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Alí Chumacero · A tu voz
Biografía y amplia selección de poemas de Alí Chumacero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Alí Chumacero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Erígese tu voz en mis sentidos tornándose en mi cuerpo sueño helado, y me miro entre espejos congelado, y mis labios en sombra doloridos. Cuando hablo, mi dolor a ti se vierte, cálida flor de ceniciento aroma, y tu voz a mis labios ya no asoma sino en duro temor de viva muerte. Porque tu sueño en mí su voz levanta, y enemigo de luz y de sonido destroza la palabra en mi garganta; así al fin en tinieblas alojado, ciego de ti, tal un árbol vencido flota mi cuerpo entre tu voz ahogado.
Cesa tu voz y muere sobre tus labios mi alegría. No habrá palabra que en tu piel levante ni un incierto sabor de brisa oscurecida como el recuerdo que en mis ojos deja el paso de tu aliento, porque vives inmersa en tu silencio, impenetrable a mis sentidos y si mis manos en tu piel se posan inclinas la cabeza, navegas en un tiempo que escucha tu latido, y entre sus aguas, inundándote bajo la tersa forma de su espejo, estás abandonada, próxima a ser violenta permanencia, enemiga de olvidos, casi perdida en íntima zozobra y sin más voluntad que la crueldad entre tus labios muda. Toma tu cuerpo ahora, vuelve el rostro, mírate así, segura y desplomada hacia un estanque donde mora el miedo, donde sólo hay imágenes y el cuerpo deja su cautivo duelo para entrar en la fuente de su origen. Verás nacer el sueño de tu cuerpo anegando en pureza toda vida, todo impulso negado en puro movimiento y toda forma sostenida en puro resplandor ya no será la flor sino su aroma, ya no serás tú misma. No importa entonces que de pronto mueras y pierdas toda sombra quedándote en escombros defendida, si toda tú pereces, náufraga de tu propio mar, presa dentro de ti, vencida como ángel que asolado por el fuego lanzara su impotencia, y sólo un desengaño entre rocas de olvido y de tinieblas dejan tus labios mudos y la pureza inútil de tu cuerpo. Muere, desnuda forma, hielo que mata mi alegría, crueldad vertida en mármol fatigado; muere ya, y deja que contemple la lucha de tu cuerpo con la sombra, el debatir inútil de tus labios contra el vacío olvido de tus ruinas, que en ataúd o tumbas duermes entre un querer o no de tus sentidos.
Cae la rosa, cae atravesando el agua, lenta por el cristal de sombra en que su tallo ahoga; desciende imperceptible, clara, ingrávida, pura y las olas la cubren, la desnudan, la vuelven a su aroma, hácenla navegante por la savia que de la tierra nace y asciende temblorosa, desborda la ternura de su tacto en verde prisionero, y al fin revienta en flor como el esclavo que de noche sueña en una luz que rompa los orígenes de su sueño, como el desnudo ciervo, cuando la fuente brota, que moja con su vaho la corriente destrozando su imagen. Cae más aún, cae más allá de su savia, sobre la losa del sepulcro, en la mirada de un canario herido que atreve el último aletazo para internarse mudo entre las sombras. Cae sobre mi mano inclinándose más y más al tacto, cede a su suavidad de sábana mortuoria y como un pálido recuerdo o ángel desalado pierde una estela de su aroma, deja una huella pie que no se posa y yeso que se apaga en el silencio.
Llegas, amor, cuando la vida ya nada me ofrecía sino un duro sabor de lenta consunción y un saberse dolor desamparado, casi ceniza de tinieblas; llega tu voz a destrozar la noche y asciendes por mi cuerpo como el cálido pulso hacia el latir postrero de quien a solas sabe que un abismo de duelo lo sostiene. Nada había sin ti, ni un sueño transformado en vida, ni la certeza que nos precipita hasta el total saberse consumido; sólo un pavor entre mi noche levantando su voz de precipicio; era una sombra que se destrozaba, incierta en húmedas tinieblas y engañosas palabras destruidas, trocadas en blasfemias que a los ojos ni luz ni sombra daban: era el temor a ser sólo una lágrima. Mas el mundo renace al encontrarte, y la luz es de nuevo ascendiendo hacia el aire la tersa calidez de sus alientos lentamente erigidos; brotan de fuerza y cólera y de un aroma suave como espuma, tal un leve recuerdo que de pronto se hiciera un muro de dureza o manantial de sombra. Y en ti mi corazón no tiene forma ni es un círculo en paz con su tristeza, sino un pequeño fuego, el grito que florece en medio de los labios y torna a ser el fin un sencillo reflejo de tu cuerpo, el cristal que a tu imagen desafía, el sueño que en tu sombra se aniquila. Olas de luz tu voz, tu aliento y tu mirada en la dolida playa de mi cuerpo; olas que en mí desnúdanse como alas, hechas rumor de espuma, oscuridad, aroma tierno, cuando al sentirme junto a tu desnudo se ilumina la forma de mi cuerpo. Un mar de sombra eres, y entre tu sal oscura hay un mundo de luz amanecido.
Inserto en soledad de palabra vertida que apenas hiriera el silencio, siento la voz del sueño con su descenso casi imperceptible y sus labios de hielo, mas no el letal dolor que de mí nace, ni la perenne dicha del misterio aclarado más allá de las cosas, del último verano de la sangre que en su final latir crece trémula y nos inunda de su postrer sollozo, sino el misterio mismo con su propia presencia, sus invisibles alas, sus invencibles olas y la marea con que ahoga la más inundada palabra o aun la propia voz, y llega sobre el lecho, silencioso, negando su sonido, a destacar su dura esencia a despertar mi sueño con su sombra, a rescatarse en mí como cristal que guarda el recuerdo del aire, como cuando el silencio navega en aguas del silencio, y sobre mi cuerpo desnudo, tocando con su piel la húmeda frialdad de mis labios y voz, llegando hasta debajo de mis párpados, me inunda lentamente, me apresa con sus redes y en su océano quedo como última voz abandonada o el naufragio de sombra sobre sombra, y comprendo que sueño y sombra, confusos para siempre, no pueden exclamar: "Ésta es mi sangre".
Naciste desde el fondo de la noche, del sueño donde el tiempo comienza a ser raíz y la mirada sólo tibio aire, cuando aún no era ojo sino apenas un viento suave, un aroma erigido sin mano que lo toque. Eras la flor ahogada flotando sobre el cuerpo en nuestro amanecer hacia la luz; destrozabas la noche con tus ojos, hundida en mi desnudo tal un vivo rumor de brisa que al oído volcara la virtud de su marea, y mi aliento en tu savia navegaba, y tu voz en mi pulso se moría como sombra de ave agonizante, transformando mi cuerpo en sueño tuyo, en vivo espejo abandonado o silencio que cruza los espacios.
Lamento que entre tumbas se consume como época de sombra en una desatada tempestad, mi corazón esparce su evidencia, su dura flor de roca desolada y al desbordarse forma un cálido latir sobre la piel; golpean más allá del cuerpo sus defendidos límites prolongando su extrema vigilancia contra un mundo al fin eco de mi sueño. En ceniza y olvido ha de morir, mas hoy insiste aquí como quien baña con un lenguaje mudo sus palabras, surgido de una voz que interminable se repite acaso en sombra madurando, a través de su luz dormida sobre los sentidos para crear un mundo de armonía, como un deshecho aliento que retoma a su origen y vuelve a ser imagen de su fuente. Y soy yo mismo su violento impulso al anegarme entre mi propia carne, viviendo en ella defendido, cómplice de mi ser que contra el tiempo me levanta con su voraz sentir la vida dentro, y me abandona a cóleras y miedos, me hunde en témpanos de espadas, cuando al mover sus aguas con mis labios, en lucha contra mi recuerdo, frente a formas ajenas a mi imagen, como un abismo ya sin nada cercano al corazón, en ella me refugio, convencido de que existo en la vida de mi piel, habitando el sepulcro de mi cuerpo. Aquí me encuentro oscuro e incorpóreo, sin un viento que cambie mi identidad continua, y luego me someto a su olvidado duelo de lágrimas calladas, como nace un olvido de otro olvido y una roca es igual a su dureza. Habito mi probable noche, mi laurel de adversario sobre la arena trémulo abatido, y viajo por mi cuerpo en testimonio de que no existe un espejo o simple fuente contra mí rebelde, porque soy mi enemigo sentenciado, mi propia víctima, la orilla saciada entre sus límites, en un constante incesto o presagio de mar que no requiere playa.
Cayó desnuda, virgen, la palabra; cayó la virgen desnudada bajo mi cuerpo, trémulo latir que hoy apenas si me pertenece y me embriaga con cálido rumor, rodea mi epidermis, se introduce letal bajo mi lengua, y mis párpados no lo miran pero lo sienten desalado, desolado que busca entre la noche la amarga conjunción de dos manos eternamente unidas en el estrecho abrazo de la muerte. Calló la voz. Mudos los labios ciñéronse a la sombra incendiando el incienso de su caída flor; tan quietos como el sueño que también esperaban con ansiedad de ciego sobre el tacto; descansando angustiosos como el árbol sin fruto bajo la primavera. Y mi cuerpo cayó a un desesperado cuerpo, y desde entonces siente cómo crecen sus nervios en una dura ruina hecha de sombra y voz estremecidas por el vivo temor de estrecharse a la noche, como el mar a las aguas que lo nutren o la voz a los labios, fuente muda; y en la quietud nacida de este limpio silencio que por mi cuerpo corre, destrozados los labios, la voz y la palabra, anclado entre mí mismo, el fuego de mi tacto se adormece en esta soledad bajo la flor del sueño.
Surges amarga, pensativa, profunda tal un mar amurallado; reposas como imagen hecha hielo en el cristal que te aprisiona y te adivino en duelo, sostenida bajo un mortal cansancio o bajo un sueño en sombra, congelada. En vano te defiendes cuando tus ojos alzas y me miras a través de un desierto de ceniza, porque de ti nada existe que delate si por tu cuerpo corre luz o un efluvio de rosas, sino temor y sombra, la caída de una ola transformada en un simple rocío sobre el cuerpo. Y es verdad: a pesar de ti desciendes y no existe recuerdo que al mundo te devuelva, ni quien escuche el lánguido sonar de tus latidos. Eres como una imagen sin espejo flotando prisionera de ti misma, crecida en las tinieblas de una interminable noche, y te deslíes en suspiros, en humedad y lágrimas y en un soñar ternuras y silencio. Sólo mi corazón te precipita como el viento a la flor o la mirada, reduciéndote a voz aún no erigida, disuelta entre la lengua y el deseo. De allí has de brotar hecha ceniza, hecha amargura y pensamiento, creada nuevamente de tus ruinas, de tu temor y espanto. Y desde allí dirás que amor te crea, que crece con terror de ejércitos luchando, como un espejo donde el tiempo muere convertido en estatua y en vacío. Porque ¿quién eres tú sino la imagen de todo lo que nutre mi silencio, y mi temor de ser sólo una imagen?
A su pregunta, yo sobre la piel veía los silencios cruzar el transparente origen del pecado. Quizá fue por la tarde o cierta madrugada, cuando el insomnio era escándalo antes y después, y al alma en sordo interrogar de prisionero urdía entre la sombra la varonil espera de la perduración. De su mirar volaban retratos, somnolencias, un rostro femenino en lucha contra el tiempo: ala o peste que deja la ciudad e incendia calles y alcobas sin historia, propicias luego al súbito nacer de la amargura. Noches de perversión derrámanse en sus ojos, materia luminosa de una mujer que en ellos perdura.
Pensar en tu mirada y en mi olvido dejando el pensamiento dilatado a través de tus ojos, anegado de su mismo vivir con tu sentido; después mirar tu olvido que en mí asoma como una rosa que al espacio diera leve prolongación y luego fuera la propia luz que toca con su aroma, es entregarme a ti sin más denuedo que la lucha del cuerpo contra el viento, y contigo soñando estar tan quedo como náufrago mar o vano intento: porque ya que pensarte en mí no puedo, dejo olvidado en ti mi pensamiento.
Ligera fue tu voz, mas tu palabra dura con vuelo de paloma sin más peso que su inmóvil cruzar el mar del viento; y persistes como un sonido bajo el agua, desde mi piel al aire levantada, ligera como fuiste, como esa ala que olvidada del mundo se recrea, convertida en ausencia y en olvido. Vivo de oírme el cuerpo y de entregarme al tiempo como a un rumbo sin luz la adormecida rosa, como asoma en el sueño y luego muere el cielo que una tarde contemplamos, y oigo la vida en mí, su aliento te recuerda ingrávida, en latidos desprendida, con un temblor de silenciosas aguas de su propia amargura renaciendo. sufres conmigo cuando sólo miro que el amor es un cuerpo de imágenes poblado, y caricia se llama al tocar el recuerdo, a sentir las tinieblas en las manos y en un esfuerzo inútil oponerse a ese tiempo que arrastra nuestro duelo hasta inclinar los labios a la nieve y tender en ceniza nuestros cuerpos. Te siente el corazón como un aroma que en un eco perdiera sus imágenes, y me palpo la piel tocando en ella la tersura del agua donde yaces, y después quedo solo, enamorado de esta voz que del cuerpo te desprende tornada en pensamiento, y en palabras te crea, nacida nuevamente de mi sueño.
Los cuerpos se recuerdan en el tuyo: su delicia, su amor o sufrimiento. Si noche fuera amar, ya tu mirada en incesante oscuridad me anega. Pasan las sombras, voces que a mi oído dijeron lo que ahora resucitas, y en tus labios los nombres nuevamente vuelven a ser memoria de otros nombres. El otoño, la rosa y las violetas nacen de ti, movidos por un viento cuyo origen viniera de otros labios aún entre los míos. Un aire triste arrastra las imágenes que de tu cuerpo surgen como hálito de una sepultura: mármol y resplandor casi desiertos, olvidada su danza entre la noche. Mas el tiempo disipa nuestras sombras, y habré de ser el hombre sin retorno, amante de un cadáver en la memoria vivo. Entonces te hallaré de nuevo en otros cuerpos. De "Amor entre ruinas"
Ahora que mis manos apenas logran palpar dúctilmente, como llegando al mar de lo ignorado, este suave misterio que me nace, túnica y aire, cálida agonía, en la arista más honda de la piel, junto a mí mismo, dentro, ahí donde no crece ni la noche, donde la voz no alcanza a pronunciar el nombre del misterio. Ahora que a mis dedos se adhiere temblorosa la flor mas pura del silencio, inquebrantable muerte ya iniciada en absoluto imperio de roca sin apoyo, como un relámpago del sueño dilatándose, cándido desplome hacia el abismo unísono del miedo. Ahora que en mi piel un solo y único sollozo germina lentamente, apagado, con un silencio de cadáver insepulto rodeado de lágrimas caídas, de sábanas heladas y de negro, que quisiera decir: "Aún existo". Comienzo a descubrir cómo el misterio es uno nadando mutilado en el supremo aliento de mi sangre, y desnudo se afina, agudiza su sombra para cavar mi propia tumba y decirme la fiel palabra que sólo para mí conserva escondida, cuidada rosa fresca: "Eres más mío que mi sombra, en tus huesos florezco y nada hay que no me pertenezca cuando a tientas persigo, destrozando tu piel como el invierno frío de la daga, el vaho más cernido de tu angustia y el poro más callado de tu postrer silencio". Entonces me saturo de mí mismo porque el misterio no navega ni crece desolado, como germina bajo el aire el pájaro que ha perdido el recuerdo del nido allá a lo lejos, sino que es piel y sombra, cansancio y sueño madurados, fruta que por mis labios deja el más alto sabor y el supremo silencio endurecido. Y empiezo a comprender cómo el misterio es uno con mi sueño, cómo me abrasa en desolado abrazo, incinerando voz y labios, igual que piedra hundida entre las aguas rodando incontenible en busca de la muerte, y siento que ya el sueño navega en el misterio.
Entre mis manos vives en confusión de nacimiento y corazón herido, como desvanecerse o contemplar un alto simulacro de ruinas; sobre mis dedos mueres, materia pensativa que se abate bajo el murmullo de mi tacto, y eres tristeza en mí, suave como la forma de la nieve, como cerrar la puerta o mirar la inocencia de una pluma. Nacida para mi caricia, con un perdón que olvida y un comienzo de éxtasis y aromas, me acerco hacia tu aliento, tu oído con mis labios toco y digo que nuestro amor es agonía, que escuches mi temor y mi palabra de humo y que yo, como tú, de noche oigo cómo se pierde el pensamiento, confuso entre mi carne y tu recuerdo. Mas retiro mi rostro de tus ojos porque ya no podré pensar una palabra que no habite tu nombre, y porque surges hasta del silencio como enemiga que desdeña el arma y de improviso nace entre las sombras, cuando sin ti yo no sería sino un olvido abandonado entre las ruinas de mi pensamiento.
« Erígese tu voz en mis / sentidos »
« Cesa tu voz y muere / sobre tus labios mi alegría. »
« Cae la rosa, cae / atravesando el agua, »
« Llegas, amor, cuando la / vida ya nada me ofrecía »
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