Poesía Universal

Andrés Trapiello

Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Trapiello. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Trapiello. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Andrés Trapiello

17 poemas seleccionados
1.

A una gota de rocío

Van forjando al rocío fondo y forma
		
en la secreta fragua, 
cuando nadie lo ve, para después 

		dejarlo igual que un vaso en la alacena 
		
de la naturaleza inabarcable, 
agua de pozo limpia y sed al mismo 
		tiempo. 
		
Y cómo estos principios se combinan 
para pulir, tal piedra de 
		diamante, 
		
el silencio y la rosa 
de donde nace al fin, como del poro 
de 
		la noche agitada van naciendo 
		
nuestros sueños más íntimos, 
esa pequeña gota 
destilada en 
		el tallo de cualquier loca avena. 
		
Luego el sueño también le vence a ella, 
y se evapora, 
		devolviéndole al mundo 
		
su perfume de rosa y su silencio, 
y no deja más rastro 
que 
		en nosotros la vida, si morimos. 
		
Y por ello, si fuera dios yo un día, 
no cogería arcilla de la 
		tierra 
		
ni ninguna otra cosa, 
sino a ti, mi pequeña Galatea 
que en 
		la avena te meces dulcemente, 
		
y ordenaría al punto: Hágase el hombre 
de esta lágrima pura, 

		y así quizá pudiera ser el hombre, 
		
pleno en su instante único 
entre tan bellas nadas, 
más 
		duradero sueño, una leyenda.


		De "Un 
		sueño en otro"
2.

Adonde tú por aire claro vas...

Adonde tú por aire claro vas,
en sombra yo, o 
		en hojarasca breve,
te he seguido. Yo mismo sombra soy
de ti. Y no 
		puedes tú notar que yo
te siga, yo, callado tras de ti,
lumbre 
		contigo o nieve de tu mano.
Y veo tu mirar, mas siempre esquivo,

		oscuro y amoroso, en huertos altos
que tú para tu amor los cercas. 
		Fuentes,
aves, la reja de la casa sueño
ser yo, la claridad, su 
		vuelo limpio,
el aire entre los hierros. Pero tú,
a mi través, 
		cuando me miras, creo
que estás mirando a otro, de no verme.
Y ya 
		la fuente, el ave, las espadas
de la verja no son nada. La tarde

		su rosa le retira al vaso. Pétalos
sólo, los continentes que parecen

		sobre la mesa, a ti te los ofrezco,
te envío su gobierno y yo, la 
		sombra.


		"Las 
		tradiciones"  1982
3.

Adoro las ciudades que son viejas...

Adoro las 
		ciudades que son viejas
ciudades de provincia
y los puentes de 
		piedra y los de hierro
y los puentes en ruinas,
viejos puentes de 
		piedra solitarios
invadidos de ortigas.

		
Pero también me cansan esas viejas
ciudades de provincia
y 
		todo lo que un puente sobre un río
oscuro simboliza.

		
De "La vida fácil" 1985
4.

Al final de la tarde...

Al final de la tarde
las últimas estelas se detienen
en la pared 
		de cal,
accidentes, cenizas.
En los ojos entonces los paisajes

		suenan como lacados
y hasta parecen lágrimas,
tan suavemente 
		llegan.

		
Hablo de mí porque temo a la muerte
desnuda de las cosas
y que 
		la muerte venga a esta azotea
a quedarse en la calma y el silencioso 
		valle.

		
Como en su vaso el té moruno y verde
o el viejo libro que abierto 
		está a su lado
han conseguido ser dueños de su quietud,
y en su 
		quietud
igualarse a los astros que van en vastas órbitas,

		
como ese viejo libro y ese vaso de té,
recuerda este lugar y este 
		momento.


		Un día 
		llegará en que te preguntes
¿de ti, de mí,  qué fue de todo 
		aquello?,
y de los ojos
ya no vendrán palabras.


		"Junto 
		al agua"  1980
5.

E.

D

Mírame aún. Creció musgo en mis labios

		y en los inviernos crudos me visita la nieve.
Siéntate, viajero, a mi 
		lado.
Cuando la lluvia arranca plateadas
coronas de la piedra y 
		silenciosa
en el ciprés muere la tarde, sólo
de ti me acuerdo. 
		Pero tú estás lejos.
Pasa tu mano por mi nombre y quita
las hojas 
		amarillas que lo cubren,
y los pétalos secos de esas flores

		antiguas. Llámame después y dime
si el viento de esos campos lo ha 
		borrado
o si tiembla en el aire todavía
como el romero verde.


		"La 
		vida fácil"  1985
6.

El

amor de las cosas


		Y me senté por descansar del día
junto al gran ventanal
y estuve 
		allí no sé qué largo rato.
Cansado estaba y triste y sin propósito

		viendo correr el agua de la fuente.
Los del jardín eran colores 
		foscos,
verdes que se enlutaban y unas rosas
al pie de una 
		escalera por la lluvia
gastados. Y allí mismo, en un rincón,
bajo 
		el naranjo agrio,
las viejas herramientas
que dejó el jardinero,

		la esterilla de esparto y el hocino
de primitivo aspecto, curvo y 
		negro.
Se deshacía el día en fino polvo
de oro, el agua por el 
		canalillo
de barro apenas se atrevía al ruido
y a su torre volvían 
		las palomas.
No era de noche aún, sino de azul,
de un azul muy 
		intenso.
Vino el amor entonces
a mi lado a quedarse,
el amor de 
		las cosas del huerto,
parte del cual estaba ya sembrado
y esperaba 
		su fruto.
Pero de pronto una blanca lechuza
se desplomó del cielo

		y me asustó su majestad al verla
detrás de unos laureles remontando;

		hasta escuché sus fantasmales alas.
no era de noche aún,
el aire 
		de azucenas perfumado,
y cerré la ventana
y ya no pude recorrer

		mi corazón del todo.


		"El 
		mismo libro"  1989
7.

Elegía

A Miriam

Recuerdas aquel tiempo en que oler una rosa,
una 
		rosa tan sólo, ni siquiera perfecta,
te arrancaba las lágrimas? Te 
		acercabas despacio
al rosal preferido y, a resguardo del mundo,

		como quien lleva dentro el tesoro más hondo
podías estar horas a su 
		lado esperando
sin atreverte apenas a confesar tu dicha,
sabedor 
		de que nadie te igualaba en fortuna.

		
Ibas buscando ávido los temblores simbólicos,
la estrella que 
		caía de lo negro en lo negro,
o sus ojos oscuros o el ruido que en la 
		noche
trenzaban los insectos en el astro bombilla
mientras de la 
		majada volvían los acordes
truncos de las esquilas a su caja de 
		música,
todo lo que temblando nacía o se acostaba.

		
Mientras atardecía ibais por las callejas.
¿Recuerdas el olor del 
		hinojo y la menta?
¿Recuerdas que decías «como puñal lo noto
que 
		me abrasara aquí», y el vientre señalabas?

		
Apenas si podíais articular palabra
por temor a estropear 
		aquellos sentimientos
nombrándolos en alto, y habríais escogido

		disolveros entonces en el aire anisado,
conscientes de que nunca 
		estaríais tan cerca.

		
Cuando pienso que yo de joven cultivaba
momentos melancólicos 
		cual gusanos de seda,
qué lejos me encontraba de sospechar que alguno

		nacería deforme y me devoraría
justo cuando añorase la alegría de 
		entonces,
la juventud perdida, aquel sutil talento
para hablar de 
		la muerte al tiempo que llenaba
de caricias un cuerpo ceñido por la 
		gracia.

		
Quién podía decirte que aquellas que trenzabas
guirnaldas 
		primitivas se te marchitarían
tan pronto entre las manos. Hablabas de 
		finales,
de viejos caserones y de ruinosas casas,
de sonidos 
		oscuros y nidos de otro tiempo,
de calles provinciales y sonatas de 
		Czerny,
pero eran entonces palabras solamente,
la muerte y la 
		desdicha palabras nada más,
como lo fueran sombra, ruiseñor o ciprés.

		
Han pasado los años y ya nada es igual.
A tu rosal el tiempo le 
		dio un tronco leñoso,
pero sus rosas siempre en cada primavera

		vuelven a florecer. Sólo tú te haces viejo
de veras, sólo tú has oído 
		hace un rato
delante de esa rosa un silencio inhumano
y has 
		sentido miedo, y te has puesto a llorar,
no lágrimas estéticas como 
		aquellas antiguas,
sino un lloro dañino, pues todo cuanto entonces

		pensabas que sería como ruina armoniosa,
con su bonita yedra y su 
		viejo jardín,
no es más que un trozo informe de mineral silencio,

		el dolor de ser piedra suelta por un camino.


		"Acaso 
		una verdad" 1993
8.

En la sala apagada

Ha quedado todo al fin
recogido: vida, sueño.
Hasta la carcoma 
		duerme
con sus monólogos secos.

		
El reloj en la pared
y en el tic-tac mi miedo
como pisadas que 
		vienen
a marcar más los silencios.

		
Lo mismo todas las noches.
En voz baja por el precio
de mi 
		muerte con la muerte
discuto. Nunca hay acuerdo.

		
Y al despuntar, como amigos
nos deseamos los buenos
días y 
		para esa misma
noche quedamos en vernos.

		
Silencio de los pianos
y de los sonidos negros.


		"La 
		vida fácil"  1985
9.

En las lluviosas tardes de noviembre...

En las lluviosas tardes de noviembre
de pesadumbre llenas,
con 
		un libro de románticas rimas
que habla de hojas secas
me siento a 
		ver el fuego
junto a la chimenea.
En esas cortas tardes otoñales,

		poca la luz de perla
en el salón, a solas, sin testigo,
las cosas 
		se sombrean
con azulado tedio
de indefinible esencia.
¡Veladas 
		de borroso calendario
y avara somnolencia,
de vacíos laureles y 
		jardines,
agrias tardes eternas
que tienen del olvido
la 
		misteriosa rueca!


		"La 
		vida fácil"  1985
10.

En tus mejores años

Cuando te veo ahora en tus mejores años
con toda la belleza de una 
		copa de vino,
brillándote en los ojos el deseo y las noches

		estrelladas de agosto, imagino ese invierno
en que, vieja y cansada, 
		te entregues al recuerdo.

		
He querido llegar antes que tú a ese día.
Y revivir los tiempos 
		en que tú levantaste
de esta ruina una casa, plantaste en ella 
		higueras,
y alimentaste fuegos que a todos nos hicieron
imaginar 
		la vida muy lejos de los muertos.

		
Ya ves que ahora han llegado, siniestros, silenciosos.
Por eso tu 
		poeta ha venido contigo
a recorrer de nuevo nuestras amadas ruinas,

		y si ayer fue tu risa, hoy será tu silencio,
cuando, vieja y cansada, 
		de nada sirve el sueño.


		"Acaso 
		una verdad" 1993
11.

Endecha

La falda, 
		un blanco balneario,
desaparece en el recodo
verde, al finaldel 
		paseo.
Enarenado trecho de los bojes
donde tú caes de ese lado de 
		la sombra,
como durmiendo cambias
de sitio, para siempre
en 
		otros brazos
que los míos despiertos.


		"Las 
		tradiciones"  1982
12.

Es

esto...


		Es esto

		la temible muerte.
Ha llegado el final
y no tienes respuesta.

		el vaso de cristal,
la flor sobre la mesa,
el dolor de partir

		sin que tu corazón conozca
una sola razón
de estas tres cosas

		sencillas.


		"Las 
		tradiciones"  1982
13.

Estudio

de piano en ronda

		
Un mundo empieza a retornar
por la reja abierta.
Aplazados 
		sonidos, yunques
de platero por el claro
callejón de luna. 
		
Aún imperfectos, la noche 
de vosotros se llena, 
haciéndose 
		más honda. 
		
Poco a poco, el tableteo 
de un lejano simón 
va alcanzando 
		las notas. 
		
Cuando se han perdido
los pasos del caballo, 
suena la tapa 
		del piano,
cerrando un empedrado
que alguien riega.

		
De "Las tradiciones" 1982
14.

La

carta


		He encontrado la casa
donde te llevaré a vivir. Es grande,
como 
		las casas viejas. Tiene altos
los techos y en el suelo,
de tarima 
		de enebro, duerme siempre
un rumor de hojas secas
que los pasos 
		avivan. A los ocres
de las paredes nada ya parece
retenerles aquí. 
		Igual que frágiles
pétalos, largo tiempo olvidados
en un libro, 
		amarillean todos.
Entre rejas, trenzado,
un rosal sin podar.
En 
		el jardín pequeño, una fuente
y un fauno. Y me dicen 
		
que también unos mirlos. 
Cuando en los meses fríos de otoño,

		al escuchar sus silbos
cobren vida tus ojos, en el verde
del agua 
		miraré contigo
cómo mueren los días.
Cómo se vuelve polvo en los 
		muebles
oscuros tu silencio
que azotará la lluvia
allí donde te 
		encuentres.


		"La 
		vida fácil"  1985
15.

La ventana de Keats

Para Manuel Borrás

		
Apartado de todo, vuelto a mí
en silencio egoísta, en soledad

		de campos y de encinas y callejas
que el otoño volvió más taciturnas;

		asilado a esta sombra y sin más patria 
		
que una vieja edición de tus poemas;
sentado en berroqueña piedra 
		gris 
		
y leyendo tus versos, oigo cómo 
de pronto un ruiseñor se eleva y 
		canta. 
		
Todo lo dejo entonces, mi lectura, 
mis leves pensamientos, mi 
		silencio. 
		
Todo por escucharle. Es él, él mismo. 
El dulce ruiseñor que tú 
		supiste 
		
distinguir entre todas las demás 
criaturas, por ser no 
		melodioso, 
		
que lo era, sino por ser el tuyo, 
el a ti destinado desde 
		siempre,
desde el día en que Dios de mansas fieras
ocupó el 
		Paraíso y dijo: «hágase
también el ruiseñor, para que Keats,
en la 
		umbría Inglaterra, al escucharlo
embelesado, alcance esta verdad:

		que el canto es sólo uno, siempre el mismo,
y que la rama cambia y 
		cambia el pájaro,
mas no la melodía. Esta será
de país a país 
		siempre la misma,
de un continente a otro y desde un siglo
a otro 
		siglo, la misma melodía,
igual que en el estanque van las ondas

		cuando alguien en él escribió un nombre».
Pues bien. Conmigo está, 
		frente a este Gredos,
el ruiseñor menudo de tus versos,
frente a 
		ese abstracto Gredos, calmo y duro
y hecho de pura abstracta lejanía.

		y están también los prados y colinas
por los que tú anduviste. Están 
		comigo
ahora, aquí. Y las viejas mansiones
que el campo inglés 
		conoce, venerables,
cubiertas por la yedra, iluminadas
con 
		quinqués y bujías cuya luz
llenaba las ventanas de dorada
quietud 
		e invitación al sueño,
de modo que de lejos, si pasaba
un viajero, 
		se decía: «¡Quién
pudiera estar allí, junto a esa lámpara,
dentro 
		de aquella casa, allí sentado
en cómodo sillón leyendo un libro
o 
		bebiendo los vinos de Madeira
y escuchando un piano, o ni siquiera,

		sólo como esa sombra que es el tiempo!
¡Sólo como la sombra de aquel 
		hombre
que se asoma al balcón para mirarme!
¡Quién pudiera 
		quedarse en esa casa
y no tener, cerrada ya la noche,
que andar 
		por estos fúnebres caminos
y exponerse a morir en soledades
que 
		harían de la muerte algo aún más triste»...
Eso diría el viajero 
		errante,
eso mismo diría al contemplar
la vieja casa solitaria y 
		grande.
Y luego seguiría su camino
sin dejar de mirar de vez en 
		cuando
atrás, hasta perder aquella luz,
aquel temblor de oro entre 
		las ramas
oscuras de los tejos, sin haber
siquiera sospechado que 
		eras tú,
John Keats, la sombra.

		
Y que le viste
llegar por el camino, y que dijiste:
«Al Sur 
		marcha ese hombre.
¡Quién pudiera con él perderse lejos!
Ahora 
		mismo. Sin equipaje alguno.
¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza

		languidecer aquí llevando una
vida que ni siquiera de infeliz

		puedo calificarla! Mira, parte
de nuevo, se va. Empieza ya la luna

		a vadear el río. ¡Cuánto debe
compadecer mis años!»...

		
                              
		Y que luego,
para apagar la sed de tu acedía,
tomaste una vez más 
		un papel nuevo
sin dejar de pensar en aquel hombre
que viste 
		peregrino. Quizás ese
fue el día en que escribiste aquel poema
que 
		empieza así: «Feliz es Inglaterra..."
¿Quién podría saberlo? Ahora 
		otra vez
lo leo en este viejo libro tuyo,
y al leer me parece que 
		tu otoño
es este otoño mío y que también
es mío el ruiseñor que ya 
		ha callado,
y me confundo y creo
que aquellos claros ríos entre 
		hayales
son nuestro pedregal, cuna de víboras.
Y así, miro estos 
		bíblicos olivos
y alcornoques ascéticos, la tierra
de la que 
		brotan zarzas sólo, ortigas,
pestilente cenizo o amargas hierbas,

		y ebrio de gratitud, no siento ya
ni abrasador el sol ni amargo el 
		aire
ni severos los pardos y los negros,
que son colores nuestros 
		metafísicos,
sino que cierro el libro y miro lejos,
porque tus 
		versos hacen que yo vea
este lugar como lugar del alma,
y vuelto a 
		mí, comienzo a recorrer
de nuevo este paisaje silencioso
y a verlo 
		de otro modo ya sentirlo
y a desear también la dulce muerte,

		hermana zarza, hermanos alcornoques,
ortigas, alimañas, sequedades.

		
De "Acaso una verdad" 1993
16.

Las

horas muertas


		Violeta de la tarde,
abejorro amarillo
que zumba en el espejo

		de la poza del río.

		
Las horas verdenegras
las pasan los mosquitos
haciendo y 
		deshaciendo
sobre el agua su ovillo.

		
Todo parece hecho
por obra del Destino,
lo que se pierde en 
		flautas,
lo que se pierde en pitos.

		
En el manzano juzga
un abejorro fino.


		"La 
		vida fácil"  1985
17.

Los triunfos

En toda victoria un dolor
tiene su origen. El estío,
cuando se 
		abre el alto ventanuco,
se desgarra sobre los chopos que clarean.

		La traza de aire fresco
que entra entonces, levanta
de la madera 
		un fresco olor a lejía
de suelos muy fregados.
Y algo que fue 
		sombra y vigilia
en la pensión, cobra forma
con la ligera luz del 
		alba.
En el vasar, sobre blanca labor
de lienzo y almidón,
unos 
		cuantos jazmines, aún lozanos.
Y quien lo ve, añora
ese 
		privilegiado amor que impulsa
a quien obtuvo la prodigiosa flor,

		al abrigo de la fría Segovia.


		"Las 
		tradiciones"  1982

Versos y pensamientos de Andrés Trapiello

4 citas
« Van forjando al rocío fondo y forma / en la secreta fragua, »
Andrés Trapiello · A una gota de rocío
« Adonde tú por aire claro vas, / en sombra yo, o »
Andrés Trapiello · Adonde tú por aire claro vas...
« Adoro las / ciudades que son viejas »
Andrés Trapiello · Adoro las ciudades que son viejas...
« Al final de la tarde / las últimas estelas se detienen »
Andrés Trapiello · Al final de la tarde...
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