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Ángel Crespo · Bajo un cielo sin pájaros...
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel Crespo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Ángel Crespo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Bajo un cielo sin pájaros
¿qué redención podemos
esperar -o qué
canto
suspendernos sabría?
Va el sol cayendo, y su cadáver frío
no cruza un ala -y todas las
auroras
gritan desde su ayer que no está muerta
la hoja postrera.
¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?
la siniestra mano Concededme, dioses, que escriba con la siniestra mano, pero no le concedáis destreza. Que ella sola se afane en enseñarme, que las líneas que trace sean, como las rimas, tortuosas; que una letra pueda leerse, indiferentemente, como una alabanza, un vituperio a vuestros gestos inmortales de dioses o de diosas; que los versos inhábil- se entrecrucen como vuestras miradas y silencios; y, así, tan lentamente como vuestras auroras y ocasos, vaya sumando mundo esa torpe escritura: recobrando azul para el cielo (que no era luz), y el temblor de las aguas (del pozo de los pozos), y en todo, y lo demás, la sed perdida (en sus cauces nacientes); y cuando ya mis líneas quiera enderezarse -ya adiestrada mi torpe adrede mano-, volváis los ojos displicentes para que yo quiera deciros no sabré con qué mano.
te quedas solo, eres espejo... Cuando te quedas solo, eres espejo de lo que fuiste: una mañana contemplada desde el balcón entornado; unos pasos armoniosos que no has seguido para no derramar tu gozo; unas cuantas palabras que te cambiaron más que el tiempo; una mirada que se ahogó como luz en tus venas; un viaje que nunca querías terminar; tu alma ausente de lo que te esperaba al quedarte tan solo.
El peregrino llega junto al muro, ya sin aliento, apoya el él las manos y la frente, buscando refrigerio: mas pronto las aparta, que unas manos y una encendida frente lo sostienen del otro lado.
El viento se ha quedado quieto
cabe las ramas, y me acecha
con
ojos encendidos.
¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No
sabría
adivinarlo.
Y caen las hojas
que consume la hoguera.
¿Son alas deshojadas, huesos, tristes restos de algún naufragio, trances sin nombre, tiempo derrumbado -o no son más que piedras? Detrás de ellas habrá un paisaje abierto o soledad tan sólo; habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas, un fragor de olas contra el casco vivo, o una muralla, por la que pasean centinelas y brumas y el mediodía se alzará lo mismo que una rama que crece. O tal vez no. Me paro junto a este pedregal: no me atrevo a dar un paso más hacia lo que me engaña revelándose.
El tedio a veces es como el amor; mana de las cavernas del pecho, se dilata, atraviesa la estancia y los cristales y se difunde hasta perderse de vista. Y, barnizado con su color distinto, es más íntimo el mundo.
El tiempo se ha posado como un pájaro peregrino y cansado a la sombra que doy. Ave de alas abiertas y caídas ahora, la cabeza inclina, y abre el curvo pico, ya ciega a la luz que ahora no mueve rayos. Igual que un agua que se remansara cuando, al formar cascada, está cayendo, o como llama que de arder dejase al unirse a otra llama, o como aire que cesa de moverse a medio viento, así el tiempo, a mitad de sí mismo, pretende que yo aprenda a eternizarme -y que me pare un punto a la sombra que da bajo mi sombra.
Os palpé en esta lluvia, no en el aire, sino en la tierra, tras haber caído -entre la hierba fría y caliente, como una boca grande y verde que no devora tiempos: mis manos ahora huelen a aceite de podrido y lujuriante azahar (mis dedos, ya planetas del árbol) y también a una axila rosa y al escozor de un vientre no virgen, tras la lluvia. Estabais allí tras el agua -o sea, allí en la lluvia- como jugando a ser espejos más que su fibra ambigua, pero era vuestro el aire.
En una cueva de un monte lejano me refugié. Y era de día y cantaba el agua en el agua y el aire soñaba en el aire. Me refugié para no huirme y no encontrarme. Era de noche y el monte aquel era de luz. Nunca supe de procesiones como aquéllas: vestían clámides transparentes, sin fibras, iban mirándome al pasar. Lo que no tiene fin no se posee ni nos posee: las miradas, suyas y mías, eran formas de otra forma de amor. No hay dioses muertos si son dioses, ni aquella cueva, ni aquel monte, ni aquella luz, ni clámides sin fimbrias, pues abrí los ojos, y hasta el pecho surgió el río del río.
de otoño
Para ignorar, hay que vivir.
Las manos ya se niegan
al testimonio
de los días
y las noches paradas.
Maduras
pero todavía no asoman,
amargos, los gajos abiertos
que oculta tu temor.
Aún no ignoras bastante.
Temes el vuelo de
ese pájaro
obstinado.
¿Transcurren, pues, las estaciones
o eres
tú, tan absorto, el tiempo?
Sabes ya
que la lluvia
no importa, que nada vale el plazo
de la espera.
Lo sabes
e ignorar es el alimento
del hombre -el de esta brisa
que no se sabe aire.
La joven se sentó en la hierba, se desnudó los pies y amaneció más allá de la aurora.
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« El peregrino llega junto al muro, / ya sin aliento, apoya el él las manos »
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