Poesía Universal

Ángela Figuera Aymerich

Biografía y amplia selección de poemas de Ángela Figuera Aymerich. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Ángela Figuera Aymerich. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Ángela Figuera Aymerich

9 poemas seleccionados
1.

Belleza cruel

Dadme un espeso corazón de 
	barro,
dadme unos ojos de diamante enjuto,
boca de amianto, congeladas 
	venas,
duras espaldas que acaricie el aire.
Quiero dormir a gusto cada 
	noche.
Quiero cantar a estilo de jilguero.
Quiero vivir y amar sin que 
	me pese
ese saber y oír y darme cuenta;
este mirar a diario de hito en 
	hito
todo el revés atroz de la medalla.
Quiero reír al sol sin que me 
	asombre
que este existir de balde, sobreviva,
con tanta muerte suelta 
	por las calles.


	Quiero cruzar alegre entre 
	la gente
sin que me cause miedo la mirada
de los que labran tierra 
	golpe a golpe,
de los que roen tiempo palmo a palmo,
de los que llenan 
	pozos gota a gota.


	Porque es lo cierto que me 
	da vergüenza,
que se me para el pulso y la sonrisa
cuando contemplo el 
	rostro y el vestido
de tantos hombres con el mido al hombro,
de tantos 
	hombres con el hambre a cuestas,
de tantas frentes con la piel quemada

	por la escondida rabia de la sangre.


	Porque es lo cierto que me 
	asusta verme
las manos limpias persiguiendo a tontas
mis mariposas de 
	papel o versos.
Porque es lo cierto que empecé cantando 
	
para poner a salvo mis juguetes,
pero ahora estoy aquí mordiendo el 
	polvo,
y me confieso y pido a los que pasan
que me perdonen pronto 
	tantas cosas.


	Que me perdonen esta miel 
	tan dulce
sobre los labios, y el silencio noble
de mis almohadas, y mi 
	Dios tan fácil
y este llorar con arte y preceptiva
penas de quita y 
	pon prefabricadas.


	Que me 
	perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta 
	belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta 
	belleza cruel, tanta belleza.
2.

Bombardeo

Yo no iba sola entonces. 
	Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida 
	montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y apresura para 
	el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el 
	vuelo
de un ala sin plumón y con grillete:
casi cristal y casi sueño. 
	Tierna.


	Iba llena de gracia por los 
	días
desde la anunciación hasta la rosa.
Pero ellos no podían, ciego, 
	brutos,
respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.

	Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.


	Del más bello horizonte, 
	del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos 
	destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto 
	sorprendido
los ríos de la sangre.


	(...) Noches de sueño 
	incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y 
	los caballos
del miedo galopando en explosivos.


	Y la sangre con hambre que 
	se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.


	Y la desnuda soledad del 
	cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.


	Aquellas noches del pavor 
	sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me 
	llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de 
	la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos 
	llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que 
	procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar 
	con luces de esperanza
la curva de mi vientre.


	¡Con qué exaltada fuerza, 
	con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos 
	entonces!


	Yacíamos unidos, sin 
	lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. 
	Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado

	que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que 
	un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de 
	correr por los senderos
apenas presentidos.


	Y, en medio del olvido 
	refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, 
	alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, 
	sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones 
	avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en 
	torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin 
	refugio.


	Entonces tú, imperioso, 
	dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con 
	un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, 
	cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos 
	huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo 
	indestructible
para el hijo y la madre.


	Así, unidas las bocas, 
	trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y 
	de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...


	No. Nunca nos quisimos como 
	entonces.
3.

Cañaveral

Entre las cañas tendida;
sola y perdida en las cañas.

	
¿Quién me cerraba los ojos,
que, solos, se me cerraban?

¿Quién 
	me sorbía en los labios
zumo de miel sin palabras?

	
¿Quién me derribó y me tuvo
sola y perdida en las cañas?


	¿Quién me apuñaló con besos
el ave de la garganta?

	
¿Quién me estremeció los senos
con tacto de tierra y ascua?


	¿Qué toro embistió en el ruedo
de mi cintura cerrada?

	
¿Quién me esponjó las caderas
con levadura de ansias?

¿Qué 
	piedra de eternidad
me hincaron en las entrañas?

	
¿Quién me desató la sangre
que así se me derramaba?

...Aquella 
	tarde de Julio,
sola y perdida en las cañas.
4.

Colina

Ola cuajada en la piedra

	con espuma de romero,
hasta tu desnuda cima
me has levantado sin 
	vuelo.
Sobre tu lomo clavada
-mástil sin vela en el viento-
de un 
	horizonte redondo
soy matemático centro.
Ocres, amarillos, verdes,

	me enredan los pensamientos...
-pinos, tierra; tierra, pinos;
Duero, 
	chopos; chopos, Duero-.
El aire me hace sorber
tragos de frío 
	silencio.
El péndulo de la tarde
me bate lento en el pecho.
El 
	grito de un ave avanza,
hélice de agudo acero:
manos y boca me sangran

	sólo de intentar cogerlo.
5.

Cuando nace un hombre...

Cuando nace un hombre 
siempre es amanecer aunque en la alcoba 
	
la noche pinte negros cristales. 

Cuando nace un hombre 
hay 
	un olor a pan recién cocido 
	
por los pasillos de la casa; 
en las paredes, los paisajes 
huelen 
	a mar y a hierba fresca 
	
y los abuelos del retrato 
vuelven la cara y se sonríen.


	Cuando nace un hombre 
	
florecen rosas imprevistas 
en el jarrón de la consola 
y aquellos 
	pájaros bordados 
	
en los cojines de la sala 
silban y cantan como locos. 

Cuando 
	nace un hombre 
	
todos los muertos de su sangre 
llegan a verle y se comprueban 
en 
	el contorno de su boca. 
	

Cuando nace un hombre 
hay una estrella detenida 
al mismo 
	borde del tejado 
	
y en un lejano monte o risco 
brota un hilillo de agua nueva. 

	
Cuando nace un hombre 
todas las madres de este mundo 
sienten 
	calor en su regazo 
	
y hasta los labios de las vírgenes 
llega un sabor a miel y a beso. 
	

Cuando nace un hombre 
de los varones brotan chispas, 
los 
	viejos ponen ojos graves 
	
y los muchachos atestiguan 
el fuego alegre de sus venas. 


	Cuando nace un hombre 
	
todos tenemos un hermano.
6.

Culpa

Si un niño agoniza, poco a poco, en silencio,
con el vientre abombado y 
	la cara de greda.
Si un bello adolescente se suicida una noche
tan 
	sólo porque el alma le pesa demasiado.
Si una madre maldice soplando las 
	cenizas.
Si un soldado cansado se orina en una iglesia
a los pies de 
	una Virgen degollada, sin Hijo.
Si un sabio halla la fórmula que aniquile 
	de un golpe
dos millones de hombres del color elegido.

	
Si las hembras rehuyen el parir. Si los viejos
a hurtadillas codician 
	a los guapos muchachos.
Si los lobos consiguen mantenerse robustos

	consumiendo la sangre que la tierra no empapa.

	
Si la cárcel, si el miedo, si la tisis, si el hambre.
Es terrible, 
	terrible. Pero yo, ¿qué he de hacerle?
Yo no tengo la culpa. Ni tú, 
	amigo, tampoco.
Somos gente honrada. Hasta vamos a misa.
Trabajamos. 
	Dormimos. Y así vamos tirando.
Además, ya es sabido. Dios dispone las 
	cosas.

	
Y nos vamos al cine. O a tomar un tranvía.
7.

Destino

Vaso me hiciste, hermético 
	alfarero,
y diste a mi oquedad las dimensiones
que sirven a la 
	alquimia de la carne.
Vaso me hiciste, recipiente vivo
para la forma 
	un día diseñada
por el secreto ritmo de tus manos.


	«Hágase en mí», repuse. Y 
	te bendije
con labios obedientes al destino.


	¿Por qué, después, me robas 
	y defraudas?


	Libre el varón camina por 
	los días.
Sus recias piernas nunca soportaron
esa tremenda gravidez 
	del fruto.


	Liso y escueto entre ágiles 
	caderas
su vientre no conoce pesadumbre.


	Sólo un instante, furia y 
	goce, olvida
por mí su altiva soledad de macho;
libérase a sí mismo y 
	me encadena
al ritmo y servidumbre de la especie.


	Cuán hondamente exprimo, 
	laborando
con células y fibras, con mis órganos
más íntimos, vitales 
	dulcedumbres
de mi profundo ser, día tras día.


	Hácese el hijo en mí. ¿Y 
	han de llamarle
hijo del Hombre  cuando, fieramente,
con decisiva 
	urgencia me desgarra
para moverse vivo entre las cosas?
Mío es el hijo 
	en mí y en él me aumento.
Su corazón prosigue mi latido.
Saben a mí 
	sus lágrimas primeras.
su risa es aprendida de mis labios.
y esa 
	humedad caliente que lo envuelve
es la temperatura de mi entraña.


	¿Por qué, Señor, me lo 
	arrebatas luego?
¿Por qué me crece ajeno, desprendido,
como amputado 
	miembro, como rama
desconectada del nutricio tronco?


	En vano mi ternura lo 
	persigue
queriéndolo ablandar, disminuyéndolo.
Alto se yergue. duro se 
	condensa.
Su frente sobrepasa mi estatura,
y ese pulido azul de sus 
	pupilas
que en un rincón de mí cuajó su brillo
me mira desde lejos, 
	olvidando.


	Apenas sí las yemas de mis 
	dedos
aciertan a seguir por sus mejillas
aquella suave curva que, al 
	beberme,
formaba con la curva de mis senos
dulcísima tangencia.
8.

Durar

Yo pasaré y apenas habré 
	sido,
-frágil destino de mi pobre arcilla-.


	Hijo, cuando yo no exista,

	tú serás mi carne, viva.
Verso, cuando yo no hable,
tú, mi palabra 
	inextinta.
9.

El fruto redondo

Sí, también yo quisiera ser 
	palabra desnuda. 
Ser un ala sin plumas en un cielo sin aire. 
Ser un 
	oro sin peso, un soñar sin raíces, 
	
un sonido sin nadie... 
Pero mis versos nacen redondos como frutos, 
	
envueltos en la pulpa caliente de mi carne.

Versos y pensamientos de Ángela Figuera Aymerich

4 citas
« Dadme un espeso corazón de / barro, »
Ángela Figuera Aymerich · Belleza cruel
« Yo no iba sola entonces. / Iba llena »
Ángela Figuera Aymerich · Bombardeo
« Entre las cañas tendida; / sola y perdida en las cañas. »
Ángela Figuera Aymerich · Cañaveral
« Ola cuajada en la piedra / con espuma de romero, »
Ángela Figuera Aymerich · Colina
Biblioteca poética

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