Poesía Universal

Alfonso Canales

Biografía y amplia selección de poemas de Alfonso Canales. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Alfonso Canales. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Alfonso Canales

7 poemas seleccionados
1.

Casa de piel

Igual que en esas series
de cajas chinas, donde va el espacio

		acotándose más y más, ciñéndose
a una cuadrada almendra de vacío

		en la que todo es íntimo y sensible
a la añorada percepción, el cielo

		y el suelo, la ciudad, el edificio,
la planta, el cuarto, el lecho, 
		son tabiques,
progresivos contornos de una carne,
última estancia 
		del saber.

		
                                     
		No estamos
juntos, sino trabados, como maclas
de pirita (sistema 
		irregular) 
		
que sueñan con que vientres
y labios se acomoden,
hasta formar 
		el más perfecto sitio
de una desesperada situación.

		
                               
		¿Nunca logran
los amantes, los diestros
en el más hondo menester, 
		su dicha
completa? Siglos llevan pretendiéndola,
y ahora estoy 
		seguro
de que podré, comendador de mármol,
traspasar tu pared, ya 
		trabajada
por dientes y por uñas.

		
                                     
		El aguardo
se torna situación: axila, muslo,
senos, vientre, 
		confluyen
en la encantada grieta donde el tiempo se hace

		eternidad. Y sigo
ahondando en ti, buscando en ti la cifra
de 
		todo. Y me arrodillo,
y me alzo. Gesticulo
como un torpe feliz que 
		encuentra oro
y lo admira lucir de gloria, y quiere
regarlo con su 
		sangre,
para que luzca más prohibido.

		
                                       
		¿Es ésta
la habitación del hombre? En ella gasto
mis años de 
		verdor. El ostensible
vacío luz se hace. Nace el mundo
de nuevo. 
		Ya probado
el fruto está: seremos como dioses.
2.

Casilla de Blas

Entrada ya la noche,
empapado el desmonte por la lluvia reciente,

		trepábamos por él, y el mismo ramo
vencido de mimosas nos despeinaba. 
		Luego,
siempre, en silencio, hacíamos
en el repecho un alto, y te 
		miraba,
enamorada cómplice, mientras tomaba aliento
(¿necesitaba 
		aliento entonces yo?) y fingía
actitudes seguras. Revelaban las 
		cosas,
desasidos los ojos de la luz, los detalles
precisos, y la 
		puerta de pino marchitado
gritaba levemente. Entrábamos. El suelo

		era terrizo y sin mullir, y nunca
era adoptado de improviso para

		aquello que veníamos
a hacer. Se demoraba nuestra entrega a su duro

		(¿pero había dureza en algún sitio entonces?)
regazo. Nos amábamos,

		nos abrazábamos de pie, ajustaban
con frenesí los cuerpos las esperas

		vencidas, como si de muy distantes
extremos nos hubiéramos lanzado

		al encuentro. Encendíamos un fósforo
más tarde, y nos hacíamos los 
		nuevos
en la reconstruida situación.

		
                                              
		Las paredes
de tablas ripias siempre nos mostraban
las mismas 
		vetas grises, los idénticos
nudos vaciados, las usuales lágrimas

		de orín: cuerpo de Blas. ¿Quién había sido
aquel Blas que entregaba 
		sus despojos,
su piel de ofidio puesto
a la moda de estío, a unos 
		amantes
secretos? Ya murió. Pero vivíamos
por él ahora en su 
		barraca hecha
a fuerza de morir. Y había gemidos
de goznes 
		oxidados, saltos súbitos
de su leña secándose, palabras
de su 
		antiguo contorno que asentían
a nuestro susurrado
decir.

		
                                 
		Blas era un guarda
(¿a quién guardaba Blas?) de noche (¿de qué

		noche?) a quien un mal día
se le acabó el trabajo. No pensemos
más 
		en Blas.

		
                       
		Sobre el suelo de los pasos
de Blas pusimos telas y papeles,

		caricias y manjares raros. Edificamos
sobre el suelo de Blas la 
		retorcida
torre que somos hoy. Sobre la muerte
de Blas se han 
		levantado nuestros hijos
de hoy: y cuando no se nos parecen,

		cuando se ausentan de nosotros, bullen
en otras casas que improvisan, 
		pienso
que tal vez sean los hijos
de aquel buen Blas que nos dejó 
		la suya.
3.

El amor

Es preciso que cuente la historia de Juanico,
aquél a quien sedujo mi 
		niñera, una tarde
de verano. ( Se ha dicho que fue bajo los pinos.)


		Era delgado, alto, 
		melancólico. Un negro
pañuelo le ceñía el largo cuello. Estaba

		delicado del pecho. Cuando pasó la cosa
aún no había entrado en 
		quintas.

		
                                     
		Si mal no lo recuerdo,
todo ocurrió en agosto. Yo jugaba arrastrando

		un gran bieldo blanquísimo por el llano. Juanico
daba portes con 
		sacos vacíos, desde un carro
hasta el patio. Las horas se fundían 
		despacio
sobre el jardín, caían sobre los eucaliptos
repletos de 
		chicharras, que sonaban lo mismo
que cuando las patatas se fríen en 
		aceite
muy caliente. Juanico sudaba. Pero cuando
penetraba en la 
		sombra del portón, una lengua
de aire fresco lamía su pecho, 
		despegaba
el pañuelo empapado, le entraba por debajo
de los 
		perniles, como una larga serpiente,
y le dejaba un pétalo de rosa 
		entre las piernas.


		Carmen tenía casi los 
		treinta años. Ella
sabía que Juanico se abrazaba a la colcha
y 
		miraba a la luna, como si allí estuvieran
las razones de todo. Por 
		eso entró en la casa
para beber un vaso de agua: el caso era

		ayudar a Juanico que casi no sabía
por qué cabos empiezan a trenzar 
		los amores.

		
Yo estaba, ya lo he dicho, arrastrando mi bieldo,
llano arriba y 
		abajo. Pero me daba cuenta
de que un pájaro grande cubría con sus 
		alas
el jardín, los pinares, los olivos, la alberca,
la casa con 
		Juanico, con Carmen, con los sacos.
Los dientes dibujaban cuatro 
		líneas iguales,
que giraban, que iban y venían, lo mismo
que el 
		vuelo de las aves.

		
                                  
		Sin embargo, de pronto
me sentí solo: estaba el mundo solo, bajo

		el ala inmensa. Piensen cual sería mi asombro
cuando vi que el gran 
		pájaro ardía y que dejaba
caer en mi cabeza plumillas encendidas.

		
Entré corriendo al patio. Alguien había cerrado
todas las 
		puertas: solo una estaba entornada.
Miré por la rendija y allí los vi 
		en la sombra,
con un afán ardiente por mí desconocido,
así como 
		empeñados en no morirse nunca.
4.

El lecho

¡Oh 
		soledad, mi soledad, aroma
de la muerte, naufragio
del contiguo 
		vivir, cuchillo, llama,
que corta, quema el mundo y manos, voces

		que el mundo alza como alambres para
tender los Paños, las banderas 
		limpias
de la amistad!
                          
		¡Oh soledad, presagio
de la tierra movida o de la cal y el canto

		clausurados!
                       
		La rueca
sigue girando al otro lado de la
cretona distendida como 
		una piel que he puesto
a secar. y los ramos en que abejas,

		mariposas quizá, se depositan
ajenas a esta caja donde busco
en 
		vano el sueño.


		                                
		¿Soy el mismo? El ala
de un instante separa esto que digo
de lo 
		que dije cuando dije soy.
Y no hablemos del día: encontré piedras

		sobre las que el silencio reposaba,
hojas secas, mojadas por el riego

		de las nubes, vibrantes hojas verdes,
instrumentos ajados, 
		entusiasmos
dormidos, humos, lenguas.

		
¡Oh soledad, mi soledad, la noche
no te abandona, el sueño se 
		derrama
sobre el clamor atenazado! Vuelco
mi tristeza en las 
		sábanas, abrigo
mi deseo de Dios entre los párpados,
y sigo 
		tiritando de estar solo.


		
		"Port-Royal" 1968
5.

El poeta se lamenta de la fugacidad del querer humano

¿Adónde va el amor, por más que duela
el corazón a cada estrecho 
		paso;
con qué peso se hunde, en qué fracaso
el beso se anonada y 
		se cancela?

		
Abrígalo si puedes: va que vuela
su precario calor, al cielo 
		raso.
Mira que con frecuencia se da el caso
de que a la vuelta el 
		velo se desvela.

		
¿Adónde vamos a parar con tanta
ráfaga que se va por un postigo,

		si el cisne se nos muere cuando canta?

		
¿Qué puede alimentarnos este trigo
que siempre se nos queda en la 
		garganta?
¿Adónde vamos a parar, amigo?
6.

La cita

Amor, amor, amor, la savia suelta, 
		
el potro desbocado, amor, al campo, 
la calle, el cielo, las 
		ventanas libres, 
		
las puertas libres, los océanos hondos 
y los escaparates que 
		ofrecen cuando hay 
		
que ofrecer al deseo de los vivos. 
De los vivos, amor, de los 
		que olvidan 
		
que un día no habrá puertas ni ventanas, 
ni potro ni raudales de 
		la hermosura 
		
para estos, estos ojos, estos ojos 
donde habrá que engastar unas 
		monedas 
		
-y otra bajo la lengua-, por si acaso 
al barquero le sirven o al 
		que busque 
		
sueños de ayer, de hoy, bajo la tierra. 
Bajo la tierra, amor, 
		trufas, estatuas, 
		
oro, cántaros, dioses 
apagados, amor, tesoros, premios 
de la 
		ansiedad.

		
Amor, dame la mano, 
no te conozco, amor, no importa, dame 
la 
		mano, amor, no la conozco, nunca 
		
importa demasiado conocerse. 
Abre los ojos, no, no puedo, abre 
		
la boca, ¿dónde está tu risa, dónde 
se duerme tu palabra? Amor, 
		no tengo 
		
más risa, más palabra: Amor.

Te doy a cambio lo que esperas.

		¿Tú lo sabes, tú sabes lo que espero? 
		
Amor, ¿tú tienes lo que espero? 
Es amor, amor y el mundo 

		como está, como es, con estas vías 
		
abiertas con las cosas 
que con amor se hacen, con la gracia 

		de hacer las cosas con amor, con tiempo 
		
para formarlas con amor, con fuerzas, 
aguas de amor para apagar 
		el miedo.
7.

Navegación de la tristeza

Acediae impugnationem non declinando
                                                                                                      
		fugiendam.
                                                                                                            
		Casiano


		Cuando en 
		el río de soledad que, a veces, nos recorre,
un álveo seco, piedras

		con huella de lavados imposibles,
verano interminable de guija al 
		sol, de insecto al sol,
de raíz sin esperanza,
notamos una barca 
		por la greda,
que aventa el polvo con los remos podridos de carcoma,

		sola bogando, hincando
el astillado palo entre costillas
de 
		calcinadas reses,
es él quien anda.

		
                              
		Y ara
acompasadamente en nuestro espanto,
contra todos los peces,

		frente a todos los panes
que son objeto de milagro para las 
		extasiadas muchedumbres.
Él, es él quien navega
entre lo 
		innavegable,
forzado del hastío, entre esturiones de granito y lava.

		Él, él, quien contusiona
la brizna
pajiza de la caña, la hoja

		terriza de los álamos,
desesperada del ayer que puso
su palma al 
		cielo.

		
Entonces no hay que huir, hay que sentarse
a ver pasar las malas 
		horas,
la simiente libada por arañas,
por escorpiones y por 
		buitres
que intentan la corola del esparto,
en un invierno sin 
		nieve,
para una miel de cieno que en lentas olas cunde.

		
Entonces detened la fluxión de la arena,
orad, decid detente,

		armaos de los prestigios
que aporta la memoria de las flores;

		desanudad las sogas de los cuellos,
que somos para algo,
y 
		evaporad la imagen del Maldito
evocando al Señor, tres veces puro.

Versos y pensamientos de Alfonso Canales

4 citas
« Igual que en esas series / de cajas chinas, donde va el espacio »
Alfonso Canales · Casa de piel
« Entrada ya la noche, / empapado el desmonte por la lluvia reciente, »
Alfonso Canales · Casilla de Blas
« Es preciso que cuente la historia de Juanico, / aquél a quien sedujo mi »
Alfonso Canales · El amor
« ¡Oh / soledad, mi soledad, aroma »
Alfonso Canales · El lecho
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