Poesía Universal

Ángel González

Biografía y amplia selección de poemas de Ángel González. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Ángel González. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Ángel González

27 poemas seleccionados
1.

A mano amada

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y 
		convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de 
		una vida;

		
allí,
en la esquina más  negra del desamparo, donde
el 
		nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

		
los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
                                                                   
		otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y 
		con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,

		¡el olvido o la vida!,
                                          
		me reclaman.

Reconozco los rostros.
                                                
		No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que 
		me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                            
		la memoria.
2.

A

veces


	
		Escribir un poema se 
		parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña 
		también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que 
		manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les 
		levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago 
		lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba 
		muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él 
		disimulaba.
3.

Alga

quisiera ser, 
		alga enredada...


		Alga quisiera ser, alga 
		enredada,

		en lo más suave de tu pantorrilla.

		Soplo de brisa contra tu mejilla.

		Arena leve bajo tu pisada.

		

		Agua quisiera ser, agua salada

		cuando corres desnuda hacia la orilla.

		Sol recortando en sombra tu sencilla

		silueta virgen de recién bañada.

		

		Todo quisiera ser, indefinido,

		en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,

		gaviota, cielo, nave, vela, viento…

		

		Caracola que acercas a tu oído,

		para poder reunir, tímidamente,

		con el rumor del mar, mi sentimiento.
4.

Así

Así nunca volvió a ser


		Como llevaba trenza

		la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos 
		en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca 
		volveríamos.
Porque es casi imposible abandonar
aquel olor a 
		tierra de su cabello sucio,
sus ásperas rodillas todavía con polvo

		y con sangre de la última caída
y, sobre todo,
la nacarada nuca 
		donde se demoraban
unas gotas de luz cuando ya luz no había.
Allí 
		me dejó un día de verano
y jamás regresó
a recoger mi insomne 
		pensamiento
que desde entonces vaga por sus brazos
corrigiendo su 
		ruta, terco y contradictorio,
lo mismo que una hormiga que no sabe 
		salir
de la rama de un árbol en el que se ha perdido.
5.

Breves acotaciones para una biografía

Cuando tengas dinero 
		regálame un anillo,
      	
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca, 
cuando no 
		sepas qué hacer vente conmigo, 
		
pero luego no digas que no sabes lo que haces. 


		Haces haces de leña en 
		las mañanas 
		
y se te vuelven flores en los brazos. 
Yo te sostengo asida por 
		los pétalos, 
		
como te muevas te arrancaré el aroma. 


		Pero ya te lo dije: 

		cuando quieras marcharte ésta es la puerta: 
		
se llama Ángel y conduce al llanto.
6.

Bosque

Cruzas por el crepúsculo. 
El aire 
tienes que separarlo casi 
		con las manos 
		
de tan denso, de tan impenetrable. 
Andas. No dejan huellas 

		tus pies. Cientos de árboles 
		
contienen el aliento sobre tu 
cabeza. Un pájaro no sabe 
que 
		estás allí, y lanza su silbido 
		
largo al otro lado del paisaje. 
El mundo cambia de color: es 
		como el eco 
		
del mundo. Eco distante 
que tú estremeces, traspasando 
las 
		últimas fronteras de la tarde.
7.

Canciã“n

Canción de amiga


		Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.

		
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los 
		árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas 
		son destellos de hielo.

		
Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi 
		amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha 
		dejado de quererme.

		
No recuerdo un invierno tan frío como éste.
8.

Canción, glosa t cuestiones

Ese lugar 
		que tienes,
cielito lindo,
entre las piernas,
ese lugar tan 
		íntimo
y querido,
es un lugar común.

		
Por lo citado y por lo concurrido.

Al fin, nada me importa:

		me gusta en cualquier caso.

		
Pero hay algo que intriga.

¿Cómo
solar tan diminuto

		puede ser compartido
por una población tan numerosa?
¿Qué 
		estatutos regulan el prodigio?
9.

Capital de provincia

Ciudad de sucias tejas soleadas: 
casi eres realidad, apenas nido

		sólo un rumor, un humo desprendido,
de las praderas verdes y 
		asombradas.
Luego hay hombres de vidas apretadas
a tu destino 
		semiderruido
y muchachas que crecen entre el ruido
cual si 
		estuvieran entre amor sembradas.
A casi todas miro tiernamente,
y 
		los viejos alegran tus afueras
con sus traviesas cabelleras blancas.

		Yo estoy contento y, cariñosamente,
caballo gris me gustaría que 
		fueras
para darte palmadas en las ancas.
10.

Carta

sin despedida


		A veces,      
mi egoísmo 
me llena de 
		maldad, 
		
y te odio casi 
hasta hacerme daño 
a mí mismo: 
son los 
		celos, la envidia, 
		
el asco 
al hombre, mi semejante 
aborrecible, como yo 

		corrompido y sin
remedio, 
		
mi querido 
hermano y parigual en la 
desgracia. 


		A veces -o mejor dicho:
		
casi nunca-, 
te odio tanto que te veo 
distinta. 
Ni en 
		corazón ni en alma 
		
te pareces 
a la que amaba sólo 
hace un instante, 
y hasta 
		tu cuerpo cambia 
		
y es más bello 
-quizá por imposible 
y por lejano-.
Pero 
		el odio también me 
		
modifica 
a mí mismo, 
y cuando quiero darme 
cuenta 

		soy otro 
		
que no odia, que ama 
a esa desconocida cuyo 
nombre es el 
		tuyo, 
		
que lleva tu apellido, 
y tiene,
igual que tú, 
el cabello 
		largo. 
		
Cuando sonríes, 
yo te reconozco,
identifico tu perfil 

		primero, 
		
y vuelvo a verte, 
al fin, 
tal como eras, como 
sigues 

		siendo, 
		
como serás ya siempre, 
mientras te ame.
11.

¿Cómo seré...

¿Cómo seré 
		o
cuando no sea yo?
Cuando el tiempo
haya modificado mi 
		estructura,
y mi cuerpo sea otro,
otra mi sangre,
otros mis 
		ojos y otros mis cabellos.
Pensaré en ti, tal vez.
Seguramente,

		mis sucesivos cuerpos
-prolongándome, vivo, hacia la muerte-
se 
		pasarán de mano en mano
de corazón a corazón,
de carne a carne,

		el elemento misterioso
que determina mi tristeza
cuando te vas,

		que me impulsa a buscarte ciegamente,
que me lleva a tu lado
sin 
		remedio:
lo que la gente llama amor, en suma.

		
Y los ojos
-qué importa que no sean estos ojos-
te seguirán a 
		donde vayas, fieles.
12.

Crepúsculo, Albuquerque, invierno

No fue un sueño, 
lo vi: 

La nieve ardía.
13.

Cumpleaños

Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,

		disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, 
		deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un 
		año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi 
		cien veces por minuto!

		
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
14.

Danae

La tarde muere envuelta en su tristeza.
Paisaje tierno para 
		soñadoras
miradas de mujer, exploradoras
de su melancolía en la 
		belleza.

		
Danae apoya en sus manos la cabeza.
El ambiente que el sol último 
		dora
es una leve, dulce y turbadora
caricia que la oprime con 
		pereza.

		
Un pajarillo gris, desde una vana
rama, canta a la tarde lenta y 
		rosa.
Oro de sol entra por la ventana

		
y Danae, indiferente y ojerosa,
siente el alma transida de 
		desgana
y se deja, pensando en otra cosa.
15.

Deixis en fantasma

Aquello. 
No eso. 
		
Ni 
-mucho menos- esto. 
Aquello. 
Lo que está en el umbral 
		
de mi fortuna. 
Nunca llamado, nunca 
esperado siquiera; 

		sólo presencia que no ocupa espacio, 
		
sombra o luz fiel al borde de mí mismo 
que ni el viento 
		arrebata, ni la lluvia disuelve, 
		
ni el sol marchita, ni la noche apaga. 
Tenue cabo de brisa 

		que me ataba a la vida dulcemente. 
		
Aquello 
que quizá hubiese sido 
posible, 
que sería 
		posible todavía 
		
hoy o mañana si no fuese 
un sueño.
16.

Domingo

Domingo, flor de luz, 
		casi increíble
día. Bajas sobre la tierra
como un ángel inútil y 
		dorado.
Besas
a las muchachas
de turbia cabellera,
vistes de 
		azul marino
a los hombres que te aman, y dejas
en las manos del 
		niño
un aro de madera
o una simple esperanza. Repartes

		golondrinas, globos de primavera,
te subes a las torres
y giras 
		las veletas
oxidadas. Tu viento agita faldas
de colores, estremece 
		banderas,
lleva lejos canciones
y sonrisas, llena
las estancias 
		de polvo plateado.


		Los árboles esperan

		tu llegada
para cubrirse de gorriones. Sabe más fresca
el agua de 
		las fuentes.
Las campanas dispersan
palomas imprevistas
que 
		vuelan
de otro modo.
No hay nadie que no sepa
que es domingo,

		domingo.
Tu presencia
de espuma lava,
eleva,
hace flotar las 
		cosas y los seres
en un nítido cielo que no era
-el lunes- de 
		verdad:
apenas desteñido papel, vidrio olvidado,
polvo tedioso 
		sobre las aceras.
17.

El

derrotado


		Atrás quedaron los escombros:
humeantes pedazos de tu casa,

		veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se ceba -último buitre-

		el viento.

		
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado 
		porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria

		es ni será jamás la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu 
		corazón deshabitado.

		
Nunca -y es tan sencillo-
podrás abrir una cancela
y decir, 
		nada más: «buen día,
madre».
Aunque efectivamente el día sea 
		bueno,
haya trigo en las eras
y los árboles
extiendan hacia ti 
		sus fatigadas
ramas, ofreciéndote
frutos o sombra para que 
		descanses.
18.

Pero no será igual. Será otro día.

El día se ha ido


		Ahora andará por otras 
		tierras,  
		
llevando lejos luces y esperanzas,  
aventando bandadas de 
		pájaros remotos,  
		
y rumores, y voces, y campanas,  
-ruidoso perro que menea 
		la cola 
		
y ladra ante las puertas entornadas. 


		(Entretanto, la noche, 
		como un gato 
      	
sigiloso, entró por la ventana,  
vio unos restos de luz 
		pálida y fría, y 
		
se bebió la última taza.) 


		Sí;  

		definitivamente el día se ha ido.  
		
Mucho no se llevó (no trajo nada);  
sólo un poco de tiempo 
		entre los dientes,  
		
un menguado rebaño de luces fatigadas.  
Tampoco lo lloréis.  
		Puntual e inquieto,  
		
sin duda alguna, volverá mañana.  
Ahuyentará a ese gato 
		negro.  
		
Ladrará hasta sacarme de la cama. 


		Pero no será igual. 
		Será otro día. 
		


		Será otro perro de la 
		misma raza.
19.

Elegía

Elegía pura


		Aquí no pasa nada,

		salvo el tiempo:
irrepetible
música que resuena,
ya extinguida,

		en un corazón hueco, abandonado,
que alguien toma un momento,

		escucha
y tira.
20.

Elegido por aclamación

Sí, fue un malentendido.
                                
		Gritaron: ¡a las urnas!
y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego. 

		Era pundonoroso y mató mucho. 
		
Con pistolas, con rifles, con decretos. 
Cuando envainó la espada 
		dijo, dice: 
		
La democracia es lo perfecto. 
El público aplaudió. Sólo 
		callaron, 
		
impasibles, los muertos. 
El deseo popular será cumplido. 
A 
		partir de esta hora soy -silencio- 
		
el Jefe, si queréis. Los disconformes 
que levanten el dedo. 

		Inmóvil mayoría de cadáveres 
		
le dio el mando total del cementerio.
21.

Empleo de la nostalgia

Amo el campus

		universitario,
sin cabras,
con muchachas
que pax
pacem
en 
		latín,
que meriendan
pas pasa pan
con chocolate
en griego,

		que saben lenguas vivas
y se dejan besar
en el crepúsculo

		(también en las rodillas)
y usan
la cocacola como anticonceptivo.

		
                 
		Ah las flores marchitas de los libros de texto
finalizando el curso
                             
		deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín 
		del rectorado
                             
		por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
                             
		manchadas de bolígrafo y de tiza
el rostro ciego del poeta
                             
		transustanciándose en un olor agrio
                             
		a naranjas
Homero

                             
		o semen

                   
		Todo eso será un día
                   
		materia de recuerdo y de nostalgia.
                   
		Volverá, terca, la memoria
                   
		una vez y otra vez a estos parajes,
                   
		lo mismo que una abeja
                   
		da vueltas al perfume
                   
		de una flor ya arrancada:
     


		
			                   
			inútilmente.

                   
			Pero esa luz no se extinguirá nunca:
                   
			llamas que aún no consumen
...ningún presentimiento
puede 
			quebrar ]as risas
                   
			que iluminan
                   
			las rosas y ]os cuerpos
y cuando el llanto llegue
                   
			como un halo
los escombros
la descomposición
                   
			que los preserva entre las sombras
                   
			puros
no prevalecerán
serán más ruina
                    
			absortos en sí mismos
y sólo erguidos quedarán intactos

			todavía más brillantes
                     
			ignorantes de sí
esos gestos de amor...
                     
			sin ver más nada.
22.

En este instante, breve y duro instante...

En este 
		instante, breve y duro instante,
¡cuántas bocas de amor están unidas,

		cuántas vidas se cuelgan de otras vida
exhaustas en su entrega 
		palpitante!

		
Fugaz como el destello de un diamante,
¡qué de manos absurdamente 
		asidas
quieren cerrar las más leves salidas
a su huida perpetua e 
		incesante!

		
Lentos, aquí y allá, y adormecidos,
¡tantos labios elevan 
		espirales
de besos!... Sí, en este instante, ahora

		
que ya pasó, que ya lo hube perdido,
del cual conservo sólo los 
		cristales
rotos, primera ruina de la aurora.
(En este instante, 
		breve, y duro instante...)
23.

En

ti me quedo


		De vuelta de una gloria inexistente, 
		
después de haber avanzado un paso hacia ella,
retrocedo a 
		velocidad indecible,
alegre casi como quien dobla la esquina de la

		calle donde hay una reyerta,
llorando avergonzado como el adolescente

		hijo de viuda sexagenaria y pobre
expulsado de la escuela vespertina 
		en la que era becario.
Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,

		donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

		
La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me 
		apoyo.

		
La esperanza es el quicio de una puerta
de la casa que fue 
		desarraigada
de sus cimientos por los huracanes:
quicio-resquicio 
		por donde entro y salgo
cuando paso del nunca (me quisiste) al 
		todavía (te odio),
del tampoco (me escuchas) al también (yo me 
		callo),
del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

		
No importa, sin embargo.

Los aviones de propulsión a chorro 
		salvan rápidamente
la distancia que separa Tokio de Copenhague,

		pero con más rapidez todavía
me desplazo yo a un punto situado a diez 
		centímetros
de mí mismo,
de prisa, 
		
muy de prisa,
en un abrir y cerrar de ojos,
en sólo una 
		diezmilésima de segundo,
lo cual supone una velocidad media de 
		setenta kilómetros a la hora,
que me permite,
si mis cálculos son 
		correctos,
estar en este instante aquí,
después mucho más lejos,

		mañana en un lugar sito a casi mil millas,
dentro de una semana en 
		cualquier parte
de la esfera terrestre,
por alejada que os parezca 
		ahora.
Consciente de esa circunstancia,
en muchas ocasiones 
		emprendo largos viajes;
pero apenas me desplazo unos milímetros

		hacia los destinos más remotos,
la nostalgia me muerde las entrañas,

		y regreso a mi posición primera
alegre y triste a un tiempo
-como 
		dije al principio:
alegre,
porque sé que tú eres mi patria,

		amor mío;
y triste,
porque toda patria, para los que la amamos,

		- de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
tiene también 
		bastante de presidio.

		
Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus piernas y tus 
		brazos,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,

		doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de 
		ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,

		descansando en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios 
		rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si 
		cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra 
		como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el 
		mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
24.

Entonces

Entonces,
en los atardeceres de verano,
el viento
traía 
		desde el campo hasta mi calle
un inestable olor a establo

		
y a hierba susurrante como un río

que entraba con su canto y 
		con su aroma
en las riberas pálidas del sueño.

		
Ecos remotos,
sones desprendidos
de aquel rumor,
hilos de 
		una esperanza
poco a poco deshecha,
se apagan dulcemente en la 
		distancia:

		
ya ayer va susurrante como un río

llevando lo soñado aguas 
		abajo,
hacia la blanca orilla del olvido.
25.

Epílogo

Me arrepiento de tanta inútil queja,
                                                                       
		de tanta 
tentación improcedente.
Son las reglas del juego 
		inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo 
		inesperado o lo imposible
podría hacerme ll0rar:

		
una resurrección, ninguna muerte.
26.

Eso era amor

Le comenté: 
-Me 
		entusiasman tus ojos.
		
Y ella dijo: 
               -¿Te gustan solos o con 
		rimel? 
-Grandes,  
                    
		respondí sin dudar.
		
Y también sin dudar 
		
me los dejó en un plato y se fue a tientas.
27.

Esperanza

Esperanza, 
araña negra del atardecer. 
Tu paras 
		
no lejos de mi cuerpo 
abandonado, andas 
en torno a mí, 

		tejiendo, rápida, 
		
inconsistentes hilos invisibles, 
te acercas, obstinada, 
y me 
		acaricias casi con tu sombra 
		
pesada 
y leve a un tiempo. 
Agazapada 
bajo las piedras y 
		las horas, 
		
esperaste, paciente, la llegada 
de esta tarde 
en la que nada 
		
es ya posible... 
Mi corazón: 
tu nido. 
Muerde en él, 
		esperanza.

Versos y pensamientos de Ángel González

4 citas
« A mano amada, / cuando la noche impone su costumbre de insomnio »
Ángel González · A mano amada
« Escribir un poema se / parece a un orgasmo: »
Ángel González · A
« Alga quisiera ser, alga / enredada, »
Ángel González · Alga
« Así nunca volvió a ser / Como llevaba trenza »
Ángel González · Así
Biblioteca poética

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