Poesía Universal

Ana Rossetti

Biografía y amplia selección de poemas de Ana Rossetti. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Ana Rossetti. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Ana Rossetti

20 poemas seleccionados
1.

A quien, no obstante tan deliciosos placeres debo

"Cuando una se siente bien, puede prescindir de lo mejor.
                                                                                                       
	Eso me parece sabio".
                                                                                                              
	Andrea de Nerciat


	Y esa tan 
	transparente neblina que su lengua
extendió sobre mí... labor 
	concupiscente,
minuciosa e inútil, pues el bello prosélito
¿me 
	atreveré a decirlo? es que es tan impotente
como adorable es. Por ello, 
	aún intacto
conservo el corazón de mi valiosa orquídea
(falsas futuras 
	nupcias blancas) y, así, entre tanto,
mi precioso tormento, recibo tus 
	bombones
y mis ingles remojo detrás de cada cita
con abluciones vanas. 
	Pero, tonto muchacho,
no te avergüences si, de pronto, no se abulta tu 
	pretina,
ni tu enarbolado furor puede,
impasible, horadarme la 
	membrana
y arrancar de mi carne el clásico aspaviento.
Y no te 
	desesperes si no soy despojada
aún de aquello que, sobrepasando el tiempo

	que la edad aconseja y Cupido consiente,
fiel guardo en el ardiente 
	túnel. Ya custodiada
mi pelvis por amor tan incauto cerrada
permanece, 
	mi escudo, sabrosa precaución!
Hundamos nuestras bocas en la fresca 
	reseda
de nuestros célibes y ocultos sitios
y tú, tonto muchacho, si 
	encuentras resistencia
en donde tu ternura esperaba verterse,

	torpemente no insistas empeñado en robarme
unas gotitas rojas y un agudo 
	gritito,
pues no soportarías placer tan cruento.

	
De "Los devaneos de Erato" 1980
2.

A un joven con abanico

Y qué encantadora es tu 
	inexperiencia.
Tu mano torpe, fiel perseguidora
de una quemante gracia 
	que adivinas
en el vaivén penoso del alegre antebrazo.
Alguien cose en 
	tu sangre lentejuelas
para que atravieses
los redondos umbrales del 
	placer
y ensayas a la vez desdén y seducción.
En ese larvado gesto que 
	aventuras
se dibuja tu madre, reclinada
en la gris balaustrada del 
	recuerdo.
Y tus ojos, atentos al paciente
e inolvidable ejemplo, se 
	entrecierran.
Y mientras, adorable
y peligrosamente, te desvías.


	De "Los devaneos de 
	Erato" 1980
3.

Chico Wrangler

Dulce corazón mío de súbito 
	asaltado.
Todo por adorar más de lo permisible.
Todo porque un cigarro 
	se asienta en una boca
y en sus jugosas sedas se humedece.
Porque una 
	camiseta incitante señala,
de su pecho, el escudo durísimo,
y un 
	vigoroso brazo de la mínima manga sobresale.
Todo porque unas piernas, 
	unas perfectas piernas,
dentro del más ceñido pantalón, frente a mí se 
	separan.
Se separan.


	De "Indicios 
	vehementes" 1985
4.

Maru

Cibeles ante la 
	ofrenda anual de tulipanes


	                                   
	Que mi corazón estalle! / Que el amor a su antojo, /
                                                                                              
	acabe con mi cuerpo. "
                                                                                                                              
	Amaru


	Desprendida su funda, el 
	capullo, 
tulipán sonrosado, apretado turbante, 
enfureció mi sangre 
	con brusca primavera. 
Inoculado el sensual delirio, 
lubrica mi 
	saliva tu pedúnculo; 
el tersísimo tallo que mi mano entroniza. 
Alta 
	flor tuya erguida en los oscuros parques; 
oh, lacérame tú, vulnerada 
	derríbame 
con la boca repleta de tu húmeda seda. 
Como anillo se 
	cierran en tu redor mis pechos, 
los junto, te me incrustas, mis labios 
	se entreabren 
y una gota aparece en tu cúspide malva.
5.

Cierta

secta feminista se da consejos prematrimoniales


	
                                   
	"...Trabajada despiadadamente por un autómata
                                  
	que cree que el cumplimiento de un cruel deber es
                                                                                              
	un asunto de honor."
                                                                                                   
	Andrea de Nerciat

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.

	Démonos prisa desvalijándonos
destruyendo el botín de nuestros cuerpos.

	Al enemigo percibo respirar tras el muro,
la codicia se yergue entre sus 
	piernas.

	
Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
No deis pródigamente a la 
	espada,
oh viril fortuna, el inviolado himen.
Que la grieta, en el 
	blanco ariete
de nuestras manos, pierda su angostura.

	
Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Ya extendieron las sábanas

	y la felpa absorbente está dispuesta.
para que los floretes nos derriben

	y las piernas empapen de amapolas.
Y besémonos, bellas vírgenes, 
	besémonos.
Antes que el vencedor la ciudadela
profane, y desvele su 
	recato
para saquear del templo los tesoros,
es preferible siempre 
	entregarla a las llamas.

	
Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Expolio singular: 
	enfebrecidas
en nuestro beneficio arrebatemos
la propia dote. Que el 
	triunfador altivo
no obtenga el masculino privilegio.

	
Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Con la secreta fuente 
	humedecida
en el licor de Venus,
anticipémonos,
de placer mojadas, 
	a Príapo.
y con la sed de nuestros cuerpos, embriaguémonos.

	
Y besémonos, bellas vírgénes, besémonos.
Rasgando el azahar, 
	gocémonos, gocémonos
del premio que celaban nuestros muslos.
El falo, 
	presto a traspasarnos
encontrará, donde creyó virtud, burdel.

	
De "Los devaneos de Erato" 1980
6.

Creí

Creí que te habías muerto, 
	corazón mío...


	Creí que te habías muerto, 
	corazón mío,
en Junio.
Creí que, definitivamente, te habías muerto:

	sí, lo creí.
Que, después de haber esparcido el revoloteo púrpura
de 
	tu desesperación, como una alondra caíste en el
alféizar; que te 
	extinguiste como el fulgor atemorizado
de un espectro; que como una 
	cuerda tensa te rompiste,
con un chasquido seco y terminante.
Creí 
	que, acorralado por tus desvaríos, traicionado por
los todavías, 
	alcanzado por las evidencias, exhausto,
abatido, habías sido derribado al 
	fin.
Y contigo, se desvanecieron los engarces entre
sentimientos, 
	imágenes, suposiciones y pruebas.
Se me fueron abriendo las costuras de 
	la memoria: ya
me estaba acostumbrando a vivir sin ti.
Pero tus 
	fragmentos estallados se han ido
buscando, encontrando, cohesionándose 
	como gotas de
mercurio, sin cicatriz ni señal.
Y ahí estás, otra vez 
	inocente, sin acusar enmienda ni
escarmiento, guiando, dirigiendo, 
	adentrando en ti el
peligro, como si fueras invulnerable o sabio, como 
	si,
recién nacido apenas, ya fueras capaz de distinguir, en
el mellado 
	filo del clavel,
la espada
7.

Cuando mi hermana y yo, solteras, queríamos ser virtuosas y santas

Y cuando al jardín, 
	contigo, descendíamos,
evitábamos en lo posible los manzanos.
Incluso 
	ante el olor del heliotropo enrojecíamos;
sabido es que esa flor amor 
	eterno explica.
Tu frente entonces no era menos encendida
que tu 
	encendida beca*, sobre ella reclinada,
con el rojo reflejo competía.
Y 
	extasiadas, mudas, te espiábamos;
antes de que mojáramos los labios en la 
	alberca,
furtivo y virginal, te santiguabas
y de infinita gracia te 
	vestías.
Te dábamos estampas con los bordes calados
iguales al platito 
	de pasas
que, con el té, se ofrece a las visitas,
detentes y reliquias 
	en los que oro cosíamos
y ante ti nos sentábamos con infantil modestia.

	Mi tan amado y puro seminarista hermoso,
¡cuántas serpientes enroscadas 
	en los macizos de azucenas,
qué sintieron las rosas en tus manos que así 
	se deshojaban!
Con la mirada baja protegerte queríamos
de nuestra 
	femenina seducción.
Vano propósito.
Un día, un turgente púrpura,
tu 
	pantalón incógnito, de pronto, estirará
y Adán derramará su provisión de 
	leche.
Nada podrá parar tan vigoroso surtidor.
Bien que sucederá, 
	sucederá.
Aunque nuestra manzana nunca muerdas,
aunque tu espasmo 
	nunca presidamos,
bien que sucederá, sucederá.
Y no te ha de salvar 
	ningún escapulario,
y ni el terrible infierno del albo catecismo
podrá 
	evitar el cauce radiante de tu esperma.


	*Beca: especie de manto 
	de seda o paño, que colgaba del cuello 
hasta cerca de los pies, y que en 
	algún tiempo usaron 
	
sobre la sotana los eclesiásticos que tenían alguna dignidad.


	De "Los devaneos de 
	Erato" 1980
8.

Cuarto

Apoyar la frente enfebrecida en la nublada celosía del confesionario. 
	Enumerar los inasibles recorridos de la serpiente. 

	Buscar un nombre para hacer cada crimen discernible. Dibujar las noches; las 
	llagas de las paredes 
encaladas en la oscuridad, brillando; los 
	colibríes enzarzados, enredando sus lenguas de pistilo bajo los rígidos 
	almidones 

	de mis tocas. Apoyar la frente. Abandonarse. Sentir cómo el anillo que 
	atenaza mi corazón, se me resbala por el pecho 

	como un crisantemo decapitado.


	De "Virgo 
	Potens" 1994
9.

Custodio mío

Salamandra es deseo
bebiendo en los topacios de un estanque,
en 
	cielos de Giotto,
en las bóvedas húmedas de translúcida yedra.
Morera 
	y vid se agotan en tu mano.
Es deseo caballo enloquecido
de temor bajo 
	un raudal de agua,
cascada donde estalla el arcoiris,
desbaratada 
	trenza entre piedras  cayendo.
Brazo tuyo defensa en mi cintura.

	Y como la belleza -desmesura, naufragio
o voluble liana que se empina 
	hasta el cedro
sofocándolo- el deseo penetra y es herida.
Cuerpo tuyo, 
	cercado que mi pasión desborda,
todo escudo en dócil miel fundido
y es 
	inútil tu intento: a un labio enamorado
ni el laurel más mortífero 
	detendría.
Ya no podrás lograr que permanezca intacta,
angélica tesela 
	en su alto dominio,
que mi emoción recorte cual ciprés
en un parque 
	atildado,
que contemple el abismo desde los barandales
y al vértigo 
	resista.
Crueldad subyugadora es el deseo.
Y me entrego a su lanza, y 
	ho quiero rehuir
su mordedura.
Apártate de mí, no quiero que me 
	guardes,
que en mi cuerpo refrenes lágrimas ni jardines,
y antes de 
	que las quejas aviven mi desprecio,
los avisos mi cólera, caiga sobre tus 
	labios
-incendio alertador, granada suplicante-
la delicada muerte de 
	mi olvido.
10.

Demonio, lengua de plata...

«Truman Capote»

Arcángel desterrado y refugiado en mi anhelo;

	cada vez que la albahaca se movía
a mi vientre tu mano apuñalaba
y en 
	el raudo abanico de luces y luciérnagas
o en la pared confusa, donde el 
	enfebrecido
pájaro de la noche se cernía,
aparecías tú.
Continua 
	caracola prendida de mi oído;
hasta cuando la hierba, de grillos 
	relucientes
salpicada, de pronto enloquecía
podíase escuchar tu lengua 
	colibrí.
Y había que decidirse
entre el blanco inocente del naranjo

	y tu oscura coraza.
Duro, frío y deslumbrante estuche
para tan dulce 
	torso, terciopelo.
11.

Diotima

a su muy aplicado 
	discípulo


	                           
	"El placer es el mejor de los cumplidos."
                                                                                   
	Coco Chanel


	El más encantador instante 
	de la tarde
tras el anaranjado visillo primorosa.
Y en la mesita el té

	y un ramillete, desmayadas rosas,
y en la otomana de rayada seda,

	extendida la falda, asomando mi pie
provocativo, aguardo a que tú 
	avecines
a mi cuello, descendiendo la mirada
por el oscuro embudo de 
	mi escote,
ahuecado a propósito. Sonrójome
y tus dedos inician 
	meditadas cautelas
por mi falda; demoran en los profundos túneles
del 
	plisado y recorren las rizadas estrellas
del guipur. Apresúrate, ven, 
	recibe estos pétalos
de rosas, pétalos como muslos
de impolutas 
	vestales, velados. Que mi boca
rebose en sus sedosos trozos, tersos y 
	densos
cual labios asomados a mis dientes
exigiendo el mordisco. 
	Amordázate,
el jadeo de tu alto puñal, y sea tu beso
heraldo de las 
	flores. Apresúrate,
desanuda las cintas, comprueba la pendiente

	durísima del prieto seno, míralo, tócalo
y en sus tiesos pináculos 
	derrama tu saliva
mientras siento, en mis piernas, tu amenaza.
12.

El gladiolo blanco de mi primera comunión se vuelve púrpura

Nunca más, oh 
	no, nunca más
me prenderá la primavera con sus claras argucias.

	Desconfío del tumescente
gladiolo blanco, satinadas pastas
de misales 
	antiguos.
Parece una mortaja de niño,
su apariencia es tan pura

	que, sin malicia, lo exponemos
a la vista de muchachas seráficas.
Y 
	sin embargo, qué hermoso señuelo,
jamás halló Himeneo instructor más 
	propicio.
Ya visita, de noche, silente, las alcobas,
se introduce en 
	los sueños
y despierta a las vírgenes con dura sacudida.
Nunca más, oh 
	no, nunca más
me prenderá la primavera con sus claras argucias.

	
De "Los devaneos de Erato" 1980
13.

El jardín de las delicias

Flores, 
	pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios

	la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus 
	durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya 
	conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja
y es una caracola.

	Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos 
	contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu 
	cuerpo.

	
"Los devaneos de Erato" 1981
14.

Exaltación de la preciosa sangre

Desvelado el espejo -dosel del costurero
saqueado- tantos dones 
	magníficos
excesiva duplica.
Y, no obstante, sólo tiene su cómplice

	e incitante señal la madeja encarnada.
Oh, tomémosla. Rasguemos las 
	vítolas,
las hebras desprendiendo con esmero,
y en las tensadas palmas 
	de tus queridas manos
laceolados estigmas bordaré diestramente...
Tan 
	frágiles cutículas, la sangre al traspasar
su rúbrica brillante va 
	prendiendo.
Mas si al sedoso hilo la sangre verdadera
ha querido 
	emular agolpándose cárdena
a su orilla, no te asustes, amor.
Pues 
	presurosamente mi estremecida boca
a tu herida será vaso propicio.

	Labios míos temblando, del precioso regalo
de tu mano, tiñéndose. Tu 
	sabor penetrando
mi inviolada saliva, comulgándome,
y el fervor 
	confundido en delirio de besos.
15.

Festividad del dulcísimo nombre

Yo te elegía nombres en mi 
	devocionario.
No tuve otro maestro.
Sus páginas inmersas en tan 
	terrible amor
acuciaban mi sed. Se abrían, dulcemente,
insólitos 
	caminos en mi sangre
-obediente hasta entonces- extraviándola,

	perturbando la blancura espectral
de mis sienes de niña cuando de los 
	versículos,
las más bellas palabras, asentándose iban
en mi inocente 
	lengua.

	
Mis primeras caricias fueron verbos,
mi amor sólo nombrarte
y el 
	dolor una piedra preciosa
en el tierno clavel de tu costado herido.

	Flotaba mi mirada en el menstruo continuo
del incensario ardiente y mis 
	pulsos,
repitiendo incesantes arrobada noticia,
hasta el vitral 
	translúcido, se elevaban.
La luz estremecíase con tu nombre,
como un 
	corazón era saltando entre los nardos
y el misal fatigado de mis manos 
	cayendo,
estampas vegetales desprendía
cual nacaradas fundas de 
	lunarias.
Párvulas lentejuelas entre el tul,
refulgiendo, desde el 
	comulgatorio
señalaban mi alivio.
Y anulada, enamorada yo

	entreabría mi boca, mientras mi cuerpo todo
tu cuerpo recibía.


	De "Devocionario" 1986
16.

Hubo un tiempo...

Hubo un tiempo en el que el amor era un
intruso temido y anhelado.
Un 
	roce furtivo, premeditado, reelaborado durante
insoportables desvelos.

	Una confesión perturbada y audaz, corregida mil
veces, que jamás llegaría 
	a su destino.
Una incesante y tiránica inquietud.
Un galopar repentino 
	del corazón ingobernable.
Un continuo batallar contra la despiadada 
	infalibilidad
de los espejos.
Una íntima dificultad para distinguir la 
	congoja del
júbilo.
Era un tiempo adolescente e impreciso, el tiempo 
	del
amor sin nombre, hasta casi sin rostro, que merodeaba,
como un 
	beso prometido, por el punto más umbrío de la
escalera.
17.

Inconfesiones

In confesiones de Gilles de 
	Rais


	                         
	"...se hallaba tendido en una chaisse-longue, y tenía en
                                                           
	su blanca mano una rosa sin perfume."
                                                                                                                    
	O. Mirebau


	Es tan adorable 
	introducirme
en su lecho, y que mi mano viajera
descanse, entre sus 
	piernas, descuidada,
y al desenvainar la columna tersa
-su cimera 
	encarnada y jugosa
tendrá el sabor de las fresas, picante-
presenciar 
	la inesperada expresión
de su anatomía que no sabe usar,
mostrarle el 
	sonrosado engarce
al indeciso dedo, mientras en pérfidas
y precisas 
	dosis se le administra audacia. 
	
Es adorable pervertir
a un muchacho, extraerle del vientre

	virginal esa rugiente ternura
tan parecida al estertor final
de un 
	agonizante, que es imposible
no irlo matando mientras eyacula.


	De "Los devaneos de 
	Erato" 1980
18.

Introito,

natura 
	ordenatus imperandum


	Si al apagar las luces te 
	invadía el terror
de que mientras durmieras la belleza
podría 
	acometerte.
Si infatigablemente inaugurabas nombres
y a todo 
	sortilegio prestabas tus oídos.
Si te cuidabas tanto en elegir los dedos

	que tallo o mariposa tocarían
como si algún acorde de ello dependiera.

	Si a escondidas, leyendo, con pervertidos príncipes,
apasionados mártires 
	y almas de atormentados
el pacto establecías de una rara alianza.
Si 
	acechabas collares de continuo
pues gustabas probar el sabor de las 
	gemas,
biselados confites convertidos en ascuas
por tu boca.
                        
	Sí te fingías enfermo
para, en vez de jugar, a tus desmesurados

	dominios acudir y disponer cortejos
o banquetes, o asaltos, y perpetrar 
	delito
y hermosura en baúles y árboles.
Si entregado a ti mismo decías 
	ser feliz
aun cuando, suntuosa, la tristeza vagaba
por tus ojos, 
	desconocido mío,
afortunado fue que no te presintiera.
Pues de la 
	soledad era yo soberana,
tenía todo un atlas pintado en el jardín
y el 
	atrevido espejo que igualarme pudiera,
que pudiera doblar, extender los 
	confines
de mi íntimo reino, me hubiera, irremediable,
aniquilado.

	Incapaz de adorar lo que a mí se asemeja,
despiadada y tenaz te hubiera 
	combatido.
Pero si derrotada
me fuera insoportable someterme,

	vencedora, perdiéndote, no lo resistiría:
Son débiles corazas el amor y 
	el orgullo.
Desconocido mío, afortunado es
que todavía te sueñe.
19.

Invitatorio

"No te contemples en la muerte;

	                                
	deja que tu imagen sea llevada

	                                           
	por las aguas que corren"

                                                               
	Marcel Schwob

	

	No hay cortejo comparable para ti,

	alma melancólica, a esta multitud

	de ecos silenciados, galería monótona

	que la quietud repite y obstinada refleja

	sus trastornados ritmos.

	Y la muerte está ahí, en el espejo

	que divulga las voces de las aguas,

	en esa luna inerte donde la menta asoma

	tiritando, mientras que entre los dientes

	las culebras son besos, y en la inmóvil tristeza,

	el frío, de sus parques, traza la geometría.

	Y el tinte de tu rostro se hace pálido y verde.

	Pero si alguna vez quieres sobrepasar,

	desgarrar la cruel lámina y clavar el gladiolo

	en la caverna húmeda del espejo,

	te arrastraré a la danza delirante

	que en un instante alberga mil figuras distintas,

	podré decirte cómo derrochar la belleza

	en la noche magnífica, incendiándola,

	a usar los diccionarios como libros de música,

	orquesta fugitiva para esta insurrección,

	esta brillante fiesta que en tu obsequio preparo.

	Pues sentir es el prodigio único

	que me alerta y preocupa, y la audacia,

	como un tenaz diamante rasgando las ventanas,

	la joya y homenaje que prefiero.

	Llámame pues si rompes esa fronda sombría

	del espejo, si has llegado al final

	hasta el papel de plata, de repente arañado,

	si tu rostro al cristal desampara

	y con agudo estruendo se desprende.

	No siempre hay que creer lo que el espejo dice.

	Tu rostro verdadero puede ser cualquier máscara.

	

	De Indicios vehementes 1985
20.

Isolda

Si alguien sabe de un 
	filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,

	le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan 
	mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas

	en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo 
	piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, 
	que por favor lo diga.


	Contemplo ante el espejo, 
	hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente

	en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de 
	muchacho.


	ciño mi cinturón y el 
	azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al 
	resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca 
	me arde.


	si alguien sabe de un 
	filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,

	se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,

	por favor se lo ruego:
                                 
	que lo beba conmigo.

Versos y pensamientos de Ana Rossetti

4 citas
« "Cuando una se siente bien, puede prescindir de lo mejor. / Eso me parece sabio". »
Ana Rossetti · A quien, no obstante tan deliciosos placeres debo
« Y qué encantadora es tu / inexperiencia. »
Ana Rossetti · A un joven con abanico
« Dulce corazón mío de súbito / asaltado. »
Ana Rossetti · Chico Wrangler
« Cibeles ante la / ofrenda anual de tulipanes »
Ana Rossetti · Maru
Biblioteca poética

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