: usado 
por este corazón que juega, roto. 
Es 
	una carta azul donde te boto 
	
y más tarde te encuentro enamorado. 

Es una carta, sí, con que te 
	entrego 
	
esta ilusión -palabra mentecata-. 
Es una carta donde digo: luego; 
	

pero entonces adjuro en la postdata, 
y firmo de inmediato con el 
	fuego 
	
porque es mucha la vida que me mata.
20.

En vez de lágrima

I
Hugo Ania Mercier: yo te quería.
A tu cuerpo de hombre 
	agonizante
que irradiaba dolor como un diamante,
a tu paso que insiste 
	todavía,

	
a tu lengua -clavel de la ironía-
que aún esconde callada sed 
	punzante;
a tu mano, nerviosa, azul, de amante
cuya noche del tiempo 
	siempre es mía;

	
a tu verso que llora aunque me cante, 
a tu pila de huesos, 
	insultante,
a tu alma cayéndose de fría

	
que compuso la muerte en un instante:
¿qué les puedo decir, 
	cicatrizante 
	
de esa augusta verdad que te envolvía?

II
Entre libros te 
	guardo casi seco,
mi animal luminoso, mi demente,
y tu voz que está 
	viva sigue ausente,
mi juguete sin cuerda, mi tareco. 
	

En la paz misteriosa de unos nichos
sin querer ya zafarme de tu 
	frente,
alelada de amor pero impotente,
te he dejado otra vez entre 
	los bichos.

	
Ah, mi niño de trapo, lis siniestro,
no te puedo rezar ni el 
	padrenuestro.
Ah, ternura que el diablo siempre arranca, 
	

si tenías la luz que maravilla:
¿por qué huiste de nuevo a la 
	semilla,
por qué mataste esa paloma blanca?

	
III
Nos veremos -dijiste- y tu recado 
de poeta infeliz, tonto 
	profundo,
me condena a buscar en otro mundo
ese sueño de ayer que no 
	ha pasado.

	
¿Fue una cita final o fue un aroma
que me sigue cuidando las 
	entrañas?
¿Fue este poco de fe con que me bañas;
fue, mi hermano de 
	todo, alguna broma?

	
Ya no tienes la fístula terrible,
ya no tienes soriasis ni enfisema

	ni neurosis ni polio ni agonía.

	
Ya eres lejos, memoria, no, imposible.
estás sano en la gloria del 
	poema.
Hugo Ania Mercier: yo te quería.
21.

Error

de magia


	¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para 
	que saliese a bailar con el domingo?

	
¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,

	le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de 
	merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?

	
Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de 
	los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo 
	fue tu penitencia.

	
Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un 
	ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la 
	boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un 
	beso
que nunca supo que tenía alas?
22.

Está bien

No digo: amo,
no develo mi historia esta mañana,
respeto a los 
	felices,
voy al bufete,
hago la cama,
me sostengo,
robo una 
	estrella aliada de tus dientes.

	
Lo disimulo,
vivo entre ómnibus locales,
compro periódicos y 
	sedas.
Llegó visita. (Pintaré mis labios 
	
con la sangre del lunes.)

Me quedan cortos: la locura,
el 
	clamoreo verde del ovario,
la herida que me mandas.
Está bien.
Hoy 
	no puedo derrotarte:
hoy colecciono ácidos y manchas,
hoy esta pena me 
	azoró por dentro.

	
Mañana trataré de ser como cualquiera,
mañana iré a la exposición de 
	flores
con un vestido nuevo
y me pondré la sombra de oro.
(Tú 
	dirías: ha parpadeado en el champán.)
Mañana bajaré de tanta nube,

	miserable, carnal.
No importa que los sueños se despierten
ni que 
	quizás olvide
esta página absurda que ya es del siglo veinte.
23.

Esta memoria...

Esta memoria
que se 
	cierne como los gorriones
en la rama más alta de mí misma,
este 
	escuchar la noche
cuando hace sombra y el perfume
persiste en su 
	influencia,
esas costumbres tuyas
en la casa,
húmeda del ensueño y 
	la porfía.

	
La casa donde amabas tu inocencia
sigue guardando
esos primores de 
	ceniza,
sigue con tu respiración flotando. A cuestas
trae los 
	fantasmas pensativos:
está mi padre
rodando entre las cosas
( 
	quería decirme: ¡hija,
al fin nos conocimos!... )
Y han vuelto algunos 
	pétalos
que de un botón remoto habían caído.
Ha vuelto todo el tiempo

	que borramos,
en este instante en que repito tu nombre
y sin embargo 
	no es latido.
Telarañas me enseñan donde tengo
olvidada la nuca.

	Está sin sábanas el lecho,
en un sillón florece el frío.
¿Cuál es el 
	mago que te trae ahora
y te pone a bruñirme las ojeras,
cuál es el 
	rico
que me da tu cuerpo?
Ya no es posible hallarte en remolinos,

	la sorpresa sería
comerte con los ojos.

	
La casa,
la casa enorme con soledades y heliotropos,
lúgubre, 
	vacía,
la casa centenaria sigue goteando
sobre mis heridas.

	
Arrancaré el azogue de todos sus espejos
buscándote.
Arrancaré las 
	cenefas, los umbrales,
buscándote.
Arrancaré los muebles, los 
	mosaicos,
el sol,
la selva que en el patio ha dado un solo paso,
mi 
	insomnio de leona enternecida;
arrancaré el recuerdo
buscándote,
y 
	he de encajar de nuevo en tus costillas.

	
Arrancaré los rincones de la casa,
la casa,
sí
la casa donde 
	nos podrimos.
Ha de quedar algún pedazo tuyo entre raíces,
alguna 
	vibración de tus entrañas,
algún cabello que cayó de pronto
y luego 
	fue un hilo de agonía,
el dejo de tu voz entre las horas:
ha de quedar 
	el giro de tu mano, al fin, llamando:
algo espantoso y bello.
Y yo 
	sabré quien eres,
yo te reconoceré
de rodillas ante el grifo del agua,

	yo te reconoceré
aunque sea por el gusto del fango;
y te daré por 
	muerto entonces,
devastado este reino;
pero tranquila,
en orden,

	porque tendré el consuelo
de imaginarte a salvo de los hombres.

Versos y pensamientos de Carilda Oliver Labra

4 citas
« A la esperanza vuelvo, a la madera / que construyó mis días »
Carilda Oliver Labra · A la esperanza vuelvo, a la madera...
« Adiós, locura de mis treinta años, / besado en julio bajo la luna llena »
Carilda Oliver Labra · Adiós
« Amor, ¿cómo es que vienes / a darle al pensamiento tu estocada »
Carilda Oliver Labra · Amor, ¿cómo es que vienes...
« Anoche me acosté con un hombre y su sombra. / Las constelaciones nada »
Carilda Oliver Labra · Anoche
Biblioteca poética

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