« A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo / tierra rumbo al infierno o la estrella de chatarra que te »
Blanca Varela · A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo...
Biografía y amplia selección de poemas de Blanca Varela. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Blanca Varela. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo
tierra rumbo al infierno o la estrella de chatarra que te
lleva frente a otro muro lleno de espejos y de gestos,
endiablados gestos sin dueño y tú tras ellos, solo, feliz
propietario de una boca escarlata que muge.
Pega el oído a la tierra
que insiste en levantarse y respirar.
Acaríciala como si fuera carne,
piel humana capaz de
conmoverte,
capaz de rechazarte.
Acepta la espera que no siempre hay lugar en el
caos.
Acepta la puerta cerrada, el muro cada vez más alto, el
saltito, la imagen que te saca la lengua.
No te trepes sobre los
hombros de los fantasmas que es
ridículo caerse de trasero with music in your soul.
la lentitud es belleza copio estas líneas ajenas respiro acepto la luz bajo el aire ralo de noviembre bajo la hierba sin color bajo el cielo cascado y gris acepto el duelo y la fiesta no he llegado no llegaré jamás en el centro de todo esta el poema intacto sol ineludible noche sin volver la cabeza merodeo su luz su sombra animal de palabras husmeo su esplendor su huella sus restos todo para decir que alguna vez estuve atenta desarmada sola casi en la muerte casi en el fuego
V Aquella torturada nube parecía tan firme, ambulando, desgarrando, chocando con masas de ángeles. Cóncava, valva de nieve y soledad, de trajín y música constante, de arena, de resplandor y fuga, desierto etiope en un tutti de gemidos y sorpresa. Tan exacta sobre el laberinto de la pupila, color perdido de vieja misiva, terrible silencio de quien ha sacudido el aire y conoce el vado de los sollozos. Continuaba, migradora, llave del torbellino como una gota pura preñada de su propia existencia.
inmóvil devora luz se abre obscenamente roja es la detestable perfección de lo efímero infesta la poesía con su arcaico perfume
El día queda atrás, apenas consumido y ya inútil. Comienza la gran luz, todas las puertas ceden ante un hombre dormido, el tiempo es un árbol que no cesa de crecer. El tiempo, la gran puerta entreabierta, el astro que ciega. No es con los ojos que se ve nacer esa gota de luz que será, que fue un día. Canta abeja, sin prisa, recorre el laberinto iluminado, de fiesta. Respira y canta. Donde todo se termina abre las alas. Eres el sol, el aguijón del alba, el mar que besa las montañas, la claridad total, el sueño.
Nadie te va a abrir la
puerta. Sigue golpeando.
Insiste.
Al otro lado se oye música. No.
Es la campanilla del
teléfono.
Te equivocas.
Es un ruido de máquinas, un jadeo
eléctrico, chirridos,
latigazos.
No. Es música.
No. Alguien llora muy despacio.
No.
Es un alarido agudo, una enorme, altísima lengua que
lame el cielo pálido y vacío.
No. Es un incendio.
Todas las riquezas, todas las miserias, todos los hombres,
todas
las cosas desaparecen en esa melodía ardiente.
T ú estás solo, al
otro lado.
No te quieren dejar entrar.
Busca, rebusca, trepa,
chilla. Es inútil.
Sé el gusanito transparente, enroscado,
insignificante.
Con tus ojillos mortales dale la vuelta a la manzana,
mide
con
tu vientre turbio y caliente su inexpugnable
redondez.
Tú, gusanito, gusaboca, gusaoído, dueño de la muerte y
de la vida.
No puedes entrar.
Dicen.
Perdidos en la niebla el colibrí y su amante. Dos piedras lanzadas por el deseo se encuentran en el aire. La retama está viva, arde en la niebla, habitada. ( dedicatoria)
villano y de pronto la vida en mi plato de pobre un magro trozo de celeste cerdo aquí en mi plato observarme observarte o matar una mosca sin malicia aniquilar la luz o hacerla hacerla como quien abre los ojos y elige un cielo rebosante en el plato vacío rubens cebollas lágrimas más rubens más cebollas más lágrimas tantas historias negros indigeribles milagros y la estrella de oriente emparedada y el hueso del amor tan roído y tan duro brillando en otro plato este hambre propio existe es la gana del alma que es el cuerpo es la rosa de grasa que envejece en su cielo de carne mea culpa ojo turbio mea culpa negro bocado mea culpa divina náusea no hay otro aquí en este plato vacío sino yo devorando mis ojos y los tuyos
porque te alimenté con esta realidad mal cocida por tantas y tan pobres flores del mal por este absurdo vuelo a ras de pantano ego te absolvo de mí laberinto hijo mío no es tuya la culpa ni mía pobre pequeño mío del que hice este impecable retrato forzando la oscuridad del día párpados de miel y la mejilla constelada cerrada a cualquier roce y la hermosísima distancia de tu cuerpo tu náusea es mía la heredaste como heredan los peces la asfixia y el color de tus ojos es también el color de mi ceguera bajo el que sombras tejen sombras y tentaciones y es mía también la huella de tu talón estrecho de arcángel apenas pasado en la entreabierta ventana y nuestra para siempre la música extranjera de los cielos batientes ahora leoncillo encarnación de mi amor juegas con mis huesos y te ocultas entre tu belleza ciego sordo irredento casi saciado y libre con tu sangre que ya no deja lugar para nada ni nadie aquí me tienes como siempre dispuesta a la sorpresa de tus pasos a todas las primaveras que inventas y destruyes a tenderme -nada infinita- sobre el mundo hierba ceniza peste fuego a lo que quieras por una mirada tuya que ilumine mis restos porque así es este amor que nada comprende y nada puede bebes el filtro y te duermes en ese abismo lleno de ti música que no ves colores dichos largamente explicados al silencio mezclados como se mezclan los sueños hasta ese torpe gris que es despertar en la gran palma de dios calva vacía sin extremos y allí te encuentras sola y perdida en tu alma sin más obstáculo que tu cuerpo sin más puerta que tu cuerpo así este amor uno solo y el mismo con tantos nombres que a ninguno responde y tú mirándome como si no me conocieras marchándote como se va la luz del mundo sin promesas y otra vez este prado este prado de negro fuego abandonado otra vez esta casa vacía que es mi cuerpo a donde no has de volver
digamos que ganaste la carrera y que el premio era otra carrera que no bebiste el vino de la victoria sino tu propia sal que jamás escuchaste vítores sino ladridos de perros y que tu sombra tu propia sombra fue tu única y desleal competidora.
el poema es mi cuerpo esto la poesía la carne fatigada el sueño el sol atravesando desiertos los extremos del alma se tocan y te recuerdo Dickinson precioso suave fantasma errando tiempo y distancia en la boca del otro habitas caes al aire eres el aire que golpea con invisible sal mi frente los extremos del alma se tocan se cierran se oye girar la tierra ese ruido sin luz arena ciega golpeándonos así será ojos que fueron boca que decía manos que se abren y se cierran vacías distante en tu ventana ves al viento pasar te ves pasar el rostro en llamas póstuma estrella de verano y caes hecha pájaro hecha nieve en la fuente en la tierra en el olvido y vuelves con falso nombre de mujer con tu ropa de invierno con tu blanca ropa de invierno enlutado
piedras, cielo a jirones... IV Deseos, piedras, cielo a jirones, ni un ave. Estoy huyendo. Una nueva montaña, un río joven, sin ira. Éste es el mundo que amo. Quiero un cielo veloz, la mañana distinta, sin colores, para poner mis ángeles, mis calles donde siempre hay humo y sorpresa.
VIII Despierto. Primera isla de la conciencia: un árbol. El temor inventa el vuelo. El desierto familiar me acoge. Alguien me observa con indiferencia.
I Se fue el día, las escamas del sueño giran. Todo desciende, la noche es el tedio. En el desierto, a oscuras, temerosa del amor la ostra llora a solas. Caen las lívidas hojas de tu frente, Te alejas, negra burbuja sin destino. Se abren súbitamente mil calles, arrecifes en llamas retienen tu cuerpo helado como una lágrima, nada te hiere, el coral clava su garra en tu sombra, tu sangre se desliza, inunda praderas, salta de las ventanas como un rojo sonido y todo esto no es sino el otoño.
I Un poema como una gran batalla me arroja en esta arena sin más enemigo que yo yo y el gran aire de las palabras II miente la nube la luz miente los ojos los engañados de siempre no se cansan de tanta fábula III terco azul ignorancia de estar en la ajena pupila como dios en la nada IV pienso en alas de fuego en música pero no no es eso lo que temo sino el torvo juicio de la luz
IX El amor es como la música, me devuelve con las manos vacías, con el tiempo que se enciende de golpe fuera del paraíso. Conozco una isla, mis recuerdos, y una música futura, la promesa. Y voy hacia la muerte que no existe, que se llama horizonte en mi pecho. Siempre la eternidad a destiempo.
VI El mar pliega las alas al atardecer, tú no eres sino una pálida burbuja navegando al golpe del aliento, un negro trino, el sol que sale en el centro del pecho en mitad de la calle, un silencio en la música dura de la ciudad sin límites. Para atravesar ese océano, ese golpe de luz en la siesta, no bastaría la eternidad.
II El rayo ha perfumado ferozmente nuestra casa. Tenemos sed, tenemos prisa por golpear con el hueso de una flor en la tiniebla. Hay un árbol talado en esta historia. Contemplamos el cielo. No hay señales. ¿Es de día? ¿Es de noche? Murió la araña que medía el tiempo, sólo hay un viejo muro y una nueva familia de sombras.
El agua de tu rostro en un rincón del jardín, el más oscuro del verano, canta como la luna. Fantasma. Terrible a mediodía. A la altura de los lirios la muerte sonríe. Sobre una pequeñísima charca, ojo de dios, un insecto flota bocarriba. La miel silba en su vientre abierto al dedo del estío. Todo canta a la altura de tu rostro suspendido como una luz eterna entre la noche y la noche. Canta el pantano, arden los árboles, no hay distancia, no hay tiempo. El verano trae lo perdido, el mundo es esta calle de fuego donde todas las rosas caen y vuelven a nacer, donde los cuerpos se consumen enlazados para siempre en lo más negro del verano. En un rincón del jardín bajo una piedra canta el verano. En lo más negro, en lo más ciego y blanco, donde todas las rosas caen, allí flota tu rostro, fantasma, terrible a mediodía.
Es fría la luz de la memoria lo apenas entrevisto brilla con insistencia gira buscando el casco de botella o el charco de lluvia tras cualquier puerta que se abre está la luna tan grande y plana tan fuera de lugar como si de un cuadro se tratara óleo sobre papel endurecido por el tiempo así cayeron en la mente formas y colores casualidades azar que anuda sombras vuelcos en la negra marmita donde a borbotones se cuecen gozo y espanto crece el yeso de un cielo mil veces lastimado mil veces blanqueado se borra el mundo y se vuelve a escribir hasta el último aliento sólo esto eternidad aparente mísera astilla de luz en la entraña del animal que apenas estuvo
he dejado la puerta entreabierta soy un animal que no se resigna a morir a eternidad es la oscura bisagra que cede un pequeño ruido en la noche de la carne soy la isla que avanza sostenida por la muerte o una ciudad ferozmente cercada por la vida o tal vez no soy nada sólo el insomnio y la brillante indiferencia de los astros desierto destino inexorable el sol de los vivos se levanta reconozco esa puerta no hay otra hielo primaveral y una espina de sangre en el ojo de la rosa.
II Estréchame las manos, la única luz que nos queda, no me dejes olvidada en la cima de una ola. Aléjate Aparten ese frío paisaje de cipreses, escombren esos náufragos que ocultan el horizonte. La vida es una noticia conmovedora. Atravieso el desierto, la terrible fiesta en el centro de un cielo derribado. Estoy casi olvidando.
Junto al pozo llegué, mi ojo pequeño y triste se hizo hondo, interior. Estuve junto a mí, llena de mí, ascendente y profunda, mi alma contra mí, golpeando mi piel, hundiéndola en el aire, hasta el fin. La oscura charca abierta por la luz. Éramos una sola criatura, perfecta, ilimitada, sin extremos para que el amor pudiera asirse. Sin nidos y sin tierra para el mando
« A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo / tierra rumbo al infierno o la estrella de chatarra que te »
« la lentitud es belleza / copio estas líneas ajenas »
« V / Aquella torturada nube parecía tan firme, »
« inmóvil devora luz / se abre obscenamente roja »
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