Poesía Universal

Andrés Eloy Blanco

Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Eloy Blanco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Andrés Eloy Blanco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Andrés Eloy Blanco

9 poemas seleccionados
1.

A Florinda en invierno

Al hombre mozo que te 
		habló de amores
dijiste ayer, Florinda, que volviera,
porque en 
		las manos te sobraban flores
para reírte de la Primavera.


		Llegó el Otoño: cama y 
		cobertores
te dio en su deshojar la enredadera
y vino el hombre 
		que te habló de amores
y nuevamente le dijiste: -Espera.


		Y ahora esperas tú, 
		visión remota,
campiña gris, empalizada rota,
ya sin calor el 
		póstumo retoño


		que te dejó la 
		enredadera trunca,
porque cuando el amor viene en Otoño,
si le 
		dejamos ir no vuelve nunca.
2.

A un año de tu luz

A un año de tu luz, e 
		iluminado 
		
hasta el final de su latir, por ella, 
desanda el viaje el 
		corazón cansado. 
		


		De tu voz, de tu mano y 
		de tu huella 
		
retorna a la niñez, donde palpita 
sangres de luz tu corazón de 
		estrella. 
		


		Vamos los dos a la 
		esperada cita
y parece saltar de mi costado,
santa y clara, tu voz 
		de agua bendita.
Y así al solar de la niñez llegado,
mi corazón, 
		devuelto de tu muerte,
a un año de tu luz, e iluminado. 
		


		Luna de Cumaná, para 
		encenderte
la lámpara de arrullo que me duerma
y el postigo de voz 
		que me despierte. 
		


		Luna en el pan de la 
		colina yerma,
en el río, en la sabana,
pavón lunar de mariposa 
		enferma; 
		


		y luna en el cocal, 
		junto a Chiclana,
donde el recuerdo azul de tus amores
se echa a 
		dormir, como una caravana; 
		


		luna para los mapas de 
		colores
que teje la nocturna confidencia
rumbo a la calle de Flor 
		de las Flores 
		


		y luna que en tus uvas 
		aquerencia
para miel de aquellas de tu parra
y el limón de las 
		doce de tu ausencia. 
		


		Ancha la casa que el 
		poema narra:
blancas mujeres, de azabache el pelo,
hechas al par 
		de hormiga y de cigarra; 
		


		buenas para el bautizo 
		y para el duelo,
parejas en el hambre o en la medra,
del sueño 
		canto y del dolor pañuelo. 
		


		Galaica flor en 
		castellana piedra:
vaciada al acueducto segoviano
la ría de cantor 
		de Pontevedra 
		


		Así te halló el esposo 
		y hortelano,
Doctor para saber cómo se tienta
el pulso al corazón 
		desde la mano. 
		


		Así el hogar, señora y 
		cenicienta,
nodriza y enfermera en el manejo
y en el combate al 
		sol, lugartenienta. 
		


		Así la lucha y la 
		prisión, espejo
de aquella tierra de recluta y canto,
panal del 
		niño y retamal del viejo. 
		


		Y tu niño en la flor 
		del camposanto
y el Esposo en el sol de los caminos
el exilio y el 
		mar: cosas del llanto. 
		


		La isla de los lobos 
		peregrinos,
de níspero el sabor, de perla el flanco,
de sal, de 
		sol, de piedra los marinos. 
		


		Copia de espuma y ola 
		en el barranco,
de noche y playa, médico y cochero,
el coche negro 
		y el caballo blanco. 
		


		Y la Virgen del Valle y 
		el vallero,
perla para los buzos hacia arriba,
madre del mar y de 
		su marinero. 
		


		La Isla, como tú, del 
		mar cautiva,
con eso de la sed y de la vela,
siempre llegando y 
		siempre fugitiva. 
		


		Dormir allí, bajo tu 
		cantinela
soñar domingos de color de playa
en la semana de color 
		de escuela. 
		


		Dormir allí, pescado en 
		la atarraya
de tu labor de estambre y mecedora,
mi sueño, entre 
		las dunas de tu saya. 
		


		¡Ay, las hermanas de 
		durazno y mora!
¡Ay, mi hermano de amor y de centella!
¡Ay, mi 
		Padre de luz y tú de aurora! 
		


		¡Ay, el claro querer 
		sin la querella!
Tu pan, tu sol, tus ojos, para el día;
para la 
		noche, kerosén y estrella. 
		


		Para la noche de 
		ponerte fría,
cuando oíste subir de tus hinojos
el llanto de mi 
		verso que nacía. 
		


		Yo en tus rodillas, en 
		la calle abrojos,
en la acera los dos, y una saeta
mi primer verso 
		fue para tus ojos. 
		


		Me alzaste en brazos; 
		trémula y coqueta,
fuiste y volviste de la risa al lloro
y 
		empezaste a gritar:   -Tengo un Poeta! 
		


		tú quisiste decir: - 
		Tengo un tesoro,
tengo un ovillo de torzal de plata
y una cocina 
		de fogón de oro... 
		


		Así la Isla: calles de 
		piñata,
amor de la muñeca y la gaviota,
cartas de sol con lunas de 
		postdata. 
		


		Hasta el día en que el 
		mar, gota por gota,
cayó desde las nubes de tu llanto
hasta los 
		pies de tu muñeca rota; 
		


		y otro pedazo tuyo al 
		camposanto:
niña del mar, que te prestó la tierra;
tanto te daba y 
		te quitaba tanto. 
		


		Y al mar de nuevo, la 
		balandra en guerra.
Y el cabo al tajamar y el salto al valle
del 
		pequeño calvario y la alta sierra. 
		


		La ciudad linda, de 
		guirnalda al talle,
el bronce amado y verdugo triste
y el silencio 
		del hombre de la calle. 
		


		Y tus manos de bruja 
		artesanía
en el punto cabal de la chaqueta
y en escarpines de 
		juguetería. 
		


		(Por eso, tejedora en 
		el poeta,
en la dantesca red de los tercetos
engarzo a ti lazada y 
		cadeneta). 
		


		Y el regreso a los 
		hijos y los nietos,
feliz de tus estancias favoritas
y enredada la 
		lengua de alfabetos; 
		


		y la puntualidad de tus 
		visitas
a misa de San Juan, por la mañana,
a la capilla de las 
		hermanitas. 
		


		Morir, morir... La 
		insustituible hermana
al reino de la nube y de la flecha,
luna 
		descalza, huyó por la ventana. 
		


		No fue más que otra 
		deuda satisfecha
en el trueque de savias y de flores
que había 
		entre la tumba y tu cosecha. 
		


		Tu casa de San Luis de 
		los Dolores
alzó al lacrimatorio de los pinos
la conciencia de 
		ángel de las flores. 
		


		Y tú a sus pies; el 
		odio en los caminos
y tú ofreciendo en el cruzar del fuego
aire de 
		amor a todos los molinos. 
		


		Era molerte el alma; el 
		mundo ciego
luchando, y tú, en el centro de la guerra,
sin queja, 
		sin rencor y sin sosiego. 
		


		Y al ultimo dolor, tu 
		vida cierra
balance de los hombres de tu entraña:
bajo la tierra, 
		dos, y uno sin tierra. 
		


		Al mar de nuevo, a 
		darme en tierra extraña
la valiente mirada que quería
luchar 
		contra la gota en la pestaña. 
		


		Después, aquellos 
		hombres de alma fría;
el inhóspito lecho hospitalario,
sobre la 
		tela del cercano cielo,
el encaje final de tu rosario. 
		


		Y el regreso al hogar, 
		el negro vuelo:
con las dos alas el avión cortaba
varas de noche 
		para nuestro duelo. 
		


		Aldebarán, que nos 
		acompañaba,
las Pléyades y el mar que las refleja
miraron una urna 
		que volaba. 
		


		Al final del estambre 
		en tu madeja
se cuajó en tu mirada nebulosa
la última uva de la 
		noche vieja. 
		


		Así fue. Y al morir la 
		dolorosa,
un ave negra le llevó al lucero
en el pico ladrón la 
		mariposa. 
		


		Fue en un día tres 
		veces agorero;
ese día de un mes, nos ha quedado
como el mejor 
		para decir «Me muero». 
		


		Así fue, madre, el fin 
		de tu bordado
como el mejor para decir «Me muero». 
		


		Así fue, madre, el fin 
		de tu bordado.
De tus hijas y nietas el gemido
puso a temblar el 
		pino abandonado. 
		


		En hombros te llevaba 
		el pueblo herido,
la múltiple cabeza descubierta,
y al pasar por 
		San Luis, tu viejo nido, 
		


		el mundo de tu amor 
		salió a la puerta
y el silencio de un hijo que lloraba
metió el 
		pinar en tu cajón de muerta. 
		


		Aquí conmigo estás; yo, 
		que soñaba
viajar contigo, tengo en tu retrato
esa sonrisa que te 
		iluminaba. 
		


		Y allá estarás, en el 
		taller beato,
para vestir de blancos faldellines
a mi angelito 
		negro y mulato, 
		


		para llenar de azules 
		escarpines,
tejidos con celajes de destellos,
la canastilla de los 
		serafines. 
		


		Estamos con los hijos y 
		hasta ellos
vemos caer la luz de tu mirada,
peinando con tu nombre 
		sus cabellos. 
		


		Tenemos tu sonrisa 
		iluminada;
la voz de tu trisagio y de tu misa
le grita a mi dolor:  
		-¡No ha muerto nada! 
		


		Con bosque y mar, con 
		huracán y brisa,
con esa misma muerte que te encierra,
de la 
		gracia inmortal de tu sonrisa
llenos están los cielos y las tierras.
3.

Ayer vino la paloma...

Ayer vino la paloma

		que viene todos los días,
ayer se paró en la reja
y comió de mi 
		comida,
ayer vino hasta mis hierros,
ayer me escuchó tranquila

		y digo en el romancillo
las cosas que le decía:

		
-Paloma, vuelve a los cielos
y mira hacia los tejados;
cuando 
		veas una casa
grande, que tiene tres patios;
el primero con 
		palmeras,
el segundo con mosaicos,
el tercero, un patio grande

		con azotea de un lado
y arboleda y gallinero
y olor de jabón 
		pintado,
cuando veas esa casa
verás en el primer patio
cuatro 
		mujeres cosiendo
cuatro mujeres bordando.
Allí llegarás, paloma

		y allí bajarás al patio
y caerás en las rodillas
de la del pelo 
		dorado;
después volarás de nuevo
y volverás a mi lado,
y 
		entonces sabré, paloma,
si la del pelo dorado
tiene las manos 
		cosiendo,
tiene los ojos llorando.

		
Ayer vino la paloma
que viene todos los días,
ayer se paró en 
		mi reja
y comió de mi comida,
ayer vino hasta mis hierros,
ayer 
		hablóme tranquila
y digo en el romancillo
las cosas que me decía:

		
-Prisionero, fui a los cielos
y miré hacia los tejados
hasta 
		que encontré una casa
grande, que tiene tres patios;
el primero 
		guarnecido
Con zócalo de mosaicos,
lleno de tiestos con flores

		y sillas de junco blanco,
con un vitral en el fondo
de vidrios 
		esmerilados;
el segundo, con columnas
y reja de alicatados
y 
		con una enredadera
y unos rosales cargados;
y el tercero con 
		gallinas
y una higuera y unos plátanos
y un hilo con ropa blanca

		y olor de jabón pintado.

		
Allí llegué, prisionero,
y encontré en el primer patio
tres 
		niños con las cabezas
como zagal de retablo.
Y en el segundo 
		encontré
cinco mujeres bordando
cuatro con el pelo negro
y una 
		con el pelo blanco.
Allí llegué, prisionero,
y allí me metí en el 
		patio
y le caí en las rodillas
de aquella del pelo blanco.

		Tiene las manos cosiendo,
tiene los ojos llorando.
4.

¿Cuántas estrellas tiene el cielo?

La última noche que 
		pasamos juntos,
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?

		-Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?


		-Cállate. Esta noche

		no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar

		cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta 
		algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene 
		hambre?


		Esta noche, pregunta 
		algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con 
		toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté 
		preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?


		Y verás como todo hace 
		falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que 
		el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una 
		que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
5.

El dulce mal

Vuelvo los ojos a mi 
		propia historia.
Sueños, más sueños y más sueños... gloria,
más 
		gloria... odio... un ruiseñor huyendo...
y asómbrame no ver en toda 
		ella
ni un rasgo, ni un esbozo, ni una huella
del dulce mal con 
		que me estoy muriendo.


		Torno a mirar hacia el 
		camino andado...
Mi marcha fue una marcha de soldado,
con paso 
		vencedor, a todo estruendo;
mi alegría una bárbara alegría...
Y en 
		nada está la sombra todavía
del dulce mal con que me estoy muriendo.


		Surgió una cumbre 
		frente a mí; quisieron
otros mil coronarla y no pudieron;
sólo yo 
		quedé arriba, sonriendo,
y allí, suelta la voz, tendido el brazo,

		nunca sentí ni el leve picotazo,
del dulce mal con que me estoy 
		muriendo.


		Volví la frente hacia 
		el más bello ocaso...
Mil bravos se rindieron al fracaso
mas, yo 
		fui vencedor del mal tremendo;
fui gloria empurpurada y vespertina,

		sin presentir la marcha clandestina
del dulce mal con que me estoy 
		muriendo.


		Fuerzas y potestades me 
		sitiaron
y, prueba sobre prueba, acorralaron
mi fe, que ni la 
		cambio ni la vendo,
y yo les vi marchar con su despecho
feliz, sin 
		presentir nada en mi pecho
del dulce mal con que me estoy muriendo.


		Mujeres... por mi 
		gloria y por mis luchas
en muchas partes se me dieron muchas
y en 
		todas partes me dormí queriendo
y en la mañana hacia otro amor 
		seguía,
pero en ninguno el dardo presentía
del dulce mal con que 
		me estoy muriendo.


		Y un día fue la torpe 
		circunstancia
de quedarnos a solas en la estancia,
leyendo juntos, 
		sin estar leyendo,
mirarnos en los ojos, sin malicia,
y quedarnos 
		después con la delicia
del dulce mal con que me estoy muriendo.
6.

La

mujer de sal


		¡Oh, blancura imposible 
		de la Amada imposible!
¡Por todos mis desvelos cruza, como un 
		fantasma,
como un jirón de invierno, su carne sin penumbras,

		inverosímilmente blanca!

		
¡Oh, blancura imposible,
que integra mis delirios y va sobre mi 
		alma,
con la apariencia leve de un sudario
y la verdad de mármol 
		de una lápida!

		
Si alguna vez la viste, filósofo ambulante,
devanador de calles, 
		enredador de plazas,
tejedor de monólogos, si alguna vez la viste,

		di si es verdad que te espantó mirarla.

		
El resumen de todas las blancuras
en Ella se anidó como una 
		garza,
y fue en sus manos un sopor de ovejas
y fue lienzo de altar 
		en su garganta.

		
Vibrante, musical y suspendida
sobre la tierra, su blancura se 
		alza
y va floreando sobre el alto cielo
como un arbusto bajo la 
		nevada.

		
¡Blancura universal, ¡cómo te miro
resumida al mirarla!
¡El 
		blancor de esos días tercamente lluviosos;
		
las estatuas de mármol recién inauguradas;
el estertor de la 
		pechuga exangüe;
el ruedo que la mar prende a su falda;
la capa 
		voladora del beduino
y sus tiendas errantes, palomar del Sahara;

		los caminos ahogados en la arena;
al fondo de los árboles, la pared 
		de una casa;
las tumbas escondidas en la noche;
el cirio 
		iluminando la mortaja;
¡yacente livor del esqueleto
que el cincel 
		del gusano cincelara;
esas frases inéditas, alargadas de aes,
con 
		que los sordomudos desahogan su rabia;
las gotas de azahar sobre las 
		bodas,
y en la Suprema hora de las ansias,
en el instante de 
		aflojar los brazos,
aquel blanco en los ojos de la mujer cansada!

		
Blancura universal, ¡Cómo te miro
resumida, al mirarte!
El 
		remoto dolor de los pañuelos
que aletean de adioses en la playa;

		las velas de cien barcos bajo el sol, 
		
que parece
que un gran lirio se hubiera deshojado
en la rada;

		las nubecillas huérfanas que entristecen
los cielos
con la miseria 
		de su buche de agua;
la alegría lustral del primer diente
que en 
		la frescura del pezón se clava
y en la inquietud de una cabeza negra

		la aguja cruel de la primera cana;
el alba, cuando bajo los rayos del 
		ordeño
se amanece de leche la penumbra del ánfora;
el pan de trigo 
		antes de entrar al horno;
el lecho albar que está estrenando sábanas

		y la cuerda del patio con la ropa
que ponen a secar por la mañana!...

		
Mucho de amargo y mucho de imposible 
tiene, en verdad, la carne 
		de la Amada; 
		
en Ella hay la amargura de esas drogas blanquísimas,
y es 
		imposible como el Himalaya.

		
Su carne es la Primera Comunión de la Carne,
y tiene lo intocado 
		de las páginas
donde no escribió nadie, porque esperan la mano
que 
		escriba con su sangre la Primera Palabra.

		
¡Mujer de Nieve, inédita de los llanos polares!
¡Mujer de Sal, 
		como la vieja Estatua!
Cuando duerme, su rostro
se debe confundir 
		con la almohada,
y cuando muere la creerán dormida,
porque después 
		de muerta no podrá ser más pálida.

		
¡Mujer de Nieve, efigie de la Muerte,
Mujer de Sal, Estatua!

		Si has de venir a mí, ven por la senda
más nocturna o más blanca;

		así te fundirás en el camino
y yo no te veré hasta la llegada.

		
Vendrás diciendo una palabra hueca,
con muchas aes y la voz muy 
		baja;
tus dedos azulados palparán las tinieblas,
y un collar de 
		corales, ciñendo tu garganta,
suspenderá hasta el vértice 
		
de mis presentimientos
la evocación de las descabezadas.


		Mujer de sal, mujer de nieve, siento
como un largo vacío tu blancura 
		en el alma,
y voy a ti como al abismo el ciego,
aunque presienta 
		que has de ser mañana,
Como la muerte, fría e imposible
y como la 
		mujer de Lot, amarga...
7.

La órbita del agua

Vamos a embarcar, 
		amigos,
para el viaje de la gota del agua.
Es una gota, apenas, 
		como el ojo de un pájaro.


		Para nosotros no es 
		sino un punto,
una semilla de luz,
una semilla de agua,
la 
		mitad de lágrimas de una sonrisa,
pero le cabe el cielo
y sería el 
		naufragio de una hormiga.


		Vamos a seguir, amigos,

		la órbita de la gota de agua:
De la cresta de una ola
salta, con 
		el vapor de la mañana;
sube a la costa de una nube
insular en el 
		cielo, blanca, como una playa;
viaja hacia el Occidente,
llueve en 
		el pico de una montaña,
abrillanta las hojas,
esmalta los retoños,

		rueda en una quebrada,
se sazona en el jugo de las frutas caídas,

		brinca en las cataratas,
desemboca en el río, va corriendo hacia el 
		Este,
corta en dos la sabana,
hace piruetas en los remolinos
y 
		en los anchos remansos se dilata
como la pupila de un gato,
sigue 
		hacia el Este en la marea baja,
llega al mar, a la cresta de su ola

		y hemos llegado, amigos... Volveremos mañana.
8.

La renuncia

He renunciado a ti. No 
		era posible.
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a 
		veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

		
Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la 
		estrella...
Hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la 
		estrella estaba arriba...

		
He renunciado a ti, serenamente,
como renuncia a Dios el 
		delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver 
		del viejo amigo;
como el que ve partir grandes navíos
con rumbos 
		hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus 
		amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;

		como el marino que renuncia al puerto
y el buque errante que renuncia 
		al faro
y como el ciego junto al libro abierto
y el niño pobre 
		ante el juguete caro.

		
He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su 
		boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos 
		extáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia, soplando los 
		cristales
en los escaparates de las confiterías...
He renunciado a 
		ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos

		y al final, cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo 
		que antes fuimos!

		
Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie 
		a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes regresaré hasta el 
		hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...
9.

La vaca blanca

De un amor que pasó, como un paisaje 
		
visto del tren, cuando se va de viaje; 
de un romance de un mes, 
		en un cobijo 
		
del llano, una mujer me dejó un hijo. 

Ella murió, y abrieron 
		una fosa, 
		
y allí metieron el residuo humano, 
y una cúpula azul sobre una 
		losa 
		
fue el mausoleo: el cielo sobre el llano. 

Y me dejó un 
		pequeño 
		
así de grande y como flor de harina, 
con unos ojos como para un 
		sueño 
		
y el laberinto de su lengua china. 

Yo vine de muy lejos para 
		verle. Tenía 
		
las pestañas muy largas; me miró fijamente 
y me mostró la lengua 
		bajo la calva encía, 
		
con una picardía 
de granuja que dice: "Qué me verá esta gente?"

		
Tuvo hambre. Yo anduve de covacha en covacha 
comprándole su 
		leche al niño ajeno; 
		
cada vez que encontraba una muchacha, 
con cierta gula le miraba 
		el seno.

		
Había seis mujeres: 
eran cinco doncellas y una vieja arrugada; 
		
eran diez pechos para los placeres 
y dos que no servían para 
		nada.

		
Pasé por el corral y hallé en la puerta 
la vaca blanca y su 
		ternera muerta. 
		
Y se vino hacia mí la vaca blanca, 
una estrella en la frente y 
		una cruz en el anca...

		
Mi niño era de nieve; su ternera, de armiño; 
por su ternera, yo 
		le di mi niño.

		
Y era aquel despertar por la mañana, 
cuando rompía el sueño 

		el mugir de la vaca en la ventana, 
		
y el breve ordeñador iba al ordeño.

Y aquella boca en el 
		pezón colgante, 
		
y aquel mirar de vaca, mansamente, 
y después, él delante 
del 
		testuz, y la vaca le lamía la frente. 
		

Hoy le enterramos. Vino 
la fiebre, y en dos días se me fue. 
		En el camino 
		
he encontrado la vaca; por la tierra albariza 
se acercaba a lo 
		lejos su dolor de nodriza...

		
Los dos nos arrimamos, y se puso a mirarme; 
en la frente dolida 
		se le avivó el lucero, 
		
y sus remotos ojos parecían hablarme 
del dolor que le daba de 
		perder mi ternero.

		
Y la nodriza y todo 
cuanto del llano tuve, se me quedó en el 
		llano... 
		
La vaca me miraba..., me miraba de un modo, 
que yo sentí la 
		angustia de tenderle la mano...

Versos y pensamientos de Andrés Eloy Blanco

4 citas
« Al hombre mozo que te / habló de amores »
Andrés Eloy Blanco · A Florinda en invierno
« A un año de tu luz, e / iluminado »
Andrés Eloy Blanco · A un año de tu luz
« Ayer vino la paloma / que viene todos los días, »
Andrés Eloy Blanco · Ayer vino la paloma...
« La última noche que / pasamos juntos, »
Andrés Eloy Blanco · ¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
Biblioteca poética

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