Alberto Angel Montoya

Biografía y amplia selección de poemas de Alberto Ángel Montoya. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (24 poemas seleccionados)

A ti

Como la fruta
original tú tienes
duplicidad de hieles y panales.
Eres todos los
Males y los Bienes,
sin saber de los Bienes y los Males.

Buscando
paraísos terrenales,
discurrí por tus núbiles edenes,
y al hollar de
vaivenes tus rosales
hallé todos los males y los Bienes.

Al amparo de
signos augurales,
diademó la inocencia de tus sienes
un gajo de las
ciencias primordiales;

y, así, otra
vez, a mi reclamo vienes,
trayendo en tu querer todos los Bienes,
y en
tu beso fatal, todos los Males.

Alberto Angel Montoya

A una amazona (G.B.)

"El hombre sólo es completo a caballo".

J. Barbey D'Aurevilly

Quiero soñar
contigo, rubia y alta amazona
que has cruzado esta tarde mis predios sin
saber
que el hombre por quien vuelves e irrumpes en la zona
clausurada
del parque, no es el mismo de ayer.

Has salvado
los fosos y has saltado los setos.
El viejo jardinero me ha dicho que
eres tú.
Rubia y alta amazona de los claros sonetos
que yo escribí una
noche porque no estabas tú.

Otra mujer
cercaba mis horas con los lazos
del placer, y en su grito yo añoraba tu
voz
porque el recuerdo triste de una aurora en tus brazos
segaba los
minutos como al trigo la hoz.

Si te amé, no
sabría contestarle a mi duda.
Si me amaste, qué importa?... yo te amaba
tal vez.
Ibas por vez primera bajo el traje desnuda,
ya desceñido el
cuerpo de su alba doncellez.

Llevabas en
tus labios tu deseo primero
y en los ojos azules tu lejano país.
Un
bucle blondo y firme. Firme y alto el sombrero.
Las cárdenas violetas
sobre tu traje gris.

Erguíase tu
cuerpo tan fino como un tallo
floral, a cuyo extremo tu rostro era la
flor.
¿Te acuerdas?... Sólo un día... Tu traje... Tu caballo.

Trotábamos, y el trote fue mi verso mejor.

Se asomaban
los párvulos paisajes al camino
por mirarte a caballo y a mi lado pasar.

Y era el camino largo, como tu cuerpo fino.
Y era todo el camino de luz
crepuscular.

Fulgía el
campo verde como una esmeralda
que se hubiese caído de la mano de Dios.

Trotábamos, y el viento jugaba con tu falda.
Tu caballo -aún recuerdo- se
llamaba Panglós.

II

Puedes entrar,
si quieres. Llama al buen jardinero.
Desciende del caballo y avanza el
breve pie
por las graves estancias y entra al salón severo,
que el
fuego está encendido y es la hora del té.

Aún el diván
imita la curva de tu pierna.
Y aún el fuego en las llamas imita tu
carmín.
Un sólo instante efímero te hizo en mi verso eterna,
y el
tiempo está en tu nombre sin principio ni fin.

Al filo del
recuerdo se han tronchado mis días.
-La Garconne... Mary Duchess...
Childe Harold... Sans-a-tout-
Puedes entrar si quieres en las cuadras
vacías;
yo vendí los caballos; no lo hagas nunca tú.

Guarda como un
tesoro tu júbilo. Esa intacta
alegría de entonces...Mi dolor, qué más da?

Y haz grabar en tus bridas esta sentencia exacta:
"Sólo es completo el
hombre cuando a caballo va".

Alberto Angel Montoya

Ana

He vuelto al
puerto tropical que un día
miró el reposo de mi sed liviana
bajo la
sombra de tus brazos. Ana,
tu boca era una fruta al medio día.

Después amor y
estío en romería.
Viajes por hielo en el borgoña grana.
Y tras el
vino, la caricia vana.
Mío el desdén y tuya la porfía.

Hoy de otro
cuerpo mi placer se ufana.
Al "Café de los guamos" todavía
llega en
vinos nocturnos la mañana.

Pero un dolor
invade mi alegría:
no haberte amado cuando fuiste mía
y amarte ahora
que te sé lejana.

Alberto Angel Montoya

Campo de caza

A
la sombra del bosque de tu oscura melena
me acechaban tus ojos como lagos
siniestros.
El fuego de tus labios orientó mi camino
porque perdí la
ruta cándida de tus brazos.
Mi ruego era un anuncio de huellas bajo el
alba.
Vislumbré enardecido las cumbres de tus senos,
y al sentir el
efluvio de tus vírgenes frondas
azucé mis lebreles por tus flancos
desnudos.
A su raudo galope de besos, se ofrecían
en una primavera de
incógnitos asombros,
los núbiles senderos florecidos de nardos
y las
cálidas grutas de capitosos musgos.
Iniciaron colinas y ganaron
florestas.
Y al final, ya enervados por las rutas ansiosas,
alígeros
cayeron sobre el valle de nieve
donde temblaba inquieta la gacela
escondida.

Mujer,
-maravillosa selva donde yo me he perdido-
tú fuiste a mis
instintos como un campo de caza.

Alberto Angel Montoya

Cena

Una
historia de ayer traza tu fino
labio en carmín, y es hoy en tus ojeras.

Y hay un collar de olvidos y de esperas
si se yergue tu cuello
alabastrino.
Las orquídeas ensayan tu destino
en un haz de fugaces
primaveras,
y se curvan tu labio y tus ojeras
a la vez sobre el llanto
y sobre el vino.
Pero no lloras. Elegante y ducha
en el amor, sonríes
a la pena.
Un llanto oculto con tu risa lucha,
y así bebes y ríes. Mas
la cena
es ya el recuerdo de otra cena. Escucha:
son los "Cuentos de
los bosques de Viena".

Alberto Angel Montoya

Cita

Cómo era de hermoso el albo cuello
al quitarte la marta cibelina.
Cómo
era la espalda de divina.
Cómo el hombro en su albor era de bello.

Emuló con sus uñas el destello
del diamante nupcial tu mano fina,

y cayó con la marta cibelina
tu pudor a mis manos desde el cuello.

Te cercaban batistas y pecados
y a un tiempo con tu veste descendía

mi caricia inicial por tus collados.

La tarde aún en tu diamante ardía,
pero al vagar por tus oscuros
prados
la noche negra comenzó en tu umbría.

Alberto Angel Montoya

Dos mujeres

Agua amarga de
un mar cuya ribera
era el párpado azul. Qué cielo ido
de ese mar a
otro mar, entristecido
de lágrimas también y azul ojera.

Yo las amé a
las dos. La una era
triste y frágil y pálida de olvido.
Y la otra...
¿la otra?... hubiera sido
-si sido hubiese- igual a la primera.

¿Qué misterio
de amor será este vano
ambicionar el fruto no caído,
cuando se tiene
el fruto entre la mano?

Y soñar en un
cielo descendido,
soñándolo lejano, y tan cercano
de una mar a otra
mar el cielo ido.

Alberto Angel Montoya

El alba inútil

A
los labios del hombre taciturno, la aurora
trajo un ebrio recuerdo de
olvidados cantares.
El alba en las pupilas noctámbulas había

sorprendido la angustia de las viejas saudades.
En los círculos hondos de
las mustias ojeras
se azulaba un exceso de veladas sensuales.
Vertió
el vino de Francia en la copa vibrante.
-La noche prolongaban los grises
cortinajes-.
Miró la flor marchita

de su frac un instante,
y evocó vagamente:
Casi estaba desnuda
en
la fiebre del baile.
El breve seno apenas
velaban los encajes.

Oprimía la espalda
la caricia insinuante
que vagaba furtiva
de
deseos. El talle
cedía entre su brazo
como un junco ondulante.

Después... aun más desnuda
la tuvo que en el vals,
y pensó vagamente:

Flor y mujer, vosotras
sólo duráis un baile.
-En la mano brillaba la
heráldica sortija
herencia antigua y noble de un tiempo inmemorable.

Trémula entre los dedos fatigados, la copa
despertó una añoranza de
mujeres fugaces-.

* * *

Las lámparas habían develado la alcoba.
El alba
subrayaba de luz los ventanales.
Las severas efigies de los antepasados

miraban desde el fondo de remotas edades.
Con un grito argentado de
dagas, la panoplia
al nieto recordaba las glorias ancestrales.
Dejó la
copa exhausta
sobre la mesa grave.
Descorrió silencioso
los grises
cortinajes,
y pensó vagamente:
¿Y de todo qué resta
tras el sensual
alarde?
Sólo una flor marchita
en la seda del traje.
-En las manos
del hombre taciturno, la aurora
palideció una huella de victorias
cobardes-.

Alberto Angel Montoya

El beso

Un
pebetero erótica fragancia
de ámbar y nardo en el salón deslíe,
al par
que en bronce un sátiro sonríe
impregnando de mal toda la estancia.

Verde malva es el traje, y tu elegancia,
porque a su encanto mi pasión
confíe,
mientras las copas un efebo escancia,
perversamente en el
diván se engríe.

Súbito el vino tu fervor desmaya
en un rictus de amor. Mi mano ensaya

buscar el seno repulido y breve.

Y cuando tú revives de la ignota
languidez pasional, mancha una gota

de sangre tibia tu mentón de nieve

Alberto Angel Montoya

El retorno

Fue tan grande y amargo mi
despecho,
y fue tu angustia en el adiós tan poca,
que al recordar la
herida de tu boca
soñé con otra igual para mi pecho.

Mas hoy depongo mi rencor.
Sospecho
que acaso loco yo, tú también loca,
el mal que así nuestro
dolor provoca
uno al otro, a la vez, nos lo hemos hecho.

Prueba la copa y el dorado
vino
ofréceme en tus labios. Adivino
que idéntica a esa flor presa en
tu broche,

sumisa al ruego del amor
serás.
Cómo eres tú, lo comprendí esta noche.
Cómo soy yo, tú nunca lo
sabrás.

Alberto Angel Montoya

El rito

He hallado un rito antiguo,
dolor, para que oficie
tu orgullo su venganza.

Asiática molicie
sobre cojines blandos. Mágico sueño de opio.
Edén
imaginario que a la tristeza engañas,
colores imposibles y figuras
extrañas
como si fueran vistos en un caleidoscopio.

No saber de los odios,
envidias y rencores.
Creer estar tendido sobre un tapiz de flores.

Dejar de ser, o acaso ser todo y no ser nada.

Oh sueño que simulas roce de manos de hada
sobre los ojos puestas. El
mundo qué pequeño.
Qué corta la existencia para vivir un sueño.

Frágil entre una nube de
túnicas flotantes
pasa un desfile eterno de cuerpos insinuantes
que yo
jamás amé.

Y todo en un pesado
silencio de nirvana,
mientras que, suavemente, de la mesita enana
se
difunde el aroma de las tazas de té.

Y ella lejos, muy lejos.
Tan lejos, tan lejana,
que fue un milagro el lecho con ella esta mañana.

Alberto Angel Montoya

Ella

Ella está
aquí, presente en la distancia
que separa su nombre de mi oído
y está
aquí en el espacio estremecido
que hay entre mi recuerdo y su fragancia.

Ella se fue, y
aún yerra por mi estancia
su nombre en su perfume diluido,
que por
marcarle un límite al olvido
se hizo nombre y perfume la distancia.

Ella está
aquí, presente en el abismo
de su ausencia en aroma. En el amargo

acento de su nombre en mi mutismo.

Que de tan
corto amor, dolor tan largo,
sólo es nombre y perfume... Y sin embargo

yo pude acompañarla hasta mí mismo.

Alberto Angel Montoya

Éramos tres los caballeros

Éramos tres los caballeros.
Uno
amaba el juego y la mujer. El otro
amaba la mujer y amaba el vino.

Yo amaba el vino, la mujer y el juego.

Íbamos por garitos y
tabernas
jugando las sortijas
después de haber jugado las monedas.

Y en los amaneceres licenciosos
dejábamos al pie de la ruleta
la
última sonrisa
y la última gema.

-Sobre el jardín en flor de
las barajas
inventaba el zafiro una alba nueva-.

Bebíamos en copas repulidas

viejos vinos de rica procedencia,
o en los cálices rojos de las bocas

de las mujeres bellas,
vino de rojas uvas maduradas
al beso ardiente y
la sensual promesa.

-Mujeres que una noche nos
amaron
e hicieron más amarga nuestra pena-.

Éramos tres los caballeros.
Uno,
jugador sin sortija y sin monedas,
se jugará la vida alguna noche

al dado con la trágica tahuresa.

Como fue su querer vivir de gala
en el vaivén de las mundanas fiestas,

a cambio de la flor luce en su traje
un estigma letal de adormideras.

Y bebe en el festín imaginario,
en la copa del día,
vino de albas
siniestras.

El otro en un vagar hacia
los vicios
y en busca de un licor que no ha existido
ni existirá jamás
sobre la tierra,
llegó hasta el Monte de Piedad.

Un día
vertió en la copa su dolor, y plena
la copa de amargura,
moribundo,
brindó por la bohemia.

Éramos tres los caballeros.
Nadie
comprenderá en el mundo esa tristeza
que efluvia el fondo de las
copas rotas
en que bebieron labios de doncellas,

ni el resignado hastío
que el grave azul de la sortija lleva.
-Éramos
tres los caballeros... nadie
comprenderá jamás nuestra tristeza-.

Alberto Angel Montoya

Es un dulce presagio de combate...

"A batallas de amor, campo de plumas..."

Luis de Góngora y Argote

Es un dulce
presagio de combate
este extenderse entre la bruma intacta
de frío
albor que con tu albura pacta
porque el goce sus ímpetus desate.

Esta albura de
lino, y esta mate
palidez que en tu vientre se retracta
en un sitio no
más, con esa exacta
negrura azul que alértase al combate.

Largo tu brazo
en su extensión dilata
la espera voluptuosa e intranquila;
mas cae al
fin la niebla de tu bata,

cuando ante la
pasión que los vigila,
de algas y sal al ósculo pirata,
se abren
lentos los golfos de tu axila.

Alberto Angel Montoya

Esa mujer

La noche junto
a mí. La compañera
del alcohol, los besos y el desvío.
La noche en el
espacio y en el frío.
La noche en fin. Y una mujer cualquiera.

Una mujer
cualquiera en el desvío
de la hora que ríe placentera.
Una cualquier
mujer que no supiera
más que pasar la noche bajo el frío.

Pasar la noche
y esperar la aurora.
Y al vino devolver su primitiva
forma de uva, la
boca tentadora.

Esa mujer
eterna y fugitiva.
Esa mujer de siempre y de una hora:
Mariela,
Esther, Emperatriz, Oliva.

Alberto Angel Montoya

Estuvo

ella tan cerca, su cuerpo
junto al mío...

Estuvo ella
tan cerca, su cuerpo junto al mío,
que entreverle los senos era amarla
dos veces.
Iba el río cantando porque el agua del río
el cuerpo de la
niña le inventaba los peces.

Era tan bello
el cuerpo y el cuerpo era tan mío,
que yo supe ser río jugando con sus
peces.
Pasa el río gritando, y a la orilla del río
un recuerdo redondo
me tortura dos veces.

¿Qué se
hicieron los senos de la niña en las ondas?
¿Por cuál cauce de sombra
naufragó su azucena?
¿Por qué arroyos sus brazos y en qué grutas sus
frondas?

Vuelve el río
llorando sin la niña. Salvaje
fulge el trópico y ríe. -De la niña, en la
arena,
quedó sólo la forma de un perfume en su traje-.

Alberto Angel Montoya

Fémina

Con una
ambigüedad de ave y de fiera,
leopardesa y paloma en tu destino,
al
selvático ardor juntas un fino
tacto de arrullo en virginal espera.

Mas, ay, que
tras la plácida quimera,
vuelven a ser por dualidad del sino,
garra la
mano al ímpetu felino
y anca de leona la gentil cadera.

Con cuánta
candidez de virgen muda
por la sorpresa, en tu callar se advierte

frágil pudor que la inocencia escuda,

sabiendo que
otra vez, lúbrica y fuerte,
volverás a gemir toda desnuda
aún en los
brazos del Ángel de la muerte.

Alberto Angel Montoya

Joyel

"Y es el dolor que de la ausencia viene

lo que no pudo ser ni será nunca”.

Carducci

Este diamante de fulgores
pleno
que el rico engaste de platino irisa,
oyó tu llanto y escuchó tu
risa,
altivo sobre el raso de tu seno.

También oyó mi confesión. Sereno
miró el encanto audaz de tu sonrisa,

que tuvo en ese instante la imprecisa
dualidad de una miel y de un
veneno.

Guárdalo -una mañana me dijiste-,
Si me olvidas, lo juegas....Y
partiste.
Y hoy que tu muerte mi esperanza trunca

y el fausto don de tu
belleza pierdo,
lo he mirado brillar como el recuerdo
de algo que pudo
ser, y no fue nunca.

Alberto Angel Montoya

La cita II

Una historia de ayer traza tu fino
labio en carmín, y es hoy en tus
ojeras.
Y hay un collar de olvidos y de esperas
si se yergue tu cuello
alabastrino.

Las orquídeas ensayan tu destino
en un haz de fugaces primaveras,

y se curvan tu labio y tus ojeras
a la vez sobre el llanto y sobre el
vino.

Pero no lloras. Elegante y ducha
en el amor, sonríes a la pena.
Un
llanto oculto con tu risa lucha,

y así bebes y ríes. Mas la cena
es ya el recuerdo de otra cena.
Escucha:
son los "cuentos de los bosques de Viena".

Alberto Angel Montoya

La

iniciada

El destino, voluble
caballero embriagado,
se fastidio ayer tarde con tu inútil promesa
y
te vendió a la noche. Y la noche tahuresa
te jugó sobre el verde tapete
del pecado.

Yo que aceché la gracia de
tus horas, y presa
tu doncellez sabía de un fervor resignado,
lancé mi
primer ruego como si fuera un dado
y le gané a la noche tu boca y tu
promesa.

Le ofreceré a la noche
desquite si mañana
hastía mis orgullos tu juventud liviana:
falsa
moneda rubia que me gané al acaso.

Pero hoy en el suntuoso
festín de bienvenida,
la copa de tu cuerpo será pulido vaso
para
escanciar el triste champaña de la vida.

Alberto Angel Montoya

Las copas

Para
buscar el alma de los vinos
no me basta mi cáliz cincelado.
quiero
altas copas de cristal tallado
que imiten largos cuerpos femeninos.

Copas en cuyos bordes cristalinos
el vino fuera un beso prolongado,

ya que en todas las bocas que he besado
los besos fueron capitosos vinos.

Unas en cuya euritmia transparente,
nuestros ávidos ojos evocaran

giros de amor en cuerpos de serpiente.

Otras castas cual núbiles doncellas,
y tan frágiles, ay, que se
quebraran
en nuestras manos al beber en ellas.

Alberto Angel Montoya

Las

manos

Yo no sueño con manos gentilicias
blancas como las blancas azucenas.

Albas las sueño, mas las sueño plenas
de pasión y de eróticas primicias.

Manos para los rezos impropicias.
Pálidos nidos de azuladas venas.

Manos sabias en íntimas caricias.
Manos para borrar todas las penas.

Manos que entre las uñas afiladas

guarden cruentas lujurias ignoradas.
y al mandato de sádicos fervores,

clavaran su febril concupiscencia
en la misma maniática inconsciencia

con que otras manos deshojaran flores.

Alberto Angel Montoya

Lelia

Dulce Lelia imposible... Suave Lelia lejana.
La tarde está conmigo lo
mismo que una hermana
convaleciente y triste que me tendiera el brazo

para vagar soñando por el jardín. Aún arde
el rojo sol que incendia de
rosas el ocaso.

Es la hora en que al bosque llegábamos. Acaso
también tú estábais
conmigo difundida en la tarde.

Vibran los saucedales donde la leve brisa
deja un sutil murmullo de
músicas eolias.
Dijérase que vuelve la visión imprecisa
de doncellas
cansadas que evocó tu sonrisa:
fugaces Massimilias, Violantes y
Anatolias.

Al ritmo de tu angustia yo idealicé mis días.
Nadie sabrá el encanto
que hallé mientras sufrías
-Más larga es la caricia si ante el dolor
absorto
el hado nos acecha... y el beso es menos corto.

Dulce Lelia imposible... Suave Lelia lejana.

Es la hora en que el
bosque dejábamos. No arde
ya el sol entre la hoguera de rosas del
poniente.

Dulce Lelia imposible... Suave Lelia doliente.

Tal vez eres la
estrella que floreció en la tarde.

Alberto Angel Montoya

Madrigales

III

La mano que besé ayer
ya libre del fino guante,
leve, transida y
fragante,
comenzaba a florecer.
Yo buscaba en su color
algo que
nieve no fuera,
mientras abrió primavera
cinco pétalos de amor.
Que
por verla florecer,
leve, transida y fragante,
yo misma libré del
guante
la mano que besé ayer.

VI
Para el trigo de tu voz,
trémula espiga en sonido,
tienes el
labio teñido
en curva como una hoz.
Yo he escuchado ese teñir
gemir
de amor, y he mirado
tu grito en él desmayado
que es igual mirar que
oír,
si en curva como una hoz
tu rojo labio teñido
siega la espiga
en gemido
que es el trigo de tu voz.

VII
Cubre de nuevo el carmín
tu boca en alba de huida
y ya de
pieles ceñida
pones a la noche fin.
Ah, que asombrada visión

mirarte otra vez desnuda.
Del raso que el cuerpo escuda
va surgiendo
la visión.
La luz te sorprende al fin
toda desnuda y transida,
y
sólo queda vestida
tu boca bajo el carmín.

IX
Dicen mis labios "jamás",
y "siempre" dice tu boca.
Yo
orgullo de enhiesta boca,
tú espuma y brisa no más.
Qué extraña y
fugaz pasión
la que soñamos eterna:
curva del seno y la pierna
en
moldes de corazón.
Mañana otro amor tendrás
y hoy otro amor mi ansia
invoca,
pero mi nombre tu boca
pintó de siempre y jamás.

Alberto Angel Montoya

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