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Andrés Trapiello · A una gota de rocío
Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Trapiello. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Trapiello. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Van forjando al rocío fondo y forma en la secreta fragua, cuando nadie lo ve, para después dejarlo igual que un vaso en la alacena de la naturaleza inabarcable, agua de pozo limpia y sed al mismo tiempo. Y cómo estos principios se combinan para pulir, tal piedra de diamante, el silencio y la rosa de donde nace al fin, como del poro de la noche agitada van naciendo nuestros sueños más íntimos, esa pequeña gota destilada en el tallo de cualquier loca avena. Luego el sueño también le vence a ella, y se evapora, devolviéndole al mundo su perfume de rosa y su silencio, y no deja más rastro que en nosotros la vida, si morimos. Y por ello, si fuera dios yo un día, no cogería arcilla de la tierra ni ninguna otra cosa, sino a ti, mi pequeña Galatea que en la avena te meces dulcemente, y ordenaría al punto: Hágase el hombre de esta lágrima pura, y así quizá pudiera ser el hombre, pleno en su instante único entre tan bellas nadas, más duradero sueño, una leyenda. De "Un sueño en otro"
Adonde tú por aire claro vas, en sombra yo, o en hojarasca breve, te he seguido. Yo mismo sombra soy de ti. Y no puedes tú notar que yo te siga, yo, callado tras de ti, lumbre contigo o nieve de tu mano. Y veo tu mirar, mas siempre esquivo, oscuro y amoroso, en huertos altos que tú para tu amor los cercas. Fuentes, aves, la reja de la casa sueño ser yo, la claridad, su vuelo limpio, el aire entre los hierros. Pero tú, a mi través, cuando me miras, creo que estás mirando a otro, de no verme. Y ya la fuente, el ave, las espadas de la verja no son nada. La tarde su rosa le retira al vaso. Pétalos sólo, los continentes que parecen sobre la mesa, a ti te los ofrezco, te envío su gobierno y yo, la sombra. "Las tradiciones" 1982
Adoro las ciudades que son viejas ciudades de provincia y los puentes de piedra y los de hierro y los puentes en ruinas, viejos puentes de piedra solitarios invadidos de ortigas. Pero también me cansan esas viejas ciudades de provincia y todo lo que un puente sobre un río oscuro simboliza. De "La vida fácil" 1985
Al final de la tarde las últimas estelas se detienen en la pared de cal, accidentes, cenizas. En los ojos entonces los paisajes suenan como lacados y hasta parecen lágrimas, tan suavemente llegan. Hablo de mí porque temo a la muerte desnuda de las cosas y que la muerte venga a esta azotea a quedarse en la calma y el silencioso valle. Como en su vaso el té moruno y verde o el viejo libro que abierto está a su lado han conseguido ser dueños de su quietud, y en su quietud igualarse a los astros que van en vastas órbitas, como ese viejo libro y ese vaso de té, recuerda este lugar y este momento. Un día llegará en que te preguntes ¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?, y de los ojos ya no vendrán palabras. "Junto al agua" 1980
D Mírame aún. Creció musgo en mis labios y en los inviernos crudos me visita la nieve. Siéntate, viajero, a mi lado. Cuando la lluvia arranca plateadas coronas de la piedra y silenciosa en el ciprés muere la tarde, sólo de ti me acuerdo. Pero tú estás lejos. Pasa tu mano por mi nombre y quita las hojas amarillas que lo cubren, y los pétalos secos de esas flores antiguas. Llámame después y dime si el viento de esos campos lo ha borrado o si tiembla en el aire todavía como el romero verde. "La vida fácil" 1985
amor de las cosas Y me senté por descansar del día junto al gran ventanal y estuve allí no sé qué largo rato. Cansado estaba y triste y sin propósito viendo correr el agua de la fuente. Los del jardín eran colores foscos, verdes que se enlutaban y unas rosas al pie de una escalera por la lluvia gastados. Y allí mismo, en un rincón, bajo el naranjo agrio, las viejas herramientas que dejó el jardinero, la esterilla de esparto y el hocino de primitivo aspecto, curvo y negro. Se deshacía el día en fino polvo de oro, el agua por el canalillo de barro apenas se atrevía al ruido y a su torre volvían las palomas. No era de noche aún, sino de azul, de un azul muy intenso. Vino el amor entonces a mi lado a quedarse, el amor de las cosas del huerto, parte del cual estaba ya sembrado y esperaba su fruto. Pero de pronto una blanca lechuza se desplomó del cielo y me asustó su majestad al verla detrás de unos laureles remontando; hasta escuché sus fantasmales alas. no era de noche aún, el aire de azucenas perfumado, y cerré la ventana y ya no pude recorrer mi corazón del todo. "El mismo libro" 1989
A Miriam Recuerdas aquel tiempo en que oler una rosa, una rosa tan sólo, ni siquiera perfecta, te arrancaba las lágrimas? Te acercabas despacio al rosal preferido y, a resguardo del mundo, como quien lleva dentro el tesoro más hondo podías estar horas a su lado esperando sin atreverte apenas a confesar tu dicha, sabedor de que nadie te igualaba en fortuna. Ibas buscando ávido los temblores simbólicos, la estrella que caía de lo negro en lo negro, o sus ojos oscuros o el ruido que en la noche trenzaban los insectos en el astro bombilla mientras de la majada volvían los acordes truncos de las esquilas a su caja de música, todo lo que temblando nacía o se acostaba. Mientras atardecía ibais por las callejas. ¿Recuerdas el olor del hinojo y la menta? ¿Recuerdas que decías «como puñal lo noto que me abrasara aquí», y el vientre señalabas? Apenas si podíais articular palabra por temor a estropear aquellos sentimientos nombrándolos en alto, y habríais escogido disolveros entonces en el aire anisado, conscientes de que nunca estaríais tan cerca. Cuando pienso que yo de joven cultivaba momentos melancólicos cual gusanos de seda, qué lejos me encontraba de sospechar que alguno nacería deforme y me devoraría justo cuando añorase la alegría de entonces, la juventud perdida, aquel sutil talento para hablar de la muerte al tiempo que llenaba de caricias un cuerpo ceñido por la gracia. Quién podía decirte que aquellas que trenzabas guirnaldas primitivas se te marchitarían tan pronto entre las manos. Hablabas de finales, de viejos caserones y de ruinosas casas, de sonidos oscuros y nidos de otro tiempo, de calles provinciales y sonatas de Czerny, pero eran entonces palabras solamente, la muerte y la desdicha palabras nada más, como lo fueran sombra, ruiseñor o ciprés. Han pasado los años y ya nada es igual. A tu rosal el tiempo le dio un tronco leñoso, pero sus rosas siempre en cada primavera vuelven a florecer. Sólo tú te haces viejo de veras, sólo tú has oído hace un rato delante de esa rosa un silencio inhumano y has sentido miedo, y te has puesto a llorar, no lágrimas estéticas como aquellas antiguas, sino un lloro dañino, pues todo cuanto entonces pensabas que sería como ruina armoniosa, con su bonita yedra y su viejo jardín, no es más que un trozo informe de mineral silencio, el dolor de ser piedra suelta por un camino. "Acaso una verdad" 1993
Ha quedado todo al fin recogido: vida, sueño. Hasta la carcoma duerme con sus monólogos secos. El reloj en la pared y en el tic-tac mi miedo como pisadas que vienen a marcar más los silencios. Lo mismo todas las noches. En voz baja por el precio de mi muerte con la muerte discuto. Nunca hay acuerdo. Y al despuntar, como amigos nos deseamos los buenos días y para esa misma noche quedamos en vernos. Silencio de los pianos y de los sonidos negros. "La vida fácil" 1985
En las lluviosas tardes de noviembre de pesadumbre llenas, con un libro de románticas rimas que habla de hojas secas me siento a ver el fuego junto a la chimenea. En esas cortas tardes otoñales, poca la luz de perla en el salón, a solas, sin testigo, las cosas se sombrean con azulado tedio de indefinible esencia. ¡Veladas de borroso calendario y avara somnolencia, de vacíos laureles y jardines, agrias tardes eternas que tienen del olvido la misteriosa rueca! "La vida fácil" 1985
Cuando te veo ahora en tus mejores años con toda la belleza de una copa de vino, brillándote en los ojos el deseo y las noches estrelladas de agosto, imagino ese invierno en que, vieja y cansada, te entregues al recuerdo. He querido llegar antes que tú a ese día. Y revivir los tiempos en que tú levantaste de esta ruina una casa, plantaste en ella higueras, y alimentaste fuegos que a todos nos hicieron imaginar la vida muy lejos de los muertos. Ya ves que ahora han llegado, siniestros, silenciosos. Por eso tu poeta ha venido contigo a recorrer de nuevo nuestras amadas ruinas, y si ayer fue tu risa, hoy será tu silencio, cuando, vieja y cansada, de nada sirve el sueño. "Acaso una verdad" 1993
La falda, un blanco balneario, desaparece en el recodo verde, al finaldel paseo. Enarenado trecho de los bojes donde tú caes de ese lado de la sombra, como durmiendo cambias de sitio, para siempre en otros brazos que los míos despiertos. "Las tradiciones" 1982
esto... Es esto la temible muerte. Ha llegado el final y no tienes respuesta. el vaso de cristal, la flor sobre la mesa, el dolor de partir sin que tu corazón conozca una sola razón de estas tres cosas sencillas. "Las tradiciones" 1982
de piano en ronda Un mundo empieza a retornar por la reja abierta. Aplazados sonidos, yunques de platero por el claro callejón de luna. Aún imperfectos, la noche de vosotros se llena, haciéndose más honda. Poco a poco, el tableteo de un lejano simón va alcanzando las notas. Cuando se han perdido los pasos del caballo, suena la tapa del piano, cerrando un empedrado que alguien riega. De "Las tradiciones" 1982
carta He encontrado la casa donde te llevaré a vivir. Es grande, como las casas viejas. Tiene altos los techos y en el suelo, de tarima de enebro, duerme siempre un rumor de hojas secas que los pasos avivan. A los ocres de las paredes nada ya parece retenerles aquí. Igual que frágiles pétalos, largo tiempo olvidados en un libro, amarillean todos. Entre rejas, trenzado, un rosal sin podar. En el jardín pequeño, una fuente y un fauno. Y me dicen que también unos mirlos. Cuando en los meses fríos de otoño, al escuchar sus silbos cobren vida tus ojos, en el verde del agua miraré contigo cómo mueren los días. Cómo se vuelve polvo en los muebles oscuros tu silencio que azotará la lluvia allí donde te encuentres. "La vida fácil" 1985
Para Manuel Borrás
Apartado de todo, vuelto a mí
en silencio egoísta, en soledad
de campos y de encinas y callejas
que el otoño volvió más taciturnas;
asilado a esta sombra y sin más patria
que una vieja edición de tus poemas;
sentado en berroqueña piedra
gris
y leyendo tus versos, oigo cómo
de pronto un ruiseñor se eleva y
canta.
Todo lo dejo entonces, mi lectura,
mis leves pensamientos, mi
silencio.
Todo por escucharle. Es él, él mismo.
El dulce ruiseñor que tú
supiste
distinguir entre todas las demás
criaturas, por ser no
melodioso,
que lo era, sino por ser el tuyo,
el a ti destinado desde
siempre,
desde el día en que Dios de mansas fieras
ocupó el
Paraíso y dijo: «hágase
también el ruiseñor, para que Keats,
en la
umbría Inglaterra, al escucharlo
embelesado, alcance esta verdad:
que el canto es sólo uno, siempre el mismo,
y que la rama cambia y
cambia el pájaro,
mas no la melodía. Esta será
de país a país
siempre la misma,
de un continente a otro y desde un siglo
a otro
siglo, la misma melodía,
igual que en el estanque van las ondas
cuando alguien en él escribió un nombre».
Pues bien. Conmigo está,
frente a este Gredos,
el ruiseñor menudo de tus versos,
frente a
ese abstracto Gredos, calmo y duro
y hecho de pura abstracta lejanía.
y están también los prados y colinas
por los que tú anduviste. Están
comigo
ahora, aquí. Y las viejas mansiones
que el campo inglés
conoce, venerables,
cubiertas por la yedra, iluminadas
con
quinqués y bujías cuya luz
llenaba las ventanas de dorada
quietud
e invitación al sueño,
de modo que de lejos, si pasaba
un viajero,
se decía: «¡Quién
pudiera estar allí, junto a esa lámpara,
dentro
de aquella casa, allí sentado
en cómodo sillón leyendo un libro
o
bebiendo los vinos de Madeira
y escuchando un piano, o ni siquiera,
sólo como esa sombra que es el tiempo!
¡Sólo como la sombra de aquel
hombre
que se asoma al balcón para mirarme!
¡Quién pudiera
quedarse en esa casa
y no tener, cerrada ya la noche,
que andar
por estos fúnebres caminos
y exponerse a morir en soledades
que
harían de la muerte algo aún más triste»...
Eso diría el viajero
errante,
eso mismo diría al contemplar
la vieja casa solitaria y
grande.
Y luego seguiría su camino
sin dejar de mirar de vez en
cuando
atrás, hasta perder aquella luz,
aquel temblor de oro entre
las ramas
oscuras de los tejos, sin haber
siquiera sospechado que
eras tú,
John Keats, la sombra.
Y que le viste
llegar por el camino, y que dijiste:
«Al Sur
marcha ese hombre.
¡Quién pudiera con él perderse lejos!
Ahora
mismo. Sin equipaje alguno.
¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza
languidecer aquí llevando una
vida que ni siquiera de infeliz
puedo calificarla! Mira, parte
de nuevo, se va. Empieza ya la luna
a vadear el río. ¡Cuánto debe
compadecer mis años!»...
Y que luego,
para apagar la sed de tu acedía,
tomaste una vez más
un papel nuevo
sin dejar de pensar en aquel hombre
que viste
peregrino. Quizás ese
fue el día en que escribiste aquel poema
que
empieza así: «Feliz es Inglaterra..."
¿Quién podría saberlo? Ahora
otra vez
lo leo en este viejo libro tuyo,
y al leer me parece que
tu otoño
es este otoño mío y que también
es mío el ruiseñor que ya
ha callado,
y me confundo y creo
que aquellos claros ríos entre
hayales
son nuestro pedregal, cuna de víboras.
Y así, miro estos
bíblicos olivos
y alcornoques ascéticos, la tierra
de la que
brotan zarzas sólo, ortigas,
pestilente cenizo o amargas hierbas,
y ebrio de gratitud, no siento ya
ni abrasador el sol ni amargo el
aire
ni severos los pardos y los negros,
que son colores nuestros
metafísicos,
sino que cierro el libro y miro lejos,
porque tus
versos hacen que yo vea
este lugar como lugar del alma,
y vuelto a
mí, comienzo a recorrer
de nuevo este paisaje silencioso
y a verlo
de otro modo ya sentirlo
y a desear también la dulce muerte,
hermana zarza, hermanos alcornoques,
ortigas, alimañas, sequedades.
De "Acaso una verdad" 1993
horas muertas Violeta de la tarde, abejorro amarillo que zumba en el espejo de la poza del río. Las horas verdenegras las pasan los mosquitos haciendo y deshaciendo sobre el agua su ovillo. Todo parece hecho por obra del Destino, lo que se pierde en flautas, lo que se pierde en pitos. En el manzano juzga un abejorro fino. "La vida fácil" 1985
En toda victoria un dolor tiene su origen. El estío, cuando se abre el alto ventanuco, se desgarra sobre los chopos que clarean. La traza de aire fresco que entra entonces, levanta de la madera un fresco olor a lejía de suelos muy fregados. Y algo que fue sombra y vigilia en la pensión, cobra forma con la ligera luz del alba. En el vasar, sobre blanca labor de lienzo y almidón, unos cuantos jazmines, aún lozanos. Y quien lo ve, añora ese privilegiado amor que impulsa a quien obtuvo la prodigiosa flor, al abrigo de la fría Segovia. "Las tradiciones" 1982
« Van forjando al rocío fondo y forma / en la secreta fragua, »
« Adonde tú por aire claro vas, / en sombra yo, o »
« Adoro las / ciudades que son viejas »
« Al final de la tarde / las últimas estelas se detienen »
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