« Navegante, / ¡Almendra del navío! »
Alfredo Gangotena
Alfredo Gangotena es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primera...
Vida
Alfredo Gangotena es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Alfredo Gangotena
1.
El
El
agua Navegante, ¡Almendra del navío! La mirada acorralada por tantos brillos, Amianto y témpanos vivos de la estrella polar. El arco metálico arranca de las ramas astrales El lino de las cataratas. ¡El hielo de las cabezas sobre la esfera Que sonará una voz sin nombre! ¡Bah, la luna en su plenitud! El asalto guerrero de las llamas Que me libra de la sima de espuma Y de las jaulas de plata. La campana gotea, ¡ay! en la clepsidra: En mí las sílabas del otro, virtuales y explosivas. Presa total de las bocas de la hidra, Rueda también mi hermano hacia el pantano del Atlante. Con la sola resaca de la orilla liminar ¡Cuán lejana es la osadía del corsario! La fauna brota cardinal y ampulosa: ¡La manada salvaje del Maelstrom! ¡Yo me abrazo al mástil como un retoño! Versión de Tolomeo Samaniego
2.
Versión de Tolomeo
Samaniego
Versión de Tolomeo Samaniego
Los amotinados ¡Ah, risa loca! ¿Henos aquí tus compañeros Ilustres en la ciudad de los políperos? ¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte! Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso. ¡La tierra para nosotros! ¡Y en nuestra angustia Más bien el cieno de los cerdos Que el hueso que flota Como leño podrido del alud! Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca, Encenegada, después de los calados. Pero cuídate, sostén de nuestro amor: Los perros que te rodean Sabremos allanar los caos y los letargos. ¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar! El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre, ¡El anillo constrictor para extenuarte! Basta de palabras de embrujo Y del filtro que extraemos de nosotros mismos. ¡Ah! ¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe En el artificio de tus canciones! Versión de Tolomeo Samaniego
3.
Pero
Pero
Él ¡Amén, Silencio! El paso se inquieta en el suelo de las gamas. Recojamos las melódicas flores de la pastoral Para nuestras tiernas hermanas. Venid todos, mordamos los barbechos; para nosotros los peces y el arsenal. Agua disipada de ámbar en la resonancia estelar. ¡Que el mundo alterado inicie las rutas del relámpago! Íntimamente intactos, oh cementerios, de mi fósforo, Enrollad vuestro mar deslumbrante, vuestro océano sonoro. Entre la inmovilidad de los tallos que el astro confunde Están mis labios arrastrándose en esas lágrimas y áureas bebidas. Las formas se lanzan a la conquista del viento. Alojad a ese anciano, advientos, nitidez, La espalda ya no soporta bajo tanta oscuridad. ¡Me bastas, cohorte, y me atormentas! Maldición, ¿qué vigilancia me sujeta hacia atrás las huellas? Ave de infortunio, tú serpenteas, ave Implacable, en mi cerebro. Brujas, silba el veneno de vuestros dedos; ¿No soy acaso digno de vuestras cábalas? Un cargado aliento -floración más rara- Injuria violentamente a los que viven en las charcas. Fuerzas secretas, ¡para mí el magisterio de vuestros cenáculos Si desfallezco! Sin embargo, tal cálculo Era fórmula cierta y hecho de milagro, Solemne y bajo vuestras cúpulas protegido, ¡Oh lámpara de ceguera! Versión de Tolomeo Samaniego
4.
* * * * *
* * * * *
De "Orogenia" 1928
A mis:
Paul A. Bar
Max Jacob
Pierre Morhange
Jules Supervielle
Gonzalo Zaldumbide
* * * * *
5.
Versión
de Gonzalo Escudero
Versión de Gonzalo Escudero
Bebida turbia
A Henry Michaux
Escucho tus ondas, inefable noche, tu soplo, oh reina del sueño, en mi
urbe.
La oda comienza: que muja en mí la imprenta.
¡Funde este orden, ácido rojo del estío!
Y que yo palpe las verdes ancas de la pradera.
La imagen del Espíritu Santo se inflama detrás de las vidrieras;
Sus bordadas alas de amor penden de las extremidades del dintel,
Y las umbelíferas sombras de miel se abrasan y me penetran,
Sus sombras ardientes y jadeantes en torno de las flores: pentecostés de
mis padres.
¡Rocas, como esos frutos
Madurad, rocas bajo la luna,
En las salivas del año!
Ah los paisajes de mi grandeza.
Y más blancas que todas las nieves,
Que el iris del moribundo,
En los hontanares del limpio cielo, mis sienes palpitan.
Sudor de las lacas, plenitud de los poros.
Estoy prendido a los muros del antro como las lágrimas de las
madréporas.
Semejante
al gallo en su demencia planetaria,
Estoy poseído por la sibilina diestra de yeso.
¡Oh palabra en el olvido,
Astro del desierto, alumbra mi desnudez!
Deja al agua celeste de tus ramas extenderse y fulgurar
Sobre el paisaje de un solitario.
El verde grito del sapo se torna líquido en mi alma.
Y como el topo
Que mira las bóvedas de la tierra,
La frase, urgente misiva, desgarra su envoltura.
Ambulo ciego y busco los treinta y tres clavos sobre el piso;
El alfabeto del bosque me restituye las palabras sonoras, ya
pronunciadas.
¡Os ruego!
Miembros de la aventura, modelad el limo de nuestro semblante.
Los párpados se ahuyentan, el cielo se construye.
Súbita virgen, ¿eres tú como el océano
Que resplandece de pronto en este abismo de ceguera?
En tanto que se eternizan, en la encarnada espera de mi sangre,
El clamor, el estrépito y la velada voraz de las chinches,
¡Levantáos, espadas, en la plata de vuestra fuerza,
Y arrancadme de este horno!
¡Desgarradme, uñas, esta corteza y estas membranas tan pesadas de sueño!
Las aristas del sílex, la cal y el follaje de las rocas
Se enarbolan en mis ojos.
Bajo el peso y el sonido de tu presencia,
Los muros de mi guarida se yerguen en las raíces de la tormenta,
¡Fértil estrato de la noche!
Y mi sombra se regodea en la soledad de tus muros.
Se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias;
¡No es el nimbo sino la huella del duro casco!
Aprestaos a descender, tan lúcidos como el aire del cielo, a mecerme,
pájaros;
A fin de que mi corazón en gozo recuerde la frescura de las aguas.
Pero, oh Lázaro, ¿quién mojará mis labios en estos parajes?
¡Quién de este mundo podrá morder la maleza de mi exilio?
El infortunio toma en mí las formas del continente;
¡Y el alma siniestra de fango
Macula el templo y las sedas eucarísticas de su asilo!
Versión
de Gonzalo Escudero
6.
De
De
"La tempestad secreta" 1926 - 1927 A.M.E.
7.
Iv.
Iv.
IV.
Estás ahí en medio de la noche, Señora,
Aparecida en el instante, Señora, en medio del invierno de mi noche.
Me he dicho entonces: «Si bien recuerdo, Alejandro fue un gran capitán.
«Y el rey Salomón vivió solemnemente como un gran rey.»
Mas me tiene sin cuidado Alejandro y no soy el rey Salomón.
Y no tengo nada, nada que decir de la reina de Saba.
Pero a vos, alta y bella,
Señora, ¿tendré la memorable suerte de interrogaros?
Muchas gentes me rodean: amigos y parientes,
Yo lo admito,
Muchas gentes que me desafían.
Pero ciertamente ellas tienen razón, ciertamente.
Y esta malla interna de sangre, esta malla de sangre que me lacera los
ojos,
Tienen razón porque esta malla de sangre bien lo prueba.
No obstante, tranquilizaos, que no siento por vos ni cólera ni tristeza,
Ningún deseo de morir,
¡No! Las atenciones tampoco me afectan.
Sois libre de hablar y regocijaros, en excelente compañía,
sobre estos mil pensamientos que
permanecerán para
mí eternamente secretos.
Y todas
estas gentes que os rodean y están ahí, gravitando en torno vuestro,
Señora, son libres también para comentar mi caída y mi despecho.
¿No lo había yo predicho desde hace largo tiempo?
Señora, entre ellos, parece que se encuentra alguien fuerte y rico en
gracias,
Alguien bien acogido a quien yo le enveneno, le corroo y descompongo
en todas las digitales de mi
rencor y de mi espíritu.
¡Así pues, que él desconfíe de mí!
¡Cuidado con él! De ningún modo mi venganza se privará de una presa tan
bella y tentadora.
¡Y que silencie y, si le parece bien, se marche a cualquier parte!
¡Que silencie!
Yo le digo: mis brazos tiemblan extrañamente y mi voz se torna dura,
sombría y solemne.
Yo le prevengo: los días, sí, los días de su espera, lo juro, no serán
de gozo fácil.
¡Más bien de sangre, de sangre!
A menos, Señor, que las flores,
Que las flores dulces y lentas vengan a hablarme de un perfume
aún más
penetrante que los soplos del olvido.
Días de vergüenza, días de angustia.
¿Cómo no le han hablado de ello los astros?
¿Dónde se oculta este hombre? , ¿qué hacía él de la luz de los sueños?
¿Se demora y se olvida el viento en su pensamiento?
El viento de la selva me trae obscuras palabras, obscuras amenazas.
Viento
amigo, socórreme, que tu advertencia será el pesado lastre de mi
venganza,
Hazlo de suerte que este ser de elocuencia lo sepa;
¡Que advierta mi poder y mi naturaleza de ángel o de condenado,
poco importa!
Que advierta, en tiempo oportuno, el terrible color de mis miradas.
¿Mas para qué?
Ciego, viviré en adelante las horas que he vivido.
Olvida, viento, mis desgarradas palabras,
Y perdona, te lo ruego,
A este ser altamente privilegiado,
A este hombre que aborrezco y envidio
Tanto y tanto... etc.
* * * * *
8.
Vii.
Vii.
VII. Muchos insectos en torno de un solo pensamiento,
Pero el mío está ausente bajo un cielo de lluvia.
¡Y tú has venido un día, Pizarro, acicateado por una gran pasión!
Como tú, fantasma, enciendo mi alma cerca de la extraña floresta,
Donde tú amabas antes aspirar el tenaz aliento.
Pero cuántas de estas pupilas nauseabundas me envuelven asimismo,
Como en la hora de angustia, pesada y mala para tu espíritu,
Y se demoran en mirarme languidecer.
¡Morir! Lejos de aquí los ojos
Y el noble espíritu tan cerca de las cadenas que mi corazón han ceñido.
Me llama la sangre.
La sangre de los días de éxtasis, más acompasada que la mar.
La sangre que no olvida jamás y que me invade con su color terrible.
Que este inútil viaje de los ojos termine pronto!
Así el paciente corazón anhela volver a ver su sangre
Y gozar de una codiciada sombra, más dulce y más propicia en su temblor
de quejumbre.
¡Mas que regrese pronto!
Porque ella me espera, mi Esposa, con la mirada al viento, allá lejos,
blanca y secreta como la nieve
de una estrella nueva.
Ah Señor,
si he recorrido una patria mala, tened piedad de aquél que os ofende,
pobre infante olvidado en las espinas
de su calvario.
Os grito: «¡Señor, curadme de la mar inmensa, de mi tristeza grande y
del astro
banal que ilumina la tierra de mi
tormento!»
La noche se torna más grande y más densa,
buscando perdidamente sus sombras.
Grande es mi infortunio.
Abriré mi corazón a las bestias bravías que recorren el mundo como el
fuego de las arenas.
¿En qué nuevo Espíritu buscaré alojamiento?
El opio desperdiga mis sombras, derramando sobre todo párpado su
melancolía de ausencias.
Y añade el corazón desesperado:
«La ausencia!
«La ausencia sin límite.
«Oh cómo está lejano mi hogar de gloria.
«Oh labios amadores, las lágrimas no son tan profundas como para llorar
tanto
vuestro
alejamiento.»
¡El cielo endurecido no resuena!
Flores sin tallo que tienen el peso de la sangre.
Y la noche se vuelve más dulce, más próxima y más estrujadora:
»¡Abrete!
»Abre tu sueño a mis alientos,
»Porque soy la libertad de las brisas.
»Porque traigo con los siglos la convalecencia de tus pupilas.
»Está presto el camino, la forma del sueño busca su destino.
»Oh labios, el tiempo os apresura,
»Restituidme a mi cielo de inteligencia,
»Que el solo contacto de irreductible amor lo aseguro en este reino de
vida.»
* * * * *
Versos y pensamientos de Alfredo Gangotena
4 citas« Los amotinados / ¡Ah, risa loca! »
« ¡Amén, Silencio! El / paso se inquieta en el suelo de las gamas. »
« Pierre Morhange / Jules Supervielle »
Libros de Alfredo Gangotena recomendados
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: