« Al día siguiente de haber ingresado a la "casa de los ejercicios", el señor cura de nombre Luis G. García, me llamó al confesionario. Al acercarme a el me hizo una serie de preguntas con frases que yo tenía el concepto de que los sacerdotes no usaban y que llamaban "malas palabras". Al escuchar lo que sólo había oído entre gente que peleaba o en estado de ebriedad, me retiré sin hacer caso de su llamado. Me dirigí violentamente a la puerta y salí encaminándome a mi casa. »
Lázaro Cárdenas del Río