« Es el pagaros gloria tan subida / que cuanto más os pago, más os debo. »
Antonio Carvajal · A ti, siempre alegría
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Carvajal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Antonio Carvajal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Es el pagaros gloria tan subida
que cuanto más os pago, más os debo.
A ti, siempre alegría
si jazmín amanezcas
o canario en la jaula
de mi ventana seas.
Pero más si tu cuerpo
en mi amor se concreta,
de una herencia
celeste
suavísimo albacea.
Mucho más cuando carne
de mi carne te entregas
y ante tus
labios pálidas
son todas las anémonas,
si luna, porque clara;
si mar, porque serena;
si vegetal, por ser
prisión para la
estrella.
Pues te debo alegría
y esperanza y certeza
y ser quien soy sin
ti
no puede ser sin mengua,
tómame por rehenes
de mi amorosa
deuda
y canario en la jaula
de tu ventana sea.
Y todavía, entonces,
¿cómo no te debiera
el alpiste y el agua
y la lechuga tierna?
Tenme como un jazmín
silvestre que, a tu
vera,
se nutra de suspiros,
mi amor, mientras sesteas.
veces el amor tiene caricias... A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero. Cierras los ojos. Das tu cuello entero a un peligroso filo de delicias. Otras veces se clava como aguja irisada de sedas en el raso del bastidor: raso del lento ocaso donde un cisne precoz se somorguja. En general, adopta una manera belicosa, de horcas y cuchillos, de lanza en ristre o de falcón en mano. Pero es lo más frecuente que te hiera con ojos tan serenos y sencillos como un arroyo fresco en el verano.
Una tristeza dulce y anterior al suspiro y las lágrimas, anterior al idilio de la tarde azul y el jacaranda, invade la memoria con su música, su brisa, su nostalgia: Es la tristeza de mirar el cielo cautivo entre las ramas.
Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato: desayuna. Te ofrezco mi corazón pequeño, y una vena fecunda que tu lengua de gato ha de lamer, ya claras las arrugas del ceño. Otra copita y basta: Amor mío, qué rato más feliz tu mordisco, como un nudo de sueño, Yo escalo las paredes, tú apacientas un hato, y yo balo en la sombra como cabra sin dueño. Para ti no es la sombra, para ti es sólo el día, mi Amor nunca tocado por un dedo de bruma, mi Amor nunca dejado por la indemne alegría. Te ofrezco un dedo rosa y unos labios de espuma, Amor mío; te ofrezco la lengua que tenía cuando dije tu nombre y era el eco una pluma. "Tigres en el jardín" 1968
Envuelto en seda y nardos, encajes y rubíes, vino el ángel del cielo a verme una mañana; yo encadenaba plumas de ensueño en mi ventana con un candor desnudo de lino y alhelíes. Su corte de querubes y jilgueros turquíes, cambiaba por mi leche, mi miel y mi manzana; el beso y la mejilla eran de nácar grana, de tibios surtidores y absortos colibríes. Se deslizó en mis venas como pez por el río y, al tiempo que en su torre daba el reloj la hora, mané sangre y luceros mezclados con rocío. Me cerró las heridas su boca que enamora y abrazando mi cuerpo transitado en su brío, me dijo: «Eres hermoso». y se fue con la aurora.
Como en la muchedumbre de los besos tantos pierden relieve -sólo el beso inicial y el postrero por los labios recibidos perduran-, estas flores que el año nuevo entrega: Con el blanco del almendro en su abrigo contra el norte, la voz del macasar, no su presencia; hoy, esta rosa. ¿La aguardabas? Huele como la adolescencia y sus deseos. Pero en medio se abrieron las cidonias, los ciruelos, manzanos y perales, tantos y tantos, rojos, rosas, blancos, y apenas los mirabas: Como el gozo de unos brazos constantes de certeza te acogieron, te acogen, y recuerdas sólo el primer calor, sólo la boca que te ha dicho, al partir esta mañana: "No vuelvas tarde". Pasas por los campos: Entre las hojas con su verde intenso, aún canta la blancura de los pétalos. Es la felicidad que da sus trinos, sus trémolos, su leve melodía, sobre un bajo continuo de sosiego, de paz, de vuelta al labio no sabido en la forma, en la flor que te formule.
Di, noche, amiga de los oprimidos, di, noche, hermana de los solidarios, ¿dónde dejaste al que ayer fue mi amigo, dónde dejaste al que ayer fue mi hermano? -Verde le dejo junto al mar tranquilo; joven le dejo junto al mar callado.
Un capricho celeste dispuso que velado de lágrimas quedara el nombre del amor; la alondra, que lo tuvo casi en sus iniciales, lo perdiera en el canto primero que hizo al sol; la raya temblorosa del horizonte, herida, repitiera la llaga que el eco le dejó; la lumbre de otros ojos amortecida, apenas para el silencio nido, para el sollozo flor. Si oscuro fue el capricho, y signo fue del cielo, voluble halló una pluma, rebelde un corazón: no sometió la sangre al llanto sus latidos y desveló el secreto con risas en la voz.
Como carne apretada a nuestros huesos nos envuelve el amor más solo y puro, que, apartados del mundo y su conjuro, vivimos un festín de fiebre y besos. Este recinto prieto, donde presos unánimes nos damos un seguro. este campo solar y nido oscuro abona en gracia vida y embelesos. Contagiados de mundo, sin embargo, lucha es la vida con caudal de grito, y a veces un sollozo y un letargo. Y es que el dolor destroza nuestro mito y el dulce amor nos sabe tan amargo como la sed de un páramo infinito.
Fosa común de pájaros y fuentes eran tus ojos en la tarde ardida. Había un brillo cruel de luz mordida en tus labios sin besos y en tus dientes. Ayer dos corazones coincidentes, hoy dos bordes sangrantes de una herida, mañana doble sombra de guarida de sierpes y de lobos impacientes. Tú, aquí; él, por ahí: Porque no es buena la vida, no: No es justa y no es sagrada para quien muerde el fruto de la ciencia. Esa ciencia que nace de la pena de no verse mirada en su mirada, pedir amor y recibir paciencia.
Así, rodado, crepitado, ungido, estarcido y flagrado, como derrama un niño cuenta y cuenta de vidrio en la sonora patena de la noche, te he entregado mi puño y mi tormenta y he nombrado como albacea la Aurora. Agujas y sedales han cosido mi lengua al paladar, donde tú abrías ya no sé qué navajas o alegrías, qué sigilo mortal, qué luz de olvido. No pido compasión; sangre te pido y músculos joyantes y agonías, devoradoras águilas, orgías y uñas escodadoras del sentido. Y vivir y cantar y la condena cumplir de nuestro amor y ver la cima del monte más temible destrozada por un súbito embate de carena, por una mano que la piedra oprima con el temblor sediento de la espada. "Serenata y navaja" 1973
dame la noche del desnudo... Dame, dame la noche del desnudo para hundir mi mejilla en ese valle, para que el corazón no salte, y calle: hazme entregado, reposado y mudo. Dame, dame la aurora, rompe el nudo con que ligué mis rosas a tu talle, para que el corazón salte y estalle: hazme violento, bullidor y rudo. Dame, dame la siesta de tu boca, dame la tarde de tu piel, tu pelo: sé lecho, sé volcán, sé desvarío. Que toda plenitud me sepa a poca, como a la estrella es poco todo el cielo, como la mar es poca para el río.
Deshojar un recuerdo se convierte en un trabajo lleno de rocío, como un campo de lirios y cerezos donde me vieras sin estar conmigo. Dócilmente te tiendes a mi lado, extiendes tu cabello, abres al lino interiores de concha y amaranto: el alba fija tus contornos tibios. Yo repaso el silencio suavemente, fluyen las horas, y en su claro signo ponemos un común astro de besos, y damos los recuerdos al olvido. Todo lo que anhelé, tú me lo has dado; todo lo que viví, por ti está vivo; lo que no fuiste tú, sombra es de un sueño y no esta flor quemándose en tu brillo. Tus alas puras lo tocaron todo Y aún vuelas en mi gesto pensativo. Oh, no levantes más recuerdos yertos. Déjame en ti gozosamente hundido.
Oigo tu voz muy remota: ¿Me llamas por la alameda al fondo, donde las hojas o fulgen de brisa o tiemblan? ¿O me llamas desde arriba, desde mi memoria, desde tu propio silencio, íntima delicia de conocerte? ¿Por qué me llamas, si sabes que me tienes, que nos somos, que después que me miraste desde tu voz te respondo?
Cuéntase de un zagal heroico antiguo tal singular hazaña: consiguió dominar preciadísimo caballo asustadizo de su sombra guiándolo hacia el sol; obtuvo, así, loa y acatamiento de los hombres. Pero mayor hazaña fue la tuya después que me miraste pues mi pasión e instinto condujiste a la luz de la vida y hoy me miro en el espejo de tus ojos puros dócil corcel de amor.
Duérmete ahora, sentimiento mío. Déjame en esta paz que me regalan la silenciosa habitación, las suaves luces, las tenues llamas. Ya sé que ayer fue dura la congoja y no sé cómo el corazón mañana soportará romper con estos lazos, con estas quietas brasas. Pero no me perturbes esta noche en que mi terca sangre se acompasa al fluir de otras vidas más serenas, al soplo de otra gracia. Y tú, indiscreto pensamiento mío pájaro equivocado de sus alas, duerme también y deja que la noche me abrigue, limpia, el alma. De "Miradas sobre el agua"
de sol Vente conmigo a esta caliente fosa, al hueco en que un arcángel nunca anida: es foso de leones o manida de sangre, no de pétalos de rosa. Aquí los huesos silban, y qué hermosa es su canción de besos y de herida. El relámpago apenas tiene vida en tanta huesa amante y cavernosa. Ay, ven conmigo. Duérmete a mi lado. El gusano no puede con el sueño, vino es la muerte de metal fundido. Tierra en la tierra ya, nuestro costado será un arpa que tañe el Sol -su dueño- para darle al Amor nuestro sonido. "Serenata y navaja" 1973
Nació bajo la luz de una tarde de estío.
Súbitamente herido,
por calles, por tranvías, por geranios, por trajes,
liquen de labios,
desplegó sus alas.
Rodó por archipiélagos de madreselva húmeda,
por vinos aromados y
miradas furtivas,
pero temió las cárdenas navajas
que al inocente
acechan.
Por la tronera trémula del pino
podían dispararse cerbatanas,
flechas extintas como espejos sucios.
...Súbitamente herido.
El amor busca plumas clandestinas,
rodando por los nombres de los
meses,
errando las ambiguas direcciones,
bares de moho, pensativas
lunas,
súbitamente herido.
Tenía grandes alas, como fuentes,
como cedros, crepúsculos,
alondras;
iba por avenidas y jardines
encorvado de piedras y
deseo...
Súbitamente herido.
Oh los deseos que en el tiempo
anidan,
que incuban sus estrellas, sus acíbares,
y sobre el campo
hostil dejan cristales,
nácar de empuñadura de navaja,
caparazones
de marfil, diademas
de sangre sexual. Buscaba plumas
clandestinas,
covachas, paraísos
terrenales, ocultos, donde el hombre
no acosa
como hiena, como hombre,
como sonrisa cómplice, ni escándalo.
¡Qué
escándalo de plumas! Centinelas
de la certera soledad prendían
hachones en la noche
por barrancos, colinas,
por cactos
polvorientos, por yacijas
donde el amor inventa su mínima aventura,
súbitamente herido.
El amor se
resiste a los acosos,
súbitamente herido,
tiene oídos nocturnos, grandes ojos.
súbitamente herido,
las alas cubren con temor su torso,
súbitamente herido,
y es feliz con sus plumas de abandono,
súbitamente herido.
Acacias, gritos, campanadas, sombras,
buzones, fechas, compasión,
sollozos:
para que su rumor no desvele a los bosques,
pasa el amor
con la noche en los hombros.
I Siempre vive, pervive, sobrevive y asciende, como un astro y sus luces, el deseo a los cielos, sin confundirse nunca con el cuerpo logrado, sin renunciar jamás al clamor de la sangre, a las yemas feroces donde mana una mano las nieves sin estrépito, boca que sigue el trazo de las aves más allá de la noche y su sospecha. Abierta noche insomne cuyos dientes tiñen la sangre de un rumor perplejo, tacto de mineral, cristal y lágrima que el mar bebiera y en la luz se cumple abrasadoramente, ardidamente por donde el tiempo yergue sus promesas. Siempre en silencio perseguido y dúctil, resbalando por montes de corales tranquilos, superviviente frágil que sobrenada el canto último en que los barcos naufragaron sin día, recubierto de arenas marchitas y de pétalos para perder los labios donde la luna insiste, resiste. Donde el hierro, carmín rozado, frente de otro pesar sin nubes se desliza convulso como serpiente muda que las sombras escruta abrasadoramente, nunca saciada, nunca consumada en el tacto, musgos frescos, saladas márgenes, sonorosas pulpas hendidas, siempre perseguidora inmune al sudor del estío, al frescor de unos ojos palpitantes de lábiles corpúsculos de aurora, nunca dormida, nunca cubierta por las alas mullidas del olvido. II La sangre, hierro convexo, pegajosa brasa sin renuncias, mana y no cubre, fluye y reclama vasos, céspedes hondos, cuellos por donde el aire resuena con cansancios de oboe henchido con el cuerpo que le negó la aurora, buscando el lecho estéril y la sombra baldía, fingiendo la planicie, la suave piel sin fechas, forma de fruto y pecho desnudo de latidos, y el pedernal lo gime. ¡Oh cosechas vencidas, oh simientes siempre más generosas que los ojos, más ofrecidas a las chispas súbitas que la lengua convulsa de mentiras, volved, volved al suelo, y la amapola cante en las primaveras de otros sueños, otro rumor de latidos acordes, un desvanecimiento de los labios ardidos, mordidos, mientras gime la serpiente en la pulpa borrascosa, sumida en su propio deseo, abrasadoramente, nunca saciada, nunca consumada en el tacto, perseguidora inmune al sudor del estío, mientras la sangre consta, mientras vuelve, revuélvese, se disuelve y desciende como liquen sin luces el sopor a los cuerpos, manteniéndolos siempre sobre el duro equilibrio de una luz prometida que nunca, nunca alcanzan, y una sombra perenne que los ata y los ciega! III No es el azul ni distante-ni irónico, ni en las puertas perplejas que entreabren una posible llama donde el jazmín crepite cuelgan los ramos tristes, las pupilas, la fría mueca por la que pierden su sollozo quienes nunca lograron confundirse en la noche, quienes nunca lograron que la niebla tiñera los jardines del deseo con otra luz que su rencor no hubiere, mientras en las orillas, por la nube primera, como frutos destronados por la estrella rival y melancólica, surten los barcos de enramadas velas, la proa hacia los reinos de la llama, inocente e inmune al cierzo muerto, al austro perseguidor de yeguas y leones, de corzos con la lengua estremecida por las hierbas recientes de rocío junto a la nieve y el azul que ríen. Porque se supo siempre que nos habita el hálito de un alma nunca nuestra, víctimas de los límites que las sombras imponen al cuerpo y al deseo. Porque siempre nos queda una duda en racimos de sed, una serpiente de lava que si aflora castigamos con dura resolución de niebla, siempre fingidos, nunca con resplandor de carne abrasadoramente entregada a los vientos que la muevan, fecunden de pájaros y abejas, la miel, el vuelo, el canto por el azul extenso, y nos llama la sombra, no la llama, no el río con su rumor frondoso, su luz y su clemencia, y el vano giro y la inventada roca que rueda y vuelve a su lugar nativo no los miramos como ser podrían, concreciones de piel, sed y silencio que como pulpa blanda entre los rígidos y amenazantes dedos de la noche promete siempre abrasadoramente la nueva floración, la sangre virgen negada por los ángeles hipócritas que cubren su torso con las capas del rencor y la envidia, nunca para dar paz, nunca para que el gozo de la piel amanezca sobre aquellas mejillas donde una vez pusimos la mirada y los labios, tan ardorosamente, tan gozosos, tan ebrios de un primer resplandor, de un desplegado astro en sus luces sobre el mar dormido. IV ¿De qué pútridas huellas se yergue este perplejo sinsabor de unos muros para la luz cansancio, para la sed derrota, calumnia del rocío? Desplegaba la tarde sus desdenes en el ocre frenético, en el cisma de un sol de labios húmedos, de un hondo respirar que el sueño oprime, y el invicto deseo golpeaba los vidrios de aquella luna, cima de la desolación, hierro concreto y linde donde el pájaro abate todo el candor de sus plumas hendidas, el despliegue inconstante de la rica, la grácil persecución de un pecho donde anidan espejos, simulacros de un vino que hace vivir las algas, las espumas rocosas donde el beso se extingue casi con claridad de esperanza o de culmen. Pero el muro no basta para torcer el curso de las alas, los labios, las yemas, los cansancios que fustiga la sangre y recorre el silencio como una desplegada resplandeciente copa. Beber y hundir los ojos, con las sienes golpeadas por núbiles enloquecidos potros, puentes hacia el extremo poniente sin rencores, allí donde nos consta, donde canta el deseo. V El deseo es un agua retenida en los ojos, resbalada en los labios que en la sombra sugieren lentas lunas amargas, fulguración y súplica y suplicio, dura omisión de resplandor silvestre, terrestre, con escamas como días, como fechas impuestas a los súbitos relámpagos insomnes, a la carne que sabe cierto el límite y el trémulo deshacerse en la luz que así la nutre, incorporarse a un borde sin semillas. El deseo es un agua que persigue álamos blancos, valles y riberas, un horizonte despejado y quieto, alma región luciente donde fluye una canción con labios que la dicen, nutritiva plegaria, cuerpo solo en que arder y vivir fueran la dicha, el gozo, el vuelo, el silbo, el aire, el sol.
Primer acorde. Alhambra Hacia las cumbres iba, hacia las verdes cumbres, su deseo. Allí aprendió que la melancolía, cuerpo lento del tiempo, cuerpo del agua frágil detenida en los vasos secretos, a conformar empieza la memoria. Lleno de suaves algas y de pétalos sumergidos, de platas indecisas y de leves luceros, allí esperó que la frescura nítida y los blandos oreos condujesen su sed, su amor, su dicha sin nombre hasta los cielos, las visiones perfectas, la precisa iniciación del vuelo y supo allí que la belleza efímera es de toda verdad fuente y espejo.
Dicen todos: Ellos son, ellos cantan, ellos miran la aurora de las acequias, el ruiseñor que origina tristezas de amor, extrañas y suaves melancolías. ¡Cuánta flor han deshojado, cuánta mirada cautiva, cuánto encaje de hilo limpio, cuánto beso sobre el día que como un pozo de brasas se enciende y los aniquila! ...no son ellos; ya no son más que tórtola en la encina, más que el agua del venero, más que la flor de alegría, más que una vara de nardos llameante a maravilla, el torso bello y desnudo, la boca que les destila ámbares, rosas, jazmines y una palabra no dicha, palabra sola que son, amor, amor... Y la brisa los lleva, blancos y puros, los lleva a las altas cimas, los lleva a las luces ebrias, hacia las estrellas fijas...
« Es el pagaros gloria tan subida / que cuanto más os pago, más os debo. »
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