« Por ti, mujer divina, en éxtasis levanto / las notas que despide mi »
Antonio Plaza · A...
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Plaza. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Plaza. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Por ti, mujer divina, en éxtasis levanto las notas que despide mi tétrico rabel; por ti, mujer que enciendes el fuego sacrosanto que al cundir por mis venas enaltece mi ser. Por ti, mujer divina, hermosa luz sin sombra transpórtame a los cielos excelsa beatitud, y quisiera a tus plantas tenderlas por alfombra las trémulas estrellas que brillan en el tul. Si a Dios por un momento su Fíat arrebatara tan sólo me ocupara de hacerte muy feliz y sin goces al cielo ya la tierra dejara por dártelo ¡divina! por dártelos a ti. Porque el amor inmenso que dentro el alma brota ese amor le da vida al muerto corazón, así como da vida la transparente gota al pétalo rugado que el viento marchitó Es tu alma como mi alma, ardiente como fuego y mi alma sin tu alma no puede ya vivir: yo quiero poseerte y condenarme luego, que hasta la eterna gloria despreciara sin ti. Yo que lloré perdida la luz de la esperanza yo que el horrible cáliz del dolor apuré, aun miro, porque te amo, brillar en lontananza un porvenir de dicha... Eres mi última fe. Y yo te necesito, así como alimento, así como del agua necesita la flor, así como las aves necesitan del viento, así como la tierra necesita del sol. Si tomo entre mi mano esa tu mano blanca, y la llevo a mi seno convulso del placer, yo siento que un suspiro del corazón se arranca, suspiro que me lleva de Dios hasta el dosel. Si vieras que de noche, rendido, abandonado, aunque el sueño me venza, pensando estoy en ti, y tu virgíneo rostro de blanca luz bañado como ángel de mi guarda, le miro junto a mí. II En ti nada más pensando y tu imagen siempre viendo, y contigo delirando, y en sueños contigo hablando, mi vida estoy consumiendo. Que mis pensamientos son tuyos, tuya mi existencia, y tuya la pulsación que agita mi corazón con volcánica violencia. Eres la dicha a que aspiro; eres la luz con que veo; eres aire que respíro; eres la Virgen que admiro; eres el Dios en que creo. III Y yo , mujer, te juro guardar inmaculado en lo íntimo del alma tu divinal amor; que si tu amor me falta, seré desventurado; y entonces, no lo dudes, me arranco el corazón.
Quiso mostrarte la clemencia santa y te infundió su soberano aliento, puso en tus ojos luz de firmamento y del ángel el trino en tu garganta. Y admirándose al ver belleza tanta, Baja -te dijo- al valle del tormento, y cuando el hombre en negro desaliento clame: ¡NO EXISTE DIOS! mírale y ¡canta! Y tú, cisne del cielo, la armonía nos revelas del cielo al escucharte; yo, que olvidando al cielo ya tenía, enviada del Señor, quiero cantarte, que aunque la fe del alma apagó el llanto, donde Dios se revela, allí le canto.
A tu lado yo siento, Rosa mía, que tenemos los dos un alma sola; si probara una gota de ambrosía suspendida en tus labios de amapola, A Dios le pido que mi pobre estrella alumbre un porvenír de venturanza, y que siempre resbale tras tus huellas la inmaculada luz de la esperanza. Ojalá que en tu senda sin abrojos nunca el llanto humedezca tu mejilla ni el brillo apague de tus lindos ojos donde mi cielo de ventura brilla. Porque tu goce mi tormento calma y con tu pena el corazón me hieres; padece mi alma si padece tu alma, y soy dichoso si dichosa eres. Que mi vida, mujer, mi vida entera se halla en tal grado con la tuya unida, que la temible muerte no pudiera arrebatar tu vida sin mi vida. Te amo, Rosa, como nunca he amado; a tus pies encadeno mi destino, y a tu amor es final abrillantado que encendiera el Señor en su camino. Tu mirada tiernísima concluye de mi penar intenso la' violencia, que tú eres el iris que destruye la horrible tempestad de mi existencia. A tu lado la dicha me sofoca, y mi ser se estremece de contento cuando mi nombre de tu linda boca embalsamado sale con tu aliento. Y yo Rosa, te encuentro tan divina, que un ángel envidiara tus hechizos, tan pura como el aura vespertina, jugando de las olas con los rizos. Eres tú la ilusión de mis amores y la diosa de mi alma enamorada, isla preciosa de benditas flores en un mar de pureza colocada. Ensueño sacrosanto de ternura, mi grande aspiración es poseerte; si se agita la flor de mi ventura el desengaño me dará la muerte. II Mas no, que pronto con eterna liga para siempre mi bien, a ti enlazado teniéndome a tus pies arrodillado, me oirás hermosa, sin cesar decir: A ti mujer, la de cabellos blondos, de tez de raso, de inspirada frente, la de ojos lindos, la de boca riente a ti te amo, no más, no más a ti. A ti tan fina como bucle de ángel, tan blanca como hielo de Apenino, hermosa cual topacio golcondino, a ti te amo, no mas, no mas a ti. A ti, mujer tan noble como el mártir, a ti más tierno que de alondra el canto, a ti más pura que del niño el llanto, a ti te amo, no más, no más a ti.
Intérprete feliz del pensamiento. ángel que brillas en la gloria humana, ciñéndole a tu frente soberana la espléndida corona del talento. Heroína del noble sentimiento, no me admira el laurel que te engalana; porque sé que en la tierra mexicana el genio tiene su mejor asiento. Sigue de gloria con tu sueño santo y conquista renombre sin segundo en la futura edad, que yo entretanto, al aplaudirte con afán profundo, diré orgulloso en atrevido canto: nada envidias, ¡oh patria!, al Viejo Mundo.
Niña gentil que a la vida despertaste alegre ayer, como en Oriente despierta la luz al amanecer. Niña, que del oro cielo viniste al mundo a caer, como aljofarada gota del nítido rosicler. Y en inmaculada cuna te remeciste después, como ilusión que se mece del sueño al dulce vaivén. Niña de cabellos de oro y de labios de clavel Son de rosa tus mejillas es de raso tu alba tez. Es tu sonrisa inconsciente, de ángel tu mirada es, y como brilla una estrella brilla el candor en tu sien. Dichosa tú que del mundo pasando vas el dintel, sin sospechar que las flores espinas tienen también. En mi canto, bella niña, le ruego al Dios de Israel, que la virtud de tus años tierno, en otros te dé. Para que ese mundo, nunca, con su lodo y fetidez, ensucie de tu pureza el blanquísimo glasé; Qué siempre tú, mariposa en primoroso vergel hueles y en las flores halles ánforas ricas de miel; Que dé calor a tus alas el santo sol de la fe, y que jamás una espina tus alas llegue a romper.
Vitium in corde est idolum in altare
San Jerónimo
I
Mujer preciosa para el bien nacida,
mujer preciosa por mi mal hallada,
perla del solio del Señor caída
y en albañal inmundo sepultada;
cándida rosa en el Edén crecida
y
por manos infames deshojada;
cisne de cuello alabastrino y blando
en indecente bacanal cantando.
II
Objeto vil de mi pasión sublime,
ramera infame a quien el
alma adora.
¿Por qué ese Dios ha colocado, dime
el candor en tu
faz engañadora?
¿Por qué el reflejo de su gloria imprime
en tu
dulce mirar? ¿Por qué atesora
hechizos mil en tu redondo seno,
si
hay en tu corazón lodo y veneno?
III
Copa de bendición de llanto llena,
do el crimen su ponzoña
ha derramado;
ángel que el cielo abandonó sin pena,
y en brazos
del demonio ha entregado;
mujer más pura que la luz serena,
más
negra que la sombra del pecado,
oye y perdona si al cantarte lloro;
porque, ángel o demonio, yo te adoro.
IV
Por la senda del mundo yo vagaba
indiferente en medio de
los seres;
de la virtud y el vicio me burlaba,
me reí del amor, de
las mujeres,
que amar a una mujer nunca pensaba;
y hastiado de
pesares y placeres
siempre vivió con el amor en guerra
mi ya
gastado corazón de tierra.
V
Pero te ví… te ví… ¡Maldita hora
en que te ví, mujer!
Dejaste herida
a mi alma que te adora, como adora
el alma que de
llanto está nutrida;
horrible sufrimiento me devora,
que hiciste
la desgracia de mi vida.
Mas dolor tan inmenso, tan profundo,
no
lo cambio, mujer, por todo el mundo.
VI
¿Eres demonio que arrojó el infierno
para abrirme una
herida mal cerrada?
¿Eres un ángel que mandó el Eterno
a velar mi
existencia infortunada?
¿Este amor tan ardiente, tan interno,
me
enaltece, mujer, o me degrada?
No lo sé… no lo sé… yo pierdo el
juicio.
¿Eres el vicio tú? … ¡adoro el vicio!
VII
¡Ámame tú también! Seré tu esclavo,
tu pobre perro que
doquier te siga;
seré feliz si con mi sangre lavo
tu huella,
aunque al seguirte me persiga
ridículo y deshonra; al cabo... al
cabo,
nada me importa lo que el mundo diga.
Nada me importa tu
manchada historia
si a través de tus ojos veo la gloria.
VIII
Yo mendigo, mujer, y tú ramera,
descalzos por el mundo
marcharemos;
que el mundo nos desprecie cuando quiera,
en nuestro
amor un mundo encontraremos.
Y si, horrible miseria nos espera,
ni
de un rey por el otro la daremos;
que cubiertos de andrajos
asquerosos,
dos corazones latirán dichosos.
IX
Un calvario maldito hallé en la vida
en el que mis
creencias expiraron,
y al abrirme los hombres una herida,
de odio
profundo el alma me llenaron.
Por eso el alma de rencor henchida
odia lo que ellos aman, lo que amaron,
y a ti sola, mujer, a ti yo
entrego
todo ese amor que a los mortales niego.
X
Porque nací, mujer, para adorarte
y la vida sin ti me es
fastidiosa,
que mi único placer es contemplarte,
aunque tú halles
mi pasión odiosa,
yo, nunca, nunca, dejaré de amarte.
Ojalá que
tuviera alguna cosa
más que la vida y el honor, más cara
y por ti
sin violencia la inmolara.
XI
Sólo tengo una madre. ¡me ama tanto!
sus pechos mi niñez
alimentaron,
y mi sed apagó su tierno llanto,
y sus vigilias
hombre me formaron.
A ese ángel para mí tan santo,
última fe de
creencias que pasaron,
a ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!,
olvido por tu amor… ¡loca ramera!
XII
Sé que tu amor no me dará placeres,
sé que burlas mis
grandes sacrificios.
Eres tú la más vil de las mujeres;
conozco tu
maldad, tus artificios.
Pero te amo, mujer, te amo como eres;
amo
tu perversión, amo tus vicios,
y aunque maldigo el fuego en que me
inflamo,
mientras más vil te encuentro, más te amo.
XIII
Quiero besar tu planta a cada instante,
morir contigo de
placer beodo;
porque es tuya mi mente delirante,
y tuyo es ¡ay! mi
corazón de lodo.
Yo que soy en amores inconstante,
hoy me siento
por ti capaz de todo.
Por ti será mi corazón do imperas,
virtuoso,
criminal, lo que tú quieras.
XIV
Yo me siento con fuerza muy sobrada,
y hasta un niño me
vence sin empeño.
¿Soy águila que duerme encadenada,
o vil gusano
que titán me sueño?
Yo no sé si soy mucho, o si soy nada;
si soy
átomo grande o dios pequeño;
pero gusano o dios, débil o fuerte,
sólo sé que soy tuyo hasta la muerte.
XV
No me importa lo que eres, lo que has sido,
porque en vez
de razón para juzgarte,
yo sólo tengo de ternura henchido
gigante
corazón para adorarte.
Seré tu redención, seré tu olvido,
y de ese
fango vil vendré a sacarte;
que si los vicios en tu ser se imprimen
mi pasión es más grande que tu crimen.
XVI
Es tu amor nada más lo que ambiciono,
con tu imagen
soñando me desvelo;
de tu voz con el eco me emociono,
y por darte
la dicha que yo anhelo
si fuera rey, te regalara un trono;
si
fuera Dios, te regalara un cielo.
Y si Dios de ese Dios tan grande
fuera,
me arrojara a tus plantas, vil ramera.
¿Por qué si tus ojos miro me miras tú con enojos, cuando por ellos deliro, y a la luz del cielo admiro en el éter de tus ojos? Cansado de padecer y cansado de cansarte, y queriendo sin querer, finjo amor a otra mujer con la ilusión de olvidarte. No es mi estrella tan odiosa: que en fugaces amoríos, como ave de rosa en rosa yo voy de hermosa en hermosa y no lamento desvíos; Pero el favor de las bellas irrita más la pasión que ardiente busca tus huellas, y al ir mis ojos tras ellas vuela a ti mi corazón. Así un proscrito tenía goces en extraño suelo y volvió a su patria un día por mirar en su agonía la linda luz de su cielo. De ti proscrito y dejando las rosas por tus abrojos, vuelvo a tus pies suspirando, por mirar agonizando la linda luz de tus ojos.
Te adoré como a una virgen cuando conocí tu cara; pero dejé de adorarte cuando conocí tu alma. Cuestión de vida o muerte son las pasiones, si alguien lo duda, deja que se apasione. Las heridas del alma las cura el tiempo, y por eso incurables son en los viejos. Los astros serán, mi vida, más que tus ojos hermosos; pero a mi más que los astros me gustan, linda, tus ojos.
Toma niña, este búcaro de flores; tiene azucenas de gentil blancura lirios fragantes y claveles rojos, tiene también camelias, amaranto y rosas sin abrojos, rosas de raso, cuyo seno ofrecen urnas de almíbar con esencia pura, que en sus broches de oro se estremecen. Admítelas, amor de mis amores, admítelas, mi encanto; las cristalinas gotas de mi llanto, tibio llanto que brota del alma de una madre que en ti piensa, y por eso hallarás en cada gota emblema santo de ternura inmensa. Una tarde de abril, así decía, sollozante, mi esposa infortunada, a mi hija indiferente que dormía en su lecho de tablas reclinada; y como Herminia, ¡nada!; nada en su egoísmo respondía a esa voz que me estaba asesinando. La madre entonces se alejó llorando, y ella en la tumba continuó durmiendo. "Déjala dije, -tu dolor comprendo..."
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