Poesía Universal

Boris Pasternak

Boris Pasternak es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...

Biografía lírica

Vida

Boris Pasternak es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Boris Pasternak

7 poemas seleccionados
1.

A un amigo

¿Acaso yo no sé que hundida en las tinieblas,

		jamás a la luz llegaría, la ignorancia,

		y que soy un monstruo, y que la dicha de cien mil

		no me toca más que la falsa felicidad  de cien?

		

		¿Y acaso yo no me ligo al quinquenio,

		no me caigo y levanto con él?

		Pero, ¿qué voy a hacer con mi caja torácica,

		y con lo que es más rutinario que toda rutina?

		

		No está bien que en los días del gran consejo,

		en el que las plazas se han dado a la pasión suprema,

		se deje la vacante del poeta:

		ésta es peligrosa, si no está vacía.


		1931


		Versión de César 
		Astor
2.

Definición de la labor creadora

Abierto el cuello de la camisa,

		peludo como el torso de Beethoven,

		recubre con su mano,

                                                
		cual tablero de damas,

		el sueño, la conciencia,

                                                
		la noche y el amor.

		

		Y una dama negra

		-como loca de dolor-

		prepara al mundo

                                      
		para la representación,

		cual guerrero a caballo

                                                 
		sobre simples peones.

		

		Y en el jardín,

                            
		donde de la cueva,

                                                                   
		del hielo,

		las estrellas se asombran fragantes,

		cual feliz ruiseñor,

                                        
		sobre el cuerpo de Isolda

		feneció la frialdad de Tristán.

		

		Los jardines, estanques y vallas,

		todo el gran Universo

                                              
		de gritos de albura,

		no son otra cosa que descargas

		de la pasión acumulada

                                                  
		por el humano corazón.


		De "Mi hermana es la 
		vida"  1917


		Versión de César 
		Astor
3.

Distracciones con la amada

Por cimbreante ramita aromada,

             
		absorbiendo en tinieblas su néctar,

		de un cáliz a otro corría

             la 
		humedad de alocada tormenta.

		

		Deslizándose de uno a otro cáliz,

            dejó en 
		ellos, muy nítida,

		una gota, enorme, cual ágata,

            reluciente, 
		colgante y tímida.

		

		Nada importa que el viento,

                                                          
		que azota el arbusto,

            esa gota 
		torture y aplaste.

		Queda entera, no rompe,

                                                   
		y quedan dos más

            que se besan 
		y beben.

		

		Y se ríen, e intentan soltarse,

		mas se yerguen, y quedan como antes.

		No caerán esas gotas del cáliz,

		no podrán separarse por nada.


		De "Mi hermana es la 
		vida"  1917


		Versión de César 
		Astor
4.

Epílogo

Amiga mía, ¿tú preguntas

                                   
		quién ordena que arda el

                                               
		habla del inválido?


		Vamos a soltar las 
		palabras

		como un jardín, cuál ámbar y monda:

		con distracción y generosamente,

		apenas, apenas, apenas.


		No hay que mencionar

		porqué con tanta ceremonia

		la rubia y el limón

		han salpicado las hojas.

		

		Ni a quién lloró en las púas

		y por las varas se metió

		en las notas, hacia el estante

		a través de las persianas.

		

		Ni a quien manchó con serbas

		la alfombra, tras la puerta,

		y al lado, palpitantes,

		las letras en cursiva.

		

		¿Preguntas quién ordena

		que agosto sea largo,

		para quién nada es pequeño,

		y quién da el acabado

		a las hojas del arce

		y desde los días del Eclesiastés

		no ha abandonado su puesto

		labrando el alabastro?

		

		¿Preguntas quién ordena

		que los labios de los asteres y lirios

		de septiembre sufran?

		¿Que la hojita del sauce,

		de las cariátides canosas

		haya volado

		a la humedad de las losas

		de otoñales hospitales?

		

		¿Preguntas quién lo ordena?:

		El Dios Omnipotente del amor,

		el de los Yagáilov y las Yadvigas.*


		No sé si habrá sido 
		resuelto

		el enigma de la nada de ultratumba,

		pero la vida es minuciosa

		como el silencio otoñal.

		

		*Yagailo y Yadviga: Gran Duque de Lituania y Reina de Polonia, cuyo 

		matrimonio dio comienzo a la unidad polaco-lituana (1386-1572)

		

		Versión de César 
		Astor
5.

Festines

Bebo la amargura de los nardos,

                                                                 
		la amargura de cielos otoñales,

		y en ellos el chorro ardiente de tus traiciones.

		Bebo la amargura de las tardes, las noches,

                                                                                        
		y las multitudes,

		la estrofa llorosa de inmensa amargura.

		

		La sensatez de engendros de talleres no sufrimos.

		Hostiles somos hoy al pan seguro.

		Inquieta el viento aquel de los coperos brindis,

		que, muy posiblemente, jamás se cumplirán.

		

		Heredamiento y muerte son comensales nuestros.

		Y en la serena aurora, los picos de los árboles llamean.

		En la galletera, cual ratón, rebusca un anapesto,

		y Cenicienta cambia con premura de vestido.

		

		Suelos barridos, en el mantel...    ni una migaja.

		El verso es sereno cual beso infantil.

		Y corre Cenicienta, en su coche si hay suerte,

		y cuando no hay ni blanca, con sus piernas también.


		1913, 1928

		

		Versión de César 
		Astor
6.

Fin

¿Fue todo realidad? ¿Es hora de paseos?

		Es mejor dormir eternamente, dormir, dormir,

		y no ver sueño alguno.

		

		Otra vez la calle. Otra vez la cortina de tul.

		Otra vez, cada noche, la estepa, el almiar, los lamentos,

		ahora, y en adelante.

		

		Las hojas en septiembre, con asma en cada átomo,

		ven en sueños silencios y sombras. De pronto despierta el verbel

		la carrera de un perro.

		

		Espera que se tiendan. De pronto aparece un gigante,

		y otro. Unos pasos. «Aquí hay un tornillo».

		Un silbido y una voz: «¡Espera!»

		

		¡Si él, literalmente, hundía, desmoronaba el camino

		con nuestro paso! El hasta el suelo 

		torturaba contigo.

		

		Otoño. Baja un abalorio de amarillo azulado.

		¡Ay, como tú, podredumbre, he de morir!

		¡Qué cansado de vivir estoy!

		

		¡Oh! A destiempo la noche nos inciensa con las maniobras 

		de las locomotoras; cuado llueve cada hoja se quiere

		marchar a la estepa, como aquéllas.


		!Las ventanas me hacen 
		escenas. ¡Pero es en vano!

		La puerta salta de los goznes cuando el hielo

		le besa los codos.

		

		Preséntame a alguno de los ahítos,

		como ellos, por la cosecha de los campos del sur, 

		solares y herrumbre.

		

		¡Pero con la dentera, el pasmo, los terrones

		en la garganta, con la tristeza de tantas palabras

		te cansas de tener amistad!

		

		Versión de César 
		Astor
7.

Fragmentos del poema

(dos fragmentos)

		

		I

		Yo he amado también, y el aliento

		del insomnio, temprano, temprano,

		desde el parque bajaba al barranco,

		y en tinieblas,

		salía en volandas hacia un archipiélago

		de calveros cubiertos de niebla felpuda,

		de menta, de ajenjo y codornices.

		Y allí acrecentaba su peso el amor,

		me embriagaba cual ala que toca el disparo,

		caía en el aire, temblaba de fiebre,

		y como el rocío cubría los campos.


		Allí me encontraba la 
		aurora. Hasta las dos

		brillaban riquezas del cielo infinito.

		Los gallos, entonces, temían las sombras.

		Trataban de ocultar sus temores,

		mas de sus gargantas salían bombas de fogueo,

		y el espanto les daba una voz de falsete.

		Se apagaban las constelaciones. Como hecho de encargo,

		por el claro asomaba un pastor

		con cara de apagaluces de saltones ojos.

		

		Yo he amado también. Y ella, por ahora,

		quizás viva aún. Pasará algún tiempo,

		y algo grande, cual otoño, un día

		(tal vez no mañana, más tarde,

                                                               
		cuando sea)

		se encenderá sobre la vida como un resplandor,

		apiadándose de la espesura. De la luz de los charcos,

		que se mueren de sed como ranas. Del temblor leporino

		de los prados, cuya oreja recubre la estera

		de hojarasca del año anterior. Del ruido,

		que semeja un falso oleaje de vida pasada.

		Yo he amado también, y lo sé: lo mismo que campos mojados

		vemos siempre al comienzo del año,

		cada pecho mantiene en su fondo

		un febril amor a mundos nuevos.

		

		Yo he amado también, y ella aún vive.

		y lo mismo, patinando en tempranos comienzos,

		permanecen los tiempos,

                                                   
		y se esfuman detrás del instante.

		Esta linde es hoy, como antes, muy fina.

		Como antes,

                           
		el pasado remoto parece reciente.

		Como antes,

                          
		apartado de los testimonios,

		enloquece el ayer, simulando ignorar

		que no es ya nuestra casa de hogaño.

		¿Es esto Posible? ¿Es decir, que, en efecto,

		el amor no es durable, sino que se aleja

		durante toda la vida 

		cual tributo de asombro al instane?

		

		1916, 1928

		

		2

		Dormía. Aquella noche velaba mi espíritu.

		Sonó un golpe. La luz se encendió.

		La ventana anunciaba tormenta.

		La abrí como estaba, a medio vestir .

		

		Así es como nieva. Así murmuran los copos.

		Así balbucean las bocas de signos.

		Allí está el original;

                                      
		aquí, la palidez de la copia.

		Allí está todo en sangre;

                                               
		aquí no hay sangre alguna.

		

		Allí, iluminado, cual difunto,

		por débil luz del ventanal,

		limpia el aféizar con las lilas

		-el frío croquis de un glaciar .

		

		En noche ginebrina el Sur entreteje,

		como en trenza de mujer meridional,

		brillos de algarrobas y de albaricoques,

		orquestas y barcas, y risas de olas.

		

		Y, cual revolviendo castañas,

		echa en braseros con el cogedor

		bebidas de hombres,

                                            
		y de las mujeres,

		jarabe con luz y calor.

		

		De cada luz llega una plática.

		Y arriba, ahogándose, el olmo

		el lienzo hace temblar de la marquesa

		y pinta con sus ramas en la gasa.

		

		Tú mira, ¡qué fiebre en los Alpes!

		¡Qué fiel a la patria es cada paso!

		¡Oh, sé bella, por favor!

		¡Oh, por favor, en cada caso!

		

		Con tu belleza matadora,

		cien veces bella, más y más,

		tú siempre, siempre, a todas horas,

		de frialdad fundida estás.

		

		Pues, atropina y belladona

		tomando, triste, alguna vez,

		igual que tú, miraré frío,

		e igual que tú, «sufre» diré.

		

		1916

		

		Versión de César Astor

Versos y pensamientos de Boris Pasternak

4 citas
« ¿Acaso yo no sé que hundida en las tinieblas, / jamás a la luz llegaría, la ignorancia, »
Boris Pasternak · A un amigo
« Abierto el cuello de la camisa, / peludo como el torso de Beethoven, »
Boris Pasternak · Definición de la labor creadora
« Por cimbreante ramita aromada, / absorbiendo en tinieblas su néctar, »
Boris Pasternak · Distracciones con la amada
« Amiga mía, ¿tú preguntas / quién ordena que arda el »
Boris Pasternak · Epílogo
Biblioteca poética

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