« Ahora es el ritmo del / invierno »
Almudena Guzmán · Ahora es el ritmo del invierno...
Biografía y amplia selección de poemas de Almudena Guzmán. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Almudena Guzmán. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Ahora es el ritmo del invierno quien me clava sus ojos entre las uñas y el cielo. Lo demás poco importa. Solo aquellos pasos absorbiendo mi cuello de niebla al borde bellísimo de sus sirenas y abismos.
Anoche,
al abrir los
ojos para apartarme de la boca un cabello,
la mirada que luego alcé
por encima del hombro de mi amante
-inexplicable reflejo--
tuvo que
detenerse cuando ya iba a salir al pasillo.
Usted,
apoyado en el quicio de la puerta,
se reía de mí.
(Y
sus labios como girasoles inversos
rehuyeron la sudorosa
luz del cuarto.)
Antes, nunca hubo el silencio necesario entre abrazo y abrazo para advertir el parpadeo de esta guillotina que hoy, al rozar por sorpresa mi nuca con sus manos de lejía me ha puesto los ojos amargos. Yo misma no me oigo cuando grito. Querría huir. Pero ya es tarde: las sábanas se han convertido en agua cenagosa mezclada con pegamento. Y dentro de poco, como esa cosa horrible siga detrás de mí y usted continúe dormido, me moriré de risa ante el retrato de Leonardo que tengo enfrente de mi cadáver.
Cogí el vestido que tanto le gusta a mi amigo cogí el vestido y volaron mariposas y lo enredé en mi pecho con tres deseos de hiedra. (A las velas del barco blanco que no me olviden, al pájaro que no me cante en la rama de la flor del dolor y al agua que mi amigo me llame cuando lo lave.)
un tiempo a esta parte... De un tiempo a esta parte estoy prisionera en un coche de gritos y hielo que circula por carreteras oscuras y en vertical como catedrales, deslumbrada por las luces largas de los que vienen en sentido contrario que sois todos. De"Calendario"
Esta mañana, el helado y marchito sol de enero hizo estragos
en mis ojos.
Por él, vi con más intensidad a esa gitanilla en manga corta
que pedía junto al metro,
tuve plena consciencia de lo arduo de nuestro
amor,
me horroricé al contemplar los ametralladores grabados de Goya,
y salí de nuevo a la calle con las manos encogidas de angustia
sin saber
-pálida prisionera de los subterráneos-
si me bajaba en Velásquez o en
Lista.
Y subí las escaleras de dos en dos para encontrar a la muerte
cómodamente recostada en mi gélido cuarto.
(La playa del olvido, 1984)
Volverse a enamorar. Besar una piel que sabe distinto, no encontrar puntos de referencia que indiquen el momento justo, la caricia perfecta, la mano compañera. Retornar a un cuerpo nuevo sin los huecos del anterior, no poder palpar una nuca excitada, una espalda con escalofríos conocidos. Qué pobre se queda el intento de amar igual a la primera vez. Cómo pesa una boca tan sabida, tan llena de humo compartido ante la desconocida tan poco explorada, tan miedosa. Cuánto cuesta abandonarte, lavarme de tu olor, quitarme las huellas de tu peso, desdoblarme en otra Almudena y comenzar a hacer mía una figura de la calle que me asusta y que ¿quiero? poseer, pero... tú, ahí estás tú, traspasando con tu desnudo mi sombra, consolándome pesaroso de mi dolor al terminar, tu sonrisa y tu cigarrillo, ese brazo moreno rodeando mi cintura y llevándome a un lecho desordenado... y tus manos de violinista volando y enredándose en mis senos.
En un banco,
meneando
aburrida mis zapatos de bruja,
yo veía al invierno entrar y salir,
flirtear con el aire y sentarse finalmente a mi lado.
(Otro -pensé- que
tampoco tiene nada que hacer
esta tarde.)
Ya me iba a levantar cuando descubrí su espalda
en la ventana de
enfrente.
Usted hablaba con alguien.
Y en ese mismo momento
-Ios libros, cómo no, resbalaron patosos desde
la falda
hasta el suelo-
se volvió a mirarme.
Entonces el beso conocía el norte y el sur... Entonces el beso conocía el norte y el sur, el este y el oeste de toda cartografía como si antes de labio en medio de la lluvia hubiera sido rosa de los vientos o brújula del corsario de los siete mares. Nada estaba preparado -dormían las leyendas su sueño abisal- y sin embargo no cabía margen alguno de error: cada noche atracaba en su alborada, cada zozobra en su bahía, cada deseo en su rompeolas. Así era el amor, volver a casa con la red llena de certidumbres nunca un naufragio en alta muerte silenciosa como ahora.
moreno de luz y luna argentina... Ernesto, moreno de luz y luna argentina, cigarrillo entre los dedos, sonrisa de ni ñ o en los naranjales del alba. Ernesto, amigo fiel de espejos y cafés, padre confidencial con aire triste de gorrión, páramo de salina y dulce de leche. Ernesto, aire de tocayo guerrillero, espuma que se desborda por la vida, costado tembloroso ajeno a ti mismo. Ernesto, paloma que se ha roto una pata, plata sin cascabel, runruneo de pato deslizándose en el canalón... te quiero más que a él pero -perdona, compañero tan próximo-: no te amo
Este hombre que ahora cerca mi cuello con su sabia muralla de labios quizá abandone de pronto la almena, quizá desaparezca para siempre. Porque tiene un tacto en la mirada que recuerda las plumas de los pájaros.
Esto va a venirse abajo
de un momento a otro
y usted lo sabe.
El amor ya no es un templo
griego
sino algo parecido a un desastre de líneas
oblicuas que
aprisionan todo intento de lluvia.
Y es gris. Tan gris como
esta perspectiva de furias
que se nos viene encima.
Esto ya va mejor. Ya no le tengo miedo. Y me complace que usted, como quien no quiere la cosa, haya fijado el barniz de sus ojos en mis piernas.
Exquisita pendencia la de
mi boca y la suya
por ese dedo abeja que libó entre murmullos y
distensiones
golosas,
las sucesivas floraciones de mi anémona nocturna.
Y esa monicaca de chocolate hasta los kikis de rosados lacitos soy yo.
Quién lo diría.
Quién adivinaría en esos ojitos dulces un atisbo, sólo un
atisbo de
amargura.
¡Si
ella, la otra yo, la que fue voraz consumidora de leche condensada,
me conociera
ahora!
Ahora que estoy hecha un asco, ajada, sin luz, luciérnaga exenta
de
brillantes
culebreos.
Qué pena.
La abstracción de mi mente ha culminado en un
monolito de sal. Y ya
no quiero
escribir más.
(La playa del olvido, 1984)
Hoy era la última tarde.
Usted no paraba de hablar
-lo hubiese matado-
y a mí me ardían las uñas cuando nos despedimos
en la parada del autobús.
Ni un sólo beso.
ventana me remite a su
coche...
La ventana me remite a su
coche,
el coche al beso,
el beso a la oreja que anda siempre perdiendo
pendientes,
la oreja a la boca,
la boca a las medias porque las rompe,
las medias al...
-¿Tienes un bolígrafo de más?
-Toma, y a ver si dejas
de pedirme cosas,
que contigo al lado no hay quien coja un apunte,
Mari Carmen.
lo que escribí de ti y
de mí...
Leo lo que escribí de ti y
de mí
en esos días de tanta lluvia,
con Bach y los naranjos
de
contertulios ante el fuego
y los catarros, las pupas,
las mutuas
manías,
advirtiéndonos de aquella bomba colgada
del tiesto de las
glicinas
que oscilaba sobre nuestras cabezas
sin llegar a caer,
contenida por el Atlante de la risa
y el lujo inaudito
de poder
ignorarnos,
de tener tiempos muertos,
de no abundar en preguntas y
respuestas
cuando había tanto que disfrutar del silencio.
Desde entonces hasta ahora
los atlantes se nos han vuelto
anémicos
y quién sabe si ésos fueron y serán nuestros últimos días de
lluvia,
pero,
de todas formas,
me sigue gustando leer lo que escribí
de ti y de mí,
en especial lo de tu imagen con bufanda
volviendo de
comprar la leche y el pan,
y la mía con sonrisa y pijama de osos pandas
saludándote desde el balcón.
Estalla la poesía de tu piel, Juan, como la miel en un cedro
mojado; te
veo y eres la luz, el brote oloroso que abre las
ventanas de un día feliz.
Ya ves, aquí me tienes jugando con los
grillos del alba
porque a un lado está tu pecho encendido,
las manos
se te posan en mi pelo cansado
y entonces nunca ha existido cansancio en
mí;
todo lo rompes, Juan, te estableces en mi corazón y allí
fundas tu casa
de guacamayos blancos, viento y sal,
las violetas
vuelan exasperadas por tu aroma
y el mar se rinde
-grandioso perdedor-
ante ese cabello dorado que a todo le pide cuentas:
al amor, a los
encantados caminos,
a los dioses de fuego que alumbran tus ojos de indio
desarraigado.
Siento que sufras bajo los cementos de Madrid,
que te
falte espacio para cambiar tus lágrimas
por las de la luna llena,
pero el tenerte aquí, el vivir junto a un
nagual único, inextinguible,
junto a una llama de lluvia que nunca se
apaga…
¿A quién debo agradecerle tanta dicha?
Lo peor de todo era el atardecer. Cuando las aves frías tachonaban el bosque de rumores y sombras, tu recuerdo me ceñía las costillas como un pulpo de fuego... Daniel: ¿Por qué me has abandonado? De "El libro de Tamar"
« Ahora es el ritmo del / invierno »
« al abrir los / ojos para apartarme de la boca un cabello, »
« nunca hubo el / silencio necesario entre abrazo y abrazo »
« Cogí el vestido que tanto le gusta / a mi amigo »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: