Poesía Universal

Antonio Colinas

Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Colinas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Colinas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Antonio Colinas

15 poemas seleccionados
1.

Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz...

Aquí, en estas riberas, 
		donde atisbé la luz 
por vez primera, dejo también el corazón. 
No 
		pasará otra onda rumorosa del río, 
		
no quedará este chopo envuelto en fuego verde, 
no cantará otra 
		vez el pájaro en su rama, 
		
sin que deje en el aire todo el amor que siento. 
Aquí, en estas 
		riberas que llevan hasta el llano 
		
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos. 
Aquí también 
		las piedras relucen: piedras mínimas, 
		
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo. 
Hojas o llamas, 
		fuegos diminutos, resol, 
		
crisol del soto oscuro cuando amanece lento. 
Qué fresca 
		placidez, que lenta luz suave  
		
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta 
el oro de la tarde en 
		el cuerpo cansado. 
		
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa, 
diminuto carmín, 
		flor roja por el césped. 
		
Y, entre tanta hermosura, rebosa el río, corre, 
relumbra entre 
		los troncos, abre su cuerpo al sol, 
		
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras. 
Aquí, en estas 
		riberas, donde atisbé la luz 
		
por vez primera, miro arder todas las tardes 
las copas de los 
		álamos, el perfil de los montes, 
		
cada piedra minúscula, enjoyada del río, 
del dios río que llena 
		de frutos nuestros pechos. 
		
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz 
por vez primera, 
		dejo también el corazón.
2.

Canto X

Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe
que en el norte de 
		Hispania alguien manda grabar
en piedra un verso suyo esperando la 
		muerte.
Este es un legionario que, en un alba nevada,
ve alzarse 
		un sol de hierro entre los encinares.
Sopla un cierzo que apesta a 
		carne corrompida,
a cuerno requemado, a humeantes escorias
de oro 
		en las que escarban con sus lanzas los bárbaros,
Un silencio más 
		blanco que la nieve, el aliento
helado de las bocas de los caballos 
		muertos,
caen sobre su esqueleto como petrificado.

		Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos montes
a morir y qué 
		inútil mi escudo y mi espada
contra este amanecer de hogueras y de 
		lobos.
En la villa de Cumas un aroma de azahar
madurará en la boca 
		de una noche azulada
y mis seres queridos pisarán ya la yerba

		segada o nadarán en playas con estrellas.
Sueña el sur el 
		soldado y, en el sur, el poeta
sueña un sur más lejano; mas ambos 
		sólo sueñan
en brazos de la muerte la vida que soñaron.

		No quiero que me entierren bajo un cielo de lodo,
que 
		estas sierras tan hoscas calcinen mi memoria.

		Oh dioses, cómo odio la guerra mientras siento
gotear en la nieve 
		mi sangre enamorada.
Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus 
		ojos
se clavan en los ojos de otro herido que escucha:

		Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio.

De 
		"Noche más allá de la noche"
3.

Canto XXXV

Me he sentado en el centro del bosque a respirar. 
		
He respirado al lado del mar fuego de luz. 
Lento respira el 
		mundo en mi respiración. 
		
En la noche respiro la noche de la noche. 
Respira el labio en 
		labio el aire enamorado. 
		
Boca puesta en la boca cerrada de secretos, 
respiro con la sabia 
		de los troncos talados, 
		
y, como roca voy respirando el silencio 
y, como las raíces 
		negras, respiro azul 
		
arriba en los ramajes de verdor rumoroso. 
Me he sentado a sentir 
		cómo pasa en el cauce 
		
sombrío de mis venas toda la luz del mundo. 
Y yo era un gran sol 
		de luz que respiraba. 
		
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho 
que inspira la luz y 
		espira la sombra, 
		
que recibe el día y desprende la noche, 
que inspira la vida y 
		espira la muerte. 
		
Inspirar, espirar, respirar: la fusión 
de contrarios, el círculo 
		de perfecta consciencia. 
		
Ebriedad de sentirse invadido por algo 
sin color ni sustancia, y 
		verse derrotado, 
		
en un mundo visible, por esencia invisible. 
Me he sentado en el 
		centro del bosque a respirar. 
		
Me he sentado en el centro del mundo a respirar. 
Dormía sin 
		soñar, mas soñaba profundo 
		
y, al despertar, mis labios musitaban despacio 
en la luz del 
		aroma: "Aquel que lo conoce 
		
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido".
4.

Cita con una muchacha sueca entre el Sena y los Campos Elíseos

Mis ojos eran dos nostálgicas panteras.
¿Cómo era aquella luz que 
		endiosaba mis horas?
Agria luz esmeralda del Ganjes y del Nilo.
La 
		luz de las manzanas salpicadas de lluvia.
La luz que hay en las 
		puertas con picaportes de oro.
La luz que hay en los párpados de las 
		águilas muertas.
Yo esperaba tus ojos con ojeras violáceas

		mientras callaban todas las fuentes y en el cielo
mastines de 
		azabache olfateaban las nubes.
(Qué festín el del cielo, qué gran 
		fruto podrido)
Escuchando la lluvia que cesaba en los techos
de 
		cinc, con los cabellos mojados, olorosos
aún por los pinares del 
		Grand Bois de Boulogne,
-las manos escocidas de remar en el lago-

		esperando en el pórtico umbroso del museo,
con los pies en la 
		alfombra llena de vino y faunos,
quieto entre las columnas, pálido, 
		distraído
por el gas enfermizo de aquel primer farol,
y por los 
		carruajes, fúnebre y aristócrata
como un poeta inglés de la Romantic 
		Revolt,
pensando en los abetos de tu país al alba,
sonriendo 
		tristemente por no llorar tu ausencia,
cercando con mis dientes tu 
		nombre -Kerstin, Kerstin-
mis ojos como dos nostálgicas panteras

		esperaban tus ojos entre los matorrales.
5.

Córdoba arde eternamente sobre un río de fuego

En este edificio que había sido mansión romana y palacio árabe, 
		
                                           
		luego se estableció la Inquisición desde 1490 hasta 1821.
                                                                                                         
		(De una Guía de la ciudad.)

Viendo la muchedumbre de papeles 
		y libros sediciosos
que nos vienen de Francia, convendría que todos

		fuesen quemados. Y otro tanto se haga
con los que hablan de 
		gramática, retórica o dialéctica(
o cuantos nos contagien con esta 
		pestilencia)
Y en el nombre del Padre y del Hijo y del ESPÍRITU SANTO

		empezaron a arder los libros de la Ciencia,
a cegarse los arcos, a 
		abrirse en los muros
la sonrisa de acero de las verjas,
a razonar 
		desde la sinrazón,
a vivir desviviéndose.
Durante cuatro siglos 
		aquí tuvo su sede
la Santa Inquisición. (Acudimos al breve
remedio 
		a que, en conciencia, estamos obligados
15 para aplacar a nuestro 
		Señor, que está ofendido,
pues están estos reinos cercados de 
		enemigos)
Las soberbias estatuas de mármol sin cabeza
comenzaron a 
		cimentar los muros
de conventos y ermitas. Con un templo querían

		ocultar otro templo. No sabían que todo
espacio es sagrado cuando se 
		está pensando
en la Divinidad.
Durante cuatro siglos la vida fue 
		una historia
enterrada en el sueño de frescos y mosaicos.
Dejó el 
		agua de ser en los jardines agua
para pasar a ser agua bendita.

		Mas no podían contener los muros
la fiebre de la sangre, y en el aire

		el azahar arrastraba aún los besos
de los siglos pasados. (El justo 
		Dios discierne
la vida de los hombres haciendo a unos siervos
ya 
		otros Señores para que la licencia
y el mal obrar del siervo la 
		reprima el poder
de los que le dominan.)
Quisieron ir sembrando en 
		el verdor ceniza,
sepultar los aromas de la luz en las fosas,

		someter cada cosa a la monotonía
de la espada y el dogma,
pero 
		bajo la tierra había resonancias
de músicas, y cascos sobre los 
		empedrados,
provocación de rosas oscuras y jazmines,
labios que 
		musitaban en las diversas lenguas,
los rumores nocturnos de acequias 
		y de cedros.

		
(¡Oh virtuosa, magnífica guerra,
en ti las querellas volverse 
		debían!
Esforzábase el obispo -¡Dios qué bien lidiaba!-
dos moros 
		mató con lanza y cinco con espada.
¡Qué maldita canalla! ¡Perros 
		herejes, ministro
soy de la Inquisición Santa! Y hervía el aire

		infectado de negras oraciones,
fueron llenando todos los rincones de 
		cruces
y, desde entonces, el limoso curso
del río no ha cesado de 
		ir sobrecargado de lujuria.
Durante cuatro siglos aquí tuvo su sede

		la Santa Inquisición,
pero bajo las losas crecían los rosales
de 
		la verdad, se abrían paso los manantiales,
continuaba incesante el 
		abrazo
de los amantes muertos. (Señor, Señor,
corrigiendo hemos 
		ido. Tu obra,
la hemos fundamentado
sobre la autoridad, el 
		misterio, el milagro)
De pozos secos, de estanques cegados
por las 
		piedras asciende la tormenta
negra de los relinchos de miles de 
		caballos
y el sabio, indomable, como tormenta guarda
celoso en el 
		centro de su cerebro toda
la verdad recibida de la Naturaleza.

		Había cansinas músicas y rancias oraciones
derrotadas por cada 
		atardecer morado
y vaciaba el cielo sus estrellas mojadas
en la 
		yerba piadosa que no sabe de dogmas.
(Que los delitos son: el ser 
		judaizante o morisco,
el pecado de la fornicación, blasfemia,

		brujería, herejía y sean los castigos:
cárcel, confiscación o 
		sambenito,
reprimenda, galeras o destierro,
azote, suspensión, 
		despedida, hoguera...)
Uno a uno destrozan los frisos y cercenan

		las columnas rosadas, mas de ellas va saltando
la sangre como fuente 
		y en los muñones roídos
de cada capitel las zarzas siembran gozo
y 
		ocultan el pecar furtivo de los jóvenes.

		
Sueños de Oriente y sueños de Occidente
eran un solo sueño en los 
		jardines
de esta ciudad cuando llegó la Santa
Inquisición. (Los 
		leños, la bayeta,
cera amarilla, obra de tablado y cadalso,

		milicia y pintado de esfinges, las toquillas,
~ la cera y las largas 
		túnicas con sus cruces,
comida para el Santo Tribunal y Ministros...)

		Vendan los ojos, atan lentamente las manos
a argollas y maderos,

		pero la vida aúlla dentro de cada cárcel
como un enorme animal 
		herido.
Y esa incesante pira que alzan en las plazas,
va avivando 
		mil fuegos de libertad serena
en cada corazón de los humanos.

		(Tras el mucho penar lo sacan y lo arrojan
100 al suelo y le escupen, 
		le tiran de las barbas,
le dan mil bofetadas, lo llenan de 
		incontables
afrentas y denuestos. Gritan a voz en cuello:
¡Muera 
		el traidor a la patria!
In nomine Pater et Fili et Spiritu Santo...)

		¡Oh ignorancia, cuadrada locura española!
Hoy la ciudad arroja fuego 
		de sus pulmones,
se rebela en sus ruinas contra los nuevos bárbaros,

		ve arder jubiloso el mal sueño de ayer.
los huesos calcinados de sus 
		inquisidores.
6.

El camino cegado por el bosque

Créeme, no es piedad lo que siento por ti,
ahora que estoy lejos, 
		sino un recuerdo herido.
Por ti y por el camino cegado por el bosque

		que no pude seguir aquella noche joven,
perfumada y abierta como el 
		cuerpo de un pino.
No es piedad, sino una sensación de fracaso,
de 
		suave y entrañable dolor que nunca cesa.
Fuiste buena conmigo en mis 
		días de entonces:
me diste cuanto soy, este veneno dulce
que me 
		impulsa a luchar contra el mar, contra el tiempo
y contra el mismo 
		amor de los que bien me quieren.
No es piedad, aún te busco en la 
		noche perfecta,
deseoso, sediento de tus colores ácidos,
de tus 
		estrellas frías, de tus ramas y ríos
helados tras los cielos del más 
		hermoso invierno.
Te lo digo dolido y con los ojos húmedos,
aunque 
		la mente esté segura, serenada:
no te pude tener más cerca, pues mis 
		labios
llegaron a rozar tus nieves, tu horizonte.
No es piedad, 
		créeme; sólo sé que una tarde
avanzada, profunda, descendí de aquel 
		monte
puro y purificado como un fuego de junio.
Creí volver a ti 
		definitivamente
y me encontré el camino cegado por el bosque.


		"Astrolabio" 1975 - 
		1979
7.

Envío

¿Recuerdas todavía el débil canto

		del ruiseñor perdido en la enramada?

		Viste temblar conmigo aquella noche

		la copa del ciprés.

                                      
		Desmadejó

		el cielo hilos de luna por tu rostro.

		Pero después del pájaro y la luna

		se apagaron los astros.

                                               
		Vi pasar

		no sé qué brisa extraña por tu cuerpo.

		¿Recuerdas nuestras manos en el agua?

		¿Recuerdas el silencio sobre el campo

		y, como un dios sangrante, el nuevo día

		incendiando las torres, las palomas?
8.

Escalinata del palacio

Hace ya mucho tiempo que habito este palacio.
Duermo en la 
		escalinata, al pie de los cipreses.
Dicen que baña el sol de oro las 
		columnas,
las corazas color de tortuga, las flores.
Soy dueño de 
		un violín y de algunos harapos.
Cuento historias de muerte y todos me 
		abandonan.
Iglesias y palacios, los bosques, los poblados,
son 
		míos, los vacía mi música que inflama.
Salí del mar. Un hombre me 
		ahogó cuando era niño.
Mis ojos los comió un bello pez azul
y en 
		mis cuencas vacías habitan escorpiones.
Un día quise ahorcarme de un 
		espeso manzano.
Otro día ma até una víbora al cuello.
Pero tiempre 
		termino dormido entre las flores,
beodo entre las flores, ahogado por 
		la música
que desgrana el violín que tengo entre mis brazos.
Soy 
		como un ave extraña que aletea entre rosas.
Mi amigo es el rocío. Me 
		gusta echar al lago
diamantes, topacios, las cosas de los hombres.

		A veces, mientras lloro, algún niño se acerca
y me besa en las 
		llagas, me roba el corazón.

		
De Truenos y flautas en un templo
9.

Fantasía

Fantasía y fuga en 
		Santillana del Mar


		Oigo como un rotundo 
		tronar de capiteles
¿Abrirá tras las lomas el mar grutas azules?

		Crece el musgo en las uñas de los leones de piedra.
Las ballestas 
		apuntan al vientre de los niños.
El pueblo es un gran árbol de piedra 
		retorcida
y la lluvia no cesa de suavizar su lomo.
En el aire un 
		aroma enfermo de eucaliptos.
Guardaré todo el sueño de esta noche en 
		mi pecho
y volveré a pensar en las hortensias húmedas
del jardín, 
		en la hierba medieval de los claustros.
Monstruos de las arcadas, 
		abrid bien vuestros ojos
abultados, sabed que también yo soy duende

		y sé de sortilegios y de milagrerías.
Fresquísima es la boca de la 
		noche en las gárgolas.
Viene un ciervo de piedra a beber en la 
		fuente.
Huele su piel a azufre, a aire marino, a yedra.
Se yergue 
		suntuoso como un rosal, es ciego
y suenan sus pezuñas de plata en 
		cada losa.
Mil veces lo han herido de muerte por los bosques
y 
		otras tantas lo han visto desde las celosías
inclinar en la fuente su 
		cabeza sonámbula.
Qué angustia recordarme sin balcón en la noche,

		sin navío de piedra surcando las higueras,
el maíz primitivo, los 
		paganos cipreses.
Guardaré todo el sueño, la belleza en huida
y 
		seguirán las rosas de herrumbre tan lozanas
floreciendo en las verjas 
		como negros halcones.
Sí, volverá el milagro de la lluvia otra noche

		con el son enlutado, hondo, de la vihuela,
con las yeguas en celo 
		piafando en las cuadras,
con el bello ajimez prieto de ruiseñores.

		
Guardaré, maga amiga de sienes de violeta,
el sabor de tus labios 
		hechizados a muerte.
10.

Fe de vida

Esperar junto a este 
		mar (en el que nacieron las ideas)
sin ninguna idea. (Y así tenerlas 
		todas.)
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del 
		azahar, la noche de las orquídeas
en las calas olvidadas. 
		


		Sólo permanecer viendo 
		el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo 
		amarillo
arda y se limpie con los relámpagos
que llegarán saltando 
		de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no 
		siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de 
		aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como un remo perdido.

		O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado. 
		


		Ser como la hora de las 
		barcas en las noches de enero,
que se adormecen entre narcisos y 
		faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se 
		alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con 
		sus muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
O con 
		la luz de todos los azules.
Pero, sobre todo, dejadme con la luz 
		blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a 
		los días tensos, a las ideas como cuchillos. 
		


		Ser como olivo o 
		estanque.
Que alguien me tenga en su mano como a puñado de sal. 
		
O de luz. 


		Cerrar los ojos en el 
		silencio del aroma
para que el corazón –al fin- pueda ver.
Cerrar 
		los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el 
		silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las 
		puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de 
		junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.

		Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.
11.

Giacomo

Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, 

		en bohemia, el Conde de Waldstein


		Escuchadme, Señor, 
		tengo los miembros tristes. 
Con la Revolución Francesa van muriendo 

		mis escasos amigos. Miradme, he recorrido 
		
los países del mundo, las cárceles del mundo, 
los lechos, los 
		jardines, los mares, los conventos, 
		
y he visto que no aceptan mi buena voluntad. 
Fui abad entre los 
		muros de Roma y era hermoso 
		
ser soldado en las noches ardientes de Corfú. 
A veces, he sonado 
		un poco el violín 
		
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia 
con la música y arden 
		las islas y las cúpulas. 
		
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú  
he viajado en vano, 
		me persiguen los lobos 
		
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas 
detrás de mi 
		persona, de lenguas venenosas. 
		
Y yo sólo deseo salvar mi claridad, 
sonreír a la luz de cada 
		nuevo día, 
		
mostrar mi firme horror a todo lo que muere. 
Señor, aquí me 
		quedo en vuestra biblioteca, 
		
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces, 
sueño con 
		los serrallos azules de Estambul.
12.

Homenaje a Tiziano

He visto arder tus oros en los otoños de Murano,
en la cera aromada 
		de los cirios de invierno;
tu verde en madrugadas adriáticas
y en 
		los ciruelos de los jardines de Navagero;
tu azul en ciertas túnicas 
		y vidrios
y en los cielos enamorados
de nuestra adolescencia

		que nunca más veremos;
los ocres en los muros cancerosos
mordidos 
		por la sal, en las fachadas
de granjas y herrerías;
tu rojo en 
		cada teja de Venecia, en los clavos
de las Crucifixiones
o en los 
		labios con vino de los músicos;
un poco de violeta
en los ojos 
		maduros de las jóvenes;
tus negros
en las enredaderas funestas

		sobrecargadas de Muerte.
13.

La ciudad está muerta

La città è morta, è morta
                                                                     
		S. Quasimodo


		¿No tuviste bastante 
		con morir una vez
en la muerta ciudad, que vuelves otra vez
entre 
		sus cancerosos muros iluminados
a veces por verdores putrefactos?

		¿Quedan aún las brasas de los sueños
ardidos en lugares y en labios 
		que creiste
hermosos?
¿Te niegas a aceptar que aquí estuvo el amor

		imaginando pájaros, desenterrando ruinas?

		
Llueve, llueve, y la música es negra en estas calles
abarrotadas 
		de crucificados que andan,
de agonizantes que laboran,
de 
		insepultos cadáveres que aplauden y sonríen.
Acaso quede aún en este 
		espacio
de sueños destrozados, de sueños machacados,
otro loco que 
		aún sueñe y vaya repitiendo:
«Tenéis cerca la luz, está cerca la 
		luz».
Pero, ya como en tiempos, sólo un frío y vacío
silencio os 
		responde,
aunque siga festivo y ciego el ajetreo
de los muertos 
		perfectamente pulcros,
de los muertos perfectamente muertos.
Sólo 
		se oye la agria y metálica caída de otra noche
como una inmensa, 
		grues, negra chapa de acero.

		
"Astrolabio" 1975 - 1979
14.

La noche de los ruiseñores africanos

Cayó el alma en el pozo de la noche

		y desde abajo, desde lo más hondo,

		ve la luna de junio madurar

		en la brisa, que trae enloquecidos

		cantos de ruiseñores africanos.

		

		De "Jardín de Orfeo"
15.

La tarde es una lágrima

Te veo sentada frente 
		al horizonte
un cárdeno perfil de cicatrices,
el encinar herido 
		por heridas,
el tomillo que embriaga los sentidos
y una flauta que 
		suena interminable.
No volverá, no volverá, lo dice
la lágrima que 
		cae de tu ojo, el dolor
musical, luminoso de tus huesos.
Se 
		deshará tu brava cabellera;
se pudrirán tus manos
y el recuerdo 
		amoroso que contienen,
mas la lágrima de la tarde,
eterna durará 
		para negaros,
para negaros.

Versos y pensamientos de Antonio Colinas

4 citas
« Aquí, en estas riberas, / donde atisbé la luz »
Antonio Colinas · Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz...
« Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe / que en el norte de »
Antonio Colinas · Canto X
« Me he sentado en el centro del bosque a respirar. / He respirado al lado del mar fuego de luz. »
Antonio Colinas · Canto XXXV
« Mis ojos eran dos nostálgicas panteras. / ¿Cómo era aquella luz que »
Antonio Colinas · Cita con una muchacha sueca entre el Sena y los Campos Elíseos
Biblioteca poética

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