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Antonio Colinas · Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz...
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Colinas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Colinas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz por vez primera, dejo también el corazón. No pasará otra onda rumorosa del río, no quedará este chopo envuelto en fuego verde, no cantará otra vez el pájaro en su rama, sin que deje en el aire todo el amor que siento. Aquí, en estas riberas que llevan hasta el llano la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos. Aquí también las piedras relucen: piedras mínimas, miniadas piedras verdes que corroe el arroyo. Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol, crisol del soto oscuro cuando amanece lento. Qué fresca placidez, que lenta luz suave pasa entonces al ojo, que dulzura decanta el oro de la tarde en el cuerpo cansado. Hojas o llamas verdes por donde va la brisa, diminuto carmín, flor roja por el césped. Y, entre tanta hermosura, rebosa el río, corre, relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol, sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras. Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz por vez primera, miro arder todas las tardes las copas de los álamos, el perfil de los montes, cada piedra minúscula, enjoyada del río, del dios río que llena de frutos nuestros pechos. Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz por vez primera, dejo también el corazón.
Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe que en el norte de Hispania alguien manda grabar en piedra un verso suyo esperando la muerte. Este es un legionario que, en un alba nevada, ve alzarse un sol de hierro entre los encinares. Sopla un cierzo que apesta a carne corrompida, a cuerno requemado, a humeantes escorias de oro en las que escarban con sus lanzas los bárbaros, Un silencio más blanco que la nieve, el aliento helado de las bocas de los caballos muertos, caen sobre su esqueleto como petrificado. Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos montes a morir y qué inútil mi escudo y mi espada contra este amanecer de hogueras y de lobos. En la villa de Cumas un aroma de azahar madurará en la boca de una noche azulada y mis seres queridos pisarán ya la yerba segada o nadarán en playas con estrellas. Sueña el sur el soldado y, en el sur, el poeta sueña un sur más lejano; mas ambos sólo sueñan en brazos de la muerte la vida que soñaron. No quiero que me entierren bajo un cielo de lodo, que estas sierras tan hoscas calcinen mi memoria. Oh dioses, cómo odio la guerra mientras siento gotear en la nieve mi sangre enamorada. Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus ojos se clavan en los ojos de otro herido que escucha: Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio. De "Noche más allá de la noche"
Me he sentado en el centro del bosque a respirar. He respirado al lado del mar fuego de luz. Lento respira el mundo en mi respiración. En la noche respiro la noche de la noche. Respira el labio en labio el aire enamorado. Boca puesta en la boca cerrada de secretos, respiro con la sabia de los troncos talados, y, como roca voy respirando el silencio y, como las raíces negras, respiro azul arriba en los ramajes de verdor rumoroso. Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce sombrío de mis venas toda la luz del mundo. Y yo era un gran sol de luz que respiraba. Pulmón el firmamento contenido en mi pecho que inspira la luz y espira la sombra, que recibe el día y desprende la noche, que inspira la vida y espira la muerte. Inspirar, espirar, respirar: la fusión de contrarios, el círculo de perfecta consciencia. Ebriedad de sentirse invadido por algo sin color ni sustancia, y verse derrotado, en un mundo visible, por esencia invisible. Me he sentado en el centro del bosque a respirar. Me he sentado en el centro del mundo a respirar. Dormía sin soñar, mas soñaba profundo y, al despertar, mis labios musitaban despacio en la luz del aroma: "Aquel que lo conoce se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido".
Mis ojos eran dos nostálgicas panteras. ¿Cómo era aquella luz que endiosaba mis horas? Agria luz esmeralda del Ganjes y del Nilo. La luz de las manzanas salpicadas de lluvia. La luz que hay en las puertas con picaportes de oro. La luz que hay en los párpados de las águilas muertas. Yo esperaba tus ojos con ojeras violáceas mientras callaban todas las fuentes y en el cielo mastines de azabache olfateaban las nubes. (Qué festín el del cielo, qué gran fruto podrido) Escuchando la lluvia que cesaba en los techos de cinc, con los cabellos mojados, olorosos aún por los pinares del Grand Bois de Boulogne, -las manos escocidas de remar en el lago- esperando en el pórtico umbroso del museo, con los pies en la alfombra llena de vino y faunos, quieto entre las columnas, pálido, distraído por el gas enfermizo de aquel primer farol, y por los carruajes, fúnebre y aristócrata como un poeta inglés de la Romantic Revolt, pensando en los abetos de tu país al alba, sonriendo tristemente por no llorar tu ausencia, cercando con mis dientes tu nombre -Kerstin, Kerstin- mis ojos como dos nostálgicas panteras esperaban tus ojos entre los matorrales.
En este edificio que había sido mansión romana y palacio árabe,
luego se estableció la Inquisición desde 1490 hasta 1821.
(De una Guía de la ciudad.)
Viendo la muchedumbre de papeles
y libros sediciosos
que nos vienen de Francia, convendría que todos
fuesen quemados. Y otro tanto se haga
con los que hablan de
gramática, retórica o dialéctica(
o cuantos nos contagien con esta
pestilencia)
Y en el nombre del Padre y del Hijo y del ESPÍRITU SANTO
empezaron a arder los libros de la Ciencia,
a cegarse los arcos, a
abrirse en los muros
la sonrisa de acero de las verjas,
a razonar
desde la sinrazón,
a vivir desviviéndose.
Durante cuatro siglos
aquí tuvo su sede
la Santa Inquisición. (Acudimos al breve
remedio
a que, en conciencia, estamos obligados
15 para aplacar a nuestro
Señor, que está ofendido,
pues están estos reinos cercados de
enemigos)
Las soberbias estatuas de mármol sin cabeza
comenzaron a
cimentar los muros
de conventos y ermitas. Con un templo querían
ocultar otro templo. No sabían que todo
espacio es sagrado cuando se
está pensando
en la Divinidad.
Durante cuatro siglos la vida fue
una historia
enterrada en el sueño de frescos y mosaicos.
Dejó el
agua de ser en los jardines agua
para pasar a ser agua bendita.
Mas no podían contener los muros
la fiebre de la sangre, y en el aire
el azahar arrastraba aún los besos
de los siglos pasados. (El justo
Dios discierne
la vida de los hombres haciendo a unos siervos
ya
otros Señores para que la licencia
y el mal obrar del siervo la
reprima el poder
de los que le dominan.)
Quisieron ir sembrando en
el verdor ceniza,
sepultar los aromas de la luz en las fosas,
someter cada cosa a la monotonía
de la espada y el dogma,
pero
bajo la tierra había resonancias
de músicas, y cascos sobre los
empedrados,
provocación de rosas oscuras y jazmines,
labios que
musitaban en las diversas lenguas,
los rumores nocturnos de acequias
y de cedros.
(¡Oh virtuosa, magnífica guerra,
en ti las querellas volverse
debían!
Esforzábase el obispo -¡Dios qué bien lidiaba!-
dos moros
mató con lanza y cinco con espada.
¡Qué maldita canalla! ¡Perros
herejes, ministro
soy de la Inquisición Santa! Y hervía el aire
infectado de negras oraciones,
fueron llenando todos los rincones de
cruces
y, desde entonces, el limoso curso
del río no ha cesado de
ir sobrecargado de lujuria.
Durante cuatro siglos aquí tuvo su sede
la Santa Inquisición,
pero bajo las losas crecían los rosales
de
la verdad, se abrían paso los manantiales,
continuaba incesante el
abrazo
de los amantes muertos. (Señor, Señor,
corrigiendo hemos
ido. Tu obra,
la hemos fundamentado
sobre la autoridad, el
misterio, el milagro)
De pozos secos, de estanques cegados
por las
piedras asciende la tormenta
negra de los relinchos de miles de
caballos
y el sabio, indomable, como tormenta guarda
celoso en el
centro de su cerebro toda
la verdad recibida de la Naturaleza.
Había cansinas músicas y rancias oraciones
derrotadas por cada
atardecer morado
y vaciaba el cielo sus estrellas mojadas
en la
yerba piadosa que no sabe de dogmas.
(Que los delitos son: el ser
judaizante o morisco,
el pecado de la fornicación, blasfemia,
brujería, herejía y sean los castigos:
cárcel, confiscación o
sambenito,
reprimenda, galeras o destierro,
azote, suspensión,
despedida, hoguera...)
Uno a uno destrozan los frisos y cercenan
las columnas rosadas, mas de ellas va saltando
la sangre como fuente
y en los muñones roídos
de cada capitel las zarzas siembran gozo
y
ocultan el pecar furtivo de los jóvenes.
Sueños de Oriente y sueños de Occidente
eran un solo sueño en los
jardines
de esta ciudad cuando llegó la Santa
Inquisición. (Los
leños, la bayeta,
cera amarilla, obra de tablado y cadalso,
milicia y pintado de esfinges, las toquillas,
~ la cera y las largas
túnicas con sus cruces,
comida para el Santo Tribunal y Ministros...)
Vendan los ojos, atan lentamente las manos
a argollas y maderos,
pero la vida aúlla dentro de cada cárcel
como un enorme animal
herido.
Y esa incesante pira que alzan en las plazas,
va avivando
mil fuegos de libertad serena
en cada corazón de los humanos.
(Tras el mucho penar lo sacan y lo arrojan
100 al suelo y le escupen,
le tiran de las barbas,
le dan mil bofetadas, lo llenan de
incontables
afrentas y denuestos. Gritan a voz en cuello:
¡Muera
el traidor a la patria!
In nomine Pater et Fili et Spiritu Santo...)
¡Oh ignorancia, cuadrada locura española!
Hoy la ciudad arroja fuego
de sus pulmones,
se rebela en sus ruinas contra los nuevos bárbaros,
ve arder jubiloso el mal sueño de ayer.
los huesos calcinados de sus
inquisidores.
Créeme, no es piedad lo que siento por ti, ahora que estoy lejos, sino un recuerdo herido. Por ti y por el camino cegado por el bosque que no pude seguir aquella noche joven, perfumada y abierta como el cuerpo de un pino. No es piedad, sino una sensación de fracaso, de suave y entrañable dolor que nunca cesa. Fuiste buena conmigo en mis días de entonces: me diste cuanto soy, este veneno dulce que me impulsa a luchar contra el mar, contra el tiempo y contra el mismo amor de los que bien me quieren. No es piedad, aún te busco en la noche perfecta, deseoso, sediento de tus colores ácidos, de tus estrellas frías, de tus ramas y ríos helados tras los cielos del más hermoso invierno. Te lo digo dolido y con los ojos húmedos, aunque la mente esté segura, serenada: no te pude tener más cerca, pues mis labios llegaron a rozar tus nieves, tu horizonte. No es piedad, créeme; sólo sé que una tarde avanzada, profunda, descendí de aquel monte puro y purificado como un fuego de junio. Creí volver a ti definitivamente y me encontré el camino cegado por el bosque. "Astrolabio" 1975 - 1979
¿Recuerdas todavía el débil canto
del ruiseñor perdido en la enramada?
Viste temblar conmigo aquella noche
la copa del ciprés.
Desmadejó
el cielo hilos de luna por tu rostro.
Pero después del pájaro y la luna
se apagaron los astros.
Vi pasar
no sé qué brisa extraña por tu cuerpo.
¿Recuerdas nuestras manos en el agua?
¿Recuerdas el silencio sobre el campo
y, como un dios sangrante, el nuevo día
incendiando las torres, las palomas?
Hace ya mucho tiempo que habito este palacio. Duermo en la escalinata, al pie de los cipreses. Dicen que baña el sol de oro las columnas, las corazas color de tortuga, las flores. Soy dueño de un violín y de algunos harapos. Cuento historias de muerte y todos me abandonan. Iglesias y palacios, los bosques, los poblados, son míos, los vacía mi música que inflama. Salí del mar. Un hombre me ahogó cuando era niño. Mis ojos los comió un bello pez azul y en mis cuencas vacías habitan escorpiones. Un día quise ahorcarme de un espeso manzano. Otro día ma até una víbora al cuello. Pero tiempre termino dormido entre las flores, beodo entre las flores, ahogado por la música que desgrana el violín que tengo entre mis brazos. Soy como un ave extraña que aletea entre rosas. Mi amigo es el rocío. Me gusta echar al lago diamantes, topacios, las cosas de los hombres. A veces, mientras lloro, algún niño se acerca y me besa en las llagas, me roba el corazón. De Truenos y flautas en un templo
Fantasía y fuga en Santillana del Mar Oigo como un rotundo tronar de capiteles ¿Abrirá tras las lomas el mar grutas azules? Crece el musgo en las uñas de los leones de piedra. Las ballestas apuntan al vientre de los niños. El pueblo es un gran árbol de piedra retorcida y la lluvia no cesa de suavizar su lomo. En el aire un aroma enfermo de eucaliptos. Guardaré todo el sueño de esta noche en mi pecho y volveré a pensar en las hortensias húmedas del jardín, en la hierba medieval de los claustros. Monstruos de las arcadas, abrid bien vuestros ojos abultados, sabed que también yo soy duende y sé de sortilegios y de milagrerías. Fresquísima es la boca de la noche en las gárgolas. Viene un ciervo de piedra a beber en la fuente. Huele su piel a azufre, a aire marino, a yedra. Se yergue suntuoso como un rosal, es ciego y suenan sus pezuñas de plata en cada losa. Mil veces lo han herido de muerte por los bosques y otras tantas lo han visto desde las celosías inclinar en la fuente su cabeza sonámbula. Qué angustia recordarme sin balcón en la noche, sin navío de piedra surcando las higueras, el maíz primitivo, los paganos cipreses. Guardaré todo el sueño, la belleza en huida y seguirán las rosas de herrumbre tan lozanas floreciendo en las verjas como negros halcones. Sí, volverá el milagro de la lluvia otra noche con el son enlutado, hondo, de la vihuela, con las yeguas en celo piafando en las cuadras, con el bello ajimez prieto de ruiseñores. Guardaré, maga amiga de sienes de violeta, el sabor de tus labios hechizados a muerte.
Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas) sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas.) Ser sólo la brisa en la copa del pino grande, el aroma del azahar, la noche de las orquídeas en las calas olvidadas. Sólo permanecer viendo el ave que pasa y no regresa; quedar esperando a que el cielo amarillo arda y se limpie con los relámpagos que llegarán saltando de una isla a otra isla. O contemplar la nube blanca que, no siendo nada, parece ser feliz. Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá, sobre las olas que pasan, como un remo perdido. O seguir, como los delfines, la dirección de un tiempo sentenciado. Ser como la hora de las barcas en las noches de enero, que se adormecen entre narcisos y faros. Dejadme, no con la luz del conocimiento (que nació y se alzó de este mar), sino simplemente con la luz de este mar. O con sus muchas luces: las de oro encendido y las de frío verdor. O con la luz de todos los azules. Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca, que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos, a los días tensos, a las ideas como cuchillos. Ser como olivo o estanque. Que alguien me tenga en su mano como a puñado de sal. O de luz. Cerrar los ojos en el silencio del aroma para que el corazón –al fin- pueda ver. Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí. Dejadme compartiendo el silencio y la soledad de los porches, la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme con el plenilunio de los ruiseñores de junio, que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes. Dejadme con la libertad que se pierde en los labios de una mujer.
Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en bohemia, el Conde de Waldstein Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes. Con la Revolución Francesa van muriendo mis escasos amigos. Miradme, he recorrido los países del mundo, las cárceles del mundo, los lechos, los jardines, los mares, los conventos, y he visto que no aceptan mi buena voluntad. Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso ser soldado en las noches ardientes de Corfú. A veces, he sonado un poco el violín y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia con la música y arden las islas y las cúpulas. Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú he viajado en vano, me persiguen los lobos del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas detrás de mi persona, de lenguas venenosas. Y yo sólo deseo salvar mi claridad, sonreír a la luz de cada nuevo día, mostrar mi firme horror a todo lo que muere. Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca, traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces, sueño con los serrallos azules de Estambul.
He visto arder tus oros en los otoños de Murano, en la cera aromada de los cirios de invierno; tu verde en madrugadas adriáticas y en los ciruelos de los jardines de Navagero; tu azul en ciertas túnicas y vidrios y en los cielos enamorados de nuestra adolescencia que nunca más veremos; los ocres en los muros cancerosos mordidos por la sal, en las fachadas de granjas y herrerías; tu rojo en cada teja de Venecia, en los clavos de las Crucifixiones o en los labios con vino de los músicos; un poco de violeta en los ojos maduros de las jóvenes; tus negros en las enredaderas funestas sobrecargadas de Muerte.
La città è morta, è morta
S. Quasimodo
¿No tuviste bastante
con morir una vez
en la muerta ciudad, que vuelves otra vez
entre
sus cancerosos muros iluminados
a veces por verdores putrefactos?
¿Quedan aún las brasas de los sueños
ardidos en lugares y en labios
que creiste
hermosos?
¿Te niegas a aceptar que aquí estuvo el amor
imaginando pájaros, desenterrando ruinas?
Llueve, llueve, y la música es negra en estas calles
abarrotadas
de crucificados que andan,
de agonizantes que laboran,
de
insepultos cadáveres que aplauden y sonríen.
Acaso quede aún en este
espacio
de sueños destrozados, de sueños machacados,
otro loco que
aún sueñe y vaya repitiendo:
«Tenéis cerca la luz, está cerca la
luz».
Pero, ya como en tiempos, sólo un frío y vacío
silencio os
responde,
aunque siga festivo y ciego el ajetreo
de los muertos
perfectamente pulcros,
de los muertos perfectamente muertos.
Sólo
se oye la agria y metálica caída de otra noche
como una inmensa,
grues, negra chapa de acero.
"Astrolabio" 1975 - 1979
Cayó el alma en el pozo de la noche y desde abajo, desde lo más hondo, ve la luna de junio madurar en la brisa, que trae enloquecidos cantos de ruiseñores africanos. De "Jardín de Orfeo"
Te veo sentada frente al horizonte un cárdeno perfil de cicatrices, el encinar herido por heridas, el tomillo que embriaga los sentidos y una flauta que suena interminable. No volverá, no volverá, lo dice la lágrima que cae de tu ojo, el dolor musical, luminoso de tus huesos. Se deshará tu brava cabellera; se pudrirán tus manos y el recuerdo amoroso que contienen, mas la lágrima de la tarde, eterna durará para negaros, para negaros.
« Aquí, en estas riberas, / donde atisbé la luz »
« Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe / que en el norte de »
« Me he sentado en el centro del bosque a respirar. / He respirado al lado del mar fuego de luz. »
« Mis ojos eran dos nostálgicas panteras. / ¿Cómo era aquella luz que »
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