« Bien está y algo es: podemos detenernos / aquí, »
Alfred Tennyson
Alfred Tennyson es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...
Vida
Alfred Tennyson es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Alfred Tennyson
1.
Bien
Bien
está y algo es: podemos detenernos... Bien está y algo es: podemos detenernos aquí, donde en la tierra inglesa lo sepultan, y tal vez de su polvo se labre la violeta de su tierra nativa. Poco es, mas parece, en verdad, que benditos son sus tranquilos huesos, al descansar, en medio de nombres familiares, y en el mismo lugar que habitó siendo joven. Venid, pues, manos puras : sostened la cabeza que duerme o que se puso la máscara del sueño: y vengan cuantos gusten de llorar, y aquí el rito de los muertos escuchen. ¡Ah! Pero, si pudiera, sobre el fiel corazón me arrojaría, y junto a sus labios, le diera, con mi aliento, la vida que en mí casi se apaga; mas no muere del todo y, sufriendo, persiste y lentamente forma ese temple más duro, y guarda la mirada que ya no encontraría, las palabras que nunca ha de escuchar de nuevo. Versión de Màrie Manent
2.
Circunstancias
Circunstancias
En vecinas aldeas, dos chiquillos, jugando como locos, en medio de los brezos; en una fiesta dos forasteros que se encuentran; bajito, junto al muro de un huerto, dos amantes hablando; dos vidas enlazadas con dorada ventura; junto a la torre gris, dos tumbas, con el césped que limpian mansas lluvias y donde margaritas florecen; dos chiquillos en una misma aldea. Así va, de hora en hora, la ronda de la vida. Versión de Màrie Manent
3.
Cuando baña mi lecho luz de luna...
Cuando baña mi lecho luz de luna...
Cuando baña mi lecho luz de luna, bien sé que en el lugar de tu reposo, junto al agua anchurosa de poniente, derrámase una gloria en las murallas: entre las sombras surge tu mármol reluciente, al deslizarse, lenta, una llama de plata, aclarando las letras de tu nombre, la cifra de tus años. El místico esplendor flota y se aleja: en mi lecho se apagan las luces de la luna y, cerrando los ojos fatigados, duermo hasta que el crepúsculo se sumerge en sus grises; y entonces sé que ya la bruma flota, como velo traslúcido, de ribera a ribera, y en el oscuro templo, al modo de un espíritu, centellea tu lápida a la aurora. Versión de Màrie Manent
4.
De «La princesa»
De «La princesa»
Ven al valle, ¡oh doncella! , desde lejanas cumbres: ¿qué gozo hay en la altura -el pastor le cantaba-, en la altura y el frío, esplendor de los montes? Deja ya de moverte tan cerca de los cielos y no resbale el sol en castigado pino, ni se pose una estrella en la torre brillante; y ven, pues el Amor es del valle, es del valle el Amor: ya tus cumbres abandona y, llegándote, lo hallarás junto a umbrales venturosos, él mismo, o bien con la Abundancia, de la mano, en maizales, o rojo de la púrpura que en los lagares surte, o como una raposa en las viñas; no gusta de andar sobre los cuernos de plata con la Muerte y el Día, ni podrías apresarlo en el blanco barranco, ni encontrarlo en bahías de hielo, que, apretadas, se inclinan en surcados declives, desviando al torrente de las puertas oscuras. Ven conmigo. El torrente te deslice, bailando, para hallarlo en el valle; deja que las salvajes águilas, de delgada cabeza, chillen solas, y deja que se inclinen los monstruosos riscos, esparciendo mil trémulas guirnaldas de agua y humo, que, cual roto designio, por el aire se pierden. No quieras tú perderte. Ven conmigo. Los valles te esperan. Los azules pilares de la lumbre para ti se levantan; gritan niños y tañe tu pastor la zampoña y todo son es dulce y más dulce tu voz y dulces los rumores: mil arroyos, corriendo hacia los verdes prados, el gemir de palomas en los olmos añosos y aquel leve murmullo de innúmeras abejas. Versión de Màrie Manent
5.
Doblando la escollera
Doblando la escollera
El poniente, el lucero de la tarde y para mí una clara llamada. Acaso la escollera no haga gemir al agua, cuando emprenda mar adentro mi ruta, y haya sólo el reflujo que parece dormido, demasiado turgente para rumor o espuma, cuando lo que sorbía del fondo ilimitado regresa ya a su centro. Crepúsculo y campana vespertina y luego, ya la noche. y acaso no haya adioses doloridos el día en que me embarque, pues, si de nuestros hitos del Lugar y del Tiempo la marea me aparta, confío, cara a cara, mirar a mi Piloto, doblada la escollera. Versión de Màrie Manent
Versos y pensamientos de Alfred Tennyson
4 citas« En vecinas aldeas, dos chiquillos, jugando / como locos, en medio de »
« Cuando / baña mi lecho luz de luna, »
« Ven al valle, ¡oh doncella! , desde lejanas cumbres: / ¿qué gozo hay en »
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