« con la acacia / que está florida como un mar de espuma. »
Ángel Cruchaga · Acacia
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel Cruchaga. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel Cruchaga. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Converso con la acacia que está florida como un mar de espuma. ¿Por qué, poeta, no me ven tus ojos que ayer me presentían en el llanto? Para no lastimarla es mi voz suave. La miro ahora desde el fin del mundo, desde el árbol primero de la tierra. La miro ahora desde el alto día en que se abrieron todos los retoños en el arco del cielo resonante. Vivo más allá del sufrimiento. Hasta el amor se me trizó en los ojos, y me vistió de lentas golondrinas. Converso con la acacia -racimo de marfil, vaso de lumbre- y detrás de mis hombros amanece el signo teologal de la esperanza y hay un rumor de cera que desciende de las dulces pestañas de las manos.
Este mi amor no puede volverse un alarido. A veces en él siento fragancias de ceniza. Así en el mediodía se quemarán los trigos. ¡Yo no puedo llorar a Dios como las islas! Atraviesas mi orgullo flameando tan cercana que me emociono como si yo fuera algo tuyo, pulsera de tu mano, collar de tu garganta, y lloro contemplando tus pestañas de humo.
Amada mía, amada en tiempos del primer arco iris o allá en la creación junto a las primeras alas. Desde la sangre de mi madre hacia ti vuelvo mi rostro. Las abejas de mis almendros vuelan en torno de tus ojos. Mi corazón, saeta gastada de noche en el cielo atraviesa la paloma del día para borrarse en tu voz. Alargas en tus ojos los hondos paralelos mientras la mañana se eleva de tus brazos. Te llevaré en la ola de mis venas así como el cielo lleva su largo temblor de pájaros. La tierra gira, mi amiga, en un rincón de tus ojos. El viento distancia estrellas detrás de tu cabellera.
Cuando cierro los ojos yo sé que me quisiste. Hasta mi sombra llegan tus ondeadas pestañas. Vienes en un temblor maravillado y triste y sin mirar mi muerte ríes y me acompañas. Yo besaré las rosas que perfuman los muros de mi casa tranquila. Sorberé la belleza de vetustas ciudades en horizontes puros. ¡Seré como un panal que llora su tristeza! Antes de que vinieras era el mundo un sollozo; en sus redes de plomo me envolvió el sufrimiento. Iba por los senderos sin hallar el reposo cuando te acercaste besándome en el viento. La gracia de tu cuerpo, tu hermosa cabellera viven en mí: los besa mi sangre agradecida. Algo tuyo hasta Dios iría si muriera. Mirándome a los ojos has honrado mi vida. Yo sé que me quisiste. Aunque Saturno tienda sus redes sobre el mundo no besará el latido que abrió mi corazón cuando vino tu senda. ¡Toda la eternidad estaré conmovido!
Cuerpo de la mujer, claro como un sollozo que fulgura en la noche de granates dormidos, zona de la esperanza, reseda del reposo, hacia tus brazos van trémulos los sentidos. Cuerpo de la mujer, país de la alegría que adivinamos con un deleite jocundo desde tus hombros sube su marejada el día y de ola en ola crea cada mañana el mundo. Cuerpo de la mujer, leche y luz en las venas; aureola del tiempo, visión de las escenas del pasado, de hoy... tú sabes sonreír. En ti cantan los árboles, los arroyos, las rosas. Como el paso de un niño maravillas las cosas. ¡Y si eras como Dios no debieras morir!
Es mi corazón como una cúpula llena de cantos. Hacia él suspiran los mares y los ríos de este mundo. Y todo este vibrar se vuelve al cielo como en las alas de un arcángel hondo. Me siento perfumado como un fruto por la desgracia; pero siempre llevo la música y la miel de mis abejas. Yo sé que ni el amor consolaría este duelo solemne de mi sangre. ¡El que ha volado mucho ya no puede ver más que cruces en el horizonte!
En mi silencio azul lleno de barcos sólo tu rostro vive. En el mar de la tarde el día duerme. Eres más bella cuando estoy más triste. Tiembla mi amor como una voz antigua sobre la calma verde. El sol cantando como los pastores te dio su melodía hasta la muerte. ¡Oh tus cabellos en la tarde de ámbar! Cerca de tu pureza soy más blanco. Sé que jamás tu corazón sencillo latirá en la tristeza de mis manos. Eres más bella cuando estoy más triste. En mi desgracia largamente vivo. Soy en el desamor tan desolado como los continentes sumergidos. Tu áurea cabeza brilla en la tarde sutil soledosa. ¡Pobre mi corazón que está llorando y hasta su Dios se va como una ola! Más allá de la vida, triste como una selva abandonada, miro irse las horas en las lunas, los pájaros y el agua. Tu corazón sonríe sin mirar mi fatiga. ¿Te arrancaron los ojos en qué calle siniestra de la vida? Yo me iba al futuro con los brazos abiertos en la luz, como se van las almas de los muertos... ¡Voy al futuro caminando aún...l Como a un infante solo te llevé de la mano por mis sendas dormidas en un claro perfume de alicanto. En haces de centellas fulgió mi corazón. ¡No lo miraste! Más allá de la vida está llorando como un niño en el seno de su madre.
Somos la remembranza de la tierra vencida. Necesitaba Dios nuestro vaivén profundo que era ritmo en sus venas y en su carne florida la invencible y eterna melodía del mundo. Nuestro vigor es fuerza de estrellas y raíces. Los árboles nos dieron sus moribundos bríos. Soñamos en las claras y enormes cicatrices que abrían las soberbias quillas de los navíos. Como un collar perdido de piedras fabulosas las estrellas nos hieren en nuestro sueño esquivo. Somos la sangre turbia de las difuntas cosas; el grito gutural del hombre primitivo. En nuestra rebelión de temblores y nervios el eco de la tierra que se murió podrida. ¡Oh, mástiles sonoros; oh, navíos soberbios llevados por los vientos primeros de la vida! ¡Qué nuevos argonautas verán el vellocino! En un dolor horrendo tiemblan nuestros ciclones queriendo revivir el difunto destino que fue sangriento y hosco como un tropel de leones. Sabemos dónde estaban las estrellas, sus rastros quedaron en nosotros. Con dulzura de abuelo iremos sobre el agua colocando los astros que desprendió Jesús con su mano del cielo. Seremos un vigor enorme y tenebroso. En nuestras olas vibran inmortales tormentas, la voz del Cristo rueda semejando un sollozo lanzado de la cruz hacia los Cuatro vientos.
Era tu amor el único digno de tristeza. Se me volvió una llaga perenne tu belleza. Hoy, para no morir, miro el rostro profundo de mi madre. Mis ojos sienten llorar el mundo. Y agradezco a mi Dios el momento encantado en que mi corazón trémulo te ha mirado. Y agradezco a mi Dios que vivas, que respires cerca de mi quebranto, aunque nunca me mires. Pudo un banal amor encenderme las venas, pero ellas en el cuerpo se volvieron cadenas. Entregué mis estrellas hasta quedarme exhausto, y aquella amada nunca comprendió mi holocausto. Tú que estás inundada de cielo y eres clara, como si eternamente el Cristo te mirara, perfumaste mis siglos, tu claridad me diste. Era este amor el único digno de hacerme triste.
Abeja de mi tarde y de mi muerte, anticipo del sol, bien de mis ojos, deja que en tu cruz grabe mi día como en la gloria de un bajo relieve. Ancha de mirra, música de arcángel en toda latitud tu cuerpo vive, como la rueda leve de este mundo que de los cielos a los mares gira. Tú llevas el rocío en las pestañas y en los cabellos el matiz dorado de un caracol que se quedó dormido. Todo esto es el amor entre retoños, entre resinas, olas y relámpagos. Este es el amor que se desprende como un lento cometa de tus hombros Éste es el mundo para tu garganta, erguido ventanal de las palomas. Ésta es la noche de fulgor de esencia en donde el mar detiene su caballo. Eres la dueña de las golondrinas, del azahar que atrae al moribundo. Tú tienes el vestido de la tierra, verde y dorado con encajes de agua. Si te mueves de súbito, el rocío moja la tarde porque estás colmada. Si levantas los brazos inauguras una grave y doliente geometría. Dueña del gnomo que embrujó la selva donde duerme y suspira la avellana. Para tu hechizo lloran los pastores en los oteros de marfil y de ámbar. En ti doblega el día su corola y tú la meces en tus pulsos finos. Y si viene la noche con los ojos cerrados te adelantas a la muerte. Entre el cielo y la tierra, detenido está el amor con túnica de mirra...
« con la acacia / que está florida como un mar de espuma. »
« Este mi / amor no puede volverse un alarido. »
« Amada mía, / amada en tiempos del primer arco iris »
« Cuando / cierro los ojos yo sé que me quisiste. »
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