« A mano amada, / cuando la noche impone su costumbre de insomnio »
Ángel González · A mano amada
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel González. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel González. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y
convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de
una vida;
allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el
nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y
con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.
Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.
Cierro los ojos para ver
y siento
que
me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.
veces Escribir un poema se parece a un orgasmo: mancha la tinta tanto como el semen, empreña también más en ocasiones. Tardes hay, sin embargo, en las que manoseo las palabras, muerdo sus senos y sus piernas ágiles, les levanto las faldas con mis dedos, las miro desde abajo, les hago lo de siempre y, pese a todo, ved: ¡no pasa nada! Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo: "Lo digo y no me corro". Pero él disimulaba.
quisiera ser, alga enredada... Alga quisiera ser, alga enredada, en lo más suave de tu pantorrilla. Soplo de brisa contra tu mejilla. Arena leve bajo tu pisada. Agua quisiera ser, agua salada cuando corres desnuda hacia la orilla. Sol recortando en sombra tu sencilla silueta virgen de recién bañada. Todo quisiera ser, indefinido, en torno a ti: paisaje, luz, ambiente, gaviota, cielo, nave, vela, viento… Caracola que acercas a tu oído, para poder reunir, tímidamente, con el rumor del mar, mi sentimiento.
Así nunca volvió a ser Como llevaba trenza la llamábamos trencita en la tarde del jueves. Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba a una extraña región de la que nunca volveríamos. Porque es casi imposible abandonar aquel olor a tierra de su cabello sucio, sus ásperas rodillas todavía con polvo y con sangre de la última caída y, sobre todo, la nacarada nuca donde se demoraban unas gotas de luz cuando ya luz no había. Allí me dejó un día de verano y jamás regresó a recoger mi insomne pensamiento que desde entonces vaga por sus brazos corrigiendo su ruta, terco y contradictorio, lo mismo que una hormiga que no sabe salir de la rama de un árbol en el que se ha perdido.
Cuando tengas dinero
regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no
sepas qué hacer vente conmigo,
pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en
las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por
los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije:
cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
se llama Ángel y conduce al llanto.
Cruzas por el crepúsculo. El aire tienes que separarlo casi con las manos de tan denso, de tan impenetrable. Andas. No dejan huellas tus pies. Cientos de árboles contienen el aliento sobre tu cabeza. Un pájaro no sabe que estás allí, y lanza su silbido largo al otro lado del paisaje. El mundo cambia de color: es como el eco del mundo. Eco distante que tú estremeces, traspasando las últimas fronteras de la tarde.
Canción de amiga Nadie recuerda un invierno tan frío como éste. Las calles de la ciudad son láminas de hielo. Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo. Las estrellas tan altas son destellos de hielo. Helado está también mi corazón, pero no fue en invierno. Mi amiga, mi dulce amiga, aquella que me amaba, me dice que ha dejado de quererme. No recuerdo un invierno tan frío como éste.
Ese lugar que tienes, cielito lindo, entre las piernas, ese lugar tan íntimo y querido, es un lugar común. Por lo citado y por lo concurrido. Al fin, nada me importa: me gusta en cualquier caso. Pero hay algo que intriga. ¿Cómo solar tan diminuto puede ser compartido por una población tan numerosa? ¿Qué estatutos regulan el prodigio?
Ciudad de sucias tejas soleadas: casi eres realidad, apenas nido sólo un rumor, un humo desprendido, de las praderas verdes y asombradas. Luego hay hombres de vidas apretadas a tu destino semiderruido y muchachas que crecen entre el ruido cual si estuvieran entre amor sembradas. A casi todas miro tiernamente, y los viejos alegran tus afueras con sus traviesas cabelleras blancas. Yo estoy contento y, cariñosamente, caballo gris me gustaría que fueras para darte palmadas en las ancas.
sin despedida A veces, mi egoísmo me llena de maldad, y te odio casi hasta hacerme daño a mí mismo: son los celos, la envidia, el asco al hombre, mi semejante aborrecible, como yo corrompido y sin remedio, mi querido hermano y parigual en la desgracia. A veces -o mejor dicho: casi nunca-, te odio tanto que te veo distinta. Ni en corazón ni en alma te pareces a la que amaba sólo hace un instante, y hasta tu cuerpo cambia y es más bello -quizá por imposible y por lejano-. Pero el odio también me modifica a mí mismo, y cuando quiero darme cuenta soy otro que no odia, que ama a esa desconocida cuyo nombre es el tuyo, que lleva tu apellido, y tiene, igual que tú, el cabello largo. Cuando sonríes, yo te reconozco, identifico tu perfil primero, y vuelvo a verte, al fin, tal como eras, como sigues siendo, como serás ya siempre, mientras te ame.
¿Cómo seré o cuando no sea yo? Cuando el tiempo haya modificado mi estructura, y mi cuerpo sea otro, otra mi sangre, otros mis ojos y otros mis cabellos. Pensaré en ti, tal vez. Seguramente, mis sucesivos cuerpos -prolongándome, vivo, hacia la muerte- se pasarán de mano en mano de corazón a corazón, de carne a carne, el elemento misterioso que determina mi tristeza cuando te vas, que me impulsa a buscarte ciegamente, que me lleva a tu lado sin remedio: lo que la gente llama amor, en suma. Y los ojos -qué importa que no sean estos ojos- te seguirán a donde vayas, fieles.
No fue un sueño, lo vi: La nieve ardía.
Yo lo noto: cómo me voy volviendo menos cierto, confuso, disolviéndome en el aire cotidiano, burdo jirón de mí, deshilachado y roto por los puños Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi cien veces por minuto! Para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho.
La tarde muere envuelta en su tristeza. Paisaje tierno para soñadoras miradas de mujer, exploradoras de su melancolía en la belleza. Danae apoya en sus manos la cabeza. El ambiente que el sol último dora es una leve, dulce y turbadora caricia que la oprime con pereza. Un pajarillo gris, desde una vana rama, canta a la tarde lenta y rosa. Oro de sol entra por la ventana y Danae, indiferente y ojerosa, siente el alma transida de desgana y se deja, pensando en otra cosa.
Aquello. No eso. Ni -mucho menos- esto. Aquello. Lo que está en el umbral de mi fortuna. Nunca llamado, nunca esperado siquiera; sólo presencia que no ocupa espacio, sombra o luz fiel al borde de mí mismo que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve, ni el sol marchita, ni la noche apaga. Tenue cabo de brisa que me ataba a la vida dulcemente. Aquello que quizá hubiese sido posible, que sería posible todavía hoy o mañana si no fuese un sueño.
Domingo, flor de luz, casi increíble día. Bajas sobre la tierra como un ángel inútil y dorado. Besas a las muchachas de turbia cabellera, vistes de azul marino a los hombres que te aman, y dejas en las manos del niño un aro de madera o una simple esperanza. Repartes golondrinas, globos de primavera, te subes a las torres y giras las veletas oxidadas. Tu viento agita faldas de colores, estremece banderas, lleva lejos canciones y sonrisas, llena las estancias de polvo plateado. Los árboles esperan tu llegada para cubrirse de gorriones. Sabe más fresca el agua de las fuentes. Las campanas dispersan palomas imprevistas que vuelan de otro modo. No hay nadie que no sepa que es domingo, domingo. Tu presencia de espuma lava, eleva, hace flotar las cosas y los seres en un nítido cielo que no era -el lunes- de verdad: apenas desteñido papel, vidrio olvidado, polvo tedioso sobre las aceras.
derrotado Atrás quedaron los escombros: humeantes pedazos de tu casa, veranos incendiados, sangre seca sobre la que se ceba -último buitre- el viento. Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia el tiempo bien llamado porvenir. Porque ninguna tierra posees, porque ninguna patria es ni será jamás la tuya, porque en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado. Nunca -y es tan sencillo- podrás abrir una cancela y decir, nada más: «buen día, madre». Aunque efectivamente el día sea bueno, haya trigo en las eras y los árboles extiendan hacia ti sus fatigadas ramas, ofreciéndote frutos o sombra para que descanses.
El día se ha ido
Ahora andará por otras
tierras,
llevando lejos luces y esperanzas,
aventando bandadas de
pájaros remotos,
y rumores, y voces, y campanas,
-ruidoso perro que menea
la cola
y ladra ante las puertas entornadas.
(Entretanto, la noche,
como un gato
sigiloso, entró por la ventana,
vio unos restos de luz
pálida y fría, y
se bebió la última taza.)
Sí;
definitivamente el día se ha ido.
Mucho no se llevó (no trajo nada);
sólo un poco de tiempo
entre los dientes,
un menguado rebaño de luces fatigadas.
Tampoco lo lloréis.
Puntual e inquieto,
sin duda alguna, volverá mañana.
Ahuyentará a ese gato
negro.
Ladrará hasta sacarme de la cama.
Pero no será igual.
Será otro día.
Será otro perro de la
misma raza.
Elegía pura Aquí no pasa nada, salvo el tiempo: irrepetible música que resuena, ya extinguida, en un corazón hueco, abandonado, que alguien toma un momento, escucha y tira.
Sí, fue un malentendido.
Gritaron: ¡a las urnas!
y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego.
Era pundonoroso y mató mucho.
Con pistolas, con rifles, con decretos.
Cuando envainó la espada
dijo, dice:
La democracia es lo perfecto.
El público aplaudió. Sólo
callaron,
impasibles, los muertos.
El deseo popular será cumplido.
A
partir de esta hora soy -silencio-
el Jefe, si queréis. Los disconformes
que levanten el dedo.
Inmóvil mayoría de cadáveres
le dio el mando total del cementerio.
Amo el campus
universitario,
sin cabras,
con muchachas
que pax
pacem
en
latín,
que meriendan
pas pasa pan
con chocolate
en griego,
que saben lenguas vivas
y se dejan besar
en el crepúsculo
(también en las rodillas)
y usan
la cocacola como anticonceptivo.
Ah las flores marchitas de los libros de texto
finalizando el curso
deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín
del rectorado
por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
manchadas de bolígrafo y de tiza
el rostro ciego del poeta
transustanciándose en un olor agrio
a naranjas
Homero
o semen
Todo eso será un día
materia de recuerdo y de nostalgia.
Volverá, terca, la memoria
una vez y otra vez a estos parajes,
lo mismo que una abeja
da vueltas al perfume
de una flor ya arrancada:
inútilmente.
Pero esa luz no se extinguirá nunca:
llamas que aún no consumen
...ningún presentimiento
puede
quebrar ]as risas
que iluminan
las rosas y ]os cuerpos
y cuando el llanto llegue
como un halo
los escombros
la descomposición
que los preserva entre las sombras
puros
no prevalecerán
serán más ruina
absortos en sí mismos
y sólo erguidos quedarán intactos
todavía más brillantes
ignorantes de sí
esos gestos de amor...
sin ver más nada.
En este instante, breve y duro instante, ¡cuántas bocas de amor están unidas, cuántas vidas se cuelgan de otras vida exhaustas en su entrega palpitante! Fugaz como el destello de un diamante, ¡qué de manos absurdamente asidas quieren cerrar las más leves salidas a su huida perpetua e incesante! Lentos, aquí y allá, y adormecidos, ¡tantos labios elevan espirales de besos!... Sí, en este instante, ahora que ya pasó, que ya lo hube perdido, del cual conservo sólo los cristales rotos, primera ruina de la aurora. (En este instante, breve, y duro instante...)
ti me quedo De vuelta de una gloria inexistente, después de haber avanzado un paso hacia ella, retrocedo a velocidad indecible, alegre casi como quien dobla la esquina de la calle donde hay una reyerta, llorando avergonzado como el adolescente hijo de viuda sexagenaria y pobre expulsado de la escuela vespertina en la que era becario. Estoy aquí, donde yo siempre estuve, donde apenas hay sitio para mantenerse erguido. La soledad es un farol certeramente apedreado: sobre ella me apoyo. La esperanza es el quicio de una puerta de la casa que fue desarraigada de sus cimientos por los huracanes: quicio-resquicio por donde entro y salgo cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio), del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo), del todo (me hace daño) al nada (me lastima). No importa, sin embargo. Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente la distancia que separa Tokio de Copenhague, pero con más rapidez todavía me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros de mí mismo, de prisa, muy de prisa, en un abrir y cerrar de ojos, en sólo una diezmilésima de segundo, lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora, que me permite, si mis cálculos son correctos, estar en este instante aquí, después mucho más lejos, mañana en un lugar sito a casi mil millas, dentro de una semana en cualquier parte de la esfera terrestre, por alejada que os parezca ahora. Consciente de esa circunstancia, en muchas ocasiones emprendo largos viajes; pero apenas me desplazo unos milímetros hacia los destinos más remotos, la nostalgia me muerde las entrañas, y regreso a mi posición primera alegre y triste a un tiempo -como dije al principio: alegre, porque sé que tú eres mi patria, amor mío; y triste, porque toda patria, para los que la amamos, - de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- tiene también bastante de presidio. Así, en ti me quedo, paseo largamente tus piernas y tus brazos, asciendo hasta tu boca, me asomo al borde de tus ojos, doy la vuelta a tu cuello, desciendo por tu espalda, cambio de ruta para recorrer tus caderas, vuelvo a empezar de nuevo, descansando en tu costado, miro pasar las nubes sobre tus labios rojos, digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente, y si cierras los ojos cierro también los míos, y me duermo a tu sombra como si siempre fuera verano, amor, pensando vagamente en el mundo inquietante que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
Entonces, en los atardeceres de verano, el viento traía desde el campo hasta mi calle un inestable olor a establo y a hierba susurrante como un río que entraba con su canto y con su aroma en las riberas pálidas del sueño. Ecos remotos, sones desprendidos de aquel rumor, hilos de una esperanza poco a poco deshecha, se apagan dulcemente en la distancia: ya ayer va susurrante como un río llevando lo soñado aguas abajo, hacia la blanca orilla del olvido.
Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
tentación improcedente.
Son las reglas del juego
inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo
inesperado o lo imposible
podría hacerme ll0rar:
una resurrección, ninguna muerte.
Le comenté:
-Me
entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con
rimel?
-Grandes,
respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.
Esperanza, araña negra del atardecer. Tu paras no lejos de mi cuerpo abandonado, andas en torno a mí, tejiendo, rápida, inconsistentes hilos invisibles, te acercas, obstinada, y me acaricias casi con tu sombra pesada y leve a un tiempo. Agazapada bajo las piedras y las horas, esperaste, paciente, la llegada de esta tarde en la que nada es ya posible... Mi corazón: tu nido. Muerde en él, esperanza.
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« Escribir un poema se / parece a un orgasmo: »
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