« Mi cuerpo es como un pájaro. Me alzo / sobre una cordillera de gorriones. »
Ángel García López · Así como el atleta
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel García López. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel García López. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Mi cuerpo es como un pájaro. Me alzo sobre una cordillera de gorriones. Las alas me empujaron en el salto, se me llenó la carne de motores. Hoy he vuelto a la vida. Libre, gano mi oficio milagroso de ser hombre. He tocado una nube con mis brazos y le he robado al águila su polen. Quise sentir el mundo, lo delgado del límite del día con la noche. Corrí sobre la pista del milagro indagando el secreto del azogue. Debí de ser gacela, ardilla, gamo perseguidor del aire de los bosques. Mi pecho respiraba como un campo lastimado de músicas y flores. Luché contra el equipo de los nardos y el fuego de amarillos girasoles. Competí con la pluma de los pájaros y el latido voraz de los relojes. Sin sentir en los músculos cansancio llegué, libre, a la meta. Desde entonces traigo una lluvia nueva entre mis párpados. ¿Fui yo? Nadie creyera. El horizonte se me llenó de cánticos y aplausos. Hoy le vencí a la vida en el deporte de alcanzar la alegría con las manos. De "Tierra de nadie"
Besarte no es amor, es irte oliendo igual que huele el macho a su collera; es saberte paloma mensajera al gavilán las alas abatiendo. Besarte no es amor, es ir pidiendo besana donde hundir mi sementera; es ser igual que el toro en la pradera huyendo de la hembra y embistiendo. Igual que el ciervo oculta el baluarte donde el celo resiste y le reclama, así mi boca llega hasta tu boca. Porque besarte entonces, no es besarte. Es dejar en los labios la proclama donde la sangre asusta de tan loca.
Amor, contigo sólo y con la ola en risa nueva y prisa apresurada. Que tu boca me aloca, desbocada, con bocados de mar y caracola. Amor, ¿estoy contigo a solas, o la luna cambia mi sombra desvelada? ¿O es tu boca la poca, la tasada punzada que me toca y que me inmola? ¡Oh, cuánto mar, amor, diese, daría, si beso el vaso, el cántaro suave de la boca que libo y que me aboco! Si llego, llaga amante, a la bahía del claro faro que remonta el ave tu mucho pico que besando es poco.
Cuando pasa una joven como tú salta el pecho, se compran las parcelas de este sitio acotado. No hay un cuerpo en la tarde que te iguale, criatura. Porque vas explicando lo que queda de verte, poniendo orden a un mundo que no está en este reino. No hay un rostro que pueda dormir cuando te ha visto ni sienta que, por dentro, van cantando los árboles. Eres como quisieran ser los astros más lentos, las altas catedrales, las ciudades de Europa que desnudan sus flores con un copo de nieve. Convocas impaciencias a los bancos de un parque que, detrás de los ojos, te acogieran despacio. Imposible es gozarte como no bendecirte. No hay nadie que no mire sino dándote gracias.
Cuando toco tu mano siento el río de las madres, el agua y sus veneros, la siembra por hacer y los aperos de mi labranza muerta en calorfrío. Cuando toco tu piel, todo el rocío, la madre tierra, campa por sus fueros, y en mi sangre los altos aguaceros domeñan sus furores al estío. Porque al tocar los surcos de tu mano siento una voz que llama a la faena desde la tierra virgen del cortijo. De hacer feraz la tierra de secano talando por el tallo la azucena que adornará la cuna de mi hijo.
Porque tu nombre estaba todavía sin estrenar los labios, porque era un acertijo más, una pulsera, un trino de gorrión que no sabía. Porque tu nombre estaba como un día sin pájaros, oasis sin palmera, fuente que le faltaba torrentera, risa que no encontraba la alegría. Por esto, por tu nombre; porque estaba sin decir, sin hacer, como un anillo que no encontraba el cauce de su dedo, yo te llamaba Espera; te llamaba Hermosa, Emilia, Amor; lo más sencillo, lo más desenredado del enredo.
Llueve la nieve y llueve en tu mirada. La nieve nieva y llueve tan deshora, que a tus ojos, tan negros, los decora de una pequeña ruta de nevada. Está nevando nieve enamorada. La nieve por tus ojos se enamora nevando tu mirar, que nieva y llora la aurora del nevero deshojada. Te ha nevado la voz, y, de repente, tu risa abre a la tarde la alegría saltando de tu boca como un copo. Me has lanzado una bola hacia la frente. Y ha vuelto a sonreír tu niñería mientras beso tu risa y te la arropo.
Cuando me llegas con tu luz y ordeno la gran copa caliente, tus cabellos, tu novia mano de lebrel. Y acuesto la carne junto a ti, dejado el ventanal con sol, todo el silencio en sombra. Y se deslumbra el aposento de un túnel sin color. O bien tus dedos, arando mis mejillas con su lento peregrinar -mirándome por dentro como al olor- van a pastar sus ciervos en el pómulo, alertan nómadas del corazón. Sí, oculto, llega el sueño a sazonarse con el lugar y, hondero, hace oficio del párpado con gesto de tórtola. Y te duermes, y un almendro florece en ti. Si luego, ya despiertos, te miro y nace el aire, abre un espejo de mocedad, se sana el rostro enfermo de la sábana. Y, dócil, quema el trébol del labio su poder, se entrega al fuego la juventud. Y si, después, volvemos, tal un jardín, a contemplar el cielo con pájaros. Y cantas. Y en el cuello sopla el alisio su esplendor, el cierzo mueve la alcoba, anida así un jilguero, otra vez en tu mano. Y ve el estruendo devastarse ciudades de piel, pueblos del tacto, sitios nobles y, a lo lejos, arde un pinar, entonces se que cuerpo aventajado es mi vivienda, el centro del amor. Y te amo. Y sé del reino donde tengo mi exilio. Y mi alimento.
Porque tu pie no es árbol, sino vuelo, paloma desmandada, extenso ramo, la nota más viajera a tu reclamo solucionó lo grávido del suelo. Porque tu pie volaba por el cielo con peso de sonoro miligramo, la nota más viajera, como un gamo, buscó lo forestal del violoncelo. Y, entonces, fue la música. El Danubio sonaba por un vals, y un gnomo rubio danzaba entre los vuelos del vestido. Tu pie giró al impulso de la orquesta, y en los bosques de Viena una ballesta fue preparada para herir lo herido.
Si no fueses así, tan miniatura, tan proyecto de madre o tan semilla, si fueses ya mujer y no chiquilla, cimientos de lejana arquitectura... Si no fueses así, si tu cintura fuese ya como un pozo, y tu mejilla, hoy tan niña y sin polen, tan sencilla, tuviese más aroma que frescura... Si no fueses tan breve, tan pequeña, hasta tus brazos fuera mi navío buscándole a tu cuerpo el abordaje. Buscándole a tus ojos esa enseña con el más puro amor, donde el rocío juega a sentirse hoguera bajo el traje.
En un lago asustado se confía la exacta cuadratura de tu nieve y, ya un espejo rosa, roza leve la leve forma de tu geografía. Por saber tu jersey topografía asoma en dos colinas lo más breve; lo más punzante, donde no se atreve un alfiler a ser fotografía. Y debajo, ciñendo tu cintura, tu cuerpo sometió a la arquitectura lo más desconocido del rocío. Debajo, acampanándose en la tela, lo más rosado de la duermevela y un claro arroyo convertido en río.
Eres un atlas. Van las cordilleras sobre ti, mi Janine. Aguzanieves cruzan tus pechos de pavor, de breves brasas donde se encienden las hogueras. Te cruza el rubio Sena. Torrenteras nacen de ti, regatos de tus nieves; aguas redondas, olas como leves andarríos volando tus riberas. Tu cuerpo un archipiélago. Tus manos el duro mar, los mares océanos camino de unas islas escondidas. Y tus brazos las costas, litorales. Playas donde los besos veniales aprenden a nadar sin salvavidas.
Es elocuente cuanto no te diga, pues ninguna
palabra clarifica .
como el silencio.
Decirte adiós es esta copa larga
con un sabor a
nunca. Sin embargo,
perdido entre el alcohol, hay en su fondo
un
verso.
Ese es el tuyo. Bébelo
no despacio, pero no tampoco
con la
aceleración de quien se marcha
y envenena el cristal. Deja que el
vaso
pueda hablar en tu boca. Y, aunque al fin vacío,
mantenga su
temblor. Ya que quien ama
para siempre lo hace.
Hueles como el verano. Desde el calor, lentísimas, se me ofrecen las jaras y, en tus hombros, lo flexible del mimbre y el lentisco. Tienes, debajo de tus brazos, un herbazal tranquilo, olor a prado en celo y a retama de un monte. Parece que vinieras de una casa sin nadie con un carro de heno que asustara en los labios. Estás como entregando una mensajería de un lugar inconcreto que no sabe su nombre. Tu oficio más propenso es hablarle a los tréboles y hacer que en cada mano se haga grande un arroyo. Abrazarte es lo mismo que ir oliendo una fábrica donde el polen hubiese trabajado descalzo. A través de tu boca se ha asomado una espiga y hay un poco de mosto que va abriéndose paso. No existe sitio tuyo que no ordene mirar su procesión, más infidelidades a las cosas restantes que arde al sol tu azotea. Hueles a la corteza del pinsapo y del álamo. Desde ti suena el mundo como el aire en las cañas o el zorzal. Se despeñan los párpados a verte y, al rodar, te visitan regiones augurales que enloquecen en misa con su fiesta de pronto. No es posible explicarte sino deletreándote o enviando a la escuela la emoción de uniforme, con zapatos de párvulo y un gran lazo en el cuello. Amarte es despedirse abrazándote a un campo que huele a regadíos y a un vellón trashumante que hubiese ido de compras a una tienda de flores. Exhalan tus dos pechos una jardinería que asciende de las sábanas con que heredas la nieve. Y está tu olor tendido, dentro de la hermosura, con una piel tan blanca que te beso esquiando.
Por ser tu boca tanta, tan segura, y abril tan loco y poco recatado, yo llegué hasta tu labio desbocado en busca de tu boca y su aventura. Y te probé la miel, y su dulzura dejó mi labio rojo tan manchado, que mi pañuelo luce hoy un bordado envidia de la aguja y la costura. Por ser tu boca tanta y tan esquiva, se bordó tu inicial en mi pañuelo con "B" de beso y letras en cursiva. Y ahora es como un pájaro. Su vuelo lleva una mancha roja en carne viva subiendo hacia los aires, hacia el cielo.
A Gumersindo y Carmen Galán
Justo donde la
casa, el hormigón que gira
levantándose, las piedras
y el ladrillo
obediente, estuvo, no hace mucho,
la selva.
En otro tiempo
Nada recuerda ahora
la feria del vivir .Las hierbas altas
de
antaño. Tanto trébol.
Los niños que corrían descubriendo la flor.
La bella historia
del nido. Aquellos árboles.
Alguien sembró su rayo, la fiereza exultante
que el dorso es de
la savia.
El hierro se erige en el lugar. Los albañiles
elevan la
argamasa. Inician torres
de cemento durísimo. El escombro
se
posesiona del verdor. Asfixia con su polvo
los animales libres de la
tierra
que, un día no lejano, procrearan
su estirpe.
Ahora es el triunfo
del bodegón sobre la gracia viva
del vegetal.
Todo engaña,
recuérdalo. Es efímero. Tanto espejo que finge
sus
plurales azogues.
En el lavabo
cruzan cigüeñas, estorninos gigantes,
con un cesto de
frutas
en la voz.
Corren grifos. Hermosas cataratas
y cisternas.
Fúnebres melodías
en el agua que brota.
Aquí
yacen, podridos,
el mundo liliput de los insectos,
las
hormigas menores. Tantos seres
de estatura inferior, hoy calcinados
bajo el jardín.
Detrás de los visillos
se iluminan estancias, otras flores ingenuas
que están como enterradas en el cuadro. Sin aire
y sin perfume.
Cadáveres que el óleo
representó.
Todo es así. Recuérdalo:
figuras que se borran. Espejismos. Adobes.
No.
No hay nada que nos duela si no es la carne misma
la que
sufre. Alguien desconocido, cada tarde,
se entrena
pensando cómo
herir.
Nació, a nuestro pesar , la arquitectura
donde el ramaje
puso su hermoso pie silvestre.
Trazó las alambradas de la verja,
los bancos del zaguán. Toda esta flora
que suplantó lo vivo de
aquello que aquí fue.
Nada recuerda ahora la bella floración,
los
minaretes pulcros del enebro. La lluvia
de los tímidos sauces.
Ahora, qué hacer, son ya los signos
de la grandeza. El tiempo,
cada río, lleva su historia al mar.
Todo fenece, cambia
como un
rostro.
Se viste ahora la selva
con la tibia casulla que decora y maltrata
la presunción.
Abdican de su trono
las ramas. Los gorriones se aman en la acera.
Se persiguen el vuelo
sin encontrar más sol que las cenizas
de la
luz.
Justo el lugar.
Aquí, donde la casa
ésta que, sin deber, pienso es hermosa.
Donde
amanecen vidrios y mosaicos,
la herramienta que brilla, estuvo el
polen.
Recuérdalo. ¿no era
como subir a una montaña?
El ojo
iba trazando su ascensión. Crecía
el fresno su abundancia,
su violenta conquista.
Y el roble alzaba intacto
su tronco, lo que
el pájaro pudo
traer desde la sierra.
El pico ya salobre
de azul que era mar .Tallos de nieve.
Olvido y
herbazales. Nuevo aroma
que hoy grita en pebeteros
de cristal.
Otros sándalos. Maderas
donde el disco del sol decanta el turbio oro.
Hoy, ya fauna distinta, el hombre mira
con dolor el paisaje
que vio feliz. Oye llover
como trinar. Costumbre ya del duelo.
Que
todo es un museo, preparado
con sed de lastimar. Pero nosotros
resistiremos.
Haremos la pupila
un viejo arcón de plata.
Y siempre será selva
nuestra memoria.
De "A flor de piel"
A Emilia Y Ángel Manuel Yago. Todo es hermoso ahora. Vive el alma esta noche la paz. Desconocida eras, y ya eres parte de mí. Vuelves como si nada, nadie, separase. Regresas. Siento cánticos contigo, reconociéndote. Los ojos, si los abro, cierran la flor del día, los fugaces puntos de luz. El aire quema al aíre. Arde una hoguera. Sombras. No. Ninguna comparable. Caricia irrepetida. Laurel de las dos sienes. Verso a verso desentrañada aquí. Página en blanco donde está el sacrificio del poeta. La tierra es una parte diminuta del corazón Quisiera bendecirte hoy que el odio se cambia. Es alegría de mil colores. Hablo, sin embargo. Escribo, sin querer, lo que el silencio comunicara. Ven. Hay que decirnos, para entendernos, algo. Ven. Yo soy. Recuérdame. Yo soy. Tiempo de magia. Soles ardientes. Júbilo sonoro. Voces profundas. Voces. No es posible sea el eco, no es posible. La montaña desplazóse del sitio -¡Oh fe que mueve la roca contra el pájaro del cielo!-, halló lugares vírgenes. Lugares sin tu amor. -Verdad que ha de salvarme No otra casa que ella. No agua turbia. La verdad. Los arroyos-. Siento cánticos de ángeles que cruzan con la espiga más pura sobre el halda. Oh si, la tierra es una parte del corazón que ahoga y nos sepulta. Apenas nace el día cuando, después, ha muerto. ¿Dónde huellas, el rayo de la luz? Sombras atroces vienen. Oigamos, limpios, el milagro del nacimiento. Oigamos. Escuchemos este batir de alas. Sálvame. Puedes salvarme. Sálvame. Salva, hermosea la fragancia perdida, alumbramiento de la verdad. Tenemos que salvarnos llegando a ti. Sonando las trompetas. Los muros derribados. El concierto de las palmas azules. Aguas claras. Quisiera bendecirte. Proyectarme al regazo materno. A la inocencia de la creación. Subirme a los torrentes. Al árbol de la sed. Romper cadenas enemigas. Ser tuyo. Ser ya tuyo como un himno en la sangre. Como un río que desemboca, y nace, en pleno mar. De "Tierra de nadie"
Janine.... Llueve Janine. La azul cristalería del agua se estremece en el tejado. En la calle, el invierno. Aquí, a tu lado, calienta el sol, la carne se confía. Fuera, llueve. La triste melodía de la lluvia de enero te ha llenado de una música nueva. Se ha dorado contigo el pastizal de la alegría. El reloj de la torre da las nueve. Traza una curva azul el agua. Llueve sobre el tambor de piedra de la acera. Dentro, contigo, el corazón se sabe reconfortado y puro. Sol suave. Gozoso mayo, mientras llueve fuera.
« Mi cuerpo es como un pájaro. Me alzo / sobre una cordillera de gorriones. »
« Besarte no / es amor, es irte oliendo »
« Amor, / contigo sólo y con la ola »
« Cuando pasa una joven como tú salta el pecho, / se compran las parcelas de este sitio acotado. »
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