Poesía Universal

Ángel García López

Biografía y amplia selección de poemas de Ángel García López. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Ángel García López. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Ángel García López

18 poemas seleccionados
1.

Así como el atleta

Mi cuerpo es como un pájaro. Me alzo 
		
sobre una cordillera de gorriones. 
Las alas me empujaron en el 
		salto, 
		
se me llenó la carne de motores.

Hoy he vuelto a la vida. 
		Libre, gano 
		
mi oficio milagroso de ser hombre. 
He tocado una nube con mis 
		brazos 
		
y le he robado al águila su polen.

Quise sentir el mundo, lo 
		delgado 
		
del límite del día con la noche. 
Corrí sobre la pista del 
		milagro 
		
indagando el secreto del azogue.

Debí de ser gacela, ardilla, 
		gamo 
		
perseguidor del aire de los bosques. 
Mi pecho respiraba como un 
		campo 
		
lastimado de músicas y flores.

Luché contra el equipo de los 
		nardos 
		
y el fuego de amarillos girasoles. 
Competí con la pluma de los 
		pájaros 
		
y el latido voraz de los relojes.

Sin sentir en los músculos 
		cansancio 
		
llegué, libre, a la meta.
Desde entonces 
traigo una lluvia 
		nueva entre mis párpados.

		
¿Fui yo? Nadie creyera. El horizonte 
se me llenó de cánticos y 
		aplausos. 
		
Hoy le vencí a la vida en el deporte 
de alcanzar la alegría con 
		las manos.


		De "Tierra de nadie"
2.

Besarte no es amor, es irte oliendo...

Besarte no 
		es amor, es irte oliendo
igual que huele el macho a su collera;
es 
		saberte paloma mensajera
al gavilán las alas abatiendo.


	
	
		Besarte no 
		es amor, es ir pidiendo
besana donde hundir mi sementera;
es ser 
		igual que el toro en la pradera
huyendo de la hembra y embistiendo.


	
	
		Igual que 
		el ciervo oculta el baluarte
donde el celo resiste y le reclama,

		así mi boca llega hasta tu boca.


	
	
		Porque 
		besarte entonces, no es besarte.
Es dejar en los labios la proclama

		donde la sangre asusta de tan loca.
3.

Contigo a las orillas del atlántico

Amor, 
		contigo sólo y con la ola
en risa nueva y prisa apresurada.
Que tu 
		boca me aloca, desbocada,
con bocados de mar y caracola.


		Amor, 
		¿estoy contigo a solas, o la
luna cambia mi sombra desvelada?
¿O 
		es tu boca la poca, la tasada
punzada que me toca y que me inmola?


		¡Oh, 
		cuánto mar, amor, diese, daría,
si beso el vaso, el cántaro suave

		de la boca que libo y que me aboco!


		Si llego, 
		llaga amante, a la bahía
del claro faro que remonta el ave
tu 
		mucho pico que besando es poco.
4.

Cuando pasa una joven como tú salta el pecho...

Cuando pasa una joven como tú salta el pecho,


		
		se compran las parcelas de este sitio acotado.


		
		
No hay un cuerpo en la tarde que te iguale, criatura.


		
		Porque vas explicando lo que queda de verte,


		
		poniendo orden a un mundo que no está en este reino.


		
		
No hay un rostro que pueda dormir cuando te ha visto


		
		ni sienta que, por dentro, van cantando los árboles.


		
		
Eres como quisieran ser los astros más lentos,


		
		las altas catedrales, las ciudades de Europa


		
		que desnudan sus flores con un copo de nieve.


		
		
Convocas impaciencias a los bancos de un parque


		
		que, detrás de los ojos, te acogieran despacio.


		
		
Imposible es gozarte como no bendecirte.


		
		No hay nadie que no mire sino dándote gracias.
5.

Cuando toco tu mano siento el río...

Cuando toco tu mano 
		siento el río
de las madres, el agua y sus veneros,
la siembra por 
		hacer y los aperos
de mi labranza muerta en calorfrío.


		Cuando toco tu piel, 
		todo el rocío,
la madre tierra, campa por sus fueros,
y en mi 
		sangre los altos aguaceros
domeñan sus furores al estío.


		Porque al tocar los 
		surcos de tu mano
siento una voz que llama a la faena
desde la 
		tierra virgen del cortijo.


		De hacer feraz la 
		tierra de secano
talando por el tallo la azucena
que adornará la 
		cuna de mi hijo.
6.

De cuando no sabía las letras de tu nombre...

Porque tu nombre estaba 
		todavía
sin estrenar los labios, porque era
un acertijo más, una 
		pulsera,
un trino de gorrión que no sabía.


		Porque tu nombre estaba 
		como un día
sin pájaros, oasis sin palmera,
fuente que le faltaba 
		torrentera,
risa que no encontraba la alegría.


		Por esto, por tu 
		nombre; porque estaba
sin decir, sin hacer, como un anillo
que no 
		encontraba el cauce de su dedo,


		yo te llamaba Espera; 
		te llamaba
Hermosa, Emilia, Amor; lo más sencillo,
lo más 
		desenredado del enredo.
7.

De cuando nos nevaba y te reías

Llueve la nieve y 
		llueve en tu mirada.
La nieve nieva y llueve tan deshora,
que a 
		tus ojos, tan negros, los decora
de una pequeña ruta de nevada.


		Está nevando nieve 
		enamorada.
La nieve por tus ojos se enamora
nevando tu mirar, que 
		nieva y llora
la aurora del nevero deshojada.


		Te ha nevado la voz, y, 
		de repente,
tu risa abre a la tarde la alegría
saltando de tu boca 
		como un copo.


		Me has lanzado una bola 
		hacia la frente.
Y ha vuelto a sonreír tu niñería
mientras beso tu 
		risa y te la arropo.
8.

Dibujo corporal

Cuando me llegas con tu luz y ordeno la gran copa 
		caliente, 
		
tus cabellos, tu novia mano de lebrel.
Y acuesto la carne junto a 
		ti, 
		
dejado el ventanal con sol, todo el silencio en sombra.
Y se 
		deslumbra el aposento de un túnel sin color.
O bien tus dedos, arando 
		mis mejillas con su lento 
		
peregrinar -mirándome por dentro como al olor- 
van a pastar sus 
		ciervos en el pómulo, 
		
alertan nómadas del corazón.
Sí, oculto, llega el sueño a 
		sazonarse con el lugar y, 
		
hondero, hace oficio del párpado con gesto de tórtola.
Y te 
		duermes, y un almendro florece en ti. 
		
Si luego, ya 
despiertos, 
te miro y nace el aire, abre un 
		espejo de mocedad, 
		
se sana el rostro enfermo de la sábana.
Y, dócil, quema el trébol 
		del labio su poder, 
		
se entrega al fuego la juventud.
Y si, después, volvemos, tal un 
		jardín, 
		
a contemplar el cielo con pájaros. Y cantas. 
Y en el cuello 
		sopla el alisio su esplendor, el cierzo
		
mueve la alcoba, anida así un jilguero, otra vez en tu mano.
Y ve 
		el estruendo devastarse ciudades de piel, pueblos del tacto, 
		

		sitios nobles y, a lo lejos, arde un pinar, 
entonces se que cuerpo 
		aventajado es mi vivienda, 
		
el centro del amor. Y te amo. 
Y sé del reino donde tengo mi 
		exilio. Y mi alimento.
9.

El baile

Porque tu pie no es árbol, sino vuelo,
paloma desmandada, extenso 
		ramo,
la nota más viajera a tu reclamo
solucionó lo grávido del 
		suelo.

		
Porque tu pie volaba por el cielo
con peso de sonoro miligramo,

		la nota más viajera, como un gamo,
buscó lo forestal del violoncelo.

		
Y, entonces, fue la música. El Danubio
sonaba por un vals, y un 
		gnomo rubio
danzaba entre los vuelos del vestido.

		
Tu pie giró al impulso de la orquesta,
y en los bosques de Viena 
		una ballesta
fue preparada para herir lo herido.
10.

El poeta recuerda un 23 de abril

Si no fueses así, tan 
		miniatura,
tan proyecto de madre o tan semilla,
si fueses ya mujer 
		y no chiquilla,
cimientos de lejana arquitectura...


		Si no fueses así, si tu 
		cintura
fuese ya como un pozo, y tu mejilla,
hoy tan niña y sin 
		polen, tan sencilla,
tuviese más aroma que frescura...


		Si no fueses tan breve, 
		tan pequeña,
hasta tus brazos fuera mi navío
buscándole a tu 
		cuerpo el abordaje.


		Buscándole a tus ojos 
		esa enseña
con el más puro amor, donde el rocío
juega a sentirse 
		hoguera bajo el traje.
11.

En un lago asustado se confía...

En un lago 
		asustado se confía
la exacta cuadratura de tu nieve
y, ya un 
		espejo rosa, roza leve
la leve forma de tu geografía.


		Por saber 
		tu jersey topografía
asoma en dos colinas lo más breve;
lo más 
		punzante, donde no se atreve
un alfiler a ser fotografía.


		Y debajo, 
		ciñendo tu cintura,
tu cuerpo sometió a la arquitectura
lo más 
		desconocido del rocío.


		Debajo, 
		acampanándose en la tela,
lo más rosado de la duermevela
y un 
		claro arroyo convertido en río.
12.

Eres un atlas...

Eres un 
		atlas. Van las cordilleras 
sobre ti, mi Janine. Aguzanieves

		cruzan tus pechos de pavor, de breves
brasas donde se encienden las 
		hogueras.


		Te cruza 
		el rubio Sena. Torrenteras
nacen de ti, regatos de tus nieves;

		aguas redondas, olas como leves
andarríos volando tus riberas.


		Tu cuerpo 
		un archipiélago. Tus manos
el duro mar, los mares océanos
camino 
		de unas islas escondidas.


		Y tus 
		brazos las costas, litorales.
Playas donde los besos veniales

		aprenden a nadar sin salvavidas.
13.

Es elocuente cuanto no te diga...

Es elocuente cuanto no te diga, pues ninguna
palabra clarifica .

		como el silencio.
Decirte adiós es esta copa larga
con un sabor a 
		nunca. Sin embargo,
perdido entre el alcohol, hay en su fondo
un 
		verso.
                  
		Ese es el tuyo. Bébelo
no despacio, pero no tampoco
con la 
		aceleración de quien se marcha
y envenena el cristal. Deja que el 
		vaso
pueda hablar en tu boca. Y, aunque al fin vacío,
mantenga su 
		temblor. Ya que quien ama
para siempre lo hace.
14.

Hueles como el verano...

Hueles 
		como el verano. Desde el calor, lentísimas,
se me ofrecen las jaras 
		y, en tus hombros,
lo flexible del mimbre y el lentisco. Tienes,

		debajo de tus brazos, un herbazal tranquilo,
olor a prado en celo y a 
		retama de un monte.
Parece que vinieras de una casa sin nadie
con 
		un carro de heno que asustara en los labios.
Estás como entregando 
		una mensajería
de un lugar inconcreto que no sabe su nombre.
Tu 
		oficio más propenso es hablarle a los tréboles
y hacer que en cada 
		mano se haga grande un arroyo.
Abrazarte es lo mismo que ir oliendo 
		una fábrica
donde el polen hubiese trabajado descalzo.
A través de 
		tu boca se ha asomado una espiga
y hay un poco de mosto que va 
		abriéndose paso.
No existe sitio tuyo que no ordene
mirar su 
		procesión, más infidelidades
a las cosas restantes que arde al sol tu 
		azotea.
Hueles a la corteza del pinsapo y del álamo.
Desde ti 
		suena el mundo como el aire en las cañas
o el zorzal. Se despeñan los 
		párpados a verte
y, al rodar, te visitan regiones augurales
que 
		enloquecen en misa con su fiesta de pronto.
No es posible explicarte 
		sino deletreándote
o enviando a la escuela la emoción de uniforme,

		con zapatos de párvulo y un gran lazo en el cuello.
Amarte es 
		despedirse abrazándote a un campo
que huele a regadíos y a un vellón 
		trashumante
que hubiese ido de compras a una tienda de flores.

		Exhalan tus dos pechos una jardinería
que asciende de las sábanas con 
		que heredas la nieve.
Y está tu olor tendido, dentro de la hermosura,

		con una piel tan blanca que te beso esquiando.
15.

La mancha de carmín

Por ser tu 
		boca tanta, tan segura,
y abril tan loco y poco recatado,
yo 
		llegué hasta tu labio desbocado
en busca de tu boca y su aventura.


		Y te probé 
		la miel, y su dulzura
dejó mi labio rojo tan manchado,
que mi 
		pañuelo luce hoy un bordado
envidia de la aguja y la costura.


		Por ser tu 
		boca tanta y tan esquiva,
se bordó tu inicial en mi pañuelo
con 
		"B" de beso y letras en cursiva.


		Y ahora es 
		como un pájaro. Su vuelo
lleva una mancha roja en carne viva

		subiendo hacia los aires, hacia el cielo.
16.

La selva

A Gumersindo y Carmen Galán


		
Justo donde la 
		casa, el hormigón que gira
levantándose, las piedras
y el ladrillo 
		obediente, estuvo, no hace mucho,
la selva. 
		
               
		En otro tiempo
                                         
		Nada recuerda ahora
la feria del vivir .Las hierbas altas
de 
		antaño. Tanto trébol.
Los niños que corrían descubriendo la flor.

		La bella historia
del nido. Aquellos árboles.

		
Alguien sembró su rayo, la fiereza exultante
que el dorso es de 
		la savia.
El hierro se erige en el lugar. Los albañiles
elevan la 
		argamasa. Inician torres
de cemento durísimo. El escombro
se 
		posesiona del verdor. Asfixia con su polvo
los animales libres de la 
		tierra
que, un día no lejano, procrearan
su estirpe.
                  
		Ahora es el triunfo
del bodegón sobre la gracia viva
del vegetal.
                                                         
		Todo engaña,
recuérdalo. Es efímero. Tanto espejo que finge
sus 
		plurales azogues.
                                     
		En el lavabo
cruzan cigüeñas, estorninos gigantes,
con un cesto de 
		frutas
en la voz.
                 
		Corren grifos. Hermosas cataratas
y cisternas.
Fúnebres melodías 
		en el agua que brota.
                                                                       
		Aquí
yacen, podridos,
el mundo liliput de los insectos,
las 
		hormigas menores. Tantos seres
de estatura inferior, hoy calcinados

		bajo el jardín.
                         
		Detrás de los visillos
se iluminan estancias, otras flores ingenuas

		que están como enterradas en el cuadro. Sin aire
y sin perfume. 
		Cadáveres que el óleo
representó.

		
                     
		Todo es así. Recuérdalo:
figuras que se borran. Espejismos. Adobes.
                                                                            
		No.
No hay nada que nos duela si no es la carne misma
la que 
		sufre. Alguien desconocido, cada tarde,
se entrena
pensando cómo 
		herir.
Nació, a nuestro pesar , la arquitectura
donde el ramaje 
		puso su hermoso pie silvestre.
Trazó las alambradas de la verja,

		los bancos del zaguán. Toda esta flora
que suplantó lo vivo de 
		aquello que aquí fue.
Nada recuerda ahora la bella floración,
los 
		minaretes pulcros del enebro. La lluvia
de los tímidos sauces.
                                     
		Ahora, qué hacer, son ya los signos
de la grandeza. El tiempo,

		cada río, lleva su historia al mar.
Todo fenece, cambia
como un 
		rostro.
                             
		Se viste ahora la selva
con la tibia casulla que decora y maltrata

		la presunción.
                         
		Abdican de su trono
las ramas. Los gorriones se aman en la acera.

		Se persiguen el vuelo
sin encontrar más sol que las cenizas
de la 
		luz.

		
                 
		Justo el lugar.
                                          
		Aquí, donde la casa
ésta que, sin deber, pienso es hermosa.
Donde 
		amanecen vidrios y mosaicos,
la herramienta que brilla, estuvo el 
		polen.
Recuérdalo. ¿no era
como subir a una montaña?
                                                
		El ojo
iba trazando su ascensión. Crecía
el fresno su abundancia, 
		su violenta conquista.
Y el roble alzaba intacto
su tronco, lo que 
		el pájaro pudo
traer desde la sierra.
                                     
		El pico ya salobre
de azul que era mar .Tallos de nieve.
Olvido y 
		herbazales. Nuevo aroma
que hoy grita en pebeteros
de cristal. 
		Otros sándalos. Maderas
donde el disco del sol decanta el turbio oro.

		
Hoy, ya fauna distinta, el hombre mira
con dolor el paisaje

		que vio feliz. Oye llover
como trinar. Costumbre ya del duelo.
Que 
		todo es un museo, preparado
con sed de lastimar. Pero nosotros

		resistiremos.
                       
		Haremos la pupila
un viejo arcón de plata.
                                         
		Y siempre será selva
nuestra memoria.

De "A flor de piel"
17.

Las señales, himno para empezar la primavera

A Emilia Y Ángel Manuel Yago.

Todo es hermoso ahora. Vive el 
		alma 
		
esta noche la paz. Desconocida 
eras, y ya eres parte de mí. 
		Vuelves 
		
como si nada, nadie, separase. 
Regresas. Siento cánticos 
		contigo, 
		
reconociéndote. Los ojos, si los abro, 
cierran la flor del día, 
		los fugaces 
		
puntos de luz. El aire quema al aíre. 
Arde una hoguera. Sombras.

		
No. Ninguna 
comparable. Caricia irrepetida. 
Laurel de las 
		dos sienes.
Verso a verso 
		
desentrañada aquí. Página en blanco 
donde está el sacrificio del 
		poeta.

		
La tierra es una parte diminuta 
del corazón
Quisiera 
		bendecirte 
		
hoy que el odio se cambia. Es alegría 
de mil colores.


		Hablo, sin embargo.
Escribo, sin querer, lo que el silencio

		comunicara.
Ven.
Hay que decirnos,
para entendernos, algo.

		Ven. Yo soy.
Recuérdame. Yo soy. Tiempo de magia.
Soles ardientes. 
		Júbilo sonoro.
Voces profundas. Voces.

		
No es posible
sea el eco, no es posible. La montaña
desplazóse 
		del sitio -¡Oh fe que mueve
la roca contra el pájaro del cielo!-,

		halló lugares vírgenes. Lugares
sin tu amor.

		
-Verdad que ha de salvarme 
No otra casa que ella. No agua 
		turbia. 
		
La verdad. Los arroyos-.
Siento cánticos 
de ángeles que 
		cruzan con la espiga 
		
más pura sobre el halda.

Oh si, la tierra 
es una parte 
		del corazón que ahoga 
		
y nos sepulta. Apenas nace el día 
cuando, después, ha muerto. 
		¿Dónde huellas, 
		
el rayo de la luz?
Sombras atroces 
vienen. Oigamos, limpios, 
		el milagro 
		
del nacimiento. Oigamos. Escuchemos 
este batir de alas.


		Sálvame. Puedes 
		
salvarme.
Sálvame. Salva, hermosea
la fragancia perdida, 
		alumbramiento 
		
de la verdad.
Tenemos que salvarnos 
llegando a ti. Sonando 
		las trompetas. 
		
Los muros derribados. El concierto 
de las palmas azules. Aguas 
		claras.

		
Quisiera bendecirte. Proyectarme 
al regazo materno. A la 
		inocencia 
		
de la creación. Subirme a los torrentes. 
Al árbol de la sed. 
		Romper cadenas 
		
enemigas. Ser tuyo.

Ser ya tuyo 
como un himno en la 
		sangre. Como un río 
		
que desemboca, y nace, en pleno mar.

De "Tierra de nadie"
18.

Llueve

Janine....


		Llueve Janine. La azul 
		cristalería
del agua se estremece en el tejado.
En la calle, el 
		invierno. Aquí, a tu lado,
calienta el sol, la carne se confía.


		Fuera, llueve. La 
		triste melodía
de la lluvia de enero te ha llenado
de una música 
		nueva. Se ha dorado
contigo el pastizal de la alegría.


		El reloj de la torre da 
		las nueve.
Traza una curva azul el agua. Llueve
sobre el tambor de 
		piedra de la acera.


		Dentro, contigo, el 
		corazón se sabe
reconfortado y puro. Sol suave.
Gozoso mayo, 
		mientras llueve fuera.

Versos y pensamientos de Ángel García López

4 citas
« Mi cuerpo es como un pájaro. Me alzo / sobre una cordillera de gorriones. »
Ángel García López · Así como el atleta
« Besarte no / es amor, es irte oliendo »
Ángel García López · Besarte no es amor, es irte oliendo...
« Amor, / contigo sólo y con la ola »
Ángel García López · Contigo a las orillas del atlántico
« Cuando pasa una joven como tú salta el pecho, / se compran las parcelas de este sitio acotado. »
Ángel García López · Cuando pasa una joven como tú salta el pecho...
Biblioteca poética

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